×
×
Red Internacional

Mi homenaje personal a los ceramistas que rompieron el sentido común que dice que nacemos para trabajar, y no para pensar. Pensamos y producimos. Movemos las máquinas sin el patrón ni sus alcahuetes. Tomar, resistir y producir: efectiva forma de combatir la desocupación. Veinte años de enseñanza.

Roberto AmadorObrero de Madygraf y docente de escuela secundaria

Viernes 1ro de octubre | 20:12

Un joven anti política

La crisis del 2001 había derramado el vaso de las tantas preguntas que me hice durante la década menemista. ¿Por qué la gente saqueaba? ¿Por qué con tanta riqueza en el país la gente con su olla o jarra en mano hacía cola por racionadas porciones de comida o un litro de mate cocido y algunas flautas de pan? ¿Por qué mi patrón hablaba de crisis y la necesidad de ajustar y se compraba un Mercedes Benz 0 Km y lo lucía placenteramente frente a nuestro ojos? ¿Por qué la desocupación? ¿Porqué los políticos eran corruptos? Preguntas que iban y venían, pero que aún no lograba encontrarle explicación. Era difícil responder esas preguntas espontáneamente: nos enseñan a entregar, no a tomar lo que es nuestro.

El menemismo no solo me hizo anti partido, si no también anti política. Como a muchos de los jóvenes que sufrimos el ataque del menemismo a nuestras condiciones de vida. Pensaba que la forma de repudiar a los políticos era no yendo a votar o metiendo una feta de salame en el sobre y decirles de esta forma que eran todos unos salames. Aún no entendía lo importante que era la política para los trabajadores. Para mí la política era todo lo turbio del peronismo en un barrio plebeyo de Moreno donde la desocupación golpeaba a mi familia y a todas las familias del barrio. Era una rebeldía impotente.

En el año 2001 ingresé a la Universidad, a la UNGS. Trabajar y estudiar fue un desafío. En las clases de Análisis Matemático, literalmente, me dormía. Con cierta vergüenza hacía como que no pasaba nada, que era un simple bostezo y nada más. Pero pasaba de todo en mi cabeza. Ese todo era ese mundo que estaba en movimiento en las calles, que me inquietaba, que me increpaba. Las fórmulas eran abstractas en un mundo tan concreto. Yo quería saber, entender qué estaba pasando no en una pizarra sino afuera, en las fábricas y los barrios, con mi gente. La universidad me parecía una isla.

Los 5 minutos a ZANON

Una tarde, en uno de esos bellos patios del campus de la UNGS, un pibe se me acercó para hacerme una encuesta. Unas preguntitas sobre la situación del país, dijo. Más allá de mi apatía le concedí los cinco minutos que me pidió. ¡5 minutos! Me habló de cambiarlo todo, del que se vayan todos y sus límites si no había una salida obrera. Pero por sobre todo me habló de ZANON. ¿Conocés lo que está pasando en Neuquén con ZANON?, me dijo. Le dije que no. Me transmitió con una pasión desenfrenada, con cierto fuego que encendían sus manos al querer graficar lo grande de esa experiencia, y yo me dejé tocar por ese fuego. ZANON me comenzaba a encender la mecha para cambiarlo todo. Obreros que recuperaron el Sindicato Ceramista dirigido por la burocracia traidora. En la fábrica donde trabajaba hablar de sindicato era sinónimo de despido. Los “tanos” Iovane nunca dejaban entrar al gremio a la fábrica. Lo arreglaban en la puerta y los despachaban. A nosotros, como todo patrón quiere, nos hacían negociar individualmente. En esa situación los ceramistas comenzaron a ser como héroes para mi, eso que no los conocía.

Las ideas eran más fuertes que mi desconfianza. Comencé a leer a los teóricos del marxismo: la teoría no resuelve, pero sirve para problematizar y ayudar a comprender lo que pasa en la sociedad: es una herramienta para la acción.

Había que actuar. Actué. Pregunté y pregunté por ZANON. Me hablaron de Sindicato, de burocracia sindical, de las patotas de los Montes, así como de la forma de enfrentarlos: organización obrera y la Asamblea como organismo de decisión. La coordinación, que era la coordinadora del Alto Valle, me parecía algo épico: la hermandad con los desocupados, a quienes yo antes consideraba vagos. Meterse y meterse eran romper prejuicios, era conocer al otro como clase. Tantas, tantas y tantas anécdotas. Yo actuaba como detective, queriéndolo conocer todo. Iba a los encuentros de fábricas recuperadas, y me solidarizaba con cada lucha. Me había comenzado a hacer socialista revolucionario.

Un pacto que sigue firme

Años después visité ZANON junto a una delegación de obreros de Zona Norte, “los estructurados”. Sin conocernos mucho confluimos en una zona estratégica del capitalismo argentino como es esa zona industrial del Gran Buenos Aires, cargada de tradición de lucha de clase y donde en los setenta se pusieron en pie La Coordinadora de Zona Norte. Nos quedamos impactados por las dimensiones de la fábrica y todo lo que nos transmitían los ceramistas. Comimos un “asadito” en el Sindicato Ceramista. En una ronda de charla, Raúl Godoy nos preguntó si nos gustaría trabajar en ZANON. Todos levantamos las manos, éramos como niños. Entonces él nos habló de los desafíos de los revolucionarios. De la necesidad de organizar a la clase obrera. De pelear por recuperar los sindicatos. Del legado del Clasismo cordobés. Acá dimos pasos muy importantes, nos dijo. Necesitamos que ustedes vuelvan a las fábricas para organizarlas. Recuperar los sindicatos dirigidos por la burocracia sindical y que sean herramientas al servicio de la organización independiente de los trabajadores. Eran los años en que comenzaba a surgir el “sindicalismo de base” en Argentina.

Volvimos en el micro escolar con el que habíamos viajado. Éramos como alumnos de esa experiencia trayéndonos un granito de arena en la mochila, un granito que era enorme porque en él guardamos nuestros sueños.

Recuerdo que cuando me tocó ser parte activa en el conflicto de Gestamp, de arriesgar la vida subiendo a una línea de puentes grúas, de estar cinco días a varios metros de altura, de enfrentar a la burocracia sindical del SMATA, al Gobierno peronista de Cristina y del gobernador Scioli, a las patronales de la rama automotriz, muchas con las manos manchadas de sangre como la FORD, recordaba ZANON, recordaba esas palabras de Raúl Godoy. Recordaba ese compromiso que sabemos hacer los clasistas, un compromiso de hierro que es pelear y resistir aún en situaciones adversas. Luchar para sentar jalones en la conciencia obrera, camino a terminar con este sistema de miseria, explotación y opresión diaria.

Hoy se cumplen 20 años de esa gran gesta obrera que sigue viva. Escribir estas líneas como parte de la experiencia de MADYGRAF me acerca aún más a esa historia, a su día a día. Nada es perfecto en una Gestión Obrera, claramente. Miles de dolores de cabezas, sosteniéndonos a pesar de las dificultades, siendo creativos sorteamos cada problema, y los estamos sorteando, y sortearemos los del futuro. Con errores y aciertos, pero funcionando y aprendiendo. Los ceramistas rompieron el sentido común que dice que nacemos para trabajar, no para pensar. Pensamos y producimos. Movemos las máquinas sin el patrón ni sus alcahuetes.

Con ellos aprendimos, también, de candidaturas obreras, de la necesidad de superar la pelea en el terreno sindical y elevar la lucha al plano político. No dejarle ese terreno a “los que saben", como pedía Perón que nos manda “de la casa al trabajo y del trabajo a casa”. Como dijo Raúl Godoy: si los trabajadores no hacemos política ellos hacen política con nosotros. Pero una política para nuestra clase.

Se cumplen 20 años de la Gesta de ZANON. Quería festejarlo así, recordando que soy uno de los que nació a la vida política consciente de la mano de la lucha de los ceramistas y que mi compromiso sigue firme.




Comentarios

DEJAR COMENTARIO


Banner elecciones 2019

Destacados del día

Últimas noticias