El Tratado Transpacífico y sus secuelas para una América Latina

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EDUARDO MOLINA

Staff revista Estrategia Internacional.

ESTEBAN MERCATANTE

Comité de redacción.

Número 25, noviembre 2015.

 

El 4 de octubre, en Atlanta (EE. UU.) y tras 5 años de arduas negociaciones, representantes de 12 países acordaron la constitución del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). Es presentado como el más ambicioso proyecto “mega-regional” de liberalización económica encarado hasta hoy, abarcando países que suman unos 800 millones de habitantes. El grupo de países firmantes representó en 2014 el 36% del PIB mundial, el 23% de las exportaciones mundiales de bienes, el 26% de las importaciones, el 28% de los flujos de entrada y el 43% de los flujos de salida de la inversión extranjera directa (CEPAL). China, Corea del Sur, Indonesia, Filipinas y, al menos por ahora, Colombia, están ausentes del pacto.

Estados Unidos apunta con el acuerdo a avanzar hacia un régimen comercial, normativo y regulatorio común, inspirado en las regulaciones norteamericanas, y a ampliar el mercado para la producción y los servicios estadounidenses. Al mismo tiempo, implica nuevos ataques al proletariado norteamericano y japonés, en particular (ya hoy, ante el fracaso de la “abenomics” en Japón se menciona al TPP como el instrumento que permitiría implementar reformas), en la lógica de profundizar la reestructuración productiva de acuerdo a los intereses de las grandes corporaciones. Tras años de parálisis de las negociaciones de la OMC, y como parte de sus respuestas a la crisis del sistema capitalista internacional abierta a fines de 2007 y profundizada en septiembre de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers, el imperialismo busca avanzar en acuerdos de “libre comercio” de envergadura transcontinental. Al TPP se sumarían las negociaciones por un Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión entre EE.UU. y la Unión Europea. Frente a estos movimientos estratégicos, queda afuera China, cuya exclusión era desde el vamos un objetivo central de la asociación, y también algunas economías dependientes que se han resistido a algunas de las imposiciones más leoninas que el capital imperialista pretendía consagrar con las rondas de negociación por mayor apertura del comercio y los flujos de capitales. Esto lleva a resaltar el doble sentido agresivo de los acuerdos, frente al propio proletariado de los países capitalistas avanzados involucrados, así como frente las burguesías y los proletariados del resto del planeta (aunque las primeras esperan sacar su tajada como participantes subordinadas de la explotación reforzada de los segundos), tendientes a reforzar la hegemonía del imperialismo norteamericano, y dentro de esto, la dictadura de las grandes corporaciones y las finanzas.

Las discusiones del TPP incluyen temas como la reducción de aranceles, cuotas de importación, regulaciones ambientales, acceso a las compras estatales, pero han tenido especial importancia las que hacen a la “seguridad jurídica” para los inversores extranjeros (permitiendo a las compañías querellar a los gobiernos), derechos de patentes y propiedad intelectual (acercándolos a lo que desean las corporaciones farmacéuticas norteamericanas, por ejemplo). Despierta resistencia no solo entre los sindicatos y la izquierda, sino también entre fracciones burguesas potencialmente afectadas, como la industria textil y de intereses agrícolas en el propio EE. UU. Por ello, no parece casual que las negociaciones y la redacción del propio texto de los acuerdos se hayan desarrollado prácticamente secreto y no se harían públicos hasta cuatro años después de entrar en vigor, en una verdadera conspiración del capital imperialista contra los pueblos involucrados.

El TPP va de la mano con el viraje estratégico de Estados Unidos al Pacífico, para contener la emergencia del gigante asiático, identificado como el principal desafío para hacer del siglo XXI un “siglo americano”, sumando tensiones profundas y crecientes –entre otros aspectos– a la compleja relación de “colaboración-competencia” entre China y EE. UU. en el orden mundial. Esto se tradujo ya en la decisión de concentrar el 60% de las fuerzas navales de Estados Unidos en el Pacífico y reforzar la presencia norteamericana en Asia oriental, además del rearme japonés y el refuerzo de las alianzas con países vecinos de China. El TPP es funcional a la estrategia estadounidense de asociar a los vecinos del gigante asiático, varios de los cuales tienen conflictos históricos o recelan del creciente peso económico y militar de Beijing. El acuerdo ocurre en el marco de las discusiones que vienen realizando sectores del establishment intelectual norteamericano sobre las dificultades estructurales que aquejan a la economía norteamericana dentro de un panorama de “estancamiento secular” para la economía mundial que los preocupa. También, con una China que revirtió su lugar de receptor neto de capitales para pasar a jugar un lugar de peso en la competencia global por las inversiones en sectores estratégicos. América latina es un escenario secundario pero no sin importancia en esta disputa geopolítica, dado el desafío que implica para Estados Unidos la creciente influencia comercial y financiera china en la región, a lo que deben sumarse el establecimiento de acuerdos diplomáticos, el apoyo a gobiernos que no son del agrado norteamericano, e incluso, aunque más incipientemente, venta de armas y equipo militar, como Venezuela, Bolivia, etc. También, la proyección de intereses chinos a un área tan sensible como el Gran Caribe, facilitada con la iniciativa de un nuevo canal a través de Nicaragua.

Este es un factor no sin importancia del “retorno a América Latina”, la reorientación de la política de Washington planteada en los últimos años por Obama y que tuvo varias expresiones de importancia durante 2015: la Cumbre de Panamá, el “deshielo” con Cuba, el apoyo al diálogo “de paz” en Colombia y ahora, la inclusión de Chile, Perú y México (y posiblemente se sume Colombia) en el TPP. Al mismo tiempo, estos países son los miembros de la “Alianza del Pacífico”, polo neoliberal contrapuesto al bloque autodefinido como “progresista” dirigido por Brasil y al chavismo. Su inclusión en el acuerdo transpacífico es un punto de apoyo para el más ambicioso intento de profundizar la semicolonización del subcontinente desde el fracaso del ALCA en 2005. Desde entonces, EE.UU. obtuvo avances parciales con la firma de acuerdos bilaterales como los TLC con Chile, Perú y Colombia. Pero ahora puede presentar un proyecto de mayor envergadura. El TPP implica grandes concesiones a las corporaciones imperialistas, pero no garantiza un mayor acceso a los mercados asiáticos ni estadounidense. Chile y Perú, importantes exportadores mineros, ya tienen acuerdos preferenciales con países como Japón y Corea, además de EE. UU., y no parece que puedan a aspirar a mejoras substanciales en el actual contexto de baja de las commodities. También tienen importantes relaciones económicas, que como en toda la región vienen creciendo en importancia, y han firmado convenios de cooperación con China, con lo cual buscarán contener los efectos que pudiera tener su participación en el TPP sobre esta relación de creciente importancia. Por otra parte, México y la mayoría de los países centroamericanos que podrían verse atraídos por el TPP, giran en torno al mercado estadounidense y para ellos los países asiáticos son más bien competidores. El carácter regresivo del TPP es tan notorio que hasta CEPAL se ha visto obligada a expresar “preocupación” por los efectos que tendría para la región.

 

La crisis económica y la “integración”

Según CEPAL, las exportaciones de América latina y el Caribe disminuirán por tercer año consecutivo en 2015: su valor se contraerá un 14%, acumulando el peor retroceso “desde la Gran Depresión, cuando el valor exportado cayó un promedio de un 23% anual entre 1931 y 1933”. La región viene mostrando un deterioro económico, aunque con ritmos dispares, dentro del cual los tres países que firman el tratado están entre los que evitaron hasta el momento sufrir los peores efectos, aunque el panorama tampoco resulta alentador. Por un lado, están a la vista los límites de la diversificación comercial (triangulando el comercio con Estados Unidos, China y la Unión Europea) que pudo desarrollar en la década pasada, así como la inconsistencia de las pretensiones de “desacople” del comercio “sur-sur” de la crisis mundial. La desaceleración en el gigante asiático no elimina su incidencia como socio comercial y proveedor de algunas facilidades financieras, pero sí limita su eficacia: la dependencia de las exportaciones de materias primas a China es hoy un factor principal de crisis. Ante la falta de alternativas en el mercado mundial, CEPAL plantea reforzar la integración, pero esto no representa un rechazo al TPP (al que no deja de reconocerle “oportunidades”) sino la búsqueda de contrapesos ante la crisis en el marco de la inserción latinoamericana en los flujos comerciales y productivos “globalizados”. El intercambio intra-regional ha crecido en las últimas décadas, siendo un componente no desdeñable del comercio exterior y una fuente suplementaria de inversiones directas y operaciones financieras entre los países de la región. Como destino de las exportaciones de los países de la región, representa un 19,8% de las mismas (datos UN-COMTRADE 2011). En el caso de la Argentina es el destino de un 38,5% de las exportaciones, centralmente por la industria automotriz y otras manufacturas. Para Brasil representa apenas el 17,7% de las ventas externas. En el caso de México es aún más reducido, pues más del 80% de su intercambio es con Estados Unidos y Canadá en los marcos del NAFTA. Pero además, con la crisis, el comercio intra-regional, ligado a la evolución de los mercados internos, se contrae más rápido que el intercambio con el resto del mundo. Según CEPAL, en el primer semestre de 2015, el valor del comercio intra-regional se contrajo casi un 20%. Las mayores caídas se produjeron en América del Sur: en 2015 el intercambio al interior del MERCOSUR se redujo un 23% y en la Comunidad Andina un 20%, mientras que entre los países centroamericanos creció levemente. Para el organismo, “la debilidad del comercio intra-regional es preocupante”. Además, sobre todo en Sudamérica, está restringido a aquello que no tiene salida al mercado mundial –un papel complementario del mercado interno de alimentos, textiles y otros bienes de consumo o duraderos–.

Entre tanto, los mecanismos de asociación –MERCOSUR, Pacto Andino, Mercado Común Centroamericano y otros acuerdos– no han conducido ni a la articulación productiva ni al desarrollo compartido de nuevas ramas industriales ni tecnologías, menos, a transformar la inserción dependiente como proveedora de commodities y mano de obra barata en el mercado mundial, de la que en verdad son complementarios. Han sido funcionales al accionar de las filiales de transnacionales instaladas en la región y al desarrollo de los grandes grupos económicos locales, que comparten una posición dominante en el comercio intra-regional, con el que logran cierta “economía de escala”. Junto a los grupos exportadores están interesadas en aprovechar las oportunidades de la “integración” comercial, de infraestructuras (tema que hoy gana importancia para facilitar la exportación de materias primas con precios en baja) o financiera, para la expansión regional de sus actividades, pero son recelosas de regulaciones o alineamientos “latinoamericanistas” que impliquen fricciones con el imperialismo o trabas a su libertad de negocios.

Durante la última década, el crecimiento económico y el auge de los gobiernos “progresistas”, en un marco de mayores márgenes de maniobra frente a la presión imperialista (con EE.UU. concentrado en Medio Oriente y otras regiones del globo) y crecimiento del intercambio intra-regional, había favorecido los tímidos intentos integracionistas en América del Sur. Pero las condiciones favorables no fueron aprovechadas por el nacionalismo y el “progresismo” –pese a que hicieron del sudamericanismo y el latinoamericanismo una de sus principales banderas– para avanzar en una verdadera integración, expresando así sus estrechos límites de clase y su subordinación al orden constituido. De hecho, los límites y fracasos del integracionismo reflejan los límites y fracasos del neodesarrollismo como programa económico a escala nacional. El llamado proceso de integración no ha ido más allá de débiles pactos comerciales y arancelarios. Se han promovido intentos de integración comercial, uniones aduaneras, etc., en distintas épocas y por parte de gobiernos del más diverso tono político, interesados en ampliar los espacios para la acumulación capitalista nacional mediante la asociación con algunos vecinos. Si bien en ciertos momentos los pactos y acuerdos subregionales han expresado elementos de resistencia parcial o regateo en términos desarrollistas frente al capital imperialista (como en los años ‘70 las cláusulas de inversión extranjera del Pacto Andino, lo que llevó a la dictadura de Pinochet a romper), la integración acompañó las políticas económicas de apertura y liberalización exigidas desde los organismos multilaterales de crédito y las potencias imperialistas, como muestran la historia del MERCOSUR, el rumbo del Pacto Andino en los ‘90 y del Mercado Centroamericano. El actual cuadro económico abre una nueva crisis para la “integración” que va más allá de los problemas de coyuntura.

 

Amenazas del TPP y crisis de la “integración”

La estrategia estadounidense, y el TPP como instrumento de la misma, plantean un punto de inflexión, alentando tendencias centrífugas, que desdibujan aún más los bastante descoloridos proyectos de integración sudamericana. La dinámica de México, Centroamérica y Caribe, en los últimos 20 años ha estado marcada por el NAFTA y la adaptación como reservorio de mano de obra barata y emigrantes, con la extensión de la maquila en países como Costa Rica o Santo Domingo, el turismo y los servicios orbitando bajo la enorme fuerza de atracción del mercado norteamericano. En 2014, Estados Unidos absorbió el 94% de las exportaciones mexicanas hacia los países del TPP y fueron el origen del 83% de sus importaciones desde esos mismos países. El TPP induce al mismo tiempo que una mayor semicolonización de México, una competencia mayor al facilitar la penetración de países con muy bajos costos como Vietnam (importante exportador textil) en el gran mercado yanqui, lo que también afecta a otros países del área.

Por otra parte, significa una presión estratégica superior para Brasil y el MERCOSUR en crisis, que puede llevar a su “flexibilización” como presionan sectores de las burguesías locales que quieren una nueva negociación por su cuenta con el imperialismo. El MERCOSUR descansa sobre el pivote Brasil-Argentina, siendo para Brasil un frente comercial importante que atrae fuertes intereses, pero secundario para el conjunto de la economía, mientras que para Argentina, 52% de cuyas exportaciones industriales van a Brasil, es mucho más importante. Mientras ofrece reducidos espacios para las débiles economías paraguaya y uruguaya, tampoco es un respiro relevante para Venezuela. La industria brasileña, ha perdido mercados frente a las manufacturas chinas en toda la región, en otras áreas como África, donde había logrado penetrar, e incluso en su propio mercado. Ahora, el TPP amenaza sus exportaciones a los países andinos, además del desafío político a sus aspiraciones de liderazgo sudamericano.

Ante la crisis el comportamiento defensivo de las burguesías locales y las políticas oficiales acentúan la tensión y competencia con sus vecinos. Las clases dominantes locales se orientan a buscar acuerdos bilaterales con el imperialismo y sus instituciones debilitando los acuerdos regionales. Los convenios firmados por varios países de la región con China de 2014 y 2015 incluyeron cláusulas que cercenan los acuerdos regionales. En el caso del MERCOSUR, mientras Estados Unidos tienta a Uruguay con diversas ofertas, incluso un TLC o el cuestionado TISA, Brasil tantea un acuerdo con Alemania y la UE. El gobierno de Bachelet en Chile auspicia una “convergencia” entre países del Pacífico y el MERCOSUR (lo que significaría un acercamiento en términos neoliberales), etc. La presión imperialista y el posicionamiento del TPP vía sus socios latinoamericanos constituyen una presión que promoverá realineamientos, e incluso nuevas polarizaciones. Y debe tenerse en cuenta que países como Brasil y Argentina cuyo mercado interno es relativamente importante al mismo tiempo que hacen buenos negocios con China, tienen poco que ganar y bastante que resignar en un acuerdo de esta naturaleza, aunque busquen un acercamiento al imperialismo.

El hoy casi diluido ALBA nunca logró erigirse en una alternativa integracionista. Sus miembros ni siquiera pudieron integrar la industria petrolera (lo que hubiera requerido una auténtica nacionalización) ni complementar su producción para proveer al mercado venezolano, dependiente de la importación de bienes y alimentos. Cuando el propio Chávez optó por el ingreso venezolano al MERCOSUR, reconoció de hecho las imposibilidades del ALBA, reducido más bien a una alianza política. Ingresar al MERCOSUR implicó a Venezuela adaptar sus normas y regulaciones a las de este acuerdo, mucho más benévolo con las transnacionales. Por otra parte, la creación de UNASUR y CELAC como instancias de negociación desde cierta autonomía política frente al imperialismo y como punto de apoyo al liderazgo regional brasileño, sin romper con la desacreditada OEA, no va más allá –en nombre del consenso diplomático– de lo aceptable para sus miembros más conservadores, activos agentes de la estrategia norteamericana y el propio TPP.

El objetivo estratégico de Estados Unidos de recuperar control sobre América Latina se articula con el “gran juego” geopolítico para defender la declinante hegemonía norteamericana frente a desafíos como el que identifica en el ascenso chino. Pero el intento de profundizar la semicolonización de su “patio trasero” apoyándose en el TPP e iniciativas similares puede resultar una empresa muy superior a sus fuerzas, en esta época de crisis capitalista “sistémica”, y terminar fogoneando un nuevo ciclo de rebelión obrera y popular. La incapacidad de las burguesías nacionales, a pesar de los discursos de la “patria grande”, para siquiera encarar la unificación continental va de la mano con su subordinación al imperialismo. Es la alianza de los pueblos trabajadores dirigida por la clase obrera continental la única fuerza capaz de enfrentar consecuentemente los planes imperialistas y abrir el camino a la necesaria unidad económica y política latinoamericana. Esta es ilusoria sin la ruptura con el capital extranjero y la nacionalización de la economía, para planificar conjuntamente el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, sin ir más allá del capital.

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