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Red Internacional

Debates.Editorial revocó contrato a escritora por dichos transfóbicos: ¿cultura o cancelación?

Tiempo estimado 10:04 min


Almadía canceló un contrato con la colombiana Carolina Sanín por sus reiteradas posturas contra las mujeres trans en su cuenta de Twitter. Sin compartir sus posiciones políticas, salieron en defensa gremial de Sanín varias autoras argentinas como Mariana Enríquez, Alexandra Kohan y Claudia Piñeiro. El debate escaló en redes. Enríquez y Kohan cerraron sus cuentas de Twitter. ¿Censura? ¿Cancelación? Arte, política e ideología.

Cecilia Rodríguez

@cecilia.laura.r

Viernes 11 de noviembre | 08:05

La escritora colombiana Carolina Sanín denunció en su cuenta de Twitter que la editorial mexicana Almadía, luego de haber pagado los derechos de sus libros Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto, canceló su publicación. Si bien la editorial aún no hizo declaraciones, Sanín explicó que se trata de una censura motivada por sus posiciones con respecto a la identidad de género.

Para la autora, las mujeres trans no son mujeres y lo declara abiertamente, desde hace tiempo. Utiliza la repercusión de sus libros, su contrato con Random House y su título en Yale como plataforma al servicio de una campaña política, que coincide en varios puntos con las impulsadas por instituciones como la Iglesia y formaciones políticas de ultraderecha al estilo Trump, Bolsonaro y Milei.

En un tuit particularmente escabroso planteó que la lucha de las mujeres trans va a devenir en un holocausto contra las mujeres: clasico discurso de odio, esgrimido desde un privilegio académico y económico (Random tiene presencia oligopolica en el mercado del libro en español, e infinitos medios de prensa a disposición), que incentiva la violencia contra un colectivo expulsado historicamente de todo privilegio, cuyo promedio de vida rozaba hasta hace poco los 35 años, con enormes dificultades para conseguir trabajo en buenas condiciones, blanco aún de la violencia homicida, tanto de particulares como de las fuerzas de represión.

Ante la cancelación del contrato con Almadía, escritoras latinoamericanas salieron a apoyar a Sanín, sin compartir, sin embargo, sus posiciones con respecto a las mujeres trans. Algunas de ellas y ellos fueron Sergio Olguín, Samantha Schweblin, Mariana Enríquez, Alexandra Kohan y Claudia Piñeiro. Por sus declaraciones de apoyo a Sanín, recibieron un tsunami de respuestas, algunas de las cuales las acusaban injustificadamente de transfobia, lo que llevó a Enríquez y Kohan a cerrar sus cuentas en la red social del pajarito (de rapiña, quizá).

Este hecho es denunciado, a su vez, como una cancelación: ante la proliferación de discursos de odio como el de Sanín, los colectivos y activistas contra la transfobia y la violencia de género recurren al acoso en redes para que la persona que detenta discursos de odio se retire del debate e incluso cierre su cuenta en esa red social. Este método, junto con el escrache, proliferó en los últimos años y no resultó útil para fortalecer la movilización y lucha colectiva, además de que brinda excusas a los antiderechos para victimizarse y alimentar más el odio.

Este caso es doblemente lamentable porque el acoso se aplicó, no a enemigos de la lucha feminista y trans, sino a escritoras que están a favor de esas luchas y que solo estaban solidarizándose en términos gremiales con una colega, sin compartir sus posiciones políticas. Quizá no sea lo más atinado, en un caso como este, poner lo gremial tan por encima de lo político. Pero parece un precio demasiado alto el que pagan por tan pequeño error cuando referentes como Milei y cía dicen cosas criminales sin que caigan sobre ellos este tipo de consecuencias.

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Hay censuras y censuras

La caída de este contrato no implica que dejen de circular los libros de Sanín, que publica con Random House y otras editoriales. En Argentina, ha publicado Los niños, Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto con Blatt & Rios, y está por sacar otro con la misma editorial.

La decisión de Almadía sí compromete, en cambio, la circulación de la autora en México, ya que se trata de una de las editoriales independientes con más éxito en el país, que ha publicado plumas de prestigio como Juan Villoro y Margo Glantz y abrió una sede en el Estado Español. Su decisión también confirma un lamentable utilitarismo, extendido en las editoriales, que no solo viven del trabajo gratuito o precario de escritoras y asalariadas (mucha presencia femenina), sino que además, de un día para el otro, te pueden cancelar un contrato. Eso no está bien y deberían revisarlo, especialmente las que se reclaman “independientes”, a menos que quieran que dejemos de creer en el mito fundacional.

En este marco, resulta legítimo que Sanín eleve una queja gremial, así como que reciba solidaridad de otras colegas ante la decisión de una empresa de cierta magnitud que la afecta como autora. Pero ¿elevar una queja por incumplimiento de obligaciones es lo mismo que denunciar una censura?

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La censura implica un silenciamiento, un ocultamiento, ejercida desde un lugar de poder a un lugar sin poder o con menos poder. La mayoría de los medios oculta, por estos días, las importantes movilizaciones de médicos y médicas en CABA, una “marea blanca” que no merece tapas de diarios ni placas urgentes en los noticieros. La mayoría de los medios censuró también a las mujeres mapuches embarazadas o con chicos que fueron reprimidas, detenidas y torturadas el mismo fin de semana del Encuentro de Mujeres. La mayoría de los medios censuró rápidamente la voz de las familias reprimidas en Gimnasia y Esgrima de La Plata al calor de la creciente unidad mundialista.

En el mundo de los libros, ocurren censuras anónimas. Diariamente las editoriales toman decisiones comerciales, políticas e ideológicas sobre qué publicar y qué no. La mayoría de estas decisiones no se hacen públicas. Sin embargo, el resultado de ellas es que, de cada generación, un importante universo de autores y autoras no tienen circulación ni posibilidad de publicar, cuestión que se agrava mientras más crece la concentración del mercado del libro en pocas multinacionales.

Históricamente este problema ha afectado en particular a las personas que representaban o sostenían posiciones opuestas a las de Sanín. Hay mucha andrógina, mucho hombre poco macho en la historia de las plumas censuradas, obviadas, olvidadas. Muchas de las que hoy consideramos literaturas claves padecieron este tipo de “censuras de hecho” en vida. Todavía sucede: basta salir del microclima de la Capital Federal y algunas otras ciudades para ver cómo hace una joven poeta trans, o mapuche, o pobre, para abrirse paso. Y esto es un fenómeno que se reitera, del siglo XIX hasta hoy: el funcionamiento “normal’’ del mercado literario está lleno de censuras. Sanín, felizmente, no tiene este problema: su obra ya es profusamente difundida. La acción de Almadía es más grave en tanto antecedente, que puede afectar a otres en peores condiciones para hacerse oír.

Arte, política e ideología

Desde el estallido de los movimientos de mujeres (muchas fechan el inicio en el Ni una menos de Argentina), las autoras, por primera vez, están de moda. Trans, tibias o transfóbicas, muertas o vivas, con llegada o sin llegada, el mercado nos considera mercancías (o aspirantes a mercancía, la reserva), que “justo” sabemos cómo hablarle a lo que el público quiere leer por estos días. Editoriales compiten entre sí para hacerse con plumas femeninas que aumenten el número de interacciones y ventas, pero si sucede que alguna se vuelve demasiado peligrosa para la tranquila publicidad, quizá te cancelo el contrato.

Trans, tibias o transfóbicas, nos ven como mercancías, pero somos intelectuales. Lo queramos o no, lo hagamos voluntariamente o no, conscientemente o no, con formación académica o no, nuestros libros son hechos culturales y políticos, que preservan, desarrollan y/o modifican en algún grado la cultura de nuestro país y continente. Como nunca antes en la historia, libros escritos por mujeres contribuyen al clima de época, a los valores que se difunden más, a las actitudes que se toman como ejemplo o no, a dotar de imágenes los temores y deseos de la juventud. Los libros que hoy hacen lo que en su momento hicieron El guardián entre el centeno, o Rayuela, están escritos por mujeres. Es algo nuevo.

Hay quienes quieren conducir ese fenómeno vivo, en disputa, hacia ciertas orientaciones derechistas y criminales. Otros que quieren quitarle filo, hacer pinkwashing y series en Netflix sobre blancas académicas o emprendedoras privilegiadas en Nueva York. Otras que se fascinan de más con su individual reclamo y no logran ver a una aliada y la maltratan, como si fuera enemiga. Otras queremos ir para otros lados. Por eso conviene, cuando se trata de literatura, no poner lo gremial sobre lo político. No es necesario concederle a posiciones como la de Sanín la bandera de la censura, no hace falta engrandecer una demanda por incumplimiento de contrato. Ella no está despojada de poder, no está silenciada. Por el contrario, utiliza un lugar de poder para atacar a un colectivo puntual y desfavorecido. Esto merece ser discutido más que como simple problema gremial o saldarlo con “... pero sus libros son buenos”.

No creo que Twitter sea el lugar para dar la discusión. Quizá se perdieron ciertos espacios, quizá faltan revistas literarias, que no sean académicas, ni blogs, ni redes personales donde se exponen lo mismo intimidades que largas reflexiones o memes, sin jerarquías ni forma de discernir tonos e ironías... Quizá hacen falta congresos y ferias menos de ventas y más de lucha política, estética, cultural. Quizá precisamos espacios de encuentro, debate y escritura que funcionen de otro modo. No sé cuáles son, pero aprovecho para dejar la preocupación.

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