Entre el sueño eterno y el pantano de lo real

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LA ECONOMÍA DE MACRI

 

PABLO ANINO Y LUCÍA ORTEGA

Número 27, marzo 2016.

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El brutal ataque sobre los trabajadores que aplicó a decretazo limpio el macrismo fue aprovechado para construir una imagen decisionista en torno al “team” del Ejecutivo, que tendría entre manos un plan económico concreto y prefigurado. El gobierno se mostró dispuesto a convalidar todas las promesas de campaña que repartió a la burguesía en su carrera electoral, al tiempo que en una de sus pocas promesas hacia un sector de los trabajadores, la de ganancias, terminó sumando uno más a los parches del kirchnerismo, perjudicando a más trabajadores de los que se ven modestamente beneficiados por los cambios en el mínimo no imponible. Hasta a la burocracia sindical, en tregua con el ajuste, le quedó gusto a poco. En el nombre de la competitividad, y bajo las banderas de la supuesta eficiencia CEOcrática, el gobierno se dirige a realizar un “plan de guerra” para recomponer la rentabilidad capitalista. Pero entre el plan en los papeles y su ejecución, las fricciones están conduciendo al abandono o reformulación de varios de los objetivos trazados, en parte porque la ecuación política lo obliga a negociar con gobernadores y legisladores de la oposición. El “decisionismo” del gobierno de los CEO se acerca más a un movimiento de ensayo y (bastante) error, mientras las contradicciones de las políticas implementadas amenazan con volverse un límite infranqueable para el éxito del plan.

 

Un país “normal”

A seis días de asumir, se tomó la primera de una serie de medidas favorables a los exportadores y las patronales agrarias para incentivar la liquidación de dólares que alivien las reservas del Banco Central (BCRA). Se eliminaron las retenciones a las exportaciones agropecuarias y se redujo las de soja y sus derivados un 5 %. Al día siguiente, se completó con una unificación y liberalización del tipo de cambio que significó una devaluación del peso que llega hoy al 60 %. Solo por las retenciones, los ingresos fiscales se redujeron en 3.686 millones de dólares1, que significa una transferencia directa del gobierno –y con ello, de otros sectores– al agronegocio. Además, la devaluación inicial significa la elevación de sus ingresos en 4 pesos por cada dólar obtenido en la venta externa, por lo que en total se estima una transferencia de más de 120 mil millones de pesos, una suma que se aproxima al 50 % de lo que se planea pagar a los fondos buitres, sin considerar que el tipo de cambio se siguió depreciando en los dos meses subsiguientes llegando a superar los 16 pesos por dólar.

Para un sector de la burguesía industrial que destina su producción al mercado interno, la devaluación tiene efectos contradictorios ya que actúa de hecho como una protección encareciendo las importaciones pero a su vez eleva el costo de los insumos y bienes de capital extranjeros, con lo cual la elevación del tipo de cambio compensa solo parcialmente la eliminación de los controles a la importación. Y para el conjunto de los capitalistas, la devaluación reduce el costo salarial en dólares, mientras que la misma, junto con el retiro de retenciones a la exportación –no sólo agrarias, también industriales y mineras–, actuó como el principal impulsor de la inflación que el gobierno dice querer combatir, especialmente de productos de primera necesidad. Según un informe de la consultora Ecolatina, el salario real caerá en promedio un 3,5 % en el primer trimestre del año. Al mismo tiempo, se masifican los despidos en el sector público como política “de Estado”, así también en el sector privado por el impacto, aún incipiente, de la caída de la actividad. Los eslabones débiles del sistema los constituyen los trabajadores pobres y más desprotegidos, y aquellos vinculados con la pequeña y mediana industria, más afectada por el levantamiento de los aranceles a la importación, los tarifazos y la quita de subsidios, lo que avecina mayor impacto de despidos en esos sectores.

Para las petroleras tampoco se escatimaron beneficios. Se les garantizó que no se modificaría el subsidio al precio interno del barril iniciado en la anterior gestión y se les sumó un subsidio al precio de exportación. De conjunto, se estima que esto le cuesta al Estado entre 5 y 7 mil millones de dólares2. Por si fuera poco, se autorizaron aumentos de precios que, al tratarse de un insumo de todo el aparato productivo, se expanden al resto de la economía.

Uno de los mayores agradecidos por las políticas económicas es el sector financiero y bancario. La devaluación, la liberalización de las tasas de interés y al movimiento de capitales ha permitido, no sólo ampliar las ganancias “normales” por el spread bancario y la política contractiva de elevación de las tasas de interés llegando hasta el 37-38 %, sino también valorizar los activos en dólares que poseen los bancos, aceitar el ingreso especulativo y la fuga de capitales. No es casual que en el primer bimestre del año el sector bancario sea el que lidera el ranking de las empresas que cotizan en bolsa, con rendimientos de hasta 34 %3. El escándalo emergido de la designación en la Unidad de Información Financiera de funcionarios de bancos como el HSBC involucrados en causas de lavado de dinero muestra la falacia del manto de “transparencia” con que quiere cubrirse el gobierno de los CEO. Queda más en evidencia, como ocurre en todos los gobiernos, que la banca funciona a ambos lados del mostrador. El macrismo se atribuye hasta ahora como el mayor “éxito” de su gestión el principio de acuerdo con los fondos buitre. Sin embargo, el mismo constituye una de las mayores entregas de la historia, reconociendo a los especuladores alrededor de 15 mil millones de dólares que se abonarían con nueva emisión de títulos públicos, la mayor colocación de deuda en países dependientes o semi coloniales en dos décadas. El objetivo de llegar a un pronto acuerdo es terminar de “reinsertar” al país en el mercado financiero internacional, atrayendo más dólares que resolverían el problema de iliquidez pero a costa de una mayor insolvencia a futuro. No obstante, el éxito de la estrategia oficial no está asegurado, ni es probable que de conseguir nueva deuda se alcancen tasas bajas de interés, como lo demuestra la nueva emisión anunciada a tasas del 7,5 % (tasa “sideral” en términos internacionales).

La enorme transferencia regresiva de los ingresos cuya dirección es desde los trabajadores al capital, y especialmente al capital más concentrado, se justifica desde el gobierno como un momento inevitable y doloroso (omiten decir, sólo para los explotados) que hay que transitar para recomponer una situación de crisis que legó el gobierno anterior. Desde el kirchnerismo se niega que se haya dejado un país en situación crítica y se señala que “el modelo económico de ajuste, apertura y endeudamiento (…) es el mismo modelo que querían aplicar en cualquier circunstancia”4. Pero ambas son sólo medias verdades. De una parte, es cierto que el macrismo se propuso realizar un ajuste sobre los trabajadores para favorecer los negocios de la gran burguesía local e imperialista y que este programa capitalista excede a una situación de crisis específica. Sin embargo, no es cierto que la “ofensiva neoliberal” que encarna el macrismo haya aparecido de la nada, lo que además estaba inscripto en el plan de un posible gobierno de Scioli, como demuestran los guiños de Mario Blejer y Miguel Bein, sus asesores en la campaña, a las medidas del macrismo. La situación a fines de 2015 ya mostraba un profundo deterioro económico arrastrado al menos por cuatro años5 que sirvió como excusa ideal al gobierno para ilusionar a sectores de masas con que los cambios propuestos traerían alguna mejora, lo que permitió introducir las medidas de “shock” evitando, por ahora, una excesiva conflictividad. Luego de 12 años de kirchnerismo en el gobierno escasearon las transformaciones sustanciales6. Es de la propia estructura económica extranjerizada y primarizada que emergieron los CEO que tomaron el mando de la política.

 

Se hizo un torbellino

Aunque la nueva administración llegó con una agenda que tiene el combate a la inflación al tope de sus prioridades, además de las medidas abiertamente inflacionarias (devaluación, eliminación de retenciones, apertura del comercio de granos y carnes, tarifazos), no acierta en encontrar una fórmula para contener los precios. El credo económico que profesa explica la inflación por el exceso de emisión monetaria y por el incremento del gasto público por encima de la capacidad de recaudación tributaria. Pero en el terreno fiscal, según el ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, Alfonso Prat Gay, la reducción del déficit que alcanza el 7 % del PBI, sería del 1 % el primer año. Esto significa convivir con niveles de déficit elevados por varios años.

En el terreno monetario, el jefe del BCRA quiso durante los primeros días dar un gesto de firmeza, mostrando que mantendría una política dura, de altas tasas de interés y recorte de la cantidad de dinero en circulación. Esto apuntaba tanto a incentivar a los ahorristas a volcarse al peso y no al dólar, como a enfriar los precios. En el medio de las malas noticias sobre el consumo, el ahogo al crédito creado por las siderales tasas no hacía más que empeorar la situación. Por lo cual, en enero el BCRA dio un giro, bajando las tasas de interés. Pero la reducción de tasas ayudó más a empujar el tipo de cambio –lo que a su vez vuelve a golpear sobre los precios– que a reanimar la economía, y no sorprende entonces que desde los primeros días de marzo las tasas volvieran a subir.

En esta dinámica, la salida exitosa del “cepo” que se apuntó el gobierno de Macri durante las primeras semanas está cada vez más en cuestión. Si las empresas imperialistas que actúan localmente están remitiendo ganancias a sus casas centrales, la escasa liquidación de los agroexportadores lejos estuvo de “cumplir” con lo esperado por el gobierno, en su interés de maximizar los beneficios creados por la devaluación. Los mismos capitalistas que se benefician con el macrismo suben precios y especulan con el dólar.

Los efectos inflacionarios se profundizan con las propias políticas gubernamentales. A fines de enero se anunció el incremento de tarifas de energía eléctrica entre un 500 % y 700 %, favoreciendo a las compañías que recibiendo subsidios millonarios en los años kirchneristas no han invertido ni revertido el problema energético. Luego se anunciaron incrementos en tarifas de gas y transporte público, que recaerán en primer lugar en los ingresos familiares. Según los índices oficiales de precios la inflación se viene acelerando desde noviembre y en enero superó el 4 % mensual7, lo que según varias consultoras volvió a ocurrir en febrero. Las proyecciones anuales de las consultoras privadas no bajan del 30 %, mientras que algunas bordean el 40 %8, aunque si el ritmo inflacionario continúa al 4 % mensual, la inflación podría alcanzar el 60 % anual.

El BCRA debió abandonar su posición pasiva en el mercado cambiario, que mantuvo hasta mediados de febrero, para contener el dólar, lo que le impone deshacerse de unas debilitadas reservas. Estas cayeron más de 2.000 millones de dólares desde fines de enero. La escalada de precios no hará más que exacerbarse en marzo con la nueva ronda devaluatoria, sumada al impacto de los tarifazos y los nuevos por venir. Nadie sabe a ciencia cierta a dónde terminará el espiral entre inflación y devaluación. Con el ancla monetaria funcionando a media máquina, y sin ancla fiscal, la única ilusión que conserva el gobierno para que la realidad no se aleje sideralmente del 25 % que proyectaron para los precios durante este año pasa por afianzar los mecanismos recesivos.

La inflación y la recesión son las dos amenazas del macrismo a la clase obrera. Prat Gay lo puso en palabras: “cada gremio sabrá hasta qué punto puede arriesgar salarios a cambio de empleos”. Las aspiraciones del gobierno se nuclean en conquistar un “ancla salarial”, argumentando falsamente que este es un mecanismo que frena la escalada de precios. En este aspecto el plan también presenta fricciones. El “techo salarial” lo puso en cuestión la paritaria docente. Lo verdaderamente preocupante para sus planes es que se alineen las subas del tipo de cambio, la inflación y los incrementos salariales. Si se logra posponer el ajuste de precios de tal forma que el ritmo devaluatorio supere el ritmo inflacionario y esta a su vez sea mayor que los acuerdos paritarios, habrá avanzado en sus planes de contraer los salarios reales y en dólares para así buscar atraer las inversiones añoradas. Sin embargo, tanto en el recorte del déficit fiscal, como en el plano del ajuste salarial, el gobierno está teniendo que adecuarse al “sinceramiento” en la relación de fuerzas, con la clase obrera con disposición a la lucha a pesar de la tregua de las burocracias sindicales, que lo obliga a avanzar en tiempos más largos que los deseados por una parte de los CEO.

 

La discordancia de los tiempos

El gobierno de Macri representa una peculiaridad histórica. Se trata de la primera vez que una coalición con tal vocación de hacer una Argentina a imagen y semejanza de los sueños de la gran burguesía llega al poder mediante elecciones. Pero necesita amasar poder y para eso son claves las elecciones de medio término. Esta necesidad de mantener y ampliar la base política es una restricción que obliga a un tiempismo y negociación con la oposición peronista que impacienta a los exponentes más recalcitrantes de la ortodoxia. La “gran” pregunta es cómo logrará mitigar el enfriamiento económico que su política recesiva conlleva. El problema es que no podrá en 2017, si la economía no reacciona, seguir culpando a Cristina por la “herencia”. La administración Macri espera que la salvación venga de afuera, con el shock de inversiones gracias a sus medidas market friendly. Pero si ya la frialdad de Davos fue una señal, parece cada vez más claro que los desembolsos irán llegando a cuentagotas.

El arreglo con los fondos buitres es un paso necesario para los objetivos del gobierno pero no suficiente. En el sector agropecuario la ecuación de ganancias se disparó con las recientes medidas, aunque la perspectiva de caída de precios mundiales otorga más riesgos a la expansión de la inversión. La industria automotriz, ligada al comercio con Brasil, arrastra una caída de la producción del 12 % en 2015 que continuó con una retracción del 30,6 % en enero. La minería es uno de los sectores potencialmente interesados por el capital internacional, pero por el momento no están previstos rápidos desembolsos. Y el sector hidrocarburífero también se encuentra en un estancamiento, con planes de reducir inversiones en YPF y hasta ralentizar la explotación de Vaca Muerta. Los inversores externos presionan por la profundización del ajuste y una mayor caída del salario en dólares, aguardando a observar cómo el macrismo resuelve la encerrona entre la inflación y el tipo de cambio9. Sin sectores económicos claros que destaquen como atractivos para la inversión extranjera todo dependerá de lo que pueda hacer el gobierno usando fondos para infraestructura, y de que alguna entrada de capitales de corto plazo alimente alguna burbuja en la construcción.

Es que la del gobierno es una apuesta a destiempo. Aunque está a tono con nuevos aires que recorren a la región, en un giro celebrado desde los grandes centros imperialistas, las tendencias de la economía mundial conspiran contra el plan oficial. Macri quiere abrazarse a la entrada de capitales cuando estos están mayormente regresando a las metrópolis, después de haber inundado durante años los “mercados emergentes” hasta que llegaron las señales de agotamiento de un ciclo.

En términos estratégicos el macrismo avanza con su “plan de guerra” en la perspectiva de un cambio profundo en las condiciones económicas y sociales. Es el “sueño eterno” de la burguesía agraria, financiera y multinacional. Pero deberá superar las contradicciones desatadas por sus medidas económicas. Todavía está a prueba su capacidad de gobernar el país. No se pueden descartar variantes intermedias, con pequeñas derrotas de la clase obrera, estabilizaciones parciales, algunas inversiones, donde, así como el kirchnerismo frustró su “sueño” de construir una burguesía nacional, el macrismo frustre el “sueño eterno” del gran capital de construir un país a su imagen y semejanza. En última instancia, el éxito del macrismo sólo se podría lograr bajo la condición de una enorme derrota de la clase obrera, pero la relación de fuerzas todavía no ha sido modificada y los trabajadores tienen un ejercicio de lucha para resistir la embestida derrotando el plan burgués.

 

  1. Informe de Coyuntura de IERAL, diciembre de 2015, citado en Documento de Trabajo 15, CIFRA, Flacso.
  2. “Calculan que llegaría a U$S 5.000 millones el subsidio a las petroleras”, La Nación, 25/01/2016.
  3. I-Profesional, 01/03/2016.
  4. Axel Kicillof, “Otro capítulo de la gran estafa electoral”, Página/12, 21/02/2016.
  5. Lucía Ortega y Esteban Mercatante, “La economía de la alegría”, IdZ 26, diciembre de 2015.
  6. Esteban Mercatante, La economía argentina en su laberinto, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2015.
  7. 4,1 % es la inflación en enero según IPC CABA y 4,2 % según San Luis.
  8. El estudio Ferreres y Asociados, por ejemplo, estima una inflación anual del 38,1 %.
  9. “Las grandes empresas piden mayor seguridad jurídica para invertir y esperarán hasta 2017”, El Cronista, 29/02/2016.
CIFRAMacri

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