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1ro de junio de 2020 Twitter Faceboock

EE. UU. / REVUELTAS
Las revueltas negras en EEUU: el ascenso de la década del 60 y el “largo verano caliente”
Paula Schaller | Licenciada en Historia

Washington 1968

Probablemente, guardando las múltiples diferencias, haya que remontarse a fines de los 60 para encontrar algún antecedente similar en términos de extensión de las protestas a lo largo del país.

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Las protestas que se desataron en Estados Unidos en repudio al asesinato de George Floyd conmocionan al mundo por su magnitud. Probablemente, guardando las múltiples diferencias, haya que remontarse a fines de los 60 para encontrar algún antecedente similar en términos de extensión de las protestas a lo largo del país. Es que el racismo estructural que atraviesa a EEUU desde su propio origen como nación independiente tuvo como correlato una larga tradición de revueltas o motines negros, cuyo punto alto se dio en la convulsa década del ‘60.

El trasfondo de las revueltas negras de la década del 60 estuvo dado por el ascenso del movimiento por los derechos civiles. Este germinó en el contexto de la postguerra, donde se produjo una gran explosión demográfica que llevó a millones de negros a migrar desde los estados sureños, donde estaba institucionalizado el régimen de la segregación, a las grandes ciudades industriales del centro-norte del país. Si hasta 1940 el 75 % de la comunidad negra se concentraba en los estados sureños, antiguamente esclavistas, entre 1940 y 1970 unos 4 millones habían migrado al Norte.

Este aumento demográfico sobreconcentró a la población negra en los guetos negros de los grandes centros urbanos donde golpeaba el desempleo, el hacinamiento y la precariedad habitacional, y activó los conflictos raciales. La generalización de los linchamientos de negros por parte de supremacistas blancos dejó de ser una “costumbre sureña” y comenzó a extenderse al resto del país, atizando la bronca y la organización entre la comunidad negra que comenzó a rebelarse. Esto se combinó, a su vez, con la radicalización de franjas del movimiento de masas contra la guerra de Vietnam, que impactó sobre el propio movimiento negro que destacó alas más radicales como las Panteras Negras.

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Mientras el movimiento por los derechos civiles se extendía nacionalmente, su dirección trataba de moderar y el gobierno buscaba mecanismos para la cooptación. Dice Howard Zinn “El gobierno federal estaba intentando controlar, sin llevar a cabo cambios fundamentales, una situación explosiva. Quería canalizar la ira usando el tradicional mecanismo de enfriamiento de los ánimos: las urnas electorales, la petición cortés, el consenso tranquilo aprobado de forma oficial. Cuando los líderes negros del movimiento plantearon una gran marcha sobre Washington en el verano de 1963 el presidente Kennedy y otros líderes nacionales aprovecharon la ocasión para convertir la marcha en una asamblea amistosa. El discurso de Luther King fue un magnífico discurso, pero carecía de la ira que muchos negros sentían". [1]

Si bien al calor del avance del movimiento por los derechos civiles se habían aprobado en 1964 la ley de derechos civiles que prohibía la discriminación racial en el empleo y en 1965 la Ley de Derechos Electorales que prohibió las pruebas de alfabetización y creó derechos de voto para todos, independientemente de su raza, la vida de los negros seguía condena a la miseria. En este sentido, Zinn dirá que mientras las leyes de derechos civiles no cambiaban su verdadera condición, a los negros no se les podía integrar fácilmente a la “coalición democrática.” Y sus condiciones no cambiaban. Para mediados de los 60 el desempleo entre los blancos era de 4,8 %, y entre los negros del 12 %, y mientras una quinta parte de los blancos estaba bajo la línea de pobreza, la mitad de los negros lo estaba.

Precisamente en los años en que la legislación de derechos civiles alcanzaba su punto más alto en los años 64 y 65, se iniciaba un ciclo de revueltas negras en todo el país.

Las revueltas negras en los grandes centros urbanos

En 1965 se produjo la revuelta del guetto de Watts en Los Angeles. Allí, como en todo el Estado de California, regía la Proposición 14, una ley estadual que permitía a los propietarios de inmuebles rechazar cualquier alquiler o venta alegando motivos raciales. Esta ley resultaba fundamental para confinar a los afroamericanos en guetos carentes de acceso a los servicios básicos como lo era el de Watts, perpetuando así de facto la segregación que se había anulado de iure en la Ley de Derechos Civiles del año anterior. 

Watts era un distrito periférico de Los Ángeles poblado en un 90 % por negros, de los cuales 1 de cada 3 sufría el desempleo. El violento arresto por policías blancos de un joven negro, Marquette Frye, en un control de tráfico, fue el detonante que hizo estallar la ira contenida como una olla a presión. La revuelta en el gueto se extendió durante seis días, con protestas en las calles y saqueos que sólo pudieron ser sofocadas con la militarización del distrito con miles de efectivos de la Guardia Nacional, la imposición del toque de queda y el uso de tácticas y armas de guerra que dieron como resultado 34 muertos, cientos de heridos y 4.000 detenciones.

En 1967, con una cada vez más impopular guerra de Vietnam de fondo, se desarrollaron los mayores disturbios urbanos de la historia norteamericana en los guetos negros del país, en los hechos que algunos historiadores denominaron como el “largo verano caliente". [2] Según el informe del Comité del Consejo Nacional para los Disturbios Urbanos, tan sólo en 1967 ocurrieron levantamientos sociales en ciento cincuenta ciudades estadounidenses entre los cuales los más visibles fueron en las ciudades industriales del norte que habían recibido un como Newark, Boston, Cincinnati, Milwaukee y, sobretodo, Detroit. En julio de 1967, un nuevo hecho de violencia de dos policías blancos contra un taxista negro provocó el levantamiento en Newark (Nueva Jersey). Las tropas de la Guardia Nacional y estatales fueron enviados a reprimir, ocasionando 26 muertos y 1.500 heridos. Ese mismo mes, estalló la revuelta de Detroit, Michigan, el principal centro de la industria automotriz de Estados Unidos y del mundo. Esta revuelta, que fue retratada en la película Detroit: zona de conflicto, de Kathryn Bigelow, fue la mayor de todo el ciclo de protestas.

Detroit 1967

Con el boom del automóvil como uno de los motores de la industria norteamericana de postguerra, Detroit había experimentado una gran transformación de su fisonomía urbana, estructurada en función de una lógica de segregación espacial. Si bien la condición de los barrios negros de Detroit era relativamente mejor comparada con otros centros urbanos y la segregación en las viviendas –una práctica por la que, al enterarse de que un nuevo comprador era negro, los blancos se congregaban haciendo piquetes, rompiendo ventanas, cometiendo incendios premeditados y atacando a sus nuevos vecinos- estaba casi en desuso, en los hechos los barrios de blancos y de negros estaban marcadamente divididos y con una desigual condición de acceso a los servicios.

A partir de la radicación de las plantas automotrices en la periferia, el centro urbano de Detroit se había ido vaciando progresivamente: los blancos se habían ido asentado en los barrios residenciales de los suburbios y los afroamericanos vivían concentrados en el viejo núcleo de la ciudad. Muchos se empleaban para Ford, General Motors o Chrysler, y sufrían el azote de la violencia policial racista. Allí, una redada en un bar derivó en un levantamiento generalizado de la población negra. Johnson movilizó al ejército —cuatro mil setecientos soldados de las divisiones aéreas 82 y 101— para respaldar cinco días de represión en masa por la guardia nacional y las policías municipal y estatal que dejaron un saldo de 43 muertos y más de 2.000 heridos. El malestar se extendió a varios estados, incluyendo Illinois, Carolina del Norte, Tennessee y Maryland, dando como resultado decenas de muertos.

El auge de las revueltas urbanas que mostraban que la igualdad ante la ley no se expresaba en una igualdad ante la vida, desnudando la realidad de pobreza y racismo policial que azotaba a la comunidad negra en todo el país, se expresó en una radicalización en el discurso del ala más moderada del movimiento encabezada por Luther King, que veía la necesidad de contener estos estallidos de ira social. Su prédica cada vez más decidida contra la pobreza y la guerra de Vietnam lo convirtieron en un foco de la persecución del FBI, que lo ejecutó mientras visitaba una huelga de los trabajadores recolectores de basura de Memphis, Tennessee, en 1968.

Su asesinato desataría una nueva ola de revueltas que se generalizó a unas 125 ciudades del país pero tuvo su epicentro en Washington, donde el presidente Lyndon B. Johnson, sobrevoló desde el helicóptero una ciudad en llamas, con enfrentamientos y barricadas improvisadas en decenas de esquinas. Para lograr retomar el control, el Gobierno Federal envió 13.000 soldados, en lo que se considera como la mayor operación de ocupación de una ciudad estadounidense desde la Guerra Civil.

Washington 1968

Si por un lado las revueltas expresaron un legítimo descontento de la comunidad negra contra la marginalidad, el desempleo, la pobreza, la violencia policial y el racismo institucionalizado al que seguían siendo sometidas, su límite es que no pasaron de ser estallidos desorganizados de ira popular. Quienes intervenían, sobre todo jóvenes, actuaban dispersos, al margen de los sindicatos cuyas conducciones le daban la espalda a la lucha antiracista. No hubo organizaciones que pelearan por desplegar métodos de lucha que permitiesen una alianza social más amplia sobre la que se pudiera articular una salida de fondo contra la opresión racial y la explotación capitalista. Por ejemplo, luego de las explosivas protestas de Washington, unas 2.000 personas quedaron sin hogar y casi 5.000 perdieron su trabajo, siendo saqueadas muchas tiendas de pequeños comerciantes.

Esto era usado crecientemente por la burguesía norteamericana, que por todos los medios azuzaba los prejuicios raciales para impedir una confluencia entre la lucha de la clase obrera blanca y la clase obrera negra. Utilizando a su favor tanto la desaprobación social de la Guerra de Vietnam como el estado de ánimo de sectores de la clase obrera y los sectores medios blancos, Nixon ganó la elecciones de 1968 prometiendo el retiro de las tropas de Vietnam en el ámbito externo e imponer la “Ley y el Orden" en el ámbito interno. Una vez en el poder, inició una “guerra contra las drogas” que fue la nueva modalidad que asumió la criminalización de las comunidades negras que comenzaron a poblar el sistema carcelario.

Las actuales protestas contra una brutalidad policial racista contienen en su desarrollo una larga tradición de revueltas que emergieron una y otra vez en la historia norteamericana. No casualmente, el racista de Trump (que en 1989 pagó una solicitada en el diario para exigir pena de muerte para adolescentes negros condenados por una supuesta violación a una mujer blanca que luego se demostraría falsa) utiliza para amenazar a los manifestantes las mismas palabras que el supremacista jefe de policía de Miami, Walter Headley, pronunció en el verano caliente de 1967, “si comienza el saqueo, comienza el tiroteo”.

Nuevamente, como cada vez que hubo ascenso de la lucha de clases, el Partido Demócrata busca funcionar como una gran maquinaria de contención y desvío de la lucha social. Si algo enseña la historia es que ese dique de contención sólo prepara el terreno para males mayores. En momentos en que la pandemia generó una profunda crisis sanitaria, económica y social que arrastró a millones al desempleo y profundizó la precariedad, es vital unificar la lucha de la juventud, las comunidades negras y los trabajadores. Que los sindicatos intervengan mediante huelgas masivas que puedan asestar un golpe mortal al corazón del centro imperialista.

 
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