“Elecciones: trampa para tontos”

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EDUARDO GRŰNER

N.4, octubre de 2013.

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1.

El título-cita –de allí el entrecomillado– de este artículo no es nuestro, obviamente. Se lo tomamos en préstamo a Jean-Paul Sartre, que tituló así un breve pero muy sustancioso ensayo publicado en Les Temps Modernes en enero de 1973, en ocasión de las elecciones nacionales en Francia, y todavía bajo la “sombra terrible” de mayo del ‘68. Las tres o cuatro primeras páginas, sin embargo, exceden en mucho esa coyuntura.

El primer párrafo es contundente: “En 1789 se estableció el voto restringido: se hacía votar no a los hombres, sino a las propiedades reales y burguesas, que no podían conceder sus sufragios más que a sí mismas. Aunque profundamente injusto, porque se excluía del cuerpo electoral a la mayor parte de la población francesa, el sistema no era absurdo”. En efecto: el voto individual y secreto corresponde perfectamente al carácter de propietario del elector.

Esos ciudadanos, dirá Sartre, estaban ya aislados por sus propiedades, “que se cerraban sobre ellos y oponían las cosas y los hombres en toda su impenetrabilidad material”. El voto restringido expresa con toda transparencia el interés de clase, su “impenetrabilidad material”, y el voto individual y secreto traduce con toda lógica la competencia igualmente individual entre los miembros de las clases propietarias. La sencillez de esa fórmula, no obstante, podría hacernos pasar por alto la enormidad “escandalosa” del corolario que puede extraerse de esta premisa: lo que por comparación sí suena en primera instancia como un completo “absurdo” es que, una vez establecido (gracias a la lucha de clases, conviene recordar) el llamado “voto universal” como derecho que incluye a las clases no propietarias, la operatoria siga siendo la misma que la del antiguo voto restringido. Por supuesto que el voto secreto universal, en la práctica, sirvió históricamente para proteger (muy) relativamente a los miembros de las clases dominadas contra los “aprietes” y represalias de las patronales, las “autoridades” del Estado o los matones –incluyendo frecuentemente la policía y las fuerzas armadas– que inducían o directamente forzaban a las masas a votar contra sus propios intereses. Pero eso no obsta para reconocer que el hecho de que las masas desposeídas se vean obligadas a votar según la lógica burguesa es, precisamente, una flagrante contradicción lógica. Las masas populares, podríamos decir, están sometidas a un doble régimen (por no decir un “doble vínculo”) en su relación con lo político: en la asamblea sindical o de fábrica, en las reuniones del partido si lo tienen, en las manifestaciones, en las ocupaciones o las luchas callejeras, los trabajadores expresan su “voto” a cielo abierto, de viva voz o en las acciones concretas, y sobre todo, como un colectivo que amalgama “lo uno y lo múltiple”; en las elecciones, en cambio, lo hacen uno por uno, en el silencio secreto y solitario del sintomáticamente denominado “cuarto oscuro”, tan semejante al penumbroso confesionario de una iglesia: ¿o no se dice, en ambos casos, que allí el ciudadano está “a solas con su conciencia”? Es decir: los explotados no-propietarios son conminados por la lógica “anónima” del sistema a comportarse como si fueran aquellos miembros de las clases dominantes a los que quedaba restringido el antiguo derecho a voto: ¿no parece, por decir lo menos, “esquizofrénico”?

 

2.

En la sociedad burguesa las masas oscilan, pues, del colectivo a la serie (para retomar la célebre oposición que proponía el propio Sartre en su Crítica de la Razón Dialéctica): pero –aun cuando votaran por la izquierda que dirige o acompaña sus movimientos colectivos– su opinión y sus intereses solo tienen oportunidad de ejercer algún peso sobre el Estado en la serialización a la que deben someterse cada dos o cuatro años; incluso si sus acciones colectivas logran muchas veces “torcerle el brazo” a la burguesía o a su Estado, salvo en las situaciones revolucionarias (donde toda esta discusión pierde sentido) en la política “normal” lo que predomina es el aislamiento de la serie: el movimiento colectivo es siempre considerado del orden de lo particular, la serie del orden de lo universal. Desde ya, sabemos muy bien –basta leer unas pocas páginas del “joven Marx” en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel o en La Cuestión Judía– lo que está detrás del “truco” de la serialización: la operación nítidamente fetichista de una “ciudadanía universal” que borra no solamente las diferencias de clase en-sí, sino las experiencias concretas del para-sí de las distintas clases en su lucha. Como continúa diciendo Sartre: “Todos los electores participan de las clases y grupos más diversos. Pero la urna los espera no como miembros de un grupo sino como ciudadanos. El cuarto oscuro, instalado en una sala de escuela o de municipio, es el símbolo de todas las traiciones que el individuo puede cometer hacia los grupos en que participa. A cada uno le susurra: Nadie te ve, no dependes de nadie, vas a decidir en la soledad y después podrás ocultar tu decisión o mentir. Con esto basta para transformar a todos los electores que entran al cuarto en traidores potenciales. La desconfianza agranda la distancia que los separa”. Es decir: de protección contra la patronal o el Estado, el voto secreto deviene, si no necesariamente en traición, al menos en des-responsabilización de la pertenencia al colectivo. Con el voto secreto universal, la vigilancia “panóptica” del Estado ha cambiado de táctica: al prohibir el “voto cantado” (se puede llegar a ir preso por hacerlo), de lo que se trata ahora es de que el ciudadano en tanto individuo “serial” le oculte al colectivo su posición. Y se la oculte, por lo tanto a sí mismo, en la alucinación de que, en tanto ciudadano, en tanto unidad en la serie, ya no es miembro de un colectivo.

Se trata, evidentemente, de la ideología dominante –es decir, la de las clases dominantes–. Pero no de una mera cuestión “superestructural” (como se decía antes). Es la materia misma del funcionamiento del capitalismo, y de su historia. El capitalismo se ha hecho a sí mismo, desde la propia “prehistoria” de la acumulación originaria a la que se refería Marx, transformando las relaciones de producción pre (o no)-capitalistas mediante la “serialización” de los antiguos colectivos sociales: el proceso sangriento y violento, a escala mundial (pues incluyó la colonización de las zonas no-capitalistas del globo, con sus secuelas de esclavización, etcétera) de separación entre los productores directos y los medios de producción –es decir, la generación de masas inmensas de “proletarios” sin otra propiedad o herramienta que su fuerza de trabajo– supuso la disolución catastrófica, en las antiguas capas populares, de los colectivos cooperativos de producción, desde las alianzas basadas en el parentesco a las “comunas”, desde las tierras comunitarias de los pueblos originarios a los talleres artesanales del Medioevo, y un largo etcétera.

Esas vastas redes de “colectivización” de la experiencia cotidiana (no solamente laboral: también cultural, sexual, artística, del tiempo de ocio y demás) fueron paulatinamente atomizadas en una “nube de individuos” aislados entre sí que obligadamente entraron en competencia en el mercado de trabajo y en el contexto de las nuevas relaciones de producción basadas en el “contrato” individual con los nuevos amos, los capitalistas. A las masas populares les llevó siglos de lucha, con inmensos sacrificios, recuperar una parte de aquella experiencia colectiva tradicional bajo la nueva forma de asociaciones gremiales, partidos políticos de la clase trabajadora, movimientos sociales de todo tipo. Pero en el plano político-estatal, como veíamos, tuvieron que someterse a la lógica de la serialización, atrapadas en la fractura “esquizofrénica” que mencionábamos. En muchos sentidos, pues, la lógica del voto tal como se “naturaliza” en las elecciones burguesas, lejos de ser un sencillo mecanismo institucional o “procedimental”, condensa la historia entera del capitalismo y de su dominación de clase.

 

3.

¿Significa, todo lo anterior, que entonces un partido o movimiento de pretensiones revolucionarias no debería presentarse a elecciones, para no hacerse cómplice objetivo de la potente y nefasta ideología de la “serialización”? Claro que no: el abstencionismo revolucionario solo tiene significación política (y siempre dependiendo del “análisis concreto de la situación concreta”), solo puede aspirar a “hacer diferencia”, en el contexto de una situación revolucionaria, o al menos de una relación de fuerzas potencialmente favorable a los trabajadores. Fuera de ello, es necesario que la voz de la izquierda radical resuene en los recintos parlamentarios como la única capaz de defender consecuentemente los intereses y derechos populares. Pero sí significa, todo lo anterior, que esa presencia obedece a una lógica absolutamente inconmensurable con la de los partidos burgueses o pequeñoburgueses. Para estos la “serialidad” es natural; para la izquierda es un artificio ideológico cuya armazón hay que denunciar, y si fuera posible, destruir. Pero entonces, la representación parlamentaria de la izquierda ¿no es también un artificio? Sí y no. Lo es, en el sentido de que necesariamente participa de la forma del dispositivo de funcionamiento emanado de la “serialización”. Pero no lo es, en tanto el contenido de esa “forma” es radicalmente diferente, y entonces la forma misma queda alterada.

La función de la izquierda radical parlamentaria es la de tender a cerrar lo más posible la brecha entre la serie y el colectivo. Así como la lógica de la serialidad, decíamos, condensa la historia del mismo Capital, la de la “representación” de la izquierda procurará anticipar el momento ideal futuro en el que la política, tal como la conocemos, quede disuelta en la sociedad autoorganizada. La “representación” es un efecto –entre muchos otros– de la acción en el seno del movimiento de las masas en la lucha de clases, y nunca un fin en sí mismo.

Es –no habría que temerle a la palabra– instrumental, en el mejor sentido de una herramienta que puede ser extremadamente útil, pero que no tiene vida propia, sino que es conducida por el cerebro, el corazón y el músculo del movimiento consciente de las masas. Como su nombre teatral lo indica, la “representación” es una ficción: no porque no sea “verdadera” (en rigor, la de la izquierda es la más verdadera de todas las representaciones, incluso dentro del formato burgués), puesto que toda ficción contiene su propia verdad, en la medida en que produce efectos materiales; sino porque es solo el resultado visible, en la gran escena pública y mediática, de un “proceso de producción” mucho más profundo y consecuente que pone por encima de la representación “serial” el movimiento colectivo y cotidiano en la “otra escena” de la gran política, la real de la lucha emancipatoria.

Esto se verifica en los detalles aparentemente más pequeños: pongamos, que un diputado de origen obrero o docente cobre de su dieta solo el equivalente de su salario de la fábrica o la escuela, y done el resto al partido, al sindicato, al movimiento social, al fondo de huelga o lo que fuere, no es un simple gesto “ético” (que también lo es, desde ya): es una declaración filosófico-política de “cierre” de aquel hiato entre la serie y el colectivo. Es el movimiento que se demuestra andando.

 

4.

Todo eso es desde luego completamente incomprensible para los partidos burgueses y pequeñoburgueses (sean liberales o de “centroizquierda”), así como para los grandes medios. Tributarios de la histórica serialidad, su universo es el de la estricta y ramplona cuantificación: el mundo se mide –literalmente– en número de votos, proporcionalidades, puntos de rating. Y por supuesto, dinero, corrupto u “honesto”. Su filosofía política es una gran hoja de contabilidad. No pueden entender que la diferencia específica que hace la izquierda es cualitativa. Que cuando se piensa en términos del colectivo y no de la serie, se trastoca –y se trastorna– toda la lógica política “normal”. Que un Frente de Izquierda no se presenta a elecciones porque ha terminado aceptando la estructura “serial”, sino justamente por lo contrario: porque se trata de socavarla, y entonces sus “representantes” son el ariete del movimiento colectivo en la calle, las fábricas, la universidad, en fin, la vida real.

No lo entienden: están totalmente encerrados en la “trampa para tontos” que ellos mismos han armado. Para la izquierda, se trata de que las masas entiendan, y sepan cómo sortear la trampa.

***

LA IMPORTANCIA DE UN PROGRAMA ANTICAPITALISTA

Enrique Carpintero

 

La gestión del gobierno se fue readaptando a la crisis económica mundial pero no ha modificado el modelo de desarrollo productivo ni las bases económicas y financieras centradas en el mercado  –léase, en que hagan negocios las empresas capitalistas–. El modelo K no pretende alcanzar una nueva forma de sociedad más allá del mercado y del Estado como promotor del consumo. En el fondo su bjetivo es simplemente intentar componer la supresión de las obligaciones sociales por medio de subsidios y políticas clientelares.

Dada la brevedad de este texto voy a centrarme en la Salud Pública. En esta área las acciones implementadas apuntan a transferir recursos públicos al sector privado. Uno de los mecanismos utilizados son los subsidios a las empresas de medicina y a las obras sociales de los grandes sindicatos aliados al gobierno. Su resultado es la tercerización de la salud producto de la descentralización que deriva en la transferencia de establecimientos de la Nación a las provincias y de estos a los municipios conjuntamente con la tercerización que permite contratos con salarios muy por debajo de lo que deberían percibir. De igual manera ocurre con los trabajadores de la salud cuyos sueldos son muy bajos o –cómo en el caso de muchos profesionales– directamente trabajan en forma gratuita. Esta política de privatización de la salud tiene su consecuencia en un paulatino desmantelamiento de la Salud Pública. Esto no ocurre solamente en la CABA bajo el gobierno de Macri –no podemos dejar de mencionar la represión a pacientes y personal del hospital Borda para defender sus negocios inmobiliarios– sino en todos los establecimientos del país. Es así como nos encontramos con el abandono y vaciamiento de los hospitales; disminución del personal, falta de instrumentos médicos, disminución de la calidad y cantidad de insumos; privatización de servicios como mantenimiento, cocina y lavandería que para obtener más ganancias bajan la calidad y podríamos seguir.

Esta situación es consecuencia de la lógica de un sistema capitalista donde la salud se ha transformado en una mercancía. La Salud Pública es para los pobres y la privada para los que pueden pagar la prepaga o tienen una obra social –debemos recordar que el 40% de la población trabaja en negro–. Una ética basada en el derecho a la salud es reemplazada por los derechos individuales donde el derecho básico es el de propiedad.

Además es necesario decir que la salud en sus aspectos psíquicos y orgánicos –ambos van siempre juntos– dependen de una complejidad de factores familiares y sociales: cómo vivimos, dónde vivimos, si tenemos vivienda, la calidad del trabajo, el acceso a la educación, la contaminación ambiental. Ante esta situación la propuesta del gobierno para el presupuesto del año 2014 fue priorizar el pago de la deuda externa bajando el monto asignado a salud, educación y vivienda que anuncian los futuros ajustes.

Los conocidos fantasmas de la inflación y la deuda externa volvieron a aparecer en el marco de la crisis mundial. Es que tanto el liberalismo progresista disfrazado de nacional y popular como el liberalismo conservador están ligados a la estructura capitalista que lo sostienen.

De allí la importancia del FIT al ser la única propuesta en estas elecciones con un programa anticapitalista. Su notable crecimiento en las anteriores elecciones expresa la necesidad de un espacio de izquierda. El casi millón de votos se transformó en un hecho inédito. Lograr diputados en las diferentes legislaturas permitirá instalar una agenda de la izquierda anticapitalista y socialista consecuente con las luchas sociales y políticas. Todo un desafío para ir construyendo y afianzando alianzas políticas inclusivas y propuestas activas de transformación social. Todo un desafío para seguir sosteniendo un Frente de Izquierda, con sus necesarias diferencias, en los tiempos por venir. La experiencia de estos años nos dice que es posible.

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