Sociedad

LATIDOS PORTEÑOS 21

El desquicio de una ciudad con fantasmas

Tiempo estimado 3:26 min


Martin Sesi

sesimart@hotmail.com

Martes 18 de noviembre de 2014 | Edición del día

De tanto bochinche, los fantasmas despertaron. Tras la noche de los museos del sábado, cuando mucha gente junta husmeó hasta la madrugada, las sombras quedaron alteradas, y ahora salen a circular cuando el crepúsculo llega, y se tropiezan y mascullen y discuten, y la nada han perdido algunas, porque la paz siempre les fue maldita.

Así pasa por caso en el Museo Haroldo Conti de la ex Esma. Se lo ve nauseabundo por los fondos al almirante Massera balbucear una y otra vez la Carta a la Junta de Rodolfo Walsh, que el capitán Chamorro arrastra desde un atril por donde se mueva la mustia ánima de su comandante. Más acá, un coro de irreconocibles marinos le ponen dulce melodía a las páginas de El Capital de Carl Marx, y más allá, otro grupo de fantasmas tan blancos, ora a una imagen del Che.

No muy lejos, en el Planetario, los meteoritos en exhibición intentan de nuevo orbitar, pero chocan y no se atreven con tantos pensamientos que salen a volar de noche. Las tres marías se desprenden de la bóveda y salen a tomar fresco al Rosedal, y al final se animan a besarse entre ellas tras cruzarse con demorados militantes de la Marcha del Orgullo Gay. La Osa Mayor deja de ser una constelación y se hace trans, y se hartan las estrellas que forman la Cruz del Sur y se van a una bailanta a cantar y hacen furor con sus lentejuelas.

Ha quedado todo muy trastornado después del sábado a la noche. El desquicio se estira por Figueroa Alcorta. En el Malba el pintor Antonio Berni abre las puertas de sus cuadros a Juanito Laguna, que inmediatamente hace dedo hacia la Panamericana para bancar a su viejo metalúrgico, otro de los despedidos de la multinacional Lear. Ramona Montiel, la otra musa de don Antonio, se queda en su collage cada vez más bonita a hacerle compañía.

Cerca, en la Biblioteca Nacional, se anda despertando Evita que no sabe que no es más la residencia presidencial, que el palacio Unzué fue demolido y hoy es Biblioteca y estrafalario cemento, y que ahí están todos los libros y esos documentos que demuestran su martirio por tanto apego del General por los milicos y la CGT. Si hay libros planea Borges y choca claro con el alma de Evita, pero los dos parecen perdonarse después de rodar por la barranca y encontrar Las Lágrimas de San Pedro. Su autor, El Greco, de paseo por el Museo Nacional de Bellas Artes, los invita a pasar.

Desde el Museo de la Recoleta parecen escucharse los ruegos de Bioy a Borges, que se fue del Cementerio a la Biela y desde ahí suplica que recuerde su odio peronista y su condición de agnóstico. No se oye muy bien, porque siguen peleando los fantasmas despiertos de Lavalle y Dorrego, y Rosas esta vez tampoco consigue laudar. Mientras, el caudillo Facundo Quiroga va de tumba en tumba pidiendo explicación por su muerte a traición en Barranco Yaco.

Ya no hay paz después de medianoche en la ciudad. En el Museo Gardel, Carlitos se queja de que su voz no llegue a los cien barrios porteños por culpa de las paredes del Shopping Abasto, y en el de Los Inmigrantes las almas furiosas bajadas de los barcos quieren que Sergio Berni se vaya, y en el del Conventillo, los espectros anarquistas piden la cabeza de Macri.

En los museos del Títere y de Magia hay algarabía. Ahora todo es posible. Creen que nadie más moverá los hilos, y la muerte podría ser sólo un truco.





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