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La Izquierda Diario
15 de noviembre de 2020 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
Socialismo, tecnología e ideologías de la miseria
Matías Maiello | @MaielloMatias

¿Por qué los poscapitalistas no pueden soñar y nosotros sí?

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El capitalismo a nivel global actúa cada vez más como una máquina imparable de producir desigualdad. El más reciente compendio de esta evolución fue realizado por un hombre del mainstream como Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI, tema que retoma más recientemente en Capital e ideología. El Banco Mundial nos informa que con la crisis y la pandemia del covid, para 2021 habrá en el mundo 150 millones de personas más en la pobreza extrema. En total casi 1 de cada 10 habitantes del planeta estará en esta situación, viviendo con menos de U$D 1,90 al día; 1 de cada 4 con menos de U$D 3,20 y el 40 % del planeta (casi 3.300 millones de personas) con menos de U$D 5,50. Pero no todo son malas noticias en la crisis. El número de “milmillonarios” a nivel mundial aumentó hasta alcanzar la cifra record de… 2.189 individuos. Las 400 personas más ricas de EE. UU. aumentaron sus fortunas un 8 %, y 15 de ellos que lo hicieron en más de un 40 %. Primero en la lista, Elon Musk, el hombre de Tesla y SpaceX, incrementó su fortuna un 242 %. El pobre Jeff Bezos, dueño de Amazon, solo llegó a un 57 %.

La revista Foreign Affairs, en la pluma de Daron Acemoglu, se pregunta por lo que deja la reciente elección norteamericana, y llega a la conclusión que Trump no será el último populista estadounidense ni mucho menos, ya que el fundamento de su existencia está en la creciente desigualdad. Un fenómeno al que aparentemente no le encuentra explicación:

Las causas fundamentales de estas desigualdades –dice– han resultado sorprendentemente difíciles de precisar. El surgimiento de nuevas tecnologías prodigio "sesgadas a favor del trabajo cualificado" [Skill-Biased Technical Change, SBTC], como las computadoras y la inteligencia artificial, ha coincidido con un período de crecimiento singularmente bajo en la productividad, y los analistas no han explicado de manera convincente por qué estas tecnologías han beneficiado a los propietarios de capital en lugar de a los trabajadores.

Este “secreto” no lo es tanto. El capitalismo tiene la rara virtud de transformar los avances de la ciencia, de la técnica y de la productividad del trabajo, que podrían servir para aumentar el bienestar de la humanidad y el tiempo libre, en su contrario: para producir y reproducir miseria de un lado y fortunas cada vez más inconmensurables del otro, donde un puñado de “milmillonarios” acumula la riqueza equivalente a la que posee la mitad de la humanidad. El “secreto” por el que se preguntaba Acemoglu podría definirse parafraseando a Clinton: "es la propiedad privada, estúpido”. Sin embargo, en los últimos tiempos el cuestionamiento a la propiedad privada de los medios de producción y de los frutos del trabajo se ha convertido en una especie de tabú directamente proporcional a los anhelos de “economías populares”, de rentas ciudadanas universales, a las loas a “el común”, a los llamados a luchar por el “socialismo digital” y hasta por un “comunismo de lujo totalmente automatizado”. ¿Cómo es esto?

La biotecnología y la inteligencia artificial como motores de la historia

¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Con esta pregunta titulaba un reciente libro Alejandro Galliano, en el que llamaba a no “regalarle el futuro a un puñado de millonarios dementes”. “Recuperemos alguna idea de futuro –decía– o alguien lo hará por nosotros” [1]. Uno que busca cumplir con esta consigna es el periodista británico Aaron Bastani con la idea de un “comunismo de lujo totalmente automatizado”. Su planteo, como el de muchos autores que podrían considerarse “poscapitalistas”, es que estamos viviendo los primeros momentos de una gran disrupción tecnológica que provoca un imparable desplome en los costos para la producción de prácticamente todo, con la inminencia del fin del trabajo gracias a la automatización, vía inteligencia artificial, y la transformación de la biotecnología [2].

Bastani trae diferentes ejemplos. La capacidad del manejo de la información ha crecido exponencialmente. Una supercomputadora construida en 1996 por el gobierno de EE. UU. a un costo de 55 millones de dólares y del tamaño de una cancha de tenis, tenía la mitad de la capacidad de procesamiento que la PlayStation 4 (a un costo de 400 dólares). Algo similar señala sobre los avances de la biotecnología, por ejemplo, respecto a la secuenciación del ADN humano, o a los desarrollos que planean la producción sintética de proteínas animales. También en cuanto a la baja progresiva de los costos de la energía solar que permitirían pensar su viabilidad para cambiar la matriz energética a escala global. Incluso avizora un futuro promisorio para la minería espacial, que permitiría un acceso más o menos ilimitado a muchos recursos.

Sobre la base de estos desarrollos nos propone pensar un comunismo de la abundancia donde disfrutemos del ocio, y que las máquinas se ocupen del resto. Más allá de los ejemplos que pone Bastani, algunos más actuales otros en proyecto, efectivamente el avance científico y tecnológico es un hecho. Sin embargo, entre eso y la automatización y (la propaganda de) el fin del trabajo, se interponen dos pequeños problemas: la ganancia capitalista y el papel de los Estados en garantizarla. Empezando por el hecho de que muchos de los potenciales desarrollos tecnológicos –y más aún los relacionados con la salud y el bienestar de las grandes mayorías–, que implican inversiones de grandes cantidades de capital, se chocan con las prerrogativas de la rentabilidad. Por lo que no es casual, que avances tecnológicos “de base”, empezando por las computadoras electrónicas e internet, tengan origen militar.

Más allá de la propaganda del “fin del trabajo”, efectivamente el desarrollo de la tecnología permitiría producir lo mismo con cada vez menos trabajo, pero el capital necesita cada vez más trabajadores cada vez más precarios para aumentar sus ganancias. Subocupación, desocupación y “masas marginales” por un lado, y sobreocupación, jornadas extenuantes y trabajadores “rotos” por el otro. Esto es así porque una cosa es la capacidad de la tecnología para crear valores de uso para satisfacer una necesidad (por ejemplo, un auto para trasladarme) y producirlos en menos tiempo, es decir, con un menor gasto de tiempo de trabajo (socialmente necesario). Y otra cosa muy diferente es la tecnología como medio para la creación de valores de cambio (valor que tiene un objeto en el mercado). Esto último es lo que realmente le es “útil” al capital. No le importa la utilidad de la cosa para satisfacer una necesidad, sino en tanto vehículo necesario para realizar su ganancia. Y esta ganancia no surge de las máquinas (que no crean nuevo valor) sino del tiempo de trabajo no pago que le roba el capitalista al trabajador. Por eso, al mismo tiempo que la fuerza de trabajo para el capitalista es un “costo”, no puede prescindir de ella porque es su única fuente de ganancia genuina [3]. Como planteaba Marx en los Grundrisse:

El capital mismo es la contradicción en proceso [por el hecho de] que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma de trabajo excedente como condición –question de vie et de mort– del necesario [4].

Por otro lado, la idea que sostiene Bastani, según la cual el desarrollo de la tecnología y las fuerzas productivas –en lugar de la lucha de clases, como decía Marx– sería el motor de la historia que puede pegarnos un aventón hasta el comunismo, atrasa un siglo. Concluye su libro recordándonos que “Isaac Deutscher escribió una vez que ‘el socialismo no es el último y perfecto producto de la evolución o el fin de la historia, en cierto sentido es solo el comienzo’. Quizás así es como se concibe mejor el FALC [Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado según sus siglas en inglés]” [5]. Y efectivamente, Deutscher fue un destacado representante de estas ilusiones en el desarrollo de las fuerzas productivas como especie de demiurgo de la Historia que llevaría, en su caso, a la URSS –dominada por el stalinismo– hasta el socialismo.

Rusia pasó de ser ejemplo Europeo de miseria y atraso en 1917 a poner en órbita el Sputnik en 1957, el primer satélite de la historia. Para ese entonces, los trabajadores tenían garantizado salario y empleo, educación, salud y jornadas laborales de 7 horas, pero esto sucedía al mismo tiempo que el régimen desmoralizaba a la clase trabajadora bajo la bota de una dictadura totalitaria, que pronto ahogaría también la economía. Las visiones como las de Deutscher, que apostaron a una especie de “desarrollismo obrero”, llevaron al embellecimiento de la burocracia stalinista que terminó transformándose en agente directo de la restauración capitalista y de los planes del FMI a finales de la década de los ‘80.

En el caso de Bastani, se trata de embellecer una idea positiva de un Estado capitalista administrador y “con sensibilidad social”. Bajo la aclaración de que el Comunismo de Lujo “debe instruir a su usuario sobre los próximos pasos inmediatos”, nos dice que mientras esperamos que se desarrolle la “disrupción tecnológica” nuestras demandas tendrían que ser “romper con el neoliberalismo”, “una transición financiada por el Estado hacia las energías renovables y los servicios universales”, y cuestiones por el estilo. El sueño del futuro termina en la reivindicación de una especie de “Estado de bienestar” aggiornado a los tiempos que corren. Cabe recordar que la versión original del “bienestarismo” no solo fue una respuesta de contragolpe del capitalismo a aquel ascenso de la Unión Soviética, sino que se basó en “los 30 gloriosos”, décadas de crecimiento cuyas bases hay que buscar en la destrucción masiva de fuerzas productivas provocada por la Segunda Guerra Mundial, y que, dicho sea de paso, terminó castastróficamente con la crisis mundial de 1973-74. En síntesis, un proyecto de futuro que huele a pasado, pero omitiendo en el relato nada menos que la crisis, la guerra y la revolución.

Postapocalípticos e integrados

En el citado libro de Galliano, nos dice que:

Hoy, ante el doloroso surgimiento del capitalismo 4.0, las imágenes apocalípticas se agolpan en los productos culturales más diversos, desde series y películas hasta análisis de coyuntura poco inspirados […]. Sería mejor empezar a entender que el capitalismo como experiencia consiste en vivir el fin del mundo todos los días. […] Pensar el futuro hoy requiere pensar después del fin del mundo, porque el apocalipsis ya llegó y nosotros seguimos aquí.

Se trata de una forma elegante de negar las crisis y catástrofes que impone el capitalismo como exageración de los marxistas y responde a una cierta moda. El concepto sería, parafraseando a un popular cantautor, bienaventurados los que están en el fondo del pozo porque de ahí en adelante solo cabe ir mejorando. Desde ya, es mucho más edificante pensar el apocalipsis que las crisis. Frente al primero no podemos hacer nada, solo queda esperar el golpe fulminante del destino, y en todo caso prepararnos para la salvación divina. Las crisis son más complicadas.

Esta crítica, sin embargo, es unos 120 años más vieja que Black Mirror. Desde un optimismo menos obligado a rendir culto al pesimismo, el dirigente socialdemócrata Eduard Bernstein allá a fines del siglo XIX llegó a la conclusión de que Marx había exagerado con el tema de las crisis capitalistas. Que a diferencia de los pronósticos de la su teoría de las crisis, estas no se agudizaban, y por lo tanto tampoco conducirían al derrumbe del capitalismo. Tendencias contrarrestantes surgían en el sistema de crédito, en el mercado mundial, se desarrollaban los trusts y el Estado intervenía más en la economía. Decía que:

... mediante la legislación y una serie de medidas de política económica [...] la sociedad organizada interviene cada vez más, desde diversos ángulos, en el dominio del capital y por ello, la tendencia hacia el derrumbe no puede concretarse en la forma en que anteriormente fue prevista” [6].

El pronóstico claramente no funcionó y en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. La peor masacre de la historia de la humanidad hasta ese entonces. Pero a diferencia del apocalipsis, dio lugar al triunfo de la Revolución rusa. Cabe recordar que aquella idea bernsteiniana persistió y así la socialdemocracia tuvo un papel fundamental en la derrota de los sucesivos procesos revolucionarios que atravesaron Alemania entre 1918-19 y 1923, y luego con la crisis capitalista del ’30. El resultado fue la victoria de Hitler. Con razón decía Walter Benjamin que:

La idea de un progreso del género humano a lo largo del curso de la historia no puede separarse de la idea de su prosecución en un tiempo vacío y homogéneo. La crítica de la idea de tal prosecución debe constituir la base misma de la crítica de la idea general de progreso [7].

En las visiones “postapocalípticas” actuales, aunque hay un cierto rechazo (o aceptación culposa) de la idea de progreso, definitivamente hay una gran deuda con aquella idea de prosecución en un tiempo vacío y homogéneo. Los que se atreven a pensar la guerra, como Wolgang Streeck, se imaginan que “los daños colaterales pueden limitarse mejorando la tecnología”, y nos dicen que: “Si en un futuro no muy lejano combatieran robots contra robots, por ejemplo, drones Tesla contra drones Huawei, las batallas se podrían contemplar cómodamente desde la pantalla de nuestros domicilios”. Suena como que Netflix nos ha podrido el cerebro, pero son las cosas que se dicen. Mientras tanto los buques de guerra y las islas artificiales militarizadas van proliferando progresivamente en el Mar de China.

Galliano nos dice que en este cálido postapocalipsis, el capitalismo puede soñar. Lo muestra el hecho de que Elon Musk, mientras hace los drones para Streeck y aumenta su fortuna un 242 % durante la pandemia, está impulsando la idea de colonizar Marte. Pero la realidad es que hoy, si hay algo que el capitalismo no tiene es visión de futuro; a esta carencia se la ha denominado “estancamiento secular”, pero a esta idea postapocalíptica del mainstream económico la persigue una historia de crisis, como la de los ’30, la de 73-74, la de 2008 y la actual. Como recordaba en un reciente artículo Paula Bach, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” económico del capitalismo e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos. Tal vez Elon Musk pueda llevar el mensaje a Marte para que vengan. O tal vez, los “alienígenas” terminen viniendo del Oriente. Pero podemos quedarnos tranquilos porque el apocalipsis obviamente ya pasó.

Soñar dentro de la Matrix

Al mundo pujante la inteligencia artificial y la biotech, de cuyo desarrollo evolutivo Bastani espera el advenimiento del comunismo, le estarían sobrando unas 3.300 millones de personas según los datos del Banco Mundial. Un 40 % de la población que, en más o en menos, no llega a cubrir sus necesidades básicas, atravesado por la precarización, laboral y de la vida. Una grieta social que después tiene su expresión, particularidades mediante, en cada país. El politólogo y sociólogo José Nun fue uno de los pioneros en analizar este tipo de grieta social en el mundo semicolonial. Allá por 1969, partiendo de una lectura de los Grundrisse de Marx, acuñó el término de “masa marginal” para hacer:

... una doble referencia al sistema que, por un lado, genera este excedente [de población] y, por el otro, no precisa de él para seguir funcionando. Cuando Trotsky analiza la desocupación de 1930 en los países capitalistas avanzados, concluye: “El actual ejército de desocupados ya no puede ser considerado como un ejército de reserva, pues su masa fundamental no puede tener ya esperanza alguna de volver a ocuparse; por el contrario, está destinada a ser engrosada con una afluencia constante de desocupados adicionales” [8].

Sobre la base de esta observación de Trotsky, aclara que el hecho de que esa “masa fundamental” no vuelva a encontrar trabajo no implica que esto le ocurra a su totalidad, y por otro lado, que la “masa marginal” a la que él se refiere no tiene por único componente a los desocupados sino también a los sectores de las industrias y los servicios menos productivos. En la actualidad, el primer lugar lo ocupan los enormes contingentes precarios y subempleados. A su vez, en el mundo semicolonial, la subordinación al imperialismo es un elemento clave y distintivo en el esquema de atraso y dependencia que reproduce aquella “masa marginal”.

La derecha neoliberal en general asume esta grieta social como punto de partida. La cuestión pasa por definir quién está de un lado y quién del otro. El índice de salvación sería “meritocrático”, empezando por los que tienen el “mérito” de ser propietarios y/o herederos de la propiedad de los medios de producción y de cambio. El neorreformismo o el “populismo de izquierda”, según la definición de Chantal Mouffe, también naturalizan aquella situación. No se preguntan cómo superar la grieta social sino cuál debe ser la actitud hacia los que “naturalmente” quedan afuera. El kirchnerismo fue un buen ejemplo: su mayor “conquista” fue reducir la pobreza a (solo) un 25 % y la “informalidad” laboral a (solo) un 40% en el pico de un ciclo económico favorable para la Argentina. Consciente del potencial desestabilizador de aquella “masa marginal”, el “Estado presente” garantiza a la vez que condena a la mera supervivencia en condiciones de pobreza o indigencia, a amplias porciones de la población, que en tiempos de bonanza pueden representar un cuarto del total y superar el 50 % en tiempos de crisis.

Hasta aquí se trata de una cuestión de “gestión pública” (de la miseria), pero para dorar la píldora le sigue una ideología: la “economía social” o “popular”. Se trataría del

... conjunto de actividades económicas generalmente de baja intensidad […] desarrolladas por los sectores populares con miras a garantizar o sostener, a través de la utilización mayormente de su fuerza de trabajo de los recursos disponibles y subsidios del Estado, la satisfacción de las necesidades básicas [9].

La precariedad y la economía social o popular se transforman en un supuesto destino “natural” de la mitad de la población. Una subsociedad donde las aspiraciones no pueden superar la “satisfacción de las necesidades básicas”, excluyendo la vivienda por supuesto, no vaya a ser cosa que, como en Guernica, quieran ocupar las tierras destinadas a construir un campo de golf. Los countries son para los ricos, obvio, para los pobres está “el planeta de los slums”, como lo llamó Mike Davis, que alberga a alrededor de 1 de cada 6 habitantes del mundo.

Desde luego, no es extraño que Bergoglio sea un entusiasta promotor espiritual de la “economía social”. Lo extraño son visiones como las de Galliano, que llaman a “soñar” a la izquierda y se ilusionan con una ampliación inevitable de la “masa marginal” y ven en una reproducción mejorada del miserabilismo un futuro deseable. Volviendo a Argentina, nuestro autor nos recuerda que

... el kirchnerismo rompió con parte del movimiento obrero organizado y optó por recostarse cada vez más en organizaciones sociales de la "economía popular", incluso después de dejar el gobierno en 2015. Aun así, se trató de una transformación no sistemática, improvisada y llena de contradicciones, que con el cambio de gobierno en 2015 se torció hacia un modelo de mera contención.

Y concluye:

Hoy, una salida puede ser acelerar ese proceso hacia una integración plena de la masa marginal con un ingreso básico cívico, amplio y negociable, que pase de la mera contención reproductiva a la integración cívica, con instituciones y garantías para negociarlo [10].

Lo que queda por fuera de todos estos planteos es que el ideal miserabilista de la “economía popular” –incluso en una hipotética versión “amplia y negociable”– es la contracara de la naturalización del “país productivo” parasitado por los dueños de todo (capitalistas grandes y medianos, gerentes, a los que le sigue una más amplia clase media acomodada). Por más que a algunos esta ecuación les pueda parecer “win-win”, no lo es. Continuando con el ejemplo del kirchnerismo, bajo el acuerdo de no cuestionar lo esencial de la estructura semicolonial atrasada y dependiente del país, este le opuso a las proclamas de la derecha contra “los vagos que se mantienen del Estado” una… “batalla cultural”. Contra la meritocracia, la solidaridad. Nobles ideales si no fuese porque la “solidaridad” era entendida como reparto de la miseria mientras que los grandes burgueses y las multinacionales se la llevaban en pala. Pagarle 10.000 millones de dólares cash al FMI era un acto de “soberanía”, pero el reclamo de los trabajadores que llegaban a cubrir la canasta familiar contra el impuesto a las ganancias (al salario) era cosa de “privilegiados” y “egoístas” que no querían solidarizarse con los más necesitados. Si esto no es “hacerle el juego a la derecha”...

Claro que junto a la “economía popular” hay toda otra serie de justificaciones de por qué no hay que tocar la propiedad privada de los medios de producción de los capitalistas. Tony Negri, por ejemplo, hace tiempo ha venido desarrollando la idea “el común como modo de producción”, de que ahora “en la época del trabajo cognitivo y cooperativo, del General Intellect”,

... la apropiación capitalista se presenta en una figura completamente transformada y que la apropiación del plustrabajo no se ejerce a través de la explotación directa del trabajo y su consiguiente abstracción, sino más bien a través de un nuevo mecanismo de apropiación, que se caracteriza por la extracción del común como constitución de la producción social total.

Con lo cual, la cuestión no pasaría por apropiarse de obsoletos medios de producción como las fábricas, las máquinas y ese tipo de insignificancias. La clave pasaría por cuestiones como, por ejemplo, las “prácticas democráticas de apropiación y de gestión de los ‘bienes comunes’” o, no podía faltar, por la demanda de un “ingreso garantizado”.

Pero dentro de las diferentes variantes que se presentan, más o menos atractivas desde el punto de vista intelectual, la idea común que se repite es la de una “renta universal” o “salario ciudadano” por el cual cada persona tendría un ingreso otorgado por el Estado, independientemente de que tenga trabajo o no. Más allá de las intenciones diversas de cada uno de sus defensores, esta propuesta no representa más que una variante (aumentada y/o mejorada) de la política de subsidios y planes sociales que el Banco Mundial recomendó tradicionalmente para el mundo semicolonial para “contener” a la “masa marginal” y convertir a grandes contingentes de la población en “clientes” del Estado.

Futuros alternativos y estrategia socialista

Ahora bien, los trabajadores y sectores populares, más en una situación de crisis como la actual, no pueden perder ocasión de arrancar tal o cual concesión parcial a los capitalistas y a su Estado. En Argentina, hay una amplia tradición de lucha de los movimientos de desocupados, así como de las fábricas que cierran y son puestas a producir bajo control obrero por sus trabajadores como Zanon o Madygraf, entre muchas otras. En Guernica y las diversas ocupaciones de tierras a lo largo y ancho del país se muestra la lucha por la vivienda. Las burocracias de todo pelaje (sindicales y “sociales”), así como toda la ideología oficial (desde el corporativismo sindical y al miserabilismo de la “economía social”), están articuladas para mantener dividido al pueblo trabajador en los marcos de la grieta social. Su confluencia es la perspectiva más temida por la burguesía. Algo de esto vimos, por ejemplo, el 12N de 2019 en Chile, en la huelga más importante desde la caída de Pinochet, y en menor medida, también en la jornada del 18D de 2017 en Argentina contra el ataque a los jubilados.

En los mismos análisis de Trotsky sobre la crisis en EE. UU. en los años ‘30 que retoma José Nun cuando elabora su concepto de “masa marginal”, el fundador de la IV Internacional iba más allá y planteaba las consecuencias programáticas y estratégicas del problema. La clase trabajadora no puede tolerar la proliferación exponencial de precarios, subocupados y desocupados crónicos en sus filas y que el capitalismo los someta a depender de la “buena voluntad” del Estado. La desmoralización y el reformismo en general, decía Trotsky, preparan psicológicamente para el fascismo o desgracias derechistas de menor envergadura. La única vía de preservación que tiene la clase trabajadora frente a la decadencia y la ruina que le pretende imponer el capitalismo es ligar las demandas inmediatas a la lucha por terminar con toda forma de precarización laboral, por la rebaja de la jornada laboral y reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados sin afectar el salario (es decir, a costa de los capitalistas), por terminar con el saqueo de la deuda, por la nacionalización del comercio exterior y los bancos protegiendo a los pequeños ahorristas, por la expropiación de los principales terratenientes, entre otras medidas que apunten a revertir la dependencia y atraso que en el mundo semicolonial es un factor fundamental para hacer “natural” la existencia de aquella “masa marginal”.

¿Por qué los poscapitalistas parecen no poder soñar? Porque los desarrollos de las fuerzas productivas bajo el mando el capital no solo no se traducen en mayor tiempo libre para todxs, sino que dan lugar a enormes desarrollos en diferentes terrenos como las telecomunicaciones, la robótica, la tecnología aeroespacial y armamentística, la industria del entretenimiento, de la depredación de la naturaleza (agrotóxicos, fracking, etc.) y otras, cuya orientación apunta a la maximización de ganancias (y al control social) y están muy lejos de redundar en una vida más digna y confortable para las grandes mayorías. Y en este marco, sin proponerse terminar con la apropiación privada de los medios de producción y de cambio, incluso los sueños (esos que buscan realizarse) quedan en manos de los milmillonarios como Elon Mosk. Claro que está el consuelo de la realidad virtual, de repetir los sueños programados de nuevos y viejos reformismos, y hacer apuestas miserabilistas más o menos sofisticadas mientras se sigue reproduciendo la grieta social y disfrutamos del postapocalipsis.

¿Por qué nosotros sí podemos soñar? Porque el tiempo de trabajo como medida de la riqueza, que produce y reproduce aquella “masa marginal”, es una imposición miserable que solo se sostiene por la persistencia del capitalismo. Porque a nivel global nunca estuvo tan planteada desde el punto de vista del estado actual de la ciencia, la tecnología y del desarrollo del “general intellect” –intelecto o conocimiento social general–, la perspectiva señalada por Marx de que “ya no [sea], en modo alguno, el tiempo de trabajo, la medida de la riqueza, sino el tiempo disponible” [11]. ¿A qué se refiere Marx con esto? A que los avances de la ciencia, de la técnica y de la cooperación del trabajo, si son arrancados del mando del capital, permitirían que esa capacidad de producir lo mismo en menor tiempo se desarrolle y se traduzca en que la humanidad tenga que utilizar cada vez menos energías para producir lo que necesita para subsistir hasta que la cantidad de tiempo que dedica cada individuo al trabajo como imposición represente una porción insignificante, y así poder desplegar verdaderamente toda la creatividad, la productividad y las capacidades humanas. Liberándonos del capitalismo, y gracias al desarrollo de la productividad del trabajo, no tendría sentido medir la riqueza de nuestras sociedades por las horas que invertimos en producir y reproducir nuestras condiciones de existencia, sino que lo haríamos por el tiempo libre que nos queda para dedicarnos a todo lo demás, para el ocio creativo de la ciencia, el arte y la cultura, y establecer una relación más armónica con la naturaleza. Este sería el verdadero sentido de un comunismo de la abundancia, que hace actual la perspectiva internacionalista de la revolución socialista, y la construcción de un poder propio de los trabajadores que arranque los medios de producción y de cambio de manos de los capitalistas y los ponga al servicio de las necesidades de las grandes mayorías y de la reducción al mínimo del trabajo como imposición con el objetivo, como decía Trotsky, de poder liberar para siempre las facultades creadoras del ser humano de todas las trabas, limitaciones o dependencias humillantes, y que las relaciones personales, la ciencia, el arte, no tengan que sufrir ninguna sombra de obligación.

 
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