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17 de octubre de 2020 Twitter Faceboock

A 100 AÑOS
El sueño rojo de John Reed
Daniel Lencina | @dani.lenci

Un siglo sin la mejor pluma de la revolución que estremeció al mundo: John Reed.
Aquí repasamos algunas escenas de una vida marcada por el fuego de la lucha de clases y el arte del mejor cronista de dos revoluciones.

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Ilustración: Sabrina Rodríguez

¿Quién fue John Reed? Un tipo que de periodista se convirtió en revolucionario. Dio sus primeros pasos como militante en Norteamérica de la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo), que agrupaba a todos los trabajadores inmigrantes y nativos sin convenios laborales ni derechos. En Paterson, conoció la cárcel por primera vez y dentro de ella, tras largas conversaciones con los obreros entendió que el problema no era uno o dos empresarios “malos”, ni que la “justicia” no escuche los reclamos de los trabajadores: sino que el problema era el sistema capitalista.

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El amigazo Juan

La sensibilidad del joven periodista se fue mezclando en un cóctel explosivo con una época marcada por las crisis, guerras y revoluciones. ¿Exageramos? En absoluto, dado que John Reed fue corresponsal de la Revolución Mexicana iniciada en 1910. Pero no fue un periodista más ya que pronto se ganó la confianza y amistad de Pancho Villa, quien cada vez que lo llamaba le decía “el amigazo Juan”.

De esta primera cobertura nació el libro México insurgente publicado en 1915. Allí podemos leer, en forma viva como fue ese episodio revolucionario en el país Azteca, tal vez uno de los más audaces de América Latina. Veamos por ejemplo una de las tantas y simples conversaciones entre “Juan” y “Pancho”, donde a través de las preguntas, el líder revolucionario va reflexionando y, ¿por qué no?, cambiando de idea:

“Fascina observarlo descubrir nuevas ideas. Hay que tener presente que ignora en absoluto las dificultades, confusiones y reajustes de la civilización moderna.

  •  El socialismo, ¿es alguna cosa posible? Yo sólo lo veo en los libros, y no leo mucho. Una ocasión le pregunté si las mujeres votarían en la nueva República. Estaba extendido sobre su cama, con el saco sin abotonar.
  •  ¡Cómo!, yo no lo creo así -contestó, alarmado, levantándose rápidamente-. ¿Qué quiere usted decir con votar? ¿Significa elegir un gobierno y hacer leyes? Le respondí que sí y que las mujeres ya lo hacían en los Estados Unidos.
  •  Bueno -dijo, rascándose la cabeza-. Si lo hacen allá, no veo por qué no deban hacerlo aquí.
  •  Puede ser que sea como usted dice -y agregó-, pero nunca había pensado en ello. Las mujeres, creo, deben ser protegidas, amadas. No tienen una mentalidad resuelta. No pueden juzgar nada por su justicia o sinrazón. Son muy compasivas y sensibles. Por ejemplo -añadió-, una mujer no daría la orden para ejecutar a un traidor.
  •  No estoy muy seguro de eso, mi general -le contesté-. Las mujeres pueden ser más crueles y duras que los hombres. Me miró fijamente atusándose el bigote. Y después comenzó a reírse. Miró despacio hacia donde su mujer ponía la mesa para almorzar.
  •  Oiga -exclamó-, venga acá. Escuche. Anoche sorprendí a tres traidores cruzando el río para volar la vía del ferrocarril. ¿Qué haré con ellos? ¿Los fusilaré o no? Toda turbada, ella tomó su mano y la besó.
  •  Oh, yo no sé nada acerca de eso -dijo ella-. Tú sabes mejor.
  •  No -dijo Villa-. Lo dejo completamente a tu juicio. Esos hombres trataban de cortar nuestras comunicaciones entre Juárez y Chihuahua. Eran traidores, federales. ¿Qué haré? ¿Los debo fusilar o no? La idea pareció divertirlo mucho. Le daba vueltas y más vueltas en su mente, me miraba y se alejaba otra vez.
  •  Oh, bueno, fusílalos -contestó la señora. Villa rió entre dientes, complacido”.

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    Guerra y revolución

    Luego de la publicación de México Insurgente que se volvió un éxito en los EEUU, John Reed viajó a Europa a cubrir la Primera Guerra Mundial. Desde el inicio empezó a denunciar que la misma tenía un carácter imperialista y, como era de esperar, no cayó nada bien en la prensa “democrática” de Norteamérica. Así empezó a conocer la censura. Pero si algo caracterizó su personalidad es que ninguna adversidad lo detenía. Entre la furia de la guerra y la pasión por dar a conocer lo que allí sucedía llegó a Rusia.

    El razonamiento de Reed era el siguiente: si la Revolución de Febrero de 1917 que había derrocado al Zar había sido por pan y por el fin de la guerra y el Gobierno Provisional, que asumió luego la mantenía, entonces intuía que una nueva revolución podría volver a estallar. No se equivocó, y así llegó a tiempo para ver con sus propios ojos la revolución que cambiaría al mundo.

    Se instaló en la capital revolucionaria junto a Louis Bryant, su compañera, y rápidamente se dió una idea del clima político que reinaba en la Rusia revolucionaria, llena de obreros armados y organizados en las Guardias Rojas. Y junto a “los muchachos de overol azul y brazalete rojo” se paraba el campesino pobre que clamaba por la tierra. Y junto a ellos las mujeres que habían iniciado el torrente revolucionario en Febrero. Ese era clima que lo recibió en Petrogrado o, al decir de Trotsky, esas eran las “fuerzas motrices de la revolución”.

    Visitó el frente de guerra donde los soldados hambrientos, en harapos y agotados le pedían “algo para leer”. ¡Algo para leer! Eso pedían las tropas cansadas de la guerra imperialista y donde los bolcheviques poco a poco irían ganando influencia hasta que en Octubre estalló la insurrección.

    Pero antes, así como compartió largos días con Pancho Villa, en Rusia tuvo la ocasión de entrevistar exclusivamente a León Trotsky. Es interesante que John Reed nombra a Trotsky 87 (ochenta y siete) veces en su obra Diez días que estremecieron el mundo . Si 87 veces y en su mayoría son para dar cuenta del poder de fuego de la oratoria de León Trotsky en el Soviet de Petrogrado, en una asamblea, en público o en una entrevista mano a mano con el autor de esa gran obra. Cuando habló con Trotsky, lo pintó de cuerpo y alma y se refería a él no solo en su aspecto físico -la sonrisa diabólica, la elegancia y el estilo- sino y sobre todo en la claridad política ya que Trotsky en simples palabras le explicaba que harían los bolcheviques una vez que tomen el poder.

    Pero volviendo a Diez días que estremecieron el mundo , vale decir que la obra “estremeció” tanto a Lenin que dejaremos que sea él mismo quien la recomiende:

    “Después de leer con vivo interés y profunda atención el libro de John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, recomiendo esta obra con toda el alma a los obreros de todos los países. Yo quisiera ver este libro difundido en millones de ejemplares y traducido a todos los idiomas, pues ofrece una exposición veraz, escrita con extraordinaria vivacidad, de acontecimientos de gran importancia para comprender lo que es la revolución proletaria; lo que es la dictadura del proletariado. Estas cuestiones son ampliamente discutidas en la actualidad, pero antes de aceptar o rechazar estas ideas es preciso comprender toda la trascendencia de la decisión que se toma. El libro de John Reed ayudará sin duda a esclarecer esta cuestión, que es el problema fundamental del movimiento obrero mundial.”

    Fragmento de la película “Rojos” (Reeds) de Warren Beaty (1981)

    También tenemos que decir que el film de Warren Beaty dedicado a contar la vida de John Reed es simplemente “épico”. Muchas escenas de su vida y obra están muy bien recreadas, como la vez que habla en una asamblea obrera y hasta hace el esfuerzo de hablarles a los trabajadores en su propio idioma.

    Luego John se hizo militante de la Internacional Comunista dirigida por Lenin y Trotsky quienes redactaron los manifiestos y resoluciones más importantes, además de dirigir la actividad de los nacientes Partidos Comunistas en todo el mundo.

    Pero el 17 de octubre de 1920 el ardiente corazón de John, “Jack” o “el amigazo Juan”, dejó de latir. Sus restos fueron enterrados en la Plaza Roja de la Rusia Revolucionaria.

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    El mundo que sigue estremecido

    El mundo sin Reed ha cambiado muchísimo pero en algunas cosas no tanto.
    John Reed no llegó a ver que la revolución de la que fue testigo y protagonista se fue burocratizando y sus líderes fueron masacrados en los campos de concentración por Stalin, el sepulturero de la revolución. El estalinismo no sólo impidió el triunfo de las revoluciones antes de la Segunda Guerra Mundial, sino que en la posguerra traicionó todo lo que pudo.

    ¿Qué hubiera pasado con John Reed si hubiera sido testigo de la contrarrevolución? Nunca lo sabremos, pero su internacionalismo que fue lo que lo marcó en sus primeros pasos hacen pensar que se hubiera resistido como una fiera a la pseudo teoría del “socialismo en un solo país” y se hubiera negado a enterrar lo que la Revolución de Octubre había logrado. El sueño de John Reed era una sociedad sin explotados ni explotadores. Pero ¿tenemos derecho a soñar? Lenin dijo alguna vez que:

    “El conflicto entre los sueños y la realidad no produce daño alguno, siempre que la persona que sueña crea con seriedad en su sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, en general, trabaje conscientemente en la realización de sus fantasías. Cuando existe alguna relación entre los sueños y la vida todo va bien”.

    Lo cierto es que el mundo sigue andando y la barbarie capitalista hace estragos con una triple crisis política, económica y sanitaria. Pero los de abajo se niegan a aceptar que la vida es pura penuria y hay respuestas de los explotados y oprimidos del mundo. “En cada huelga se esconde la hidra de la revolución”, dijo alguien que temía el despertar del movimiento obrero.

    Mientras esta crisis mundial se desarrolla un homenaje posible, pero ante todo necesario, por no decir urgente, es vital: retomar los hilos de un periodismo comprometido, insurgente, sensible, de acción, de “primera línea” en tiempos duros para enfrentar la decadencia capitalista. Un periodismo revolucionario a lo John Reed.

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