Herencia de junio: empieza a surgir un “sujeto peligroso” en Brasil

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IURI TONELO

Número 5, noviembre 2013.

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Las movilizaciones de junio marcaron el ocaso de la ilusión de la estabilidad del Brasil potencia. La juventud inundó las calles y al hacerlo, allanó el terreno para múltiples cuestionamientos. De esta manera abre paso a la entrada en escena del verdadero “gigante” de Brasil: el movimiento obrero.

El PT en Brasil asumió el poder en 2002, con la elección de Luiz Inacio “Lula” da Silva. Durante los primeros diez años de gobiernos del PT asistimos a un período en que, contando con la prestigiada figura de Lula como dirigente obrero del ascenso de los ‘70, el gobierno tuvo un gran apoyo de las masas y los trabajadores.

Al mismo tiempo que Lula proclamaba en 2008 que en Brasil “los bancos nunca habían ganado tanto”, toda una generación se había acostumbrado a una estabilidad basada en algunos cambios que permitían a la burguesía mantener controlado al movimiento obrero. Sin embargo, toda tendencia encuentra una contratendencia en el vida, y para Brasil no podría ser distinto. Toda la “estabilidad” que la clase dominante impuso al proletariado brasileño, con un crecimiento económico importante (desarrollo del parque industrial, obras hidroeléctricas y construcción civil), que por un lado se basó en la expansión del empleo (centralmente en el Nordeste, Norte y Centro-Oeste) y, por otro, estuvo ligado a la precarización de ese trabajo, tercerizado, en negro, donde los sectores privados de todo derecho a lo sumo podían aspirar a paliar sus condiciones de vida degradantes con planes sociales como la llamada “bolsa familia”; así esta estabilidad se ha convertido en su contrario: una explosión de millares (en el auge llegó a millones) con fuerte protagonismo de la juventud en las calles reclamando por transporte, salud, educación y cuestionando la política corrupta que solo sirve para perpetuar la desigualdad.

Era el espejismo del Brasil potencia desmantelándose frente a la potencia de las masas, que ponía en cuestión el proyecto de país oficial, teniendo a Río de Janeiro como el motor más desarrollado de las movilizaciones que se continuaron hasta la actualidad. La “ciudad maravillosa” empezó a mostrar las contradicciones estructurales detrás de las “bellezas” del discurso oficial.

Este proceso de movilizaciones de masas, conocido como “jornadas de junio”, marcó el ocaso del “lulismo” en el sentido de que rompió la estabilidad, abriendo la posibilidad para todo tipo de cuestionamiento de la población, conformando una nueva generación de jóvenes dispuestos a la lucha, y abriendo paso a las movilizaciones del verdadero “gigante de Brasil”: su enorme proletariado.

Junio no fue un rayo en un cielo sereno, como quiso presentarlo la burguesía. Si podemos hablar de una fuerte estabilidad en el conjunto del país, el hecho es que ya había algunas importantes expresiones de movilizaciones estudiantiles y de trabajadores: la clase obrera brasilera mostraba su recomposición objetiva y también una creciente “gimnasia” sindical que se expresó en 2012 con 875 huelgas (en 2011 fueron 554), un crecimiento del 63% (según datos de DIEESE). Hay que destacar que por primera vez en años las huelgas de las empresas privadas superaron las del sector público (461 en comparación con 409, respectivamente). El total de huelgas en 2012 fue el mayor verificado desde 1996 (1228 huelgas). Se confirma así la tendencia al aumento de huelgas observada a partir de 2008. Es necesario destacar que en las huelgas de la construcción civil hubo algunos elementos “salvajes” (con acciones radicalizadas independientes de la burocracia sindical) en las usinas hidroeléctricas de Jirau, Santo Antonio y Belo Monte, adonde Dilma llegó a enviar la Fuerza de Seguridad Nacional para reprimir a los obreros.

La muerte a manos de la policía de un trabajador albañil negro, llamado Amarildo, que vivía en la mayor favela de Río de Janeiro, se transformó en uno de los hechos más importantes y más discutidos en el país. Generó un repudio muy fuerte a la policía militar brasileña, un fenómeno que se choca con toda la adaptación del período anterior en que la policía asesinaba muchos jóvenes y trabajadores en las favelas, casi sin ningún cuestionamiento.

Toda la democracia degradada de Brasil, incluyendo sus instituciones estatales y políticas, empezó a ser cuestionada por el proceso de movilizaciones que continúa en el país y se expresó fundamentalmente en el rechazo a la represión y  a la serie de abusos policiales, de modo que el descontento de las movilizaciones se encontró con los pobladores del morro en Río de Janeiro, expuestos todo el tiempo a ese accionar represivo, dando lugar a la perspectiva del surgimiento de un verdadero sujeto peligroso: la unidad de los trabajadores y la población de los morros con los jóvenes.

 

El significado de junio…

Se puede decir que las movilizaciones de junio en Brasil tuvieron un significado histórico para la clase trabajadora y la juventud, solo comparable al proceso de veinte años atrás, conocido como el “Fuera Collor: la serie de movilizaciones de masas que terminaron por derribar al entonces presidente de Brasil, Fernando Collor de Mello, uno de los agentes del “neoliberalismo”. Sin embargo, las movilizaciones actuales empezaron por reivindicar la quita del aumento a la tarifa del transporte público, uno de los transportes más caros del mundo y comandado por monopolios que lucran mucho con un derecho elemental de la población.

Es decir, en las movilizaciones de junio había una cuestión que las hacía “superiores” al “Fuera Collor”, que era el carácter social de las demandas (mientras el “Fuera Collorera esencialmente contra la corrupción) uniendo sectores de la juventud trabajadora a una gran masa de la denominada “clase media” (sectores obreros con nueva capacidad de consumo por los mecanismos del crédito y la “clase media tradicional” que adhería a las cuestiones planteadas

por el movimiento). Yendo más al fondo de la cuestión, el proceso expresaba por un lado algunos límites del modelo económico brasileño, que combina el trabajo precario con el inmenso volumen de crédito, lo que aumenta superficialmente el consumo de la población pero estructuralmente mantiene las condiciones más degradantes de vida y, para la juventud en particular, pone una barrera concreta para su derecho a la educación y salud públicas, la cultura, el arte y la recreación.

Habiendo comenzado por la juventud, el proceso forzó a las centrales sindicales (siendo la mayoría controlada por la burocracia de Fuerza Sindical y de los petistas de la Central Única de los Trabajadores-CUT) a convocar actos (pasadas las grandes movilizaciones), debido al ímpetu de los trabajadores de participar de las manifestaciones a escala nacional. Se llevaron a cabo dos días de movilizaciones nacionales, el 11 de julio y el 30 de agosto, aunque en realidad se trató mucho más de paros controlados por las conducciones sindicales. Más allá de estos actos, comenzó una serie de luchas de sectores de trabajadores, que iban de importantes movimientos en reclamo de vivienda en las ciudades hasta huelgas de los empleados públicos que ganaron más protagonismo después de junio, con un “nuevo espíritu” de combatividad de los trabajadores.

El “espíritu de junio” también marcó la entrada en escena de la clase obrera, aunque todavía con un importante control de la burocracia sindical.

 

… y su herencia en los procesos actuales de las luchas obreras

Las luchas que se dan en cada esquina de Brasil lo hacen en un marco donde se cambió completamente la correlación de fuerzas entre las clases. Las recientes huelgas nacionales de sectores como el correo y los bancarios expresaron un duro enfrentamiento con la patronal, que quería avanzar en el ataque a estos sectores, dejando sus salarios por detrás de la inflación. En una importante fábrica metalúrgica en San Pablo, 7.000 obreros votaron en contra de la burocracia y decidieron salir a la huelga contra los ataques de la patronal al salario. Más recientemente, dos conflictos se volvieron hechos políticos nacionales.

Por un lado, la huelga de los docentes de Río de Janeiro, que ocuparon la cámara de diputados provinciales contra los ataques a la educación, es uno de ellos. Por el otro, la huelga de los petroleros, con grandes movilizaciones contra el ataque histórico del gobierno de Dilma, la “mayor privatización de la historia de Brasil”, que vendió a cuatro multinacionales (dos chinas, una francesa y una británico-holandesa) a precios irrisorios un recurso natural estratégico, en un negocio que va a rendir a los monopolios billones de dólares en los próximos 30 años.

La lucha de los docentes de Río de Janeiro, cerró luego de 77 días con un acuerdo en el que no consiguió derrotar el proyecto de ataques votado, pero impidió el descuento de los días de huelga y tomó una de las demandas democráticas básicas que es el talón de Aquiles de Dilma: la educación pública. Por eso fue una lucha apoyada por distintos sectores y adquirió una forma más radicalizada que desestabilizó el gobierno de Río. Contó con un apoyo práctico en las calles de miles de jóvenes del “espíritu de junio” y se hizo masiva. Para hacerse una idea, digamos que en Río de Janeiro hay 40.000 docentes, y en sus asambleas llegaron a reunirse unos 10.000; en los actos llamados por el sindicato, llegaron a reunirse casi 50.000 personas, dada la masividad de la huelga y el apoyo de la juventud, que defendía a los docentes contra la represión policial.

 

La crisis de representatividad

Junio marcó la movilización de la juventud. Más allá del intenso proceso social que expresaban las movilizaciones, el cuestionamiento al gobierno visibilizó elementos de cuestionamiento del conjunto del régimen. En primer lugar las instituciones quedaron mal paradas frente a la población luego de la represión en SanPablo, a lo que se sumó el caso Amarildo (que fue torturado antes de ser asesinado). Esto expuso completamente ante las masas la pervivencia de la herencia de la dictadura militar, en los métodos de la policía. Después se desarrolló la crítica radical de la población contra los parlamentarios, expresada en la denuncia de la corrupción. En la presidencia, la popularidad de la intocable Dilma Rousseff cayó casi 30% (así como de los gobiernos estaduales); lo que parecía más estable en el régimen era el Poder Judicial, y particularmente el presidente del Supremo Tribunal Federal, Joaquín Barbosa, que las encuestas señalaban como uno de los más votables para la presidencia. Sin embargo, el Poder Judicial perdió fuerza por no condenar a los corruptos del PT en el escándalo del “mensalão”, juicio que comenzó recientemente y que fue postergado para el año que viene.

En este contexto, una definición de la herencia de junio es que marcó una enorme crisis de representatividad, que toca las instituciones y partidos burgueses, pero también las organizaciones de los trabajadores y el movimiento estudiantil. Porque el hecho de que en junio la población haya conseguido derrotar el aumento del pasaje sirvió como una lección de que “no son necesarios ni entidades ni partidos para conseguir lo que queremos, solo las masas”. Eso golpeó a los sindicatos y las organizaciones estudiantiles (incluso las orientadas por corrientes que se oponen por izquierda al PT) que no cumplieron casi ningún papel en junio, más preocupados con su rutina de elecciones y conducción de organismos desvinculados de las luchas reales.

Pero en las últimas semanas dos hechos encendieron la bronca en dos de las principales universidades del país. Un proceso de movilización con la ocupación del rectorado en la Universidad de San Pablo (USP) en contra del carácter antidemocrático del régimen universitario. Y en la Universidad de Campinas (UNICAMP) los estudiantes deciden también ocupar el rectorado, y estalla un proceso de huelgas y paros que involucran casi toda la Universidad en contra de la propuesta del rectorado de poner la policía militar en la Universidad.

Estos conflictos marcan una emergencia del movimiento estudiantil que no se había dado en junio y, además, la primera forma organizada de lucha estudiantil surgida en las Universidades, con asambleas y cuerpos de delegados (particularmente en USP), huelgas en las facultades y la posibilidad de dar una forma política, en oposición a una masa sin capacidad de organización (según el “modelo” de junio) y la crisis de representatividad que tocaba a la izquierda.

 

Cierre de algunas luchas y vuelta de la represión: los Black Blocs y la estrategia de la burguesía

Para ir cerrando los conflictos, la burguesía viene teniendo una estrategia de favorecer un clima de represión: eligió a uno de los principales “actores de junio”, que se hizo un “fenómeno nacional”, los llamados Black Blocs, para a partir de ellos difundir una ideología antimanifestaciones. Los Black Blocs desarrollaban acciones de resistencia a la violencia policial y, cuando la correlación de fuerzas lo permitía, de enfrentamiento a los aparatos de represión; junto a una práctica de roturas de vidrios de bancos, de locales de venta de autos importados y otros “símbolos del capitalismo”. Influenciaban algunos millares de jóvenes en todos los estados; cuando retrocedió el movimiento, los Black Blocs ganaron contornos más de “grupo” y sus prácticas se hicieron más claramente ultraizquierdistas, es decir, por fuera de la correlación de fuerzas entre las clases y sin un norte estratégico claro.

El gobierno aprovecha como “excusa” estas acciones descolgadas e infantiles para montar una campaña contra los Black Blocs. Pero lo que realmente le preocupa no son estas acciones sin estrategia sino que los Black Blocs estuvieron junto a otras organizaciones de la juventud defendiendo a los docentes de Río contra la represión policial, en un momento decisivo para la lucha. Ese fue el gran “crimen” de los Black Blocs porque significó, durante todo ese período, la primera alianza en la lucha de un sector radicalizado de la clase trabajadora y la juventud de junio.

Los grandes medios en Brasil están llevando adelante una campaña nacional contra los “encapuchados” (como son los Black Blocs pero también decenas de otros jóvenes que “resisten”) que en realidad busca crear una opinión pública de rechazo a estos jóvenes que expresan a su modo lo que quedó de la radicalidad de junio (aunque sin estrategia clara), con la clara intención de criminalizar el movimiento de conjunto.

 

¿Cuál es el resultado de la ecuación en Brasil?

La gran cuestión es que de conjunto la burguesía tiene una dificultad extrema de conjurar el espíritu de junio.

El año que viene, el país va a tener elecciones presidenciales y al mismo tiempo la Copa del Mundo. Ya frente a la Copa de Confederaciones el grito de miles y miles de manifestantes era que “queremos que se joda la Copa, dinero para salud y educación”. Se puede esperar que el gigante de Brasil vaya a moverse más en 2014 mostrando su cara principal: un gigante construido entre lo atrasado y lo nuevo, la sexta economía del mundo que convive con la amplia desigualdad y la pobreza, un país de recursos naturales pero expropiado de ellos, como acaba de ocurrir con el petróleo, un país con un inmenso proletariado trabajando en condiciones de precarización totales; un país que llenará las tribunas del Mundial de espectadores blancos, mientras los negros como Amarildo mueren en las favelas por la represión de la policía. Estas contradicciones no se van se expresar en el aire, porque contamos con las lecciones del proceso de junio. Las movilizaciones muestran un camino que cuestiona de raíz al Brasil oficial: la recomposición de la subjetividad de la clase obrera, expresada en la huelga de docentes de Río, o en conflictos nacionales como los petroleros con una demanda política fundamental de oponerse a la privatización del petróleo, importantes huelgas en el sector público, correo, bancarios, en las paralizaciones y huelgas en las fábricas metalúrgicas.

Todo eso ya demuestra que está emergiendo en Brasil un “sujeto peligroso”. Como decía Karl Marx, esas condiciones sociales petrificadas van a verse obligadas a bailar al ritmo de su propia melodía.

 

Traducción: Juan Dal Maso

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