Salarios desajustados

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Los salarios en la era de los Kirchner

 

PABLO ANINO

Número 7, marzo 2014.

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El gobierno nacional, apuntando al objetivo de moderar los reclamos salariales en las próximas paritarias, busca realzar la mejora del poder de compra del salario durante la última década, en el mismo momento en que está practicando este ajuste contra los trabajadores. Pero el “relato” sobre las mejoras que habrían tenido los asalariados durante los gobiernos kirchneristas no se condice con la evolución efectiva que tuvieron las remuneraciones y condiciones de trabajo durante la última década.

Todo empezó con una “caída libre”. Para un balance serio de la última década, el kirchnerismo debería rendir honor a Eduardo Duhalde, que fue en alguna medida el padre del “modelo”, el que hizo el trabajo sucio de la mega devaluación de 2002, seguida por una inflación de 40 %, mientras que los salarios aumentaron sólo 11 % en ese año. Una enorme pérdida del poder de compra del salario, que se expresó en una caída de la participación de los salarios en la riqueza social producida (por los trabajadores) anualmente: en 2001 los salarios se llevaron el 38,5 % de esa riqueza, en 2002 solo el 31,4 %. La contrapartida fue el enriquecimiento capitalista, que aumentó su participación en el ingreso nacional de 61,5 % a 68,6 %1. Este enorme asalto sobre el salario inició el crecimiento económico de la última década.

Si observamos lo ocurrido luego de 2003 se pueden constatar algunos resultados favorables en términos de recuperación salarial. Pero cuando para obtener un panorama completo se comparan los niveles salariales actuales con los del 2001, previo a la devaluación, los resultados son bien distintos. Según el Observatorio de Derecho Social de la CTA, el aumento del salario real de los trabajadores con puestos de trabajo registrado (en “blanco”) fue 24,1 % desde 20012.

Esos números exhiben solo un fragmento de la realidad. Durante los gobiernos kirchneristas la precarización laboral se mantuvo en niveles elevados: más de un tercio de la fuerza laboral se ve sometida a puestos de trabajo no registrados (en “negro”), que están lejos de alcanzar los bienes básicos para la vida cotidiana, a pesar de registrar una recuperación en sus remuneraciones durante el período que llegaría a 7,1 % entre 2001 y 20133. Cuando el análisis se extiende al conjunto de los trabajadores, tanto los que están en “blanco” como los que están en “negro”, para el Observatorio de Derecho Social de la CTA el resultado es que el salario real se recuperó apenas 0,1 % desde 2001. Esta evolución del salario real contempla realidades dispares. Por ejemplo, mucho peor es el resultado para los trabajadores estatales, entre los cuales el salario real cayó abruptamente entre 2001 y 2013: -39,8 %4.

No solo eso, sino que como veremos, los trabajadores perdieron capacidad de compra en relación a la canasta familiar y retrocedieron en su disputa con el capital, que obtuvo gigantes beneficios en la última década. En el agregado, la mejora del sector privado (con un abismo entre los trabajadores registrados y “en negro”) es casi enteramente compensada por la caída del sector público5. Otras estimaciones como las realizadas en la ya citada Apuntes para el Cambio 3 señalan una recuperación del 8,7 % hasta 2011. De todos modos, aunque este valor es algo superior, significa una recuperación moderada luego de 10 años de crecimiento (con excepción de 2009 por la crisis mundial).

Marx sostenía que el salario pagado a los obreros tiende a oscilar en torno al monto de los bienes que requieren para garantizar su reproducción, es decir para poder comer, vestirse, costear sus medios de transporte y sostener a su familia, que garantice nuevas generaciones de obreros que sostengan el enriquecimiento de la clase capitalista. Este es el valor de la fuerza de trabajo y, según la situación económica, el monto pagado a los asalariados estará ligeramente por encima (si hay auge económico) o por debajo (si hay recesión) de ese valor. Alzas y bajas que tienden a compensarse y anularse. Considerando el dinamismo en la recuperación del empleo durante esta década, sin precedentes en décadas, no sorprende que el salario haya recuperado escalones, sino que lo haya hecho de una forma tan limitada. Y, digámoslo, mucho más como producto de las propias tendencias de la economía y de los combates librados por sectores obreros (así como la presión sobre las direcciones burocráticas de los sindicatos), que como producto de políticas específicas. Como decimos en el número 5 de IdZ, la articulación de las “diversas situaciones de precariedad contribuye a explicar por qué, después de un período de alto crecimiento con fuerte reducción de la desocupación, la recomposición salarial tuviera un techo relativamente bajo”6.

 

Carestía de la vida

Más grave se presenta la situación para los trabajadores cuando se confrontan los ingresos con el valor de lo que se conoce como la canasta familiar. En septiembre de 2000 y de 2001 los trabajadores registrados tenían un poder de compra de 1,74 y 1,73 canastas respectivamente. Es claro que en 2000 y 2001, en medio de la crisis, el salario de los trabajadores registrados, en relación a la canasta, tuviera mayor poder de compra que los años previos de la convertibilidad económica no significa una situación favorable para la clase obrera, que sufría de manera generalizada la desocupación7. Con la devaluación y el proceso inflacionario posterior, la cobertura de la canasta bajó significativamente en 2002 cuando el salario de los trabajadores registrados compró 1,46 canastas. En 2006, cuando la recuperación económica se empieza a asentar, la cobertura aumenta a 1,98 canastas, el valor máximo de la serie, superando notoriamente el nivel de 2001.

El ocultamiento y la manipulación de datos por parte de la intervención del Indec impiden continuar la serie, pero considerando las estimaciones de la canasta familiar de los trabajadores de la Junta Interna de ATE Indec8, que denunciaron esa intervención, finalmente se observa que en 2013 el ingreso de los trabajadores registrados cubrió sólo 1,1 canastas. Incluso, considerando una canasta de menor costo como la que estima la CGT de Hugo Moyano los trabajadores en “blanco” compraban 1,44 canastas en 2013. En síntesis, el sector de los trabajadores en “blanco” durante la fase ascendente y de relativamente pocas dificultades económicas, que muchos analistas señalan llegó hasta los años 2007-20089, logró recuperar niveles de poder de compra similares a los de los noventa (ya bastante bajos en términos históricos), e incluso superarlos esporádicamente (como en 2006), pero con el agotamiento del “modelo” la situación se deterioró fuertemente.

La aceleración de la inflación, que se hizo sentir de manera más aguda sobre los bienes alimentarios y sobre algunos servicios públicos, como en los costos del transporte que en enero aumentaron en promedio 66 % (ya habían sufrido otro salto importante en diciembre de 2012), seguramente esté incidiendo sobre la pérdida de poder de compra del salario en relación a la canasta familiar.

Pero la situación del sector en “blanco”, además de ocultar fuertes desigualdades, no permite dar un panorama del conjunto de la clase obrera. Para enero de 2014 los trabajadores que enfrentan la intervención del Indec estimaron la canasta en $ 9.113,64. Los cálculos que realiza la Dirección de Estadísticas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires podrían llevar ese costo hasta $10.00010. Según la Encuesta Permanente de Hogares, entre julio y septiembre de 2013 el 50 % de los trabajadores cobraba salarios inferiores a $3.900, muy lejos de lo que se necesita para cubrir la canasta familiar. Además, más de la mitad de los hogares no alcanza a cubrirla.

 

La clave del “modelo”: mayor explotación obrera

Para Karl Marx la plusvalía es la parte del valor producido por los trabajadores durante su jornada de la que el capitalista se apropia sin pago. Las horas no pagas de la jornada son la fuente de la ganancia capitalista. Los empresarios buscan incrementar permanentemente esa plusvalía a través de las formas que Marx llamó “relativa” y “absoluta”. La plusvalía absoluta es la búsqueda de aumento del trabajo apropiado por cada jornada laboral por parte de los capitalistas mediante distintas formas, centralmente la extensión de la jornada de trabajo. La plusvalía relativa comprende el abaratamiento del valor de reproducción del obrero y de la familia obrera (o de la clase en su conjunto) mediante la producción abaratada de los bienes salario por vía del aumento de la productividad en las ramas que elaboran esos bienes (tales como alimentos, vestimenta, vivienda, etc.). Esto ocurre cuando los capitalistas aumentan la fuerza productiva del trabajo y, por ende, la cantidad de bienes disponibles con el mismo trabajo, mediante inversiones en maquinaria, incorporación de innovaciones tecnológicas, reorganización del proceso de trabajo, etc.. El incremento de la plusvalía relativa no es necesariamente incompatible con aumentos nominales y reales del salario (en general o de determinados segmentos) que ocurran en simultáneo al incremento de la masa de riqueza que obtienen los capitalistas. Es decir, que las condiciones de vida de la clase obrera podrían mejoran en comparación a sí misma en un momento previo, pero empeoran en relación a la clase capitalista. Ahora bien, esto no es un resultado meramente económico, sino que está determinado en última instancia por la lucha de clases. Ningún capitalista concede las ventajas que obtiene con mayor productividad si los trabajadores no se lo arrancan con la lucha.

En alguna medida esto es lo que ocurrió durante el primer lustro de los gobiernos de los Kirchner. El fortalecimiento del temple de lucha de los trabajadores luego del 2001, con la reducción del desempleo, arrancó concesiones a los capitalistas. Con las renovadas condiciones para el crecimiento económico, luego de la devaluación de 2002, las ganancias y los salarios pudieron avanzar en conjunto, pero los beneficios empresarios lo hicieron siempre en una proporción mayor.

Hacia 2007-2008 esa situación comenzó a atravesar contradicciones crecientes. La paradoja es que ese resultado de los primeros años del kirchnerismo se logró sin la realización de inversiones sustanciales, o al menos no se realizaron en una proporción suficiente para sostener el ritmo de crecimiento. Incluso, aunque en algunos años la inversión fue elevada, la clave del crecimiento de la producción de los primeros años del “modelo” fue la capacidad ociosa inutilizada que dejó la crisis de la convertibilidad. En enero de 2002 la inutilización del aparato industrial superaba el 50 % ¡La mitad de la industria estaba parada! Por lo cual, los capitalistas pudieron, sin aumentar las inversiones de manera sustancial, obtener el mismo efecto que si lo estuvieran haciendo: que los salarios y las ganancias evolucionen conjuntamente, pero en proporciones distintas, con tendencia a favorecer las ganancias.

Lo ocurrido en los servicios (ferrocarriles y distribución de energía eléctrica) y con el petróleo son muestras elocuentes de las escasas inversiones para sostener el ritmo de crecimiento a tasas elevadas. Sólo para graficar digamos que entre 2003 y 2012 la industria creció 99,6 %, pero la ampliación de su capacidad instalada (que es un reflejo de las inversiones) sólo 41,2 %. Claro que inversiones hubo, incluso en algunos años fueron elevadas en relación al PBI, pero siempre fueron insuficientes para sostener el ritmo de crecimiento económico y no se correspondieron con el gran volumen de ganancias empresarias dado que la reinversión de utilidades fue escasa. Según Pablo Manzanelli: “las utilidades sobre el valor agregado de los oligopolios manufactureros alcanzaron el 33,1 % en el período 2002-2010, más del doble que bajo el esquema de caja de conversión (14,5 % entre 1993 y 2001). A pesar de ello, la inversión bruta sobre el valor agregado se redujo del 18,5% al 11,1 % entre ambos períodos”11. Esto es muy significativo porque señala la conducta de un sector específico de la burguesía nacional y extranjera, el más concentrado.

Ante esta subacumulación (o “reticencia inversora”, como define Manzanelli), tendió a primar el mecanismo de la plusvalía absoluta, mediante el cual las patronales, como vimos ocurre en Argentina, buscan pagar el salario por debajo de la canasta familiar, imponen a los trabajadores jornadas de trabajo más extensas o mayor intensidad en el ritmo de producción. Como los empresarios logran sacarle a los trabajadores más producción, en los hechos un salario real mayor representa un menor costo: “los aumentos en los ritmos de crecimiento de la productividad en el marco de la posconvertibilidad no sólo compensaron la recuperación del costo laboral, sino que lo superaron: si bien el costo laboral creció el 8,6 % en el período 2001-2012, la productividad ascendió el 33,3 %. De allí que el costo laboral unitario haya caído el 18,5 %”12. Esto quiere decir que el volumen de producto que la clase capitalista sacó por cada obrero ocupado aumentó 33,3 % a nivel de toda la economía. Pero mucho más rédito obtuvieron los empresarios en la industria, donde la productividad por hora trabajada se incrementó 54,1 %13. Aunque los datos no permiten saber en qué medida estos aumentos en la productividad se deben a inversiones en nueva maquinaria, la “reticencia inversora” de la burguesía nacional y extranjera hace suponer que en su incremento tuvieron una gran incidencia las negociaciones colectivas que incluyeron cláusulas de flexibilización que favorecieron este aumento de la tasa de plusvalía mediante mayor exigencia sobre la fuerza de trabajo como contraparte de los acuerdos salariales14.

En las 500 grandes empresas del país, el salario relativo15, que es una medida de comparación de la ganancia media por trabajador que obtienen las empresas con el salario medio, pasó de 69 % promedio para el período 1993-1999 a 154 % promedio para 2003-2012. Esto significa que durante los años de la convertibilidad las 500 grandes empresas por cada peso que pagaban en salario obtenían 0,69 centavos de ganancia mientras que en la “década ganada” obtuvieron por cada peso de salario una ganancia de $1,54. Una muestra evidente que “Menem lo hizo” y el “kirchnerismo lo profundizó”.

Cuando los defensores del oficialismo buscan presentarlo como defensor del salario de los trabajadores y de la distribución del ingreso, no sólo falsean la realidad, sino que se abstraen todos estos grandes beneficios que obtuvo el capital por las conquistas que preservó en lo que respecta a las condiciones laborales degradadas. Frente al agotamiento del “modelo”, hoy el gobierno y los empresarios atacan de nuevo el salario.

La tasa de inflación de 3,7 % en el mes de enero anunciada por el ministro de Economía, Axel Kicillof, que reconoce sólo parcialmente la inflación real, podría significar, si los aumentos de precios mantienen el ritmo de enero, que la inflación anual supere el 50 %. Con salarios creciendo al 25 %, el techo que el gobierno quiere imponer en paritarias, se efectivizaría una gran transferencia de riqueza social de los trabajadores a los empresarios. Esto agravará aún más el balance del kirchnerismo en materia de distribución del ingreso.

Entre 1993 y 1999, en pleno auge neoliberal, los trabajadores tuvieron una participación promedio en el producto del país del 38,3 %, mientras que entre 2003 y 2011 ese promedio bajo a 37 %16, bien lejos del “fifty-fifty” del que gustaba hablar Cristina Kirchner. Por donde se lo mire, es evidente para quien ha sido esta “década ganada”.

 

1. Ana L. Fernández y Mariana L. González, “La desigualdad en los ingresos laborales. Su evolución en la posconvertibilidad”, Apuntes para el Cambio 3, mayo/junio de 2012.

2. “Conflicto, negociación colectiva y mercado de trabajo”, Informe de Coyuntura del Observatorio del Derecho Social de la CTA, IV trimestre 2013.

3. Ver el Dossier “Precarizados. El corazón del ‘modelo’” en el número 5 de IdZ, noviembre de 2013.

4. Ídem

5. “Conflicto,…”, op. cit. Es de señalar que este análisis de apoya en los datos provistos por la estadística oficial, con el Coeficiente de Variación Salarial.

6. Esteban Mercatante, “Mundo Grúa”, dossier “Precarizados…”, op. cit.

7. Pueden existir cuestionamientos a las estimaciones de canasta básica total del Indec por considerarse insuficiente para cubrir las necesidades. Para enero 2001 había estimaciones de FIDE que la ubicaban en $1.025 (Clarín, 26-01-01). No obstante, su evolución en el tiempo, siguiendo una misma metodología hasta la intervención del Indec, es un buen parámetro para dar cuenta del deterioro de las condiciones de vida.

8. La Junta Interna de ATE Indec estima una canasta de las mismas características que la utilizada por el Indec antes de la intervención.

9. Ver en este número “Argentina devaluada”.

10. Pablo Anino, “El ancla salarial”, La Verdad Obrera 556, 06-02-14.

11. Pablo Manzanelli, “Competitividad y productividad en un modelo de desarrollo inclusivo”, Documento Debate, Cifra.

12. Ibídem, p.9.

13. Estimación propia en base a las Fichas Sectoriales del Centro de Estudios para la Producción del Ministerio de Industria.

14. “Precarizados…”, op. cit.

15. Una desarrollo de la explicación de este concepto y su análisis empírico para la Argentina se puede encontrar en: Paula Bach, “El salario relativo en la Argentina de la devaluación”, Lucha de Clases 8, junio de 2008.

16. Ana L. Fernández y Mariana L. González, “La desigualdad…”, op. cit.

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