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Dilma: primera tentativa de maquillaje fracasada

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Dilma inició su gobierno intentando lanzar una ofensiva de reforma política para responder a los cuestionamientos de corrupción en Petrobras y desviar el foco de la agenda de ajustes económicos que ya comenzó a ser implementado a ritmo acelerado. Pero hasta la tímida propuesta de que los políticos limiten sus privilegios ya fue disciplinada por aliados y opositores.

Sábado 1ro de noviembre de 2014 | Edición del día

¿Qué intenta esconder el maquillaje?

El plebiscito anunciado por Dilma en su primer discurso luego de las elecciones tuvo dos objetivos:

El primero era apoyarse mínimanente en el descontento de la población para negociar una reducción cosmética de algunos privilegios más vergonzosos y recomponer la legitimidad del sistema político sin tener que cambiar su esencia. No se sabe con certeza cuáles son las reformas que el gobierno propondría (estas aún estaban siendo discutidas).
Lo que se sabe es que entre las propuestas generales no existía ninguna que sometiese a la población la siguiente pregunta: ¿deberían todos los políticos ganar lo mismo que un profesor? No podría existir, ya que no hay dudas de que una simple medida como esa sería apoyada por una mayoría aplastante de la población.

El segundo objetivo del plebiscito era desviar el foco de la agenda derechista de ajustes económicos que el nuevo gobierno ya comenzó a implementar para saciar las exigencias de los empresarios y de las altas finanzas. A final de cuentas, fueron muchas las promesas de mejoras en las condiciones de vida y de derechos sociales, fueron muchas las acusaciones a Marina y Aécio de ser candidatos de los banqueros. Dilma intenta hacer pasar desapercibidas medidas que chocan con las aspiraciones exacerbadas que ella misma alentó en la recta final de la campaña electoral, como única forma de estimular a la militancia del PT.

Una tentativa fracasada

Ni siquiera el plebiscito, que limita a la población a responder “si” o “no” sobre reformas cosméticas que no alteran la esencia de la democracia para ricos, parece ir adelante. Para los nobles políticos brasileros, incluso eso sería demasiado democrático. Dilma rápidamente retiró la propuesta inicial y reformuló otra aún menos democrática: primero el gobierno intentaría negociar una reforma con los congresistas, luego ofrecería a la población un paquete listo para ser refrendado. Y no volvió a hablar del asunto.

En medio de las manifestaciones de Junio de 2013 sucedió algo similar: primero Dilma propuso una Asamblea Constituyente exclusiva para discutir la reforma política, luego retrocedió a un plebiscito y en seguida intentó un referéndum, para terminar en nada. Todo eso en cuestión de días o incluso horas. No se puede tener una visión optimista cuando tenemos el antecedente del momento en el que las masas salían a las calles.

Al mismo tiempo, uno de los principales debates en los medios del país pasó a ser las capitulaciones del nuevo gobierno a la presión del mercado financiero por una agenda de ajustes contra el pueblo trabajador. Sorprendiendo por derecha las expectativas de los mismos bancos, Dilma elevó las tasas de interés que favorecerán el enfriamiento económico y, consecuentemente, el aumento del desempleo. Contra las expectativas de más derechos sociales, el Ministro de economía anuncia un draconiano ajuste de las cuentas públicas. Y todos aguardan la designación de un presidente del Banco Central aceptado por las finanzas. Parte de las medidas que Dilma más les criticó a Aécio y a Marina.

Los primeros reveces del nuevo gobierno

Dos días después del triunfo electoral el nuevo gobierno fue derrotado en su Plan Nacional de Participación Social, en circunstancias en que la oposición contó con la inestimable ayuda del principal aliado del PT, el PMDB. Este fue un decreto implementado por Dilma en mayo de este año también para dar un maquillaje más de “izquierda” a su gobierno. El objetivo era apoyarse en las entidades de la “sociedad civil” (donde dominan los liderazgos del PT) para negociar en mejores condiciones con el Congreso.

Estos “consejos” son instancias de conciliación entre los intereses de los trabajadores y los patrones, con la mediación del gobierno. Existen desde hace décadas y no sirven para nada más allá de dar una imagen de un Estado más democrático, que escucha a los sindicatos y movimientos sociales mientras las verdaderas decisiones son tomadas en los pasillos y salones palaciegos, bajo el sello de los lobbys empresarios que financian las campañas electorales.

Aún así, esta derrota tuvo un valor simbólico, pues indicó claramente que la situación del gobierno en el Congreso no es de las mejores.

Pronto, los parlamentarios del PMDB (como vienen demostrando, principal aliado del gobierno), junto con la oposición, barajaron la posibilidad de votar distintos proyectos de ley para favorecerse y a sus bases electorales Por ejemplo, propusieron una ley que obliga al Planalto a liberar recursos financieros para enmiendas parlamentarias de los diputados. Actualmente el gobierno libera lo que quiere, siendo este uno de los principales instrumentos de negociación para el apoyo político en el Congreso.

“Vieja” política

La posibilidad de que las leyes que signifiquen nuevos compromisos presupuestarios para la Unión sean votadas prendió el alerta rojo del Planalto. Si fueran aprobadas, estas leyes dificultarían aún más la ejecución del ya difícil ajuste fiscal que el gobierno está decidido a implementar.

Dilma se comunicó personalmente con el Presidente de la Cámara para pedir que interrumpiese las votaciones y envió a su articulador Aluísio Mercadante para apagar el incendio.

Ahora, la preocupación del gobierno no está centrada en la ofensiva de una reforma política y sí en defender mínimamente sus posiciones en el Congreso, ya que los sectores más anti - PT del PMDB se articulan con el PSDB para ubicar en la presidencia de la Cámara un candidato opositor a Dilma

¿A dónde fueron a parar los cambios prometidos?

No se puede esperar que de las manos de este gobierno surja alguna reforma mínimamente progresista y democrática del sistema político. Tampoco confiar en que otorgará alguna concesión significativa a las profundas demandas que emergieron en las calles en las Jornadas de Junio de 2013 y las huelgas que sacudieron al país.

Que estas cuestiones no se transformen en moneda de cambio de la politiquería brasilera depende de la movilización independiente de los trabajadores y la juventud, de la unión con distintos sectores y la recuperación de los sindicatos de las manos de los dirigentes burocráticos para ponerlos al servicio de la lucha.





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