Tosco y el peronismo en los ‘70

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A propósito de Agustín Tosco. La clase revolucionaria

EDUARDO CASTILLA

Número 15, noviembre 2015.

Recientemente fue reeditado el libro Agustín Tosco. La clase revolucionaria, cuyos autores son Nicolás Iñigo Carrera, María Isabel Grau y Analía Martí1.

 

El libro recorre la historia de Tosco desde su crianza en Coronel Moldes ilustrando la influencia de sus padres, pasando por su formación en el colegio secundario hasta su labor sindical en Luz y Fuerza. Las últimas páginas reseñan la brutalidad del régimen político burgués que lo persiguió con saña, obligándolo a la clandestinidad, lo que ocasionó su muerte por un padecimiento que, en condiciones normales, podría haber sido correctamente tratado.

La hipótesis central del libro gira alrededor de la figura de Tosco como dirigente y expresión de una fracción revolucionaria de la clase obrera que se proponía “superar la forma de organización capitalista para construir una sociedad socialista” (27). Los autores definen que el ciclo que recorre la lucha social en Argentina –en las décadas del ‘60 y ‘70– está marcado por el enfrentamiento entre tres fuerzas: la del régimen, expresión política de la oligarquía financiera, apoyada en la burguesía y pequeñaburguesía agraria y representada por la dictadura hasta 1973; la fuerza social expresada en el peronismo, agrupando a una parte del movimiento obrero en alianza con sectores capitalistas no monopolistas; y finalmente, la fuerza social revolucionaria2 que concentraba a sectores de la clase trabajadora y la pequeñaburguesía.

El concepto de fuerza social revolucionaria se articula alrededor de la existencia de una conciencia que se propone la superación del capitalismo, la destrucción de sus relaciones sociales de producción y de la condición de clase expropiada (298). Pero esta conceptualización amalgama políticas y estrategias que, a partir del retorno de Perón, tendieron constantemente a la fricción, dejando indefinida la relación entre fracciones de clases sociales –y direcciones políticas– al interior de ese bloque.

 

Tosco y su concepción del socialismo

Los autores reseñan en el libro la evolución de las ideas de Tosco desde su simpatía inicial por el primer peronismo –pasando por el nacionalismo revolucionario– hasta la concepción socialista marxista3. Pero en la visión de Tosco, la lucha por el socialismo tiene, necesariamente, una primera etapa de lucha antiimperialista. En 1973 dirá:

 

Estoy por la lucha antiimperialista hacia el socialismo. El socialismo está un poco lejos aún en la Argentina, pero está cerca la lucha liberadora, antimonopolista, antiimperialista. En esta lucha están los sectores populares y entre estos, también por supuesto, están sectores burgueses (.) la meta es la sociedad socialista; el camino es un camino nacionalista, antiimperialista, antioligárquico (307).

 

Reforzando esta idea, en el debate con Rucci dirá:

 

Donde hay un asalariado y hay un capitalista, hay explotados y explotadores. Lo que no quiere decir que en el proceso de cambio, que nosotros llamamos de liberación nacional y social, no haya etapas que debemos cubrir en alianza con aquellos sectores de la pequeña burguesía y la mediana burguesía, que estén dispuestos a enfrentar esa penetración imperialista (274, resaltado propio).

 

Esta concepción de la lucha por el socialismo dividida en etapas ha sido centro de polémicas y debates en la historia del marxismo desde principios del siglo XX4. En términos políticos llevará a Tosco a buscar, constantemente, la construcción de una alianza política entre los sectores combativos del movimiento obrero y las alas izquierdas de los partidos patronales que expresaban, según su visión, a las capas burguesas no monopolistas. Como señala Hernán Camarero:

 

En el plano político, propugnó la necesidad de que la clase obrera se aliara a otras expresiones sociales subalternas, populares o antiimperialistas para articular un Frente de Liberación Nacional y Social, lo que podía conducir a licuar esa acción autónoma de los trabajadores e, incluso, a abrir paso a indeterminadas alianzas con fracciones burguesas progresistas5.

 

Ese objetivo estratégico tomará distintas expresiones en el período: “ampliación” del ENA6 –Encuentro Nacional de los Argentinos, agrupamiento impulsado por el PC con apoyo de sectores del peronismo, socialismo, radicalismo, corrientes sindicales y estudiantiles– en la perspectiva de un frente similar a la Unidad Popular de Chile; conversión del FAS –Frente Antiimperialista y por el Socialismo, impulsado por el PRT– en un Frente de Liberación Nacional “abrazando a hombres y organizaciones peronistas, radicales, socialistas, comunistas, cristianas, intransigentes e independientes” (361/2).

Tosco se proponía esencialmente la confluencia con el ala izquierda del peronismo. Pero este objetivo tenía una enorme limitación: esta tendencia buscaba disputar la conducción del movimiento pero sin romper con Perón, lo que llevará a una creciente guerra de aparato al interior del peronismo mientras se mantenía la subordinación estratégica al curso político impuesto por el viejo líder. El dirigente de Luz y Fuerza, en función de su apuesta frentepopulista, tomará posición en esa disputa, llegando a afirmar que:

 

La derecha, o sea la tendencia fascista, tiene copado los principales ministerios (…) nosotros debemos unirnos con el peronismo revolucionario para rescatar el valor histórico de clase que tiene el movimiento peronista (357).

 

Esta definición limitaba la posibilidad de una crítica abierta al rol de Perón en el gobierno. Coincidiendo con Montoneros y la Tendencia Revolucionaria, centrará su denuncia en la derecha del movimiento peronista. Bajo ese objetivo estratégico, Tosco apoyará en las elecciones de marzo del ‘73 la fórmula del FREJULI en Córdoba, señalando:

 

Nuestra identificación –y la doy personalmente– con la fórmula Obregón Cano-López, porque queremos ser consecuentes con una línea de unidad combativa que ha sido práctica en la CGT, de la cual es secretario general el compañero Atilio López, del peronismo y del sector combativo, como también de otros sectores de izquierda (263).

 

Con el mismo fin rechazará la candidatura presidencial en las elecciones de marzo y octubre del mismo año, ofrecida por el PRT, PST y otras fuerzas. Contestará, categórico: “no me voy a convertir en el polo antiperonista” (323). Esta negativa imposibilitó sentar una bandera de independencia política de la clase trabajadora en relación al peronismo, movimiento al que Tosco definía, sin ambages, como “influido por la conciliación de clases” (341).

Un frente electoral encabezado por uno de los dirigentes más prestigiados de la clase trabajadora –emblema de la lucha de masas en las calles por su protagonismo en el Cordobazo– podía aportar al desarrollo de una conciencia política independiente entre la clase trabajadora. Esta fue la opción desechada por Tosco en aras de no enfrentar a Perón.

 

El peronismo en el poder: Pacto Social y Triple A

Como ya señalamos, Iñigo Carrera, Grau y Martí explican el conjunto del período en términos de tres fuerzas sociales en pugna. Pero ese esquema no funciona cuando tratan de analizar la dinámica política abierta a partir del retorno de Perón. Desde ese momento, lo que los autores consideran una diferencia entre régimen y gobierno, tiende a desaparecer.

La política de la contrarrevolución se desarrolla desde el mismo Poder Ejecutivo nacional, pero aplicando métodos diferenciados. Mientras se ensayan elementos de guerra civil hacia la vanguardia obrera y juvenil a través de la Triple A o el Comando Libertadores de América, se desarrolla una política de contención sobre el movimiento de masas (Pacto Social) junto al reforzamiento del estado y la burocracia sindical (Reforma del Código Penal, Ley de Asociaciones Sindicales, etc.)7.

Tosco –igual que amplias franjas de la izquierda en los ‘70–, naturalizó la identidad peronista del movimiento obrero. De allí que postuló un socialismo de “raíz heterogénea”8 acorde a la “tradición nacional” que debía incluir sectores de ese movimiento. Pero el tercer gobierno peronista tenía planteada la tarea estratégica de desactivar el ascenso revolucionario abierto en Argentina desde el Cordobazo. Lejos de cualquier perspectiva que abriera el “camino al socialismo”, su objetivo central era la normalización del país. Por ende cualquier avance de la clase trabajadora en una perspectiva socialista implicaba chocar con el peronismo gobernante.

En las condiciones de una creciente lucha de clases –que se mantuvo bajo el Pacto Social, aumentando progresivamente– la perspectiva de que la clase obrera superara al peronismo no estaba descartada. El retorno de Perón implicaba la apertura potencial de una crisis aguda con el movimiento obrero. Esa crisis estalló abiertamente en junio y julio del ‘75, bajo el gobierno de Isabel, cuando el país fue sacudido por la huelga general contra el plan Rodrigo y las movilizaciones masivas dirigidas por las Coordinadoras interfabriles.

Paradójicamente, a pesar de que ese momento implicó un desafío abierto al control de los aparatos burocráticos y el gobierno –así como el desarrollo de tendencias a la autoorganización expresadas en las Coordinadoras9–, los autores del libro sindican el retorno de Perón como el momento más alto de la movilización de masas (315) afirmando que también era esta la visión de Tosco (342).

Desde esta perspectiva, el máximo objetivo realizable era imponer el retorno de Perón. Pero el curso hacia una perspectiva socialista estaba enteramente atado a los pasos que el viejo líder quisiera dar o le fueran impuestos por la lucha interna en el movimiento peronista. En ese marco, la subordinación política a Perón por parte del ala izquierda de su movimiento, y la de Tosco a ésta en función de la construcción de un frente popular, condenaban a la vanguardia obrera y juvenil influenciada por esos sectores a la esterilidad10. La fuerza revolucionaria estaba auto-limitada estratégicamente por su subordinación a la dirección de la fuerza del gobierno –o fuerza reformista según los autores–, expresada en el peronismo en el poder.

 

Optimismo de los fines, pesimismo de la estrategia

Ante cada golpe contra la vanguardia obrera y popular se ponía de manifiesto la perspectiva socialista de Tosco. Ante las amenazas de muerte de la Triple A dirá “la rueda de la historia no se detendrá. Por más atentados, secuestros o asesinatos que consumen (…) las masas laboriosas y el pueblo trabajador seguirán luchando y construyendo inexorablemente una sociedad más justa y más humana” (423).

Parafraseando a nuestra manera al revolucionario italiano Antonio Gramsci, podríamos decir que en Tosco convivía un optimismo de los fines con un pesimismo de la estrategia. Ese optimismo de los fines le permitía aventurar la perspectiva de la emancipación humana y la posibilidad de seguir luchando por ella más allá de las enormes limitaciones personales y el peligro de muerte que eso entrañaba. Pero los golpes recibidos y el fracaso de sus apuestas políticas no lo llevaron a una revisión crítica de su objetivo estratégico: conformar un bloque policlasista con sectores de la izquierda peronista.

La noche negra de la dictadura estaba ya a las puertas del país cuando Agustín Tosco murió. Pocos meses después la brutalidad de la clase dominante descargaba su furia sobre el conjunto del pueblo pobre y sobre la clase trabajadora en particular. A pesar de la enorme potencialidad de lucha desplegada por la clase trabajadora y el conjunto de las masas desde el Cordobazo en adelante, fue la clase dominante la que, mediante un golpe genocida, pudo imponer una salida a la crisis social, económica y política en curso. Pero este resultado no fue una determinación fatal del destino o una cuestión decidida por la “relación de fuerzas” en general. Por el contrario, actuaron corrientes e individuos que, en base a sus concepciones, tomaron determinadas decisiones políticas.

¿Se puede afirmar que de haber desarrollado Tosco una política independiente en relación al peronismo se podría haber evitado el golpe? Categóricamente no. Pero es posible avizorar que la experiencia de la huelga general de masas, de junio y julio de 1975, hubiera encontrado un terreno más propicio para un quiebre con el peronismo en el poder y un salto hacia la autonomía política de clase, lo que podría haber significado el inicio de la revolución social en Argentina. La política de Tosco, de presión sobre el ala izquierda del peronismo –presión que ésta trasladaba al interior del movimiento– fue un obstáculo más en esa perspectiva.

 

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1. Bs. As., Ediciones La Llamarada, 2014. En adelante las referencias a esta edición se harán entre paréntesis al final de la cita.

2. “Se había ido conformando una fuerza social en la que se alineaban fracciones obreras organizadas en los gremios independientes de Córdoba, las corrientes y organizaciones políticas y sindicales clasistas y los sindicatos combativos peronistas, fracciones de pequeña burguesía, estudiantes, organizaciones armadas peronistas y marxistas, e incluía a la llamada ‘Tendencia revolucionaria del peronismo’” (253).

3. Ver especialmente capítulos 8 y 10. Los autores reivindican esta evolución ideológica.

4. La vertiente estalinista postuló la necesidad de una alianza entre el proletariado y las burguesías nativas en la lucha antiimperialista. Pero la historia del siglo XX mostró los límites de éstas para enfrentar la dominación imperialista, confirmando la dinámica social que hace “recaer” esa tarea histórica en manos del movimiento obrero. Para ampliar esta discusión se puede consultar Juan Dal Maso, “La ilusión gradualista. A propósito del nacionalismo, la retórica ‘socialista’ y el marxismo en América Latina”, Lucha de Clases 7, 2007.

5. Agustín Tosco, prólogo a Textos reunidos, Córdoba, UNC, 2011, p. LVII.

6. Tosco afirmaba que “El ENA es un germen de unidad popular (…) la unidad popular necesita del peronismo revolucionario (…) del radicalismo y de los sectores que van hacia la izquierda” (302).

7. En Córdoba esa ofensiva adquiere mayor potencia. El 28 de febrero de 1974 Antonio Navarro, Jefe de Policía provincial, se insubordina y destituye al gobierno peronista de Obregón Cano y Atilio López, al cual Tosco y la izquierda apoyaban. Este golpe, que pasó a la historia con el nombre de Navarrazo, busca derrotar a los sectores avanzados de la vanguardia obrera y popular y está avalado, abiertamente, por Perón. Este, una semana antes, llamaba a terminar con el “foco de infección” que era Córdoba y, días después del golpe, lo avalará mediante la intervención federal de la provincia.

8. “La heterogeneidad de nuestro socialismo está en que tiene raíz peronista, marxista, cristiana, por el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que viene de distintos movimientos que lo levantan como bandera” (293).

9. Al respecto de puede profundizar en Ruth Werner y Facundo Aguirre, Insurgencia obrera en la Argentina 1969-1976: clasismo, coordinadores interfabriles y estrategias de la izquierda, Bs. As., IPS, 2009, cap. IX al XIV.

10. Esa esterilidad se manifestó, por ejemplo, en el Navarrazo, donde la vanguardia obrera cordobesa fue incapaz de preparar una respuesta a un golpe anunciando. En una entrevista a Tosco, pocos días después y a propósito de la ausencia de respuesta, decía: “Se están haciendo actos relámpagos, algunas asambleas de fábrica (…) pero hay una relación de fuerzas básica que está dada por el teniente coronel Navarro y su policía con las armas en la mano. Centenares de fascistas armados y entrenados bajo la conducción de organismos policiales y parapoliciales” (Textos Reunidos II, Córdoba, UNC, 2001, p. 280). La negativa a enfrentar políticamente a Perón impidió preparar a sectores de vanguardia para un golpe que era alentado abiertamente por el viejo líder.

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