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La Izquierda Diario
29 de junio de 2019 Twitter Faceboock

A 71 años de la ruptura entre Yugoslavia y la URSS - Parte II
El cisma Stalin-Tito: las dimensiones políticas de la ruptura
Philippe Alcoy | París

A 71 años de la ruptura entre Yugoslavia y la URSS, abordamos las dimensiones políticas de dicha ruptura.

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Publicamos la segunda parte de la serie de artículos que Révolution Permanente, sección francesa de la Red Internacional de La Izquierda Diario, publicó a 70 años de la ruptura entre Stalin y Tito.

Parte I: Yugoslavia: A 70 años de la ruptura entre Stalin y Tito, gran evento de la post guerra

Volvemos a las dimensiones políticas de dicha ruptura.

La burocracia que había usurpado el poder en la URSS a mediados de 1920 se había convertido en guardiana de la “Ley y el orden”, para garantizar los privilegios de una minoría preocupada por la “tranquilidad y la estabilidad”. Su poder y privilegios podían mantenerse en gran parte mientras que las masas soviéticas permanecían en una condición de pasividad relativa. Sin embargo, todo movimiento revolucionario de los trabajadores, aún al exterior de las fronteras de la URSS, que levantara la llama revolucionaria de las masas soviéticas, podía representar un peligro para su dominación.

Es por ello que la burocracia estalinista dentro de la Unión Soviética se había convertido en una ferviente guardiana y garante del status quo mundial. Como afirma León Trotsky en su obra La revolución traicionada de 1936: “La política extranjera es siempre y en todos partes la continuación de la política interior, porque es la de la misma clase dominante y persigue los mismos fines. La degeneración de la casta dirigente de la URSS no podía dejar de ir acompañada de una modificación correspondiente de los fines y métodos de la diplomacia soviética. La ’teoría’ del socialismo en un solo país, por primera vez expuesta durante el otoño de 1924, significaba el deseo de liberar la política exterior de los sóviets del programa de la revolución internacional”.

Esto es lo que explica todas las reticencias de Stalin a que un movimiento revolucionario, que no podría controlar completamente, se desarrolle durante la Segunda Guerra Mundial en Yugoslavia y vaya más allá de la lucha estrictamente “antifascista”. Es decir, no quería que la lucha resuelva cuestiones fundamentales como la reforma agraria o el tipo de régimen que se instauraría en el país después de la guerra. Stalin pretendía, y sobre todo, que estas guerras de liberación se basaran en la conciliación de clases con sectores de la burguesía nacional e incluso la monarquía yugoslava.

Esta había sido también la preocupación de la dirección del Partido Comunista de Yugoslavia (PCY), pero las circunstancias objetivas, así como algunas experiencias de fracasos anteriores en la aplicación de la política estalinista en el país, hicieron que los líderes comunistas yugoslavos fueran un poco reacios para seguir las consignas de Moscú. De hecho, en las condiciones de la guerra en Yugoslavia, seguir estas políticas habría significado claramente un “suicidio político”. Este desarrollo relativamente autónomo de la URSS de parte de los partisanos, creará las primeras tensiones entre Stalin y los comunistas yugoslavos.

Sin embargo, la toma del poder por el PCY y la instauración de un Estado y un régimen calcados al de la URSS fueron inevitables hacia el fin de la guerra; Stalin estaba obligado a aceptar esta realidad. Pero esa dirección, que había tomado un camino autónomo con relación a Moscú durante la guerra, que gozó de una gran base social y legitimidad entre las masas del país, le molestaba a la burocracia soviética.

Efectivamente, los partisanos tenían márgenes de maniobra que los líderes de los partidos comunistas de los países del “glacis” no tenían, ya que los dirigentes comunistas del “Bloque del Este” habían sido impuestos bajo el poder del Ejército Rojo y el propio Stalin y no por un movimiento revolucionario de masas obreras y campesinas, como había sido el caso del PCY. Aún más, la mayoría de los líderes comunistas de los países europeos centrales y del este habían pasado los años de la guerra sin combatir en sus propios países, sino muy protegidos en Moscú.
Por eso Stalin va a instalar la sede del Kominform (Buró de Información de los Partidos Comunistas) en Belgrado: pensaba poder enviar allí a sus agentes para vigilar de cerca a los movimientos de los comunistas yugoslavos.

Tito había sido designado a la cabeza del PCY en 1937 directamente por Stalin. En segundo plano estaban los Juicios de Moscú, en los que Stalin y la burocracia habían eliminado literalmente, salvo algunas excepciones, a toda la vieja guardia del partido Bolchevique que había llevado a cabo la Revolución de Octubre en 1917.

En Yugoslavia, en 1938, se procedió también a una purga de los viejos cuadros y dirigentes del partido que se habían dividido, entre otras cosas, por la aplicación o no de las directivas de Moscú en el país. Algunos de los dirigentes y militantes yugoslavos fueron arrestados, condenados y en ocasiones, fusilados en la URSS.

Los comunistas yugoslavos sabían muy bien entonces, por la experiencia y por haberlo hecho ellos mismos, de lo que el estalinismo era capaz de hacer al momento de “desembarazarse” de sus oponentes. Seguramente esto explica en parte su actitud demasiado cuidadosa con respecto a Stalin en la postguerra. Pero esto también explica sus intentos de protegerse de posibles represalias por parte de Stalin por haber actuado “de forma demasiado autónoma” durante la guerra.

Es dentro de este contexto que Tito multiplicará sus viajes a otros países “socialistas” de Europa del Este (Rumania, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, etc.) y los diferentes acuerdos y tratados con los países de la región. Tito y el PCY tratarán igualmente de convencer a otros dirigentes regionales de formar una Federación Socialista de los Balcanes.

Obviamente, esto no fue bien recibido por la burocracia soviética. Pero la crisis se convertirá en algo serio cuando a principios de 1948 el líder búlgaro Giorgi Dimitrov revela los planes que él y los comunistas yugoslavos compartían a propósito de la constitución de una federación o confederación socialista balcánica.

Efectivamente, dentro de dicho plan de federación incluían a Grecia, donde estaba en curso un levantamiento dirigido por el Partido Comunista Griego, que contradecía los acuerdos de Yalta y los planes secretos firmados entre Stalin y Churchill en 1944, donde se decretó que Grecia estaría en un 90% bajo la influencia de Gran Bretaña. Las declaraciones del líder búlgaro podrían ser utilizadas en contra de Stalin por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña acusándolo de querer "extender demasiado el socialismo".

Según René Girault, esta es la razón por la que los líderes del PCY "convocados súbitamente a Moscú en febrero de 1948, así como los líderes búlgaros, (...) por Stalin y Mólotov para prohibir la creación de una federación balcánica, advertir que Moscú quería el fin del levantamiento comunista griego (y por lo tanto, del apoyo de hermanos vecinos) y sobre todo que toda política externa debía tener la aprobación anticipada del ’centro’”.

El plan de crear una federación balcánica, de la que Tito sería la figura principal, era un intento de protegerse de Stalin y de la dependencia frente a la URSS. Incluso en Yugoslavia contaba con el apoyo popular, pero para tener éxito en su plan, pensaba que hacía falta convencer a otros líderes comunistas de la región.

Con las declaraciones de Dimitrov, Stalin había comprendido el plan de Tito, así como el peligro que esto implicaba para la burocracia soviética. En consecuencia, las tensiones entre el PCY y la URSS no harían más que aumentar hasta la ruptura en junio de 1948.

Como afirman Catherine Samary y Jean-Arnault Derens: "la convergencia y la complicidad política del búlgaro Giorgi Dimitrov con Tito, según lo revelado por el contenido de la primera entrevista, ciertamente convencieron a Stalin de que arriesgaba la pérdida de su hegemonía sobre un movimiento comunista mundial, y por lo tanto una desestabilización de su diplomacia y el papel internacional de la URSS como una gran potencia y fuente de su poder. La excomunión de los ’titoístas’ fue acorde con este peligro”.

Dimitrov se verá obligado a retroceder unos días después de su entrevista con Stalin; el resto de los líderes comunistas de los países del "glacis" rápidamente se alinearon detrás de Stalin y la burocracia soviética. De acuerdo con R. Girault, “al atacar de frente a Tito y al PC yugoslavo Stalin se dirigía a todos los partidos comunistas en el poder; la obediencia total a las órdenes que llegaban del centro y especialmente del genial Stalin debían ser de ahora en adelante la regla en toda Europa del Este. Ningún "buen estudiante" podría escapar de eso”. Esta ruptura seguramente no fue querida por el PCY, que ahora se encontraba en una situación difícil de aislamiento político, económico e incluso militar a nivel internacional.

De todas maneras, este evento mostraba hasta qué punto una revolución victoriosa, aun dirigida por un partido que se reivindicaba oficialmente de la línea de Stalin, podía representar un potencial peligro para la dominación de este último en la Unión Soviética y más allá. Esto también explica por qué Stalin y la burocracia soviética fueron enemigos jurados de todo movimiento revolucionario de los trabajadores y las masas populares.

Podemos ver igualmente que si la dirección del PCY hubiese sido realmente revolucionaria y que, dentro de su lucha contra Stalin, en lugar de apoyarse en los líderes completamente devotos y dependientes del Kremlin, se hubiera dirigido a las masas trabajadoras de la URSS y de otros países de Europa del Este, el potencial de un cuestionamiento a las burocracias gobernantes en estos países se habría multiplicado y quizás se hubiera abierto una nueva dinámica revolucionaria; lo mismo se aplica para la construcción de una verdadera federación socialista de los Balcanes e incluso de Europa Oriental y Central.

Bibliografía citada:

TROTSKY Léon, La revolución traicionada, 1936.
(https://www.marxists.org/francais/trotsky/livres/revtrahie/frodcp.htm).

GIRAULT René, “La ruptura con Stalin y el Kominform en 1948”, en De la unificación al estallido. El espacio yugoslavo, un siglo de historia, obra colectiva, Collection des Publications de la BDIC, 1998.

DERENS Jean-Arnault et SAMARY Catherine, Los conflictos yugoslavos de la A a la Z.

Traducción: Ann Álvarez

 
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