El fantasma de la inestabilidad

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ROBERTO GARGARELLA

Sociólogo, Doctor en Derecho, profesor de la Escuela de Derecho de la UTDT y de la UBA.

Número 26, diciembre 2015.

 

El fantasma que recorre la política argentina, desde sus inicios, es el fantasma de la inestabilidad. Lo sufren todos, pero en particular los partidos y grupos que se asumen como los más débiles.

Se trata del drama que sufrieron los primeros gobiernos liberales, desde la independencia. Fue, también, el drama que procuraron sortear con éxito los conservadores, en alianza con sectores de la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Estos gobiernos conseguían mantenerse hasta por más de una década, cuando los liberales apenas atinaban a pararse sobre sus propias plantas. Tales gobiernos conservadores consiguieron imponer Constituciones, como la de Chile en 1833, que fueron capaces de sobrevivir todo un siglo, mientras las que propiciaban los liberales no duraban un lustro. Juan Bautista Alberdi o Domingo Sarmiento fueron algunos de los tantos políticos latinoamericanos que quedaron fascinados con lo que ocurría en Chile. En ese “autoritarismo progresivo”, en esa mezcla de “rigor político y activismo económico” (como lo definiera Halperín Donghi) que allí comenzara a gestarse, parecía estar la llave de la estabilidad y el crecimiento que anhelaba la política latinoamericana del conservadurismo social.

Con una sociedad cada vez más inclusiva y más díscola, la estabilidad que fuera capaz de garantizar el conservadurismo del siglo XIX se tornó más difícil de sostener, por lo que el componente represivo comenzó a tomar más protagonismo con el paso del tiempo. Por ello comenzaron a primar las asonadas militares, y por ello cada nuevo gobierno militar pareció requerir, para mantenerse, de dosis represivas mayores que las del gobierno militar que le precediera en el tiempo.

El mal de la inestabilidad política afectó a todos los gobiernos democráticos del siglo XX, que buscaron enfrentarlo de distinta forma. Se trata de una enfermedad que padeció el gobierno de Alfonsín, que en sus primeros años se mantuvo estable gracias a la enorme energía social acumulada luego de dejar atrás al infierno del Proceso militar. Sin embargo, ya a mitad de su mandato, Alfonsín procuró esquivar a aquel perenne fantasma, a través de una alianza con sectores retrógrados del sindicalismo y el empresariado argentino –actores a los que alguna vez denunciara. El pacto, orientado a sostener al llamado “Plan Austral” (1985-1988) terminaría socavando, también, la legitimidad del gobierno de Alfonsín, que concluiría fatalmente tiempo antes de lo que correspondía por mandato. El gobierno de De la Rúa sufriría el drama de la inestabilidad del peor modo (salida temprana y muertes masivas a manos del gobierno), hasta convertir al mismo en el gran trauma de la política argentina y, en particular, de la oposición no-peronista.

Frente a tales dramas, Carlos Menem y Néstor Kirchner, de distinta forma y en distinto tiempo, reconstruyeron con éxito diverso la vieja alianza del conservadurismo social argentino. Menem, desprovisto de prejuicios y principios, se abrazó a sus enemigos políticos y anudó una alianza estratégica con el gran empresariado local y extranjero, “barones” del conurbano y señores feudales al mando de distintas provincias. Reinstauró, del modo más crudo, y en los confines del siglo XXI, a la vieja alianza conservadora que supiera adueñarse del país desde mediados del siglo XIX. Kirchner hizo lo propio de otro modo, ya que llegó al poder con una base electoral muy magra y, para peor, bajo el antecedente trágico que lo precedió, esto es, una seguidilla de 5 presidentes que se sucedieron el uno al otro sin lograr estabilizarse en el cargo más que unos días (De la Rúa, Puerta, Rodríguez Saa, Camaño, Duhalde). De allí que, una vez  llegado al cargo, y luego de sugerir una opción democrática distinta en sus primeros meses de mandato –una opción marcada por la “transversalidad”, la “reforma política”, el fin de los “barones” del conurbano y los caudillos “feudales”– Kirchner retomó el camino de Menem y volvió a abrazarse con aquellos a los que había repudiado en el comienzo de su mandato: los “barones” del conurbano volvieron a gobernar con su apoyo, y los “jeques” y “feudos” provinciales ganaron cómoda vida con la transferencia de recursos que Kirchner les aseguró desde el poder central. El gran empresariado, que en tiempos de Menem se enriqueció a través de las privatizaciones del período anti-estatista, volvería a ganar, ahora, pero a través de pactos y negocios compartidos con el gobierno –un gobierno que propiciaba una retórica estatalista, opuesta a la que propiciara Menem, aunque con resultados igualmente regresivos en términos sociales–.

La gran pregunta, entonces, es qué política seguirá Mauricio Macri para estabilizar a su gobierno. En mi opinión, muchos parten del análisis simplista de asumir que “hará aquello en lo que verdaderamente cree”, que es una política de “libre mercado” al estilo de la que impulsara Martínez de Hoz en la dictadura. Estos análisis se equivocan porque no advierten que Macri no cuenta con el poder de violencia con que contaba la dictadura –una violencia que, por lo demás, la democracia y la memoria de hoy imposibilitan–. Otros piensan que “volverá al gobierno de Menem en los ‘90”, sin advertir que hoy no existe la alianza social con la que contó Menem para tornar factible dicho “ajuste”, ni el dinero que prometía la privatización de las múltiples y poderosas empresas estatales de entonces. Se trata, diría, de análisis vaciados de historia social. Más acertado parece el juicio que nos dice y predice que Macri querrá retomar la “opción Flamarique/Colombo”, esto es, la opción que –bajo la conciencia de un gobierno que nacía débil– operaron algunos agentes del gobierno de De la Rúa (por caso, su Ministro de Trabajo y Jefe de Gabinete de entonces). Dicha opción consistió en un intento por demostrar que los “débiles” radicales, con la ayuda de dinero espúreo y servicios de inteligencia podían ser tan astutos y tan corruptos como los más “duros” gobiernos peronistas (una fracasada estrategia que terminaría con el llamado “escándalo de la Banelco” y, finalmente, con la caída del gobierno de De la Rúa). Se trata, sin embargo, de una opción destinada otra vez al fracaso. En lo personal, creo que la apuesta de Macri será la de reproducir el gobierno relativamente inmóvil que condujera en la Ciudad. Intuyo que, en ese caso, la opción por la que optará frente a una crisis consistirá en trocar radicales por peronistas (con todo lo que ello implica), apostando a cambiar de base social en medio del río. En todo caso, la apuesta por la democracia radical que muchos querríamos, queda hoy, como quedara entonces, fuera del horizonte de lo posible.

 

 

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