Laberinto y péndulo: Metáforas de un campo de batalla

0
Share Button

LA COYUNTURA POLÍTICA SUDAMERICANA

 

EDUARDO MOLINA

Número 30, junio 2016.

VER PDF 

La metáfora del laberinto remite a las contradicciones estructurales del capitalismo latinoamericano, devueltas a la superficie en cada oleada de crisis. La imagen del péndulo, a la refracción en lo político de los ciclos de la lucha de clases. Ambos aspectos se entrecruzan en el complejo movimiento de rupturas, recomposiciones y nuevas crisis del equilibrio geopolítico, económico, social y político, que en la semicolonial América latina tiende a la inestabilidad, redibujando permanentemente las relaciones de fuerza sociales. La dialéctica pendular de los momentos “reformista” y “conservador” recompone el orden burgués en transiciones que suelen ser convulsivas.

La reacción continental celebra el movimiento pendular a derecha tras el “fin de ciclo” progresista, cuyas fuerzas políticas pasan al segundo plano, tras haber cumplido su función histórica de contención de las crisis sociales y restablecimiento de las condiciones del orden. Pero nada determina a priori que se consolide una etapa conservadora.

El viraje político a derecha actúa en un contexto internacional desfavorable, donde se opaca el atractivo de los “mercados emergentes”; y en una relación de fuerzas heredada del ciclo anterior que aún no ha reconfigurado a su favor. Es una fase de transición abierta al choque con esos obstáculos y a giros bruscos. El signo final de la etapa se decidirá en el amplio campo de batalla de las clases y allí no cabe otro veredicto que el que se forje en la lucha.

 

Venezuela, Brasil, Argentina

La coyuntura política sudamericana está teñida por los avances superestructurales de la derecha. Estos tres países concentran los nudos más dinámicos de ese movimiento. En Brasil, el gigante sudamericano de decisivo peso regional, el golpe institucional pugna por estabilizarse. En Argentina, tercera economía latinoamericana y con cierta influencia política y cultural regional, el avance de los planes de ajuste de Macri, con escasos resultados todavía y que comienza a experimentar fricciones y malestar social. En Venezuela que fue bajo Chávez la expresión más a izquierda del ciclo progresista, en medio de una aguda crisis económica, social y política, la derecha presiona para destrabar a su favor la transición “poschavista”.

Esta nota parte de esos tres fenómenos de obvio impacto regional para pensar algunos problemas del nuevo escenario estratégico regional que está tomando forma, aunque un cuadro sistemático de la situación en América latina demandaría integrar las diferentes situaciones: México, el “deshielo” entre Cuba y EE. UU., el “proceso de paz” en Colombia, la erosión del régimen chileno, la dinámica en Bolivia y Ecuador, etc.

 

Mirando hacia Wall Street

La actuación de la OEA en la crisis en Venezuela es un test de la recomposición de relaciones con Washington, con los nuevos gobiernos en Brasilia y Buenos Aires. Primó un compromiso para ejercer presión por el diálogo con la oposición, pero sin apelar a la “Carta Democrática” que preferían EE. UU. y sus aliados más estrechos, como Colombia. El nuevo clima de entendimiento con Washington no excluye diferencias subsistentes, como la reticencia a una injerencia imperialista más directa en los asuntos sudamericanos de Brasil. Mientras, el pálido papel que juega UNASUR refleja la conversión del “sudamericanismo” y la “integración latinoamericana” en productos más “descafeínados”.

El gobierno de Obama despliega una estrategia de “diálogo” hacia América latina para aprovechar la decadencia de los gobiernos bolivarianos y progresistas. Combinan gestos como el “deshielo” con Cuba y el apoyo al “proceso de paz” colombiano, con acuerdos comerciales y de seguridad con varios países, presión y sanciones a Venezuela y el aval al golpe institucional en Brasil.

Puede incluir esos avances en su “legado” de respuestas a la declinación hegemónica yanqui, pues Estados Unidos viene recuperando influencia comercial, financiera y política, además de empujar el retroceso de los “populismos” y contrarrestar la presencia de China. En un marco global de bajo crecimiento y reflujo de capitales hacia el dólar, la recuperación estadounidense gravita sobre el conjunto de una América latina con dificultades por la baja de los precios de materias primas y el desecamiento de los flujos de capital.

México se “beneficia” de su mayor integración a la economía yanqui, como plataforma de maquila. En menor medida también Centroamérica y los circuitos caribeños de servicios, turismo y finanzas off-shore. El conjunto del Golfo de México, vía ampliación del Canal de Panamá, incrementa su papel en el flujo comercial entre la Costa Este y Asia.

México, Perú y Chile ya adhirieron al Tratado Transpacífico (TPP) y junto a Colombia forman la “Alianza del Pacífico” como bloque neoliberal cercano a EE. UU., con el que los tres países andinos sellaron Tratados de Libre Comercio. Sin embargo, como a Ecuador y Bolivia, los afectó la caída de precios de minerales e hidrocarburos. En Venezuela, el derrumbe de precios del petróleo colapsó el esquema rentista preservado por el chavismo generando una catastrófica depresión.

Brasil, en medio de una dura recesión y Argentina, también en retracción, viran con Temer y Macri a una mayor apertura comercial y financiera, en pos de captar inversiones y préstamos, como espera Macri tras el acuerdo con los fondos buitre. Tantean un acercamiento a Wall Street y al TTP y Brasil negocia con la Unión Europea, lo que implica la “flexibilización” del Mercosur (de lo que recela Argentina) y más lazos con los países del Pacífico. Pero en razón de su históricamente mayor desarrollo industrial, necesitado de proteccionismo, esa apuesta tiene muchas contradicciones.

La dinámica de las relaciones económicas y políticas con el imperialismo será un factor crucial para la consolidación del giro a derecha.

Cierta recuperación de los precios petroleros, las bajas tasas de interés de la Reserva Federal yanqui y la mayor apertura al capital extranjero podrían contribuir a paliar la recesión, pero no parece próximo un nuevo ciclo de alto crecimiento.

 

El significado del método

Temer, cuyo gobierno aún no se ha consolidado, fue instalado en el Planalto por un golpe institucional que forzó el mecanismo del impeachment para desplazar a Dilma Roussef, que a pesar de sus medidas de ajuste resultó incapaz de garantizar el programa del gran capital. El poder judicial fue el árbitro bonapartista, articulando la conspiración parlamentaria con apoyo de los grandes medios y las cámaras empresariales. Las Fuerzas Armadas no intervinieron, aunque la policía incrementa la represión contra protestas y movilizaciones, así como contra los pobres en general.

El método del golpe institucional opera en los límites de los mecanismos de la democracia formal. Los rompe de contenido al reemplazar por medios espurios un gobierno electo por voto de la población, pero conserva la forma de la continuidad institucional. Tienes antecedentes: el golpe de Honduras de 2009, orquestado en el parlamento, con el Ejército jugando un papel fundamental y una dura represión al movimiento de resistencia. En Paraguay, el golpe parlamentario contra Lugo en 2012. En ambos casos los objetivos golpistas se consolidaron y legitimaron con elecciones.

Podría caracterizárselos como “golpes de baja intensidad” dosificando su intensidad y preservando la cobertura republicana ante las condiciones políticas, en que la “democracia degradada” es la forma de dominación prevaleciente en América latina y la burguesía y el imperialismo no deben enfrentar crisis políticas más agudas o ascensos de la lucha de clases. Entonces recurrirán nuevamente a golpes abiertamente bonapartistas o directamente contrarrevolucionarios, como las dictaduras militares de los ‘70.

En una situación muy distinta a las consideradas, la crisis de Venezuela también plantea el problema del bonapartismo. En su cenit, el bonapartismo chavista tuvo rasgos sui generis, por sus fricciones con el imperialismo y su apoyo en las masas populares. En su decadencia, pierde esos rasgos. Con Maduro, la acentuación del bonapartismo aplica una política económica antipopular y represiva, mientras se defiende del acoso de la oposición con medidas como el “estado de excepción”.

La derecha, de carácter históricamente golpista, se encubre con demagogia democratista y utiliza el referéndum revocatorio para buscar la “salida de Maduro”, pero el contenido de su reaccionario proyecto político es también “cesarista”. Cualquier solución política para la “transición”, dependerá del arbitraje de las Fuerzas Armadas, la más bonapartista de las instituciones.

Si durante la década pasada hubo cambios de régimen con concesiones parciales a las masas (Venezuela, Bolivia, Ecuador) y cierta relegitimación de otros regímenes bajo gobiernos progresistas como en Argentina o Brasil, con la crisis resurgen los peores rasgos de estos regímenes y la tendencia de la burguesía a apelar a métodos bonapartistas. Por eso no debe desdeñarse la advertencia de los golpes “blandos”: preparan el terreno para ataques bonapartistas más duros.

 

Los nuevos gobiernos de derecha

Los gobiernos de Temer y Macri comparten rasgos bonapartizantes: el “decisionismo” de Macri por un lado, el origen golpista de Temer por otro. Ambos comparten el ADN empresarial y son “orgánicos” al bloque de poder local: los complejos agroindustriales, minero y petroleros, las multinacionales y translatinas de la industria y el mundo financiero, reconfigurados y fortalecidos bajo el kirchnerismo y el PT.

La nueva ola conservadora se apoya en la combinación entre “nueva” derecha (necesaria para ampliar la llegada social) y derecha tradicional (imprescindible para gobernar). En Argentina, detrás del “mundo PRO” que se pretende renovado (de alguna forma una secuela del 2001), emergen el viejo radicalismo y el pejotismo territorial. En Brasil, el gobierno Temer expresa lo más rancio y corrupto de la “vieja política”: el insustituible PMDB y el PSDB. En Venezuela la MUD –Mesa de Unidad Democrática–, reúne la “nueva derecha” de Capriles y la vieja guardia neoliberal, como Acción Democrática de Ramos Allup.

De conjunto, tienen por base social una “minoría intensa” concentrada en las regiones más ricas y las capas más privilegiadas, aunque electoralmente logren capitalizar el descontento de sectores populares (como el PRO en Argentina). Su programa apunta a desmontar el compromiso “populista” con las clases subalternas, o sea, endurecer la “democracia para ricos”, en condiciones de debilidad hegemónica muy distintas a los ‘90.

 

Desensillar hasta que aclare

Por eso la “gobernabilidad para el ajuste” necesita el sostén de los progresistas desde su lugar en el Parlamento, las gobernaciones y municipalidades. En el poder cumplieron la función histórica de gestionar la recomposición del orden, cuestionado por las crisis y levantamientos de principios de siglo. Ahora pasan al rol de oposición sensata, sosteniendo el ajuste o aplicándolo allí donde gobiernan, como en el sur argentino. En Brasil, el PT ha tocado la retirada, postergando la “resistencia” para futuras elecciones generales, lo que equivale a dejar que entre tanto la derecha haga el trabajo sucio.

Comparten la tarea de mantener la pasividad del movimiento de masas con las burocracias sindicales (las CGT y CTA en Argentina, en Brasil la CUT y otras centrales menores y “movimientos sociales”), que garantizan la “tregua social” frenando y aislando la resistencia ante los ataques del gobierno y la patronal.

Tras su retirada sin épica, los costos de la integración al Estado que gestionaron por una década no dejan indemnes al PT ni al kirchnerismo (hoy convertido en una corriente de centroizquierda que ha perdido la conducción del peronismo). La “hegemonía progresista” está rota en el Estado, pero también está estratégicamente erosionada en su relación con las masas.

 

La grieta

La polarización social y política tiñe el conjunto de la situación regional aunque alcanza la máxima intensidad en la explosiva situación venezolana.

La utópica transformación de Brasil o Argentina en “países de clase media” y la “inclusión” de los pobres, entran en crisis y se desmoronan al compás del empobrecimiento en que caen decenas de millones de latinoamericanos, el aumento de la desocupación y la carestía de la vida.

Esto pone en cuestión también el papel de las “clases medias” en el giro a derecha y como base de los nuevos gobiernos. Sus franjas más vulnerables experimentan las consecuencias de la recesión y de los ajustes en curso, lo que puede actuar como motor de diferenciación en ese heterogéneo conjunto socio-cultural (en rigor, una mixtificación sociológica que engloba por su acceso al consumo y sus “valores” a diferentes fracciones de clase: pequeñaburguesía tradicional o asalariada, cuadros de las empresas y capataces, trabajadores cualificados mejor pagos, etc.).

La clase trabajadora es la destinataria central del ataque capitalista que busca un salto en las condiciones de explotación y disciplinamiento laboral. ¿Cómo responderá? Desde el punto de vista objetivo, las clases obreras de Brasil y Argentina, que constituyen un núcleo fundamental del proletariado latinoamericano, ha incrementado sus fuerzas, aunque bajo las formas de una extendida precarización y tercerización laboral, que hace pesar la fragmentación entre las distintas capas. Los sindicatos se han fortalecido aunque semiintegrados al Estado.

Las necesidades materiales y aspiraciones de los trabajadores, aunque predominen las ilusiones reformistas, chocan con el ajuste. Por ahora, mientras no hay ataques brutales directos al conjunto de la clase, pesan esa fragmentación y sobre todo, el rol de la burocracia y el progresismo, impidiendo que responda el movimiento obrero. Pero comienza a haber luchas sectoriales y por empresa que anticipan la tendencia a resistir.

El deterioro de las condiciones de trabajo y de vida no solo significa desempleo, precarización e insatisfacción para las nuevas generaciones obreras y de clase media, sino también erosión de los mecanismos de ascenso social como la educación universitaria. Esto alimenta el amplio fenómeno mundial de descontento juvenil, que en nuestra región ya dio fenómenos como el proceso de lucha estudiantil chileno o las jornadas de junio de 2013 en Brasil.

Ante la regresión cultural y en los derechos de género que impulsa el giro conservador y proclerical, puede renovarse la lucha contra la opresión de la mujer y la población LGTB,  ligándose a una clase trabajadora de composición fuertemente feminizada, al igual que el estudiantado.

No podemos olvidar al movimiento campesino y de los pueblos originarios, que tiene expresiones como el MST en Brasil, y con múltiples lazos con el proletariado agrícola, así como la masa de pobres y semiproletarios urbanos, cuya “inclusión” fue una falacia de las políticas asistencialistas “progresistas”, siendo ahora mucho más vulnerables a los golpes de la recesión, la austeridad estatal y las políticas represivas de la derecha.

Sobre las líneas de la “grieta social” tan temida por conservadores y progresistas, estas son las fuerzas materiales que, si se combinan la crisis económica y política con el desarrollo de la resistencia de los trabajadores, replantearían la alianza obrera y popular contra la ofensiva burguesa e imperialista.

 

Trabajadores, jóvenes y mujeres, hacia una resistencia dura de dimensión continental

Elementos de esa nueva resistencia se expresan en diversas luchas de docentes y empleados públicos, por fábrica y en empresas de servicios o transporte. Secundarios y universitarios protagonizan las tomas de colegios en Brasil, marchan por la educación en Chile, dan incipientes síntomas de despertar en Argentina, etc. Junio comenzó con masivas manifestaciones de mujeres en Brasil y Argentina contra la violencia machista, cuestionando el giro conservador de los nuevos gobiernos.

La unidad de obreros y estudiantes fue avanzada de radicalización en los ‘70. En esta etapa, ese papel está llamado a cumplirlo la convergencia de trabajadores, jóvenes y mujeres en las tareas de una resistencia dura, que objetivamente enfrenta enemigos comunes en el ámbito latinoamericano. La gran tarea de la izquierda revolucionaria es contribuir a la organización de la resistencia, agrupando a la vanguardia en lucha por la organización política independiente de la clase obrera, preparándose para las futuras batallas de la lucha de clases.

No comments

Te puede interesar

Respuestas teóricas a la crisis

  CLAUDIO KATZ N.3, septiembre 2013. VER PDF La renovación de la economía marxista está creando un polo de atracción frente al descontento existente con ...