¿Nueva fase de la crisis mundial?

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Devaluaciones en los “mercados emergentes”

 

JUAN CHINGO

Número , marzo 2014.

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La fuerte devaluación Argentina que impactó a los mercados latinoamericanos y mundiales, aunque ha sido la más pronunciada, no es un caso aislado. Mientras el peso argentino se hundió un 23 % en enero, otros países más grandes de la periferia como Brasil, Turquía, Sudáfrica, Rusia, India (sin nombrar los eslabones débiles de Venezuela y Ucrania, este último en el medio de un caos político y social que lo aproxima a un default) están sufriendo una acelerada desvalorización de sus monedas y una incesante fuga de capitales.

Turquía es un caso paradigmático. La historia de un Tigre Otomano de 80 millones de habitantes se está desvaneciendo rápidamente. Desde 2002 en adelante se benefició del fuerte crecimiento de la economía internacional y de un fuerte flujo de Inversión Extranjera Directa (IED) atraídos por el acceso de Turquía a los mercados de la UE, así como también por su potencial como centro de exportación a Medio Oriente. Pero su modelo de crecimiento alcanzó el agotamiento en 2007. El boom de consumo que siguió ha sido impulsado por el flujo de dinero caliente, parecido a las burbujas anteriores en Irlanda y España. En los últimos meses, su moneda es la de peor desempeño en el mundo –solo detrás del peso argentino– después de que una prueba anticorrupción contra el gobierno desatara una espiral de crisis política, obligando a tres ministros a dimitir. Pero si Argentina y Turquía son los casos más extremos, el hecho de que las acciones, los bonos y las monedas de numerosos países semicoloniales y dependientes –los llamados Mercados Emergentes (ME) usando la jerga económica de la prensa burguesa– sufrieron duros golpes, es expresión de que un gran número de estos países está teniendo problemas para adaptarse a un crecimiento mundial más débil, agravado en los últimos meses por la disminución del “narcótico estimulador” de la flexibilización cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés) decidido por la FED. Este nuevo panorama ya había provocado el año pasado un retiro de fondos de los inversionistas de mercados emergentes después de las primeras convulsiones en estos mercados en mayo. Los acontecimientos de principios de año podrían estar marcando un salto en la crisis de estos países de imprevisibles consecuencias.

Aunque por momentos pareciera sostenerse una frágil calma, la última época de la crisis de ME, desde México en 1994 a Asia en 1997 y Rusia y Brasil en 1998, la historia contenía muchos capítulos en los que lo peor parecía haber pasado, sólo para que cada ola que siguió se demostrara finalmente más destructiva que la anterior, llegando en ese año a golpear a los países centrales y requerir una fuerte acción de la FED.

 

La sobreacumulación y sobre-especulación, las fuerzas de fondo que preanuncian una gran crisis

La sobreacumulación en determinadas ramas de producción, en especial en el sector manufacturero chino y del resto de Asia a la vez que en el sector productor de materias primas a nivel global, el excesivo flujo de capitales y las burbujas financieras, de crédito al consumo e inmobiliarias que dieron origen, son las razones de fondo que preanuncian una fuerte crisis en los llamados países emergentes, cuando comienzan a revertirse los factores que permitieron el ascenso de estos.

Comencemos por lo más evidente y volátil: aproximadamente 4 billones de dólares de fondos extranjeros han invertido en mercados emergentes desde el pico de la crisis financiera de 2008-2009. Gran parte de este “dinero caliente” fue a bonos, acciones e instrumentos líquidos que se pueden vender rápidamente. En este marco, el tema de los préstamos soberanos y corporativos en deuda denominados en dólares (y en euros y yenes) se ha convertido en un problema crítico. Más de cinco años de un exceso de liquidez global sin precedentes impulsaron un auge histórico en los préstamos denominados en dólares. El mercado asumía como constante la devaluación del dólar y la apreciación de la moneda de los llamados países emergentes (Argentina por su rol de paria en el mercado de capitales no participó de esta tendencia, aunque sí de algunas otras que vamos a enumerar), dando lugar a una especulación sin límites de productos de deuda de los países emergentes cada vez más riesgosos, como fue el caso de lo subprime en Estados Unidos y que actuó como desencadenante de la crisis en 2007. Pero detrás de esta tendencia especulativa y orgía de deuda se venía desarrollando una fuerte tendencia a la sobreacumulación en la economía real. Los altos precios de las materias primas llevaron a un frenesí en la inversión del sector. El pico de la crisis en 2008 produjo una pausa, pero continuó en los tres años siguientes, sostenidos por el fuerte crecimiento chino.

Enormes cantidades de capital se vertieron en proyectos de alto riesgo. El gran riesgo para los países productores es no solo la reducción de los ingresos debido a los precios de las materias primas, más bajos, sino más gravemente el estallido de esta burbuja de inversión. Una muestra es la economía de Australia –aunque este es un país imperialista avanzado sus resultados económicos han sido notables si se los compara con los de las economías más avanzadas impulsados por el sector minero como motor de crecimiento– que se encamina a una caída debido a la explosión de su burbuja de inversión minera.

Muchas economías de África podrían verse afectadas este año. Ha habido una fiebre del oro en África. Las grandes empresas mineras han estado vertiendo dinero. A medida que el dinero se detiene, podría haber consecuencias graves. Muchas economías africanas han construido su base de costos suponiendo nuevas entradas de capital. Será difícil adecuarse a su ausencia. No menos importante es el histórico –y aun en curso– auge de la capacidad de fabricación en China y en toda Asia. Esto ha creado un exceso de capacidad y el aumento de presión en los precios de muchos productos manufacturados, una situación que solo empeoró por la agresiva devaluación de la moneda de Japón.

Este dilema, con paralelos con las economías de los productores de materias primas, se vuelve especialmente problemático debido a la enorme acumulación de deuda en los últimos años. Si bien este es un problema grave para toda la región, se ha convertido en un problema acuciante en China. Hace un mes creció en los mercados la inquietud por las crecientes tensiones en los mercados de créditos chinos y los fuertes temores por el denominado sistema bancario en la sombra.

La enorme inversión y los flujos de “dinero caliente” se manifiestan en el crecimiento de varios billones de dólares de las reservas internacionales de los bancos centrales de los “países emergentes”. Este flujo de liquidez y especulación externo ha creado una dependencia sistemática de los flujos de capitales externos. A la vez, las burbujas prolongadas han inflado las expectativas sociales, como se ha visto en Brasil, China, Sudáfrica, Turquía y otros países por nombrar los procesos más importantes.

Todos estos procesos hoy en día se encuentran en un punto de inflexión. Hoy, muchas de las economías de los mercados emergentes se enfrentan exactamente a lo contrario: aumento de las fuerzas deflacionarias para las mercancías que se venden en los mercados mundiales.

La caída de precios, especialmente en todo el complejo commodities, viene presionando a las monedas nacionales. Esto se convirtió en un importante riesgo sistémico después de los enormes flujos especulativos que llegaron a la espera de las monedas pujantes, mercados de valores atractivos y oportunidades de negocios. El auge de los commodities permitió alimentar booms económicos generales y sostenidos. A su vez, la expansión global de las cadenas de producción de las corporaciones multinacionales, que pegó un salto en las últimas décadas inflando al comercio mundial, está perdiendo velocidad. Ahora, las burbujas están comenzando a desinflarse, y los capitales están buscando vías de salida. Y, a medida que la reserva global de las finanzas especulativas revierte el curso, la escala de desajuste económico y el deterioro del sistema financiero comienzan a verse más claramente. En otras palabras, son estos desequilibrios productivos y financieros excesivos que afectan a los mercados emergentes los que están detrás del fin de su espejismo y no meramente la decisión de la FED de reducir a partir de enero su inyección de dinero. En realidad, el “FED tapering” (reducción del programa de flexibilización cuantitativa de la FED) es un mero catalizador de problemas más profundos de gran parte de la economía internacional como los señalados, aunque obviamente su manejo por las autoridades monetarias norteamericanas puede tener consecuencias en los ritmos y formas de la crisis. De alguna manera, la necesidad de la FED de poner un cierto límite a la burbuja de la bolsa y de otros activos en especial en EE. UU., actúa como disparador y está abriendo consecuencias negativas para la economía mundial. Es que este exceso de euforia que llevó a muchos a creerse el cuento del desacople pero al revés, es decir, que las economías centrales tirarían el crecimiento de los “mercados emergentes”, tiene menos fundamento que la versión primera de esta “teoría” que se basó en el fuerte crecimiento de China en los últimos años y que actuó como contratendencia a la fuerte caída de la economía mundial que siguió a la bancarrota de Lehman, en especial en los países centrales. La nueva versión del desacople está construido sobre pilares de barro, en otras palabras la desenfrenada especulación alcista no se condice para nada en relación con EE. UU. con una economía que languidece, el empleo sigue débil y sin visos de recuperación, las empresas no invierten, mientras Europa está estancada y posiblemente dirigiéndose hacia la deflación, a la vez que la política del banco central japonés de inyección de dinero –similar y en mayor cantidad que el QE de EE. UU.– está fallando para estimular la economía real de Japón y encaminándose a su cuarta caída recesiva desde 2008.

 

Un nuevo capítulo de la crisis mundial de consecuencias aún inciertas

Desde el comienzo de la crisis mundial en 2007, a pesar de las desigualdades de crecimiento después del primer shock entre los países de la periferia y el centro ya nombrados, siempre nos negamos a avalar la teoría del desacople. Así, en julio de 2012 frente a los primeros síntomas de agotamiento del crecimiento del modelo chino anticipábamos que el siguiente capítulo de la crisis próximo a abrirse iba a ser los países semicoloniales y dependientes. Decíamos: “Analizando a China, el ‘emergente’ por excelencia, queda claro que no hay nada más falso que un posible desacople de estas economías (dependientes como China o semicoloniales) de la crisis mundial.

Lo que ha sucedido es que la transmisión de la crisis de las economías avanzadas a éstos se ha postergado. Dicho de otra manera, la estabilidad relativa actual de la que gozan estos regímenes comparada con la crisis económica y debilidad política de los países centrales, no nos debe impedir ver que esta es una tendencia coyuntural, una discordancia de los tiempos de la crisis. Ya en la crisis de acumulación capitalista de la década de 1970 se había dado un fenómeno similar.

En ese momento fue el reciclaje de los petrodólares lo que evitó que la primera gran crisis capitalista desde el fin del boom de la posguerra golpeara inmediatamente a la periferia, dando lugar a un período de ‘plata dulce’… ahora, el fin del dinero fácil y los nubarrones del motor de crecimiento chino marcan un rudo cambio de escenario para los países semicoloniales exportadores de materias primas”1. El balance gris del año 2013 para las “economías emergentes”, la aceleración de enero 2014 y las oscuras perspectivas que se vislumbran en todo el año para estos países confirman este pronóstico.

Viendo las fuerzas subyacentes a la crisis, el estallido final de la burbuja de los mercados emergentes, puede provocar otra crisis que es similar (aunque no idéntica) a la crisis financiera asiática de 1997, y hay una gran posibilidad de que esta será aún peor, esta vez debido al hecho de que más países están involucrados (América Latina, China y el sudeste asiático y África), y debido a que la economía mundial está en un estado mucho más débil de lo que era durante los pujantes finales de la década de 1990. Si la existencia de sistemas de cambio flexibles a la vez que la existencia de fuertes reservas en muchos de ellos, conjuntamente con el hecho que a diferencia de los ’90 estos países no están endeudados en moneda extranjera podrían llegar a evitar una mezcla de crack económico, bancarrotas bancarias y crisis financieras como fue el caso de la crisis de 1997/8, las medidas monetarias duras y los ajustes que se están aplicando ya están provocando una fuerte sequía crediticia (credit crunch) domestica, que puede ser la forma que adquiera la actual crisis en los ME, afectando fuertemente su crecimiento por años. Pero este escenario más “benigno” (soft landing) podría desbaratarse si China deprecia significativamente su moneda para impulsar las exportaciones (lo que no es el caso por ahora, pero no puede descartarse si se profundiza la crisis ahí), lo que provocaría que muchas economías emergentes pueden ver sus monedas colapsar por completo.

¿Y qué perspectivas hay para los países centrales? Junto a los efectos directos del fin del espejismo de los mercados emergentes en los países centrales, en particular a los países fabricantes de máquinas, herramientas o de productos suntuarios, un cambio en la percepción de los activos de riesgo podría generar nuevos episodios ampliados de la crisis financiera. Un gran punto de vulnerabilidad es que mientras los gobiernos de ME se beneficiaron de los préstamos en moneda local como dijimos, los inversores extranjeros cargan ahora una exposición de riesgo sin precedentes. Es que, a diferencia de las anteriores crisis de los ME en la cual los inversores extranjeros sobrellevaban sólo el riesgo de crédito de deuda en moneda extranjera, ahora al estar endeudados en moneda local tienen que soportar un riesgo monetario y de convertibilidad, junto con un alto grado de riesgo de duración del tipo de interés.

En conjunto, estos elementos apuntan a una combinación de la crisis de 1987 de Wall Street, la crisis asiática de Rusia de 1998 y la crisis financiera de 2008: dicho de otra manera, una fuerte crisis de los países emergentes puede hacer desencadenar una nueva oleada de catástrofe financiera y económica en el centro que a comienzo de 2014 está saludando los primeros síntomas, débiles de recuperación.

En conclusión: la crisis mundial no está cerrada y su final sigue estando abierto. Por otra parte, lo que ya ha comenzado es una fuerte presión de los “mercados” y las autoridades financieras como el FMI que presionan a los productores de materias primas a avanzar en duras reformas estructurales antes que confiar en un revival del moribundo super-ciclo de las commodities que los pueda rescatar. En países como Brasil, la prensa internacional ya habla de la liberalización de industria y servicios para facilitar la llegada de fondos foráneos, la reforma de un sistema de protección social presentado como a todas luces excesivo en el que la participación del gasto en pensiones en relación al Producto Interno Bruto equivale al de naciones europeas, cuya proporción de jubilados es tres veces superior, según su propia descripción. Es decir, un ataque “a la europea” a los derechos de los trabajadores y el fin de los márgenes de autonomía estatal de que gozaron en el sistema internacional de la última década varios de estos países, en especial los BRIC. Una vuelta de tuerca en la semicolonización.

 

1. Chingo, Juan, “Economía y geopolítica de la crisis capitalista. El fin de las “soluciones milagrosas” de 2008/9 y el aumento de las rivalidades en el sistema mundial”, Estrategia Internacional 28, Buenos Aires, agosto 2012.

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