El golpe institucional y la izquierda brasilera

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SIMONE ISHIBASHI

Número 29, abril 2016.

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El golpe institucional en curso en Brasil, orquestado por la derecha y detonado por la Operación “Lava Jato”, que investiga los esquemas de corrupción del PT y del conjunto del sistema de partidos involucrado en Petrobras, fue aprobado en la Cámara de Diputados el 16 de abril y se constituyó en una verdadera divisoria de aguas para la izquierda1. Su resultado tendrá consecuencias en el equilibrio de fuerzas de América del Sur, al darse en medio del giro a la derecha de la superestructura sudamericana por el fin de los gobiernos posneoliberales y el ascenso de Mauricio Macri en Argentina. Su consolidación significará el traspaso del poder a sectores más ajustadores, que buscan en medio de la grave crisis económica que arrasa al país, acelerar los ataques sobre los trabajadores y la juventud. Pero, a diferencia de Argentina, ese traspaso se daría mediante un golpe institucional, contra la voluntad de 54 millones de votantes que se pronunciaron en las últimas elecciones. Luchar contra ese golpe debería ser un punto de partida no solo para la izquierda brasilera sino para la izquierda internacional, en especial para la latinoamericana.

Antes de la votación del impeachment en la Cámara de Diputados, aprobado por 367 votos contra 137, era poco claro el carácter reaccionario de la ofensiva de la derecha. Sectores de los trabajadores y las masas que, desilusionadas con el PT, eran engañadas con la idea de que la Operación Lava Jato y el impeachment serían una respuesta a la corrupción. Sin embargo, luego de la transmisión en vivo de la sesión que aprobó la medida, esa imagen se debilitó. En una sesión presidida por Eduardo Cunha (hoy separado de su cargo por un dictamen del Supremo Tribunal Federal), del PMDB, un partido compuesto por oligarcas, y acusado en una infinidad de escándalos que involucran dinero público, la votación que decidió el impeachment de Dilma Rousseff transportó a todos los que la vieron a un clima marcado por aires similares al macartismo.

Las declaraciones de voto de los diputados de la bancada BBB (por “Buey, bala y biblia”), que iban de exaltaciones de Dios o sus familias, a homenajes explícitos a asesinos y torturadores de la dictadura militar, desnudaron el carácter golpista del impeachment. Un ejemplo fue el discurso del ultraderechista diputado Jair Bolsonaro del Partido Progresista, quien dedicó su voto “a la memoria del general Brilhante Ustra”. Para aquellos que no lo saben, el general Brilhante Ustra fue uno de los torturadores más sanguinarios de la dictadura militar, exjefe del Destacamento de Operaciones de Información –Centro de Operaciones de Defensa Interna (DOI-CODI) del II Ejército—, responsable de la muerte de incontables personas y de torturar a la propia Dilma Rousseff.

Después de la votación en la Cámara, el proceso de impeachment sigue la votación en el Senado. Su aceptación es casi segura, y consumará el golpe institucional. Una variable posible es que dé lugar a un gobierno comandado por el actual vicepresidente Michel Temer del PMDB. Éste, a su vez, comenzó a dar los primeros pasos para nombrar al gabinete de un gobierno basado en una alianza PMDB-PSDB, y anunció el aceleramiento de los ajustes contra los trabajadores.

Entre las primeras medidas se encuentran la reforma previsional, que aumentará a 65 años la edad mínima de jubilación, y la flexibilización de las leyes laborales contenidas en el CLT (equivalente al Convenio Colectivo de Trabajo), que permitirá a la patronal fijar acuerdos de despido que se sobrepongan a la legislación. Las dos medidas son ejes centrales del plan de ajuste, lo que demuestra que la clase trabajadora y la juventud de ninguna manera son favorecidas por el impeachment. Por eso no fueron ellos los protagonistas de las movilizaciones en defensa del impeachment, sino la clase media alta de las principales capitales del país.

Pero ni siquiera las votaciones reaccionarias abiertamente golpistas de la votación en la Cámara de Diputados logró hacer que sectores de la izquierda revean sus posiciones en relación al golpe institucional. Entre las distintas variantes que emergieron, la más grave, que adoptó una posición que en la práctica equivalía al apoyo al golpe institucional, fue la LIT-PSTU. El MES, corriente interna del PSOL liderada por Luciana Genro, una de las principales figuras públicas del PSOL y aliada al MST en Argentina, a pesar de haber defendido a último momento una posición contraria al impeachment, mantuvo la línea de exigencia de una “Lava Jato hasta el final”, como una vía de castigo a los partidos de derecha; una solución utópica y reaccionaria al problema de la corrupción, intrínseca del sistema capitalista. Esas posiciones representan mucho más que problemas tácticos menores, y son una demostración de la deriva estratégica de varias organizaciones de izquierda en el país, que las marcarán por mucho tiempo.

 

La desorientación de sectores de la izquierda

Entre las organizaciones de la izquierda brasilera, la LIT-PSTU y la Corriente Socialista de Trabajadores (parte del PSOL y aliada a Izquierda Socialista en Argentina) fueron las que, con su orientación política de “Que se vayan todos” y la exigencia de “Elecciones generales” (aun antes de la votación del impeachment en la Cámara de Diputados) se negaron a reconocer la existencia del golpe institucional. Como resultado, formularon políticas que los ubican en los hechos en la misma posición que la derecha con relación al golpe.

Después de la reaccionaria votación de los diputados, la figura pública más importante del PSTU, Zé Maria de Almeida, publicó un video en el que defendió que Dilma debía renunciar inmediatamente, lo que en la práctica equivalía a reivindicar el golpe institucional en curso. Como parte de su orientación, acuñaron una especie de “Que se vayan todos”. Luciana Genro del PSOL también defendió la misma lectura en relación a las manifestaciones que la derecha organizó por el impeachment. Pero lo que ocurre en Brasil no tiene nada que ver con las movilizaciones argentinas posteriores a la crisis de 2001. En aquel proceso, las clases medias tomaron las calles de las principales ciudades argentinas junto a los movimientos de desocupados, combinando la bronca contra los bancos y el descontento social, desembocó en una movilización contra el gobierno y el régimen. En Brasil quienes salieron a las calles por el impeachment no defienden que todos los políticos tienen que irse. Al contrario, en el auge de ese movimiento no era poco común ver reivindicaciones de los representantes más derechistas de la política brasilera, como el ya nombrado Jair Bolsonaro, o incluso más ampliamente, figuras como el juez Sérgio Moro, ligado al PSDB y vocero de los intereses de los grandes monopolios imperialistas. De esta forma, al no existir ninguna movilización independiente de los trabajadores que apunte en ese sentido, terminan siendo la quinta rueda de las únicas movilizaciones realmente existentes por el “Que se vaya Dilma”: las organizadas por la derecha basadas en la clase media alta.

La deriva estratégica que hace que una organización de izquierda no solo se niegue a combatir un golpe institucional en su propio país, sino que incluso prácticamente lo celebre cuando afirma que “cualquier gobierno que asuma será más débil que el de Dilma para atacar a los trabajadores”, tiene bases profundas. Una de las más importantes es el objetivismo históricamente adoptado por la LIT-PSTU, que está dando un nuevo salto. Está en curso una derechización práctica de la teoría de la revolución democrática2, que reunió originalmente a todas las corrientes que hoy se niegan a combatir el golpe, como el PSTU y la CST, o las que se niegan a ver que la Operación Lava Jato es parte de una profundización de medidas bonapartistas, que se volverán en contra de los sindicatos y el movimiento obrero, como el MES.

Tanto el PSTU como la CST en Brasil defienden que las manifestaciones de la derecha expresan una “ruptura de masas” con el gobierno y el PT. Además de embellecer ese proceso, consideran que esa ruptura solo puede ser progresista, darse por izquierda. De esta forma, estos sectores mezclan las críticas de la derecha con las de la izquierda a un gobierno, en este caso el del PT, y justamente por eso en varias oportunidades terminan de hecho mezclándose con el campo de la derecha o de sectores que no tienen nada de revolucionarios.

 

La absurda reivindicación de medidas bonapartistas

Todo el proceso que culminó en que el impeachment contra Dilma Rousseff se basa en ataques a derechos democráticos elementales. Eso abarca tanto los métodos de delación premiada (la ley del “arrepentido”), que son la espina dorsal de la Operación Lava Jato, como las escuchas telefónicas obtenidas solo en base de indicios y las filtraciones de información a los grandes medios (calculadas para generar una opinión pública favorable a los intereses de los sectores golpistas y que desean la aceleración de los ajustes económicos). Desde el comienzo el show mediático generado alrededor de las delaciones premiadas fueron fundamentales para que el golpe ganara fuerza. Pero el problema fundamental reside en el hecho de que esas medidas, que terminaron haciendo que el poder judicial obtuviese una mayor fuerza y autonomía, eleva ese poder a una verdadera posición de árbitro, al que se recurre para resolver las crisis nacionales. En pocas palabras, el poder judicial condensa la profundización de medidas bonapartistas.

Como árbitro, en medio de una gran crisis económica que no cederá en lo inmediato, y mediante la presión de los sectores políticos que buscan profundizar los ajustes para responder a ella, está claro que el arbitraje del poder judicial no se inclinará a favor de los trabajadores, de la juventud y del pueblo. Menos aún en favor de los sectores más pobres y precarizados de los trabajadores, de los negros y de la juventud, que sobreviven en medio de una intensa represión y asesinatos por parte de las fuerzas policiales en las favelas y las periferias; algo que caracteriza profundamente el carácter de democracia para ricos que sostiene el régimen político brasilero. Estos problemas y sus consecuencias también son absolutamente negadas por diversos sectores de la izquierda, pero encuentra su mayor expresión en el MES. Es cierto que los parlamentarios y figuras públicas del PSOL se negaron a votar a favor del impeachment en la Cámara de Diputados, separándose parcialmente de la unidad política que se expresaba entre sus posiciones y las del PSTU, que defendía la abstención, lo que favorecía directamente a los sectores golpistas, aunque esa misma unidad se mantenga con respecto a la agitación por elecciones generales.

El embellecimiento de figuras que de neutrales no tienen nada, como el juez federal Sérgio Moro al frente de la operación Lava Jato, concluyen en una adaptación al régimen democrático y sus instituciones, como el Poder Judicial y Policía Federal (dos instituciones con particular “popularidad” entre la opinión pública de clase media). Esa adaptación tiene su contrapartida en el profundo escepticismo con relación a los trabajadores, que suelen estar ausentes de cualquier llamado por parte de Luciana Genro. La lucha de los trabajadores, como la de los docentes de Río de Janeiro, estado en el que existe una enorme crisis generada por la explosión de la deuda pública, no es vista por estos sectores por la potencialidad que tendrían para imponer una salida independiente ante la crisis política y económica que golpea el país. Para corrientes como el MES, esa tarea está en manos de las instituciones como el poder judicial3.

Así, terminan cediendo también a la política del PT, al no defender cualquier cuestionamiento a la actuación de la dirección de la grandes centrales sindicales, en especial a la CUT, por no superar las luchas de presión y su fragmentación, o directamente traicionarlas, impidiendo así que la clase obrera entre en escena con sus propios métodos para luchar contra el golpe y los ajustes.

Por su parte la Central Única de Trabajadores (CUT) y el propio PT fueron centrales para que la situación llegara a este punto. La CUT en todo momento actuó como freno de las movilizaciones de los trabajadores y les impidió entrar en escena con sus métodos de lucha para parar el golpe y los ajustes, que el propio gobierno de Dilma no dejó de aplicar. Mientras el pedido de impeachment estaba en trámite, el gobierno del PT recortó más de 4 mil millones de reales en Educación, entre otras medidas de ajuste. El PT, en su intento de parar el impeachment, también utilizó los mismos métodos que los partidos de negociados, incluso con prominentes miembros de los partidos burgueses que son parte activa del golpe. En el medio de esto, las organizaciones que orbitan en el espectro petista, como el Movimiento Sin Terra, se mantuvieron en silencio, o incluso apoyaron la aplicación de los ajustes, como hizo la CUT.

Al contrario de las posiciones que apoyan de una u otra forma el impeachment y las organizaciones afines al petismo y la burocracia sindical, es urgente poner en acción a los trabajadores, de manera independiente, contra el golpe y los ajustes. Existe también un amplio sector de masas que está en contra del golpismo y el cinismo de la derecha, pero tampoco apoyan al PT. Saben que los ajustes, la inflación, el desempleo, los recortes en Salud y Educación los alcanzarán cada vez más. Por eso se están poniendo en movimiento, en diversas huelgas parciales, como las que toman algunos estados como Río de Janeiro. Necesitan dotarse de un plan de luchas serio, organizado desde las bases, para que a partir de eso superen la separación entre lo sindical y lo político que imponen sus direcciones. Tendrían como aliados a la juventud, gran protagonista de las manifestaciones de junio de 2013, que se encuentra en medio de un importante resurgir, como se expresó en las ocupaciones de escuelas ocurridas el año pasado en la ciudad de San Pablo, y que ocurren ahora en Río de Janeiro y en Ceará. La perspectiva de la izquierda debe estar al servicio de abrir espacios para la conformación de una movilización capaz de derrotar al golpe, combatir los ajustes que no pararon en ningún momento, preparando el terreno para la imposición de una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, que instituya que todo político gane lo mismo que una maestra, que haya revocabilidad de todos los políticos y funcionarios de alto escalafón, y que se reviertan todos los ataques contenidos en los ajustes. Esa perspectiva fue la que desde el MRT, organización hermana del PTS en Brasil, hemos defendido, peleando contra el golpe pero también en contra de los ajustes y ataques del PT.

 

Traducción: Isabel Infanta

 

  1. L. Lanfredi, “Game of Thrones en Planalto”, IdZ 28, abril 2016.
  2. Esta teoría, elaborada originalmente por el dirigente trotskista Nahuel Moreno, caracterizaba los cambios de régimen de una dictadura a una democracia como una “revolución democrática”, sin tener en cuenta ni la dirección ni el sujeto social que la llevaba adelante. El PSTU profundizó aún más esta teorización y llegó a caracterizar la caída mediante el impeachment del presidente Collor de Mello en 1992 como una “revolución demócratica”.
  3. “Sérgio Moro y Lava Jato: ¿la salida por izquierda de Luciana Genro?”, La Izquierda Diario, 22/03/2016.

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