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Cruje el Frente de Todos: mucho más que una crisis por las tarifas

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La jornada del viernes estuvo cruzada por todo tipo de operaciones y rumores acerca de la renuncia de Federico Basualdo, subsecretario de Energía Eléctrica. Algunos medios se animaron a hablar, incluso, de la salida del ministro Martín Guzmán. Una crisis que va más allá de nombres e internas.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Viernes 30 de abril | 22:07

Foto: Marcelo Carroll (Clarín)

“Hay funcionario que no funcionan”. La frase esta vez no salió de la boca de Cristina Kirchner sino de los despachos del Ministerio de Economía. En el territorio que capitanea Martín Guzmán las balas fueron enderezadas, de manera directa, contra Federico Basualdo, subsecretario de Energía Eléctrica y funcionario designado por el kirchnerismo “puro” en un sector estratégico para la orientación económica del Gobierno. De fondo, la batalla por las tarifas.

Al caer la noche de este viernes, Twitter hervía tanto como los teléfonos del mundillo más politizado. En la Argentina de las restricciones sanitarias y el 42 % de pobreza, la coalición oficialista crujía por los cuatro costados. Desde el camporismo llegaban mensajes de desmentida de un eventual pedido de renuncia hacia Basualdo. Desde las usinas guzmanistas (o “albertistas” si es que tal entelequia existe) un frenético grito contestaba “se va él o me voy yo”. En este caso la primera persona correspondía al titular de Economía.

El humor, sano aliado de la tensión y el estrés, encontró su espacio en Twitter y recorriendo grupos de WhatsApp Web y Telegram, para expresar el formato de la crisis abierta.

Desde su nacimiento, el Gobierno del Frente de Todos estaba determinado por las tensiones. Hijo (casi) no querido de un peronismo unido por el objetivo de sacar a Macri -con el cuál no pocos colaboraron activamente-, convirtió el armado del gabinete en un loteo extendido. Las distintas alas de la coalición electoral recibieron parcelas propias y decidieron hacerlas valer. En el año y medio transcurrido algunas cambiaron de dueño, no sin que en el medio volara algún que otro fusible. O ministro.

La fiebre de este viernes por la tarde noche parece haber encendido las alarmas en escala superior. No resulta ocioso. El nombre de Guzmán tiene demasiado peso en el armado oficial. Es el nombre del acuerdo con el FMI y los grandes especuladores internacionales. Es, también, el nombre del ajuste indisimulable implementado en aras de acordar con esos poderes imperiales. Hasta el centro de estudios Cifra lo califica de esa manera. Apelando a algunos eufemismos, pero confirmando el mismo contenido.

El debate por la magnitud de la suba en las tarifas -cuestión que disparó la crisis- expresa distintas modalidades y ritmos en cuanto a ese ajuste. Guzmán, necesitado de demostrar un plan de ajuste fiscal antes los ojos vigilantes del FMI, propone mayor dureza a la hora de elevar los montos a pagar. Basualdo, respaldado por Cristina Kirchner, plantea un ajuste más “moderado”, en el contexto del calendario electoral, una situación social dramática y en plena segunda ola. La discusión, limitada en lo superficial, no pone en cuestión la estructura -decadente y crítica- de los servicios privatizados. Ni siquiera osa acercarse a la idea de retrotraer los brutales tarifazos heredados del ciclo macrista y en el marco de cuatro años consecutivos de caída del poder de compra del salario.

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El tutelaje del FMI impone un mayor ajuste sobre la economía nacional. Eso genera mayores tensiones en una interna oficialista presionada entre el ajuste, la gobernabilidad y la cercanía del calendario electoral. Pero la sangre, hasta hora, no llega al río aunque explora sus orillas. Nadie está dispuesto a poner en cuestión una estructura nacional atada a la dominación del gran capital imperialista.

Embravecido por el oleaje de la pandemia, el mar de fondo es una crisis social y económica que golpea sobre millones de familias trabajadoras. La tensión creciente de una sociedad marcada por la angustia y un malestar persistente que se alimenta del aislamiento social, pero también de la incertidumbre económica.

La resultante es una creciente resistencia en las calles. El retorno y la persistencia de la vieja y criticada lucha de clases. En los piquetes de Vaca Muerta protagonizados por los trabajadores y trabajadoras de la salud, con amplio apoyo en la población, que golpearon un nervio del capitalismo argentino y que obtuvieron un triunfo. En los puentes que conectan la Ciudad de Buenos Aires con el populoso y empobrecido conurbano. En las rutas tucumanas o jujeñas.

No es casualidad que esta crisis estalle en las alturas cuando las calles marcan un límite en la relación de fuerzas. Para los trabajadores y trabajadoras no se trata de “interpretar” la rosca, sino de reclamar por lo que les corresponde. La crisis en las alturas “sólo” es un escenario para esa lucha.





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