Venezuela en el centro de la escena latinoamericana

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Entre la ofensiva proimperialista, la negociación con los empresarios y el “ajuste” chavista

EDUARDO MOLINA

Número 9, mayo 2014.

 

Venezuela ha atravesado dos meses de extrema tensión, en el marco de la crisis económica y bajo el signo de la ofensiva derechista apoyada por el imperialismo.

 

El ala “dura” de la oposición, representada por Leopoldo López, María Corina Machado y otros, con los universitarios acomodados como vanguardia en las “guarimbas” (barricadas), buscaba apurar una “salida” destituyente, es decir, generar condiciones para la caída de Maduro. Tras esta arremetida, avalada por altas figuras de Washington y por los grandes “medios”, se entrevé la “colaboración” de las agencias imperialistas para generar una dinámica de “revolución colorida” al grito de “democracia” liberal contra la “dictadura castro-comunista”, según el lenguaje escuálido al gusto de Miami y el Tea Party.

La escalada opositora obligó al gobierno a negociar, pero la línea destituyente no pudo crear condiciones para un retiro anticipado de Maduro. Es que el chavismo, si bien con divisiones internas, tiene el apoyo de las FAN, controla la Asamblea Nacional y la mayoría de las gobernaciones, y retiene una amplia base social pese al “enfriamiento” del apoyo popular. Aunque la oposición “dura” ganó cierto protagonismo, erosionando la hegemonía del sector de Capriles, los sectores decisivos de la clase dominante prefirieron la vía de la negociación.

Por ahora disminuyó la tensión política y aunque la crisis está lejos de haberse cerrado, se abrió un escenario de “diálogo”. Es que Maduro respondió a la arremetida opositora con concesiones a los empresarios y a la derecha “moderada”, convocando a discutir un “Plan de Pacificación” y una “Conferencia por la Paz Económica”, con el sector opositor representado por Capriles y el MUD, las organizaciones empresariales (Fedecámaras) y los grandes grupos económicos, como los de Cisneros y Mendoza. La actuación como garantes de UNASUR (comisión de Colombia, Brasil y Ecuador) y el delegado papal prevaleció frente al intento yanqui de intervenir más directamente a través de la OEA. Sin embargo, es funcional al interés norteamericano y de las burguesías latinoamericanas de preparar una salida reaccionaria a la crisis venezolana, ya que se hace en “defensa de la democracia”, es decir, por la negociación dentro del régimen y evitando la intervención de las masas.

Maduro pasó de las diatribas contra la “guerra económica” de la “burguesía parasitaria” a adular a los empresarios como pilar del “esfuerzo productivo”, favoreciéndolos con las medidas devaluatorias, facilitando divisas, poniendo a su disposición fondos estatales, dejando pasar los despidos, y endureciendo la respuesta contra los reclamos laborales. Mientras, la carestía de la vida, la inflación y el desabastecimiento dañan severamente la economía popular. La reciente declaración de “ofensiva económica de producción nacional, abastecimiento y de precios justos”, anuncia un fuerte ajuste fiscal y suba de impuestos (si bien escalonados), además del alza del 40 % en el pasaje del transporte1.

Por eso, pese a lo que sostiene el arco del “pensamiento crítico”, como el intelectual Atilio Borón y otros, que llaman a apoyar políticamente a Maduro y su “diálogo”, de este acuerdo no saldrá nada progresivo para el pueblo trabajador. Al contrario, apunta a un pacto económico y político con la burguesía, profundizando un curso económico que implica concesiones al capital, y descargar el peso fundamental de la crisis sobre los trabajadores y el pueblo.

 

La discusión de fondo: ¿después de Chávez, qué?

El trasfondo en la crisis política es el rumbo a seguir tras la desaparición física de Chávez, forcejeando en torno a los términos de una “transición” lo más ordenada posible. La clase dominante preferiría pasar de un “chavismo sin Chávez”, es decir, del “populismo” y sus métodos de arbitraje en crisis (agudizada por la combinación entre el fallecimiento del líder y el agravamiento de la crisis económica) a un régimen más “normal”, alineado con las necesidades capitalistas y que les permita recuperar mayor control de la renta petrolera. Están en juego distintas posibilidades de transición política pero ninguna fácil de imponer en medio de un escenario complejo y plagado de contradicciones.

La línea del ala dura opositora, ligada a los republicanos yanquis, que busca la caída de Maduro si bien es funcional al plan de desgastar al gobierno todo lo posible, tiene pocas posibilidades inmediatas. Al menos por ahora, y mientras no recrudezca la crisis económica y política, no parece que se den las condiciones para una “solución” golpista a la hondureña o paraguaya (que requerirían control opositor de las FF.AA., el Congreso y la Justicia, hoy bajo hegemonía chavista), ni toma fuerza algún sector chavista dispuesto a sacrificar a Maduro en alguna forma de autogolpe. La burguesía sabe que una escalada en la confrontación podría detonar una intervención de masas que intentará evitar, a la luz de la experiencia de 2002-20032. Por ello, la vía que parece ir imponiéndose es la de la negociación.

En la cúpula chavista, pese a sus divisiones internas, prima por el momento la orientación conciliadora, aceptando la necesidad de discutir una “transición”. El propio Chávez marcó el rumbo a la “moderación” en los últimos tiempos de su mandato (el abrazo con Santos, el ingreso al Mercosur, la elección como sucesor de Maduro, etc.). Ahora el gobierno apunta a profundizar este curso, buscando entendimientos y pactos con la burguesía, al mismo tiempo que aplica un ajuste que afecta ante todo a los trabajadores y el pueblo e implica una fuerte erosión de sus conquistas. La consigna de “atrás, ni pa’tomar impulso” se convirtió en el equivalente venezolano del “nunca menos” cristinista, como antesala de este profundo viraje a derecha, que deja sin sustento las ilusiones de la izquierda prochavista de que se pase a una “radicalización”.

No faltan los “consejos” para que se siga este rumbo de moderación. Ya Lula invitó a Maduro a “disminuir el debate político para dedicarse enteramente a gobernar, establecer una política de coalición, construir un programa mínimo y  disminuir la tensión”, al mismo tiempo que felicita a Capriles Radonski por no ser parte de los “extremos”3. O sea, a buscar un equilibrio moderado mediante pactos y consensos. Pablo Stefanoni, en una nota recogida por sectores de la centroizquierda argentina, plantea que:

 

los socialismos del siglo XXI deben gobernar en el marco de la democracia parlamentaria (…) El problema para los partidos que se consideran la expresión indiscutida de la “sustancia” del pueblo es que “no pueden” perder elecciones ni siquiera pensar en abandonar transitoriamente el poder. En ese marco, cualquier restricción institucional parece menor frente a las necesidades del pueblo o la revolución. Pero dado que a menudo las críticas a los “excesos populistas” terminan siendo llamados a abandonar la perspectiva de los cambios sociales profundos, la pregunta de la hora para las izquierdas no “populistas” parece ser, cómo combinar radicalidad con pluralismo social. O dicho con otras palabras, cómo construir las bases de lo que el canadiense Richard Sandbrook llama “transiciones socialdemócratas radicales”4.

 

O sea, la centroizquierda como alternativa a la declinación chavista, desmontar la combinación “populista” de rasgos bonapartistas y concesiones a las masas, y aceptar las recetas maquilladas “a nuevo” de la vieja socialdemocracia en una democracia burguesa “normalizada”.

 

Un balance del chavismo

En Venezuela no se asiste a la crisis de un modelo de “transición al socialismo” sino a la crisis de un tibio nacionalismo de contenido burgués. Bajo la retórica bolivariana “revolucionaria”, las denuncias antiyanquis y la fraseología del “socialismo del siglo XXI”, el chavismo no traspasó nunca los estrechos límites del nacionalismo burgués. El chavismo fue la variante más a “izquierda” de los gobiernos nacionalistas y centroizquierdistas surgidos en América latina al calor de la crisis del neoliberalismo y los levantamientos populares de principios de los 2000, para contener las crisis políticas y de agudización de la lucha de clases, reconduciéndolas dentro del orden capitalista y la dependencia.

El chavismo adquirió rasgos de un bonapartismo sui generis de izquierda, categoría elaborada por Trotsky analizando el gobierno de Cárdenas en México5, pero esencial para comprender otras experiencias como los casos de Vargas en Brasil, Perón en Argentina o Nasser en Egipto, gobiernos que se ubicaron como árbitros entre las clases nacionales y el imperialismo, con las FF.AA. como pilar y utilizando el apoyo popular para regatear con el imperialismo, en pos de ampliar los márgenes de desarrollo del capitalismo nacional.

Chávez impulsó el nuevo régimen de la República Bolivariana y recuperó para el Estado un mayor control de la renta petrolera, lo que le permitió hacer concesiones a los sectores populares con amplios subsidios y políticas sociales a través de las “misiones”. El arbitraje del líder carismático se apoyó en las FAN “bolivarianas” como verdadero pilar del régimen, con el PSUV como aparato político y un vasto proceso de encuadramiento y cooptación de los movimientos sociales y del sindicalismo, recurriendo al apoyo de masas para presionar a la burguesía. A la vez, Chávez mantuvo una política internacional independiente de Washington, como se expresó en la alianza con Cuba, la oposición al ALCA, la creación del ALBA, etc. Esto despertó fuertes contradicciones con la clase dominante venezolana y el imperialismo, con acciones como el golpe de 2002 o el lock-out petrolero de 2003, entre otras, en cuya derrota tuvo un peso decisivo el nivel de movilización de las masas que, por ejemplo, derrotaron con su vuelco a las calles el golpe de abril. Pero Chávez dilapidó el apoyo popular para impedir una dinámica revolucionaria de movilización.

En una década y media de gobierno y con varios años de buenas condiciones económicas, Chávez no introdujo ninguna modificación estructural en la condición capitalista dependiente venezolana, lo que se expresa no sólo en el respeto a la gran propiedad privada y el funcionamiento plenamente capitalista de la economía, sino también en el mantenimiento de su carácter fuertemente monoexportador, extractivista y rentístico. Mientras pretendía asociar al gran capital nacional y extranjero al “desarrollo nacional” y se respetaba la pesada deuda externa, los capitalistas tradicionales siguieron haciendo buenos negocios y prosperó una “boliburguesía” ligada al aparato estatal y usufructuaria de su rol intermediario en la distribución de la renta petrolera. El país multiplicó sus ingresos petroleros, pero el dólar se dispara porque las divisas siguen yendo a parar a manos de estos sectores, alimentando una colosal fuga de capitales (se calcula entre 110 y 167 mil millones en una década), lo cual no es (solo) resultado del mal manejo y la corrupción, sino de que siguen vigentes mecanismos típicos del patrón de acumulación dependiente venezolano y latinoamericano.

Las concesiones sociales que disminuyeron la pobreza y mejoraron el acceso a la salud, educación, entre otras, no alteraron significativamente la realidad de la explotación asalariada. Las “comunas” no han pasado de intervenir en la gestión de asuntos municipales, muy lejos de una “democracia de masas”. Entre tanto, se ha ido avanzando en la “criminalización” de las huelgas, la persecución al activismo obrero y la permisividad estatal hacia el sicariato antisindical que ha dejado decenas de luchadores muertos.

La amenaza de un grave retroceso en Venezuela, no solo por la ofensiva opositora e imperialista, sino por el rumbo a la derecha adoptado por el gobierno, que tendría graves consecuencias para el conjunto de la región, plantea aún más crudamente la necesidad de una decisiva intervención del movimiento obrero y de masas, levantando sus propias demandas y movilizándose con sus métodos. Solo así se podría derrotar categóricamente a la derecha proyanqui y al mismo tiempo enfrentar el ajuste de Maduro, defendiendo las conquistas populares.

Poner en juego el peso decisivo de las masas en la discusión del futuro venezolano reclama una orientación estratégica de clase, obrera y socialista, para reagrupar a la vanguardia, entre la que hay sectores que vienen haciendo una importante experiencia de lucha y política, para romper la subordinación política del movimiento obrero y popular al chavismo.

 

1. En la página web de la Liga de Trabajadores por el Socialismo se pueden consultar notas sobre la situación venezolana, desde el punto de vista marxista y la defensa de una estrategia obrera, de independencia de clase.

2. El golpe de abril y el lock-out petrolero de 2003 fueron derrotados gracias a la enorme movilización obrera y popular.

3. El Universal, 8/4, citado en www.lts.org.ve.

4. Pablo Stefanoni es jefe de redacción de Nueva Sociedad, tradicional publicación, con sede en Caracas, de la socialdemocracia. Disponible en www.libresdelsur.org.ar.

5. Ver León Trotsky, Escritos latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP León Trotsky, 2013.

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El chavismo y la izquierda argentina

La situación actual replantea el debate sobre el chavismo, una polémica clave en la izquierda argentina y latinoamericana desde que el comandante emergió y ganó la presidencia venezolana en 1999. La declinación y crisis del chavismo, que dejó al descubierto sus límites e impotencia ante las tareas de la liberación social y nacional, erosionándose como referente internacional, implica la bancarrota ideológica y política de las corrientes de la izquierda llamada “independiente” y del populismo radical que se construyeron a su vera, sea sumándose directamente al chavismo, sea manteniendo un apoyo “crítico”. No es posible examinar en detalle las variadas teorizaciones que justificaron este seguidismo. Digamos que para un sector –tomando elementos de la teoría posmarxista de Laclau–, se podría lograr un entronque entre el “populismo de izquierda” (al fin de cuentas un “significante vacío”, sin determinaciones de clase ni política), y el “socialismo”. El Estado es concebido también como un “campo de fuerzas” en lucha, cuya definición no depende de su carácter de clase burgués, sino de qué fuerza predomine, y el propio movimiento chavista es presentado como “campo en disputa” entre el “aparato” de las cúpulas y de la “boliburguesía” y el chavismo “rojo-rojito” de las bases. Por tanto, la estrategia sería actuar “en y desde adentro”, en una orientación que recuerda, con décadas de retraso, el ingreso al peronismo de sectores de la izquierda argentina en los ‘70 con la ilusión de hacer un “peronismo revolucionario”.

Corrientes como La Mella y el FPDS, entre otras, pretendieron justificar el “posibilismo”, adaptación a la hegemonía chavista y escepticismo hacia la clase trabajadora de la izquierda independiente, huérfana ante el chavismo –como ante el kirchnerismo en Argentina–, de una estrategia que permita ir más allá de la resistencia local de los “movimientos sociales”, carente de un programa que delimite populistas, reformistas y revolucionarios, y de una orientación hacia el movimiento obrero y sus combates.

Hoy la izquierda “independiente” sigue entrampada en el apoyo “crítico” a Maduro ubicándose como consejeros para que adopte “medidas anticapitalistas” cuando aplica ajustes y avanza en los pactos con la burguesía, una política que embellece su rol y es completamente incapaz de ofrecer un nuevo rumbo al proceso de masas. Pero toda la experiencia y la dinámica actual del gobierno chavista, demuestran que es utópica la hipótesis de que cambie su carácter de clase, desarrolle sus elementos “anticapitalistas” y a través de una “radicalización

de la democracia” se disponga a concretar el “socialismo del siglo XXI”.

Por supuesto, la delimitación frente al chavismo es inseparable del combate intransigente contra las fuerzas que responden a la reacción, sin hacer concesiones a la demagogia de los estudiantes “guarimberos”, por caso ni a la propaganda de los medios sobre una lucha entre “democracia” y “autoritarismo”, presiones ante las que algunas tendencias de izquierda1 no siempre se mantienen firmes. Lamentablemente algunas tendencias marxistas ceden a estas presiones, lo que abre el peligro, sobre todo si se da una escalada de “levantamientos democráticos” o “revolución colorida” manipulada por la derecha, de que pierdan el norte de la independencia de clase.

El combate por que las masas intervengan en la crisis, reclama una estrategia consecuente de independencia de clase, para alentar el desarrollo de la clase obrera como sujeto social y políticamente diferenciado, capaz de disputar la hegemonía en la alianza con los oprimidos. Las tareas de derrotar a la derecha y defender y profundizar las conquistas obreras y populares, en la perspectiva del poder obrero y de masas que haga efectiva la liberación social y nacional, son inseparables de la lucha por la organización políticamente independiente de los trabajadores. La experiencia venezolana, corroborando las lecciones de la historia de todo el continente bajo los más diversos gobiernos nacionalistas y “progresistas”, así lo demuestra.

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1. Lamentablemente, el PO creyó encontrar “demandas legítimas” entre los estudiantes y al hablar de “fascistización” de los grupos chavistas, contribuía a diluir la diferencia política objetiva entre la arremetida reaccionaria en las calles y el chavismo. En el caso de la corriente internacional de IS, hay que decir que sus compañeros del PSL en el Encuentro Sindical y Popular de Caracas del 21/03, hicieron hincapié en la crítica al gobierno, argumentando que éste es el aplicador   del “ajuste”, pero sin delimitarse categóricamente de las movilizaciones estudiantiles de derecha.

1 comment

  1. Roberto Dante Di Benedetto 12 junio, 2014 at 14:45 Responder

    Sobre Como El Triunfalismo Puede Convertirnos En Ciegos Culposos //

    roberto dante – Lanús, Argentina //

    La realidad de la desinformación de los grandes medios oligopólicos, tanto en Venezuela como en el conjunto de los países latinoamericanos donde se están desarrollando políticas inclusivas que jaquean al neoliberalismo, es tan nítida, que no merece discusión. Es correcto clasificarla como “terrorismo mediático”.

    Nuevamente la Unasur reaccionó con un positivo criterio de cuerpo para apoyar al gobierno Bolivariano y sostener su propuesta para el diálogo por la Paz en Venezuela. Trabajar para el diálogo es fundamental ante las acciones de los que buscan desestabilizar a esta Indoamérica impensada a fines del siglo pasado.
    Aunque debemos reconocer que el triunfalismo puede nublar el horizonte de nuestras interpretaciones sobre el futuro político de las relaciones de poder que se establecen, justo, enfrente de nuestros ojos.

    Lo acontecido en las últimas semanas en Venezuela no debió sorprendernos; pero, nos sorprendió. Especialmente (recorto el campo de análisis) a los argentinos que, desde diferentes concepciones, coincidimos en la necesidad de luchar por la construcción de la Patria Grande Latinoamericana.

    Nosotros padecimos el equívoco de sobrevalorar la influencia de la herencia del gran líder muerto sobre nuestras interpretaciones sobre el momento histórico que vivíamos.
    Estoy hablando sobre las elecciones presidenciables de 1982.
    Era vox populi entre gran parte de la joven militancia antiimperialista (algunos de ellos, hoy, son funcionarios del gobierno de Cristina K), la frase que se repetía hasta el agotamiento: “Esta es la última elección que ganamos en nombre de Perón”.

    No sólo se perdió la elección contra Alfonsín; además, no se pudo anticipar los tremendos y dolorosos años, para el campo popular, que significó la irrupción de las corrientes neoliberales que devastaron a Argentina y gran parte de Latinoamérica.

    Recientemente, en El Salvador, el FMLN logró imponerse en las elecciones, aunque, creo, que sólo en los números. Mientras en Brasil, el gobierno de Dilma, cedió ante las presiones de los capitales que manejan el gran negocio del Mundial de Fútbol 2014, y cacarean, quejosamente, sobre “la reinante inseguridad en Río de Janeiro”. La consecuencia fáctica fue que el gobierno ordenó la militarización de las favelas de Río. Hecho grave; me recuerda el desplazamiento represivo que la dictadura cívico-militar (Argentina) ejerció en 1977 contra los habitantes de la Villa Miseria del Bajo Belgrano.; pues, “su pobreza, fealdad y/o suciedad” no podían convivir con el muy cercano Estadio Central Mundialista (1978) de Buenos aires. Estamos en problemas si en nuestras democracias inclusivas se toman medidas similares a las de las dictaduras suramericanas de la segunda mitad del siglo XX .

    El frente de batalla se desnudó y extendió con toda su imprevisibilidad que no supimos interpretar. Pero estamos a tiempo de corregir nuestro triunfalismo; a recuperar el espacio perdido, metro a metro, casa por casa. Latinoamérica pertenecerá a sus pueblos si logramos resignificar los errores cometidos tanto en lo económico como en lo político y cultural. Dejo para todos un Doryoku (*). La historia no se cambia con un pedido de suerte.-

    -(*) Expresión de deseo japonesa. En español: Esfuérzate.-

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