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¿Por qué “codo de tenista” y no “codo de albañil”? Cuando el trabajo enferma y mata

Tiempo estimado 7:05 min

El miedo a la desocupación nos empuja más a los jóvenes a ir a laburar enfermos. La pelea contra el ajuste también se libra al interior de los cuerpos. Diclofenac y barbarie, o dar vuelta la tortilla.

Catalina Ávila

@linaa_avila

Santiago Trinchero

@trincherotw

Viernes 5 de abril | 23:07

Que levante la mano el que nunca tuvo que ir a laburar con fiebre, con la panza revuelta, con una angina, con un tendón inflamado. Podríamos arrancar esta nota con datos duros. Contar cómo aumentó el trabajo en negro el último año y que también lo hicieron la desocupación y la pobrezade la mano del FMI, Macri, los gobernadores y todos los traidores que dirigen las centrales sindicales.

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Pero hay enormes pérdidas que no salen en las estadísticas oficiales que contabilizan una muerte obrera cada veinte horas, según el informe del colectivo Basta de asesinatos laborales. Hay un desgaste progresivo que todos los que vivimos de nuestro trabajo sufrimos y que se acumula como una cuenta de saldos en nuestra salud, hasta que ya no damos más. De eso queremos hablar.

El ajuste mata

Los medios de comunicación nos ametrallan la cabeza con los números de la pobreza y de la desocupación. Dicen que nos informan pero lo que hacen es trabajarnos la impotencia. Y ya se empieza a decir que “afuera está difícil”, que “tenés que cuidar el laburo” y otros sentidos comunes que se graban a fuego y nos vuelven reticentes a querer dejar de trabajar cuando nos enfermamos.
No se trata de una nueva forma de masoquismo. Es el temor a la desocupación, que cada día aumenta más, lo que nos empuja a esta situación. Porque para millones de nosotros trabajar no es una opción, es una necesidad.

Entonces empezamos a ir con fiebre o con dolores musculares que se van acumulando, como en una torre de jenga en la que sacamos un pedacito de nosotros cada día para poder llegar al siguiente.

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¿Nunca te preguntaste por qué en las propagandas de análgesicos siempre hay deportistas? Un reciente estudio reflejó que seis de cada diez argentinos se automedican ¿se rompieron todos jugando a la pelota?¿Por qué se le dice a un tipo de tendinitis muy común “codo de tenista” y no “codo de albañil”, si claramente hay en el mundo más albañiles que tenistas? Es parte de la trampa, de lo que se oculta de una máquina que pone nuestras vidas por detrás de las ganancias de nuestros patrones.

“Mirá que vos, para la empresa, sos un número” ¿A quién nunca le dijeron eso? Y lo brutal es que uno lo interioriza, piensa, “para ellos soy un número, soy descartable” y no te querés quedar afuera, te esforzás. Y muchas veces ese esfuerzo se paga con secuelas que duran toda la vida, o que te matan.

Una historia que cuenta muchas

Hace unas semanas nos contaron algo terrible que pasó en el Aeropuerto de Ezeiza. Allá funciona una multinacional suiza, Gate Gourmet, que se encarga de la comida de los aviones. Ahí laburaba un pibe de 27 años, que tenía dos hijos y que hacía cinco meses había quedado efectivo. Tuvo la desgracia de romperse el hombro trabajando y por miedo a que lo echaran volvió antes del alta porque estaba en la mira, no se podía mandar ninguna.

Un compañero suyo nos cuenta: “Al poco tiempo arrancó con dolores de panza, esas cosas que no parecen graves, que se curan tomando buscapina. Pero los dolores seguían y él no quería perder el trabajo. Ya lo habían apretado para que se pusiera las pilas, y entonces la estiró. Nosotros le decíamos que fuera al médico y él respondía ‘no, no, que me van a echar, yo necesito el laburo, no me pueden echar’. Y bueno, después de un tiempo terminó yendo a la clínica de la obra social en Monte Grande. Ahí le dieron una buscapina y lo mandaron a la casa. Al otro día nos enteramos que esa noche empezó a toser sangre, que volvió a la clínica y que murió en el traslado en la ambulancia por una úlcera en el estómago”.

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Una muerte tan absurda sólo es posible en una sociedad donde la vida de un trabajador vale menos que lo que el patrón deja de ganar si le falta un empleado. Ellos ganan todo el tiempo, se atienden en las mejores clínicas, comen comidas más sanas, duermen en mejores camas y casas más seguras (que no se prenden fuego por un brasero volcado en invierno, por ejemplo). Este estado desesperante de las cosas no puede aguantarse más.

Dar vuelta todo

Arrancamos esta nota diciendo que hay más de cuatrocientos asesinatos laborales al año, pero también, hay muchas otras producidas por los ritmos de producción que no ocurren estrictamente en el lugar de trabajo. Y que esas muertes no están tipificadas en ningún código penal, son asesinatos sin asesino. Crímenes perfectos que son garantizados en su impunidad por la casta de políticos patronales y por la burocracia de los sindicatos, que como mucho mandarán una corona de flores a la familia destrozada.

¿Tiene sentido que haya, por un lado, gente que se rompa laburando y por el otro gente que no consiga trabajo? ¿Tiene sentido que después de todas esas muertes que nos envenenan de bronca todo siga igual? ¿O es una locura más de este sistema, mitad manicomio, mitad matadero, que ha hecho del trabajo una suerte de esclavitud moderna?

La historia demuestra que este no es el mejor ni el único de los sistemas posibles. ¿Por qué deberíamos resignarnos a aceptarlo? ¿Imaginaste alguna vez cómo sería una sociedad organizada en base a nuestras necesidades?¿Qué pasaría si los trabajadores pudiéramos controlar las condiciones y ritmos de laburo? ¿Qué pasaría si pudiéramos controlar las condiciones de seguridad e higiene en las que trabajamos? ¿Y si además tuviéramos delegados que hicieran respetar el derecho a no ir a trabajar enfermos?

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Nos necesitan rotos para que estemos cansados, para que cuando lleguemos a casa no nos quede ni un gramo de fuerza para pensar cómo hacer para dar vuelta la tortilla, para no pagar esta crisis que no es nuestra, porque nosotros no la generamos. Nos quieren cansados para esconder un pacto perverso donde nuestros cuerpos son la grasa que lubrica una maquinaria que nos usa y que nos tira cuando no servimos más, como si fuéramos una lamparita que se quema.

Pero cada lastimadura que nos hacen, cada visita a la ART, cada compañero que perdemos porque se muere o porque se rompe y lo rajan, lo único que hace es dejarnos las cosas cada vez más claras: son ellos o nosotros. Son ellos, los de arriba, los que dicen que hay que seguir destinando millones para pagar la deuda eterna, mientras acá abajo nosotros nos morimos laburando porque no tenemos un peso.

Cuando nos dicen que bajemos la cabeza, que las cosas son así y que a lo sumo sólo podemos esperar a recuperar apenas una mísera parte de todo lo que nos robaron, nosotros decimos: que levanten la mano los que quieren derrotar este ajuste, de Macri, del FMI, de los gobernadores. Decimos basta, nuestras vidas valen más que sus ganancias.





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