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CUENTO

Y así los insurrectos parisinos avanzaron al grito de “soy Varela” …

Un hincha de Defensa y Justicia, protagonista de las revueltas en París, con épica de lucha de calles y de cancha, construye este relato con adoquines de barricada y sueños en verde y amarillo. Fútbol, lucha y literatura.

Sábado 28 de diciembre de 2019 | 14:44

Una falsa historia que sucedió realmente en París. O como diría el dicho francés: de poco andar solo, un hincha de Defensa y Justicia te hace una revuelta en París. Ramírez. Ese soy yo. ¡De Varela para el mundo, papá! Fue en el frigorífico en donde se me ocurrió: sos artista hermano, ¿ya te oíste alentar en los tablones del Tito? Esa voz de ángel, ese ritmo, ese swing, ese flow. Y deambulando, casi perdido, en mis laberínticos pensamientos, por poco un dedo se me va del otro lado del cuchillo. Y ahí se hubieran quedado los laberintos y los pensamientos y el dedo. 14 noches más tarde cuchilla por valija cambié. Guitarra. Colocar todo en maleta. Y al mismo tiempo, maleta es todo dejar. La banda, el Tito y sus paravalanchas, el 148, el señor de la garrapiñada y todo lo otro. También el Halcón. Pero soy un artista y el show debe continuar. Boleto, solo de ida. ¡De Varela para el mundo, papá!

Me dieron donde dormir, de prestado, o lo conseguí de algún modo. Es frío París. Por las noches, en el día, en el día a día. La primavera tarda en instalarse. Pero yo me instalé más rápido que el otoño. Porque me dieron donde dormir, de prestado, o lo conseguí de algún modo. Llegué y no sabía qué hacer, ni decir, ni hablar, y entonces me fui corriendo a ver la Torre Eiffel. Y qué loco, yo que siempre la vi en la tele, o en fotos o en el cine; y yo que la llamaba “Torri fél”. Fui de ahí al Arco del Triunfo, a pie, como caravana a cancha de Quilmes. La avenida de los Campos Elíseos, o como se dice en francés, los Campos Elíseos. Conocí el Louvre, por afuera, que pensé que solo era pirámide de vidrio.

Acá hay de todo, hasta turistas; hasta franceses; hasta pobres que hablan francés. Y hay ratas. Franceses pobres. Asiáticos pobres. Negros los hay, pobres. Árabes pobres. Pobres verdes, violetas, naranjas y de todas las religiones. “Tanta distancia y camino, tan diferentes banderas, y la pobreza es la misma…”. Pero las ratas las hay y muchas. La ciudad de la ratatouille; la ciudad de la rata tuya; la ciudad de la rata yuta; la ciudad es tuya, rata.

Yo me paseo con la remera del Halcón. Y los franceses, que no son muy de hablar, me dicen “está buena tu camiseta de Brasil”. En un barrio lindo, que no es el mío, una vuelta me crucé con un grupo. Había una explanada inmensa y mucha gente. Yo admirado con todo como siempre, o por lo menos hasta verlo todo con los ojos de siempre. Un vago que parecía uruguayo me gritó, haciendo gestos que parecían obscenos, un poco a los lejos:

  •  Oh son los tira piedra, son los puto’ de Varela… ¡Aguante Atlanta!
  •  ¡Muerto! - Le respondí.
  •  ¡Más muerta será su madre!, me respondió una señora mayor, con acento madrileño, dándose vuelta al pasar cerca de mí y mirándome muy mal, lanzándome o deseándome algún hechizo o mal ojo.

    Pero fue imposible detener el duelo de hinchadas. Yo me puse a cantar: “Soy Varela, soy Varela, yo soy…”. El vago de Atlanta cantaba otras cosas, del otro lado de la explanada. Yo respondía saltando, besándome la camiseta; del otro lado me mostraban un tatuaje en el brazo y lanzaban insultos a Chacarita, a Morón y a All Boys. Para hacer más ruido, y para meterle furia, saqué mi guitarra y empecé a acordar su son con la melodía de los cánticos del Halcón: “Defe, mi buen amigo, esta campaña volveremo’ a estar contigo” en ritmo ska. Nos despedimos luego de varios minutos con un gesto de pulgar en alto. Y es en ese momento que nacía la idea, y un símbolo de resistencia pero que solo descubriría más tarde.

    Esa misma noche adapté una a una todas las canciones de cancha de Defensa y Justicia que conocía. “Defe mi buen amigo” en ritmo ska; “soy de Varela hincha de Defensa”, versión reggae; “Vamo’ Defe de mi vida, vos so’ la alegría de mi corazó”, en rock; “Vamo, vamo, vamo los Halcones…” estilo filarmónico, adaptable en polifonía si lograba convencer a una piba albanesa que conocí por ahí; “Oh soy del Matadero, ni Gallina ni Bostero” en fanfarra. Incluso adapté “Esto es Varela” del Pela MC, pero en versión flamenco. Y me fui a tocar al metro parisino. ¡De Varela para el mundo, papá!

    Y eso que el metro parisino no es como el Roca o el subte. Camino a Constitución, o volviendo, cualquier desafinado merece un aplauso. Y una moneda. Porque los desafinados también tienen corazón. Y un alquiler para pagar. Acá muy acostumbrados a escuchar música clásica, de alto nivel deben andar. O no sé qué. Pero un aplauso, ni amenazándolos les arrancas. Hay que ponerle onda. Con guitarra y banda. Yo no lloro, yo canto. Y no canto por cantar, aunque buena voz sé que tengo. Cantitos del Halcón. Y así, a las ocho de la mañana, como Riverito, saco la guitarra entre caras largas, amargadas por tener que ir a trabajar o por no tener donde ir a trabajar, y entono. “Sooooooy Varela, soy Varela, soy Varela, yo soy…”. El metro para en la estación Montparnasse, salen banda y entran banda. Y yo: “señores yo soy del barrio del Matadero, un barrio de borracho’ y de falopero’…”. El metro lleno, y a mí no me importa nada, al cabo de dos cantitos ya estoy re manija. Me dan un codazo, algún desubicado me manda a callar. Y yo sigo. Encadeno con una sinfónica, a veces con la piba albanesa en polifonía. Yo: “vamo’, vamo’, vamo’ los Halcone’…” / ella, estridente: “hay que poner más huevo, para salir primero” / yo: esta banda siempre va al frente; ya le pegamo’ a Ferro, también al Cervecero / juntos: “nooooo pasa nada, siempre estuvimos en las malas; esta es tu gente, la que te alienta hasta la muerte” / un vago se suma con un bombo, y todos juntos otra vez: “vamo’, vamo’, vamo’ los Halcone’…”. El metro tambalea de los saltos que damos. Se termina la canción. Ni un aplauso. Mientras la albanesa pasa la gorra yo lanzo en francés: ¡aplaudan amargos! Un par de vagos aplauden, algún que otro corbatudo también. Humildemente

    Ramírez suele pasar noches solitarias. Camiseta, gorrito, bandera (o “trapo” como le gusta decir a él), Fernet con Coca (si algún alma bondadosa le trae). Magia vuela en el aire de esas noches, que son madrugadas. Todo un rito para, en sitios pirata, ver al Halcón de Varela que el fuso horario hace que seguido le toque jugar a las 2 o 3 o 1 de la mañana de Francia. Y esos sábados a las 3AM no son más azules, sino verde y amarillo; los domingos sin tristezas pueden ser, siempre y cuando gane Defensa, o empate. Sobre la hora, mejor. Sufriendo. Así tiene que ser.

    Jugaba Defensa y Justicia contra Huracán. Yo hacía tiempo mirando videos en YouTube esperando a que el partido empezase. De la calle empezó a subir un zumbido, que pronto se transformó en murmullo y luego en alboroto y a medida que invadía la pieza, mis oídos, devenía escándalo y, ya casi imparable, eran cascotes volando que se escuchaban y vidrios rotos y palos, siempre volando, y tachos de basura revolcados y hierro golpeado y muchedumbre. Me asomé a la ventana. Manifestantes. Policías. Gases. Matracas. Palos. Piedras y adoquines. Pelotas de goma. Una verdadera batalla campal bajo mi ventana. Me puse las zapatillas y bajé para ver de más cerca. De un lado gente con chalecos amarillos fosforescentes. Del otro robocops. La marea me arrastró lejos de mi puerto y no me quedaba otra que seguir la corriente. En pocos minutos ya hacía parte de la manifestación; y me encontré gritando, como en la popular pero en francés, junto a varios miles de desconocidos; deambulábamos descontrolados y adrenalizados por calles estrechas y avenidas anchas (aunque no tanto como las de Buenos Aires): ¡Abajo Gaulard! [El presidente francés].

    En eso se hicieron como las cuatro de la mañana y la madrugada entraba en el auge de su oscuridad; teníamos por lo menos cinco horas por delante antes de que el alba viniera a librarnos de las pesuñas gélidas de la noche invernal parisina. La situación continuaba tensa, pero emprendí mi camino de regreso a casa, evitando las calles más agitadas, tomando avenidas y callejuelas respetables, tratando de parecer una persona normal o por lo menos un turista o por lo menos un borracho, que eso era menos peor que parecer un manifestante. Me sentía como si esta parte de la canción la narrase Pipo Cipolatti. En esa veo un vehículo, que no era ni Ford ni verde sino una furgoneta de policía bien identificada. Venía a alta velocidad, de frente. Al pasar por mí, no los vi, pero me imagino que los policías me escrutaron con ojos de pocas ganas de bromear. La furgoneta dio media vuelta y se detuvo a mi altura. Bajaron seis brigadistas.

  •  ¿Dónde va señor? Preguntó uno con voz de asno.
  •  Perdón, pero no entiendo francés…
  •  No te hagas el pelotudo y respondé en francés me lanzó otro con mirada de policía de cancha.
  •  Estoy volviendo a casa…
  •  ¿Volviendo de dónde?
  •  De lo de una amiga albanesa [si es para mentir, que sea grosero y suficientemente detallado como para ser considerada verosímil].
  •  Pero si vos sos un manifestante infeliz. No nos tomes por boludos. ¡Adentro!
  •  Pero si no hice nada, yo no estaba manifestando…
  •  ¿Ah no? ¿Y esa camiseta amarilla que llevás? ¿No es acaso el símbolo de apoyo al movimiento insurreccional?
  •  Es la camiseta de Defensa y Justicia, soy argentino.
  •  A mi no me importa una mierda en qué partido militás, vamos, adentro.

    Ni me di cuenta de que ya me estaban metiendo en la furgoneta. Al entrar en la furgoneta noté que había otros detenidos. Éramos nueve. Había varios con chalecos amarillos, una prostituta trans peruana y un ultraizquierdista semi-libertario, agitado y asocial. Los saludé.

  •  Hola. Buenas noches.
  •  ¡Hola! respondieron casi todos, en coro.
  •  Otro pequeñoburgués despolitizado más… ¡qué infierno! Dijo irritado el ultraizquierdista.
  •  ¿Eres latino? Me preguntó al reconocer mi acento la chica trans peruana [Ana Isabel].
  •  Sí, soy argentino.
  •  ¡Qué bien! Viví cuatro años en Argentina antes de venir aquí, en Once. ¿De qué parte eres?
  •  De Florencio Varela…

    (El ultraizquierdista giró la cabeza hacia nosotros)

  •  Pero sí, te reconozco. Eres el que canta las canciones esas de futbol en el metro. Eh, chicos, es el tipo del metro, el que canta canciones de futbol argentino dijo dirigiéndose a los otros. Hubo un murmullo amigable.
  •  El futbol… ¡opio del pueblo! ¡Falsa consciencia! ¡Engaño neofascista! Lanzó furioso al resto de la asistencia el ultraizquierdista semi-libertario.

    Miradas brillantes acompañadas de sonrisas blancas se tornaban hacia mí, iluminándome la cara. Como si en tal situación de encierro fueran necesarios elementos reconocibles del cotidiano, del afuera, del allá. Y no sé cómo, pero alguno comenzó a tararear “soy Varela”. En realidad, mandaba fruta (“mooo bawela…”). Pero la melodía se reconocía. No pasaron muchos segundos antes de que uno me pidiera que dirigiese la batuta. Pronto la furgoneta estaba en llamas; cantábamos a más no dar, pulmones hinchados, “soooooy Varela, soooooy Varela, soy Varela, yo soooooy”. Todos (menos el ultraizquierdista semi-libertario) cantaban y saltaban. La furgoneta daba saltos y tambaleaba. Un policía abrió una ventanilla, amenazándonos, para que parásemos de cantar y saltar. Era peor. Fue peor. Más nos decía que parásemos, más seguíamos, y más fuerte. Y la furgoneta se balanceaba. El policía nos instaba a parar, que íbamos a volcar. ¡Qué íbamos a parar! No nos importaba nada. “Sooooy Varela…”. La furgoneta tambaleaba y el rati seguía acelerando. “Chofer, chofer, apure ese motor, que en esta cafetera nos morimos de calor”. El ultraizquierdista se agarraba de donde podía, con miedo. La furgoneta iba a volcar. Los tambaleos eran cada vez más violentos. Los policías tenían miedo. “Sooooy Varela…”. Ana Isabel, la peruana, estaba desaforada, se le había metido el demonio; a los otros también. En una curva, inexorablemente, la furgoneta volcó. El silencio se hizo; gemidos de dolor suplantaron el “soy Varela”, cuyo eco continuaba a resonar rebotando en las fachadas de los edificios y avanzando por las callejuelas vacías en esa zona de la madrugada parisina. La ventanilla que daba a la cabina del chofer quedó abierta y pudimos ver que los policías estaban muertos o desmayados. En la confusión, la puerta de la furgoneta, acostada sobre su lado izquierdo, se abrió. Todos nos precipitamos. El ultraizquierdista semi-libertario fue el primero en salir, corriendo. Sin esperar se lanzó hacia la parte de adelante de la furgoneta, desesperado con movimientos histéricos. Agarró las armas y las municiones de los policías. Cargado de pistolas y metralletas nos miró y lanzó: “hasta acá llegó nuestra aventura señores, yo voy a hacer una verdadera revolución. Ustedes hagan lo que quieran. ¡Ni dios ni patria! ¡Comunismo libertario, ahora!”. Y salió corriendo con los talones en la nuca, cargado. Dobló en una esquina y fue como si nunca hubiera estado con nosotros, no dejó ni un rastro.

    El resto nos quedamos hesitando unos instantes. Fuimos a buscar nuestros celulares donde estaban los policías muertos o desmayados. Pronto nos percatamos de que en las redes sociales se estaba llamando a marchar hacia el Palacio del Elíseo. Lo querían bajar a Gaulard. Nosotros ya estábamos jugados, no íbamos a volver a nuestras casas. Y emprendimos camino todos juntos hacia el Elíseo. Cantábamos “Soy Varela” y otras canciones del Defe, intercaladas por algún “abajo Gaulard”.

    En el Arco del Triunfo había una multitud que sin hablarse se dirigía hacia el palacio presidencial. Tensa. Como boca de niño de siete años a la que le faltan varios dientes, el piso del imponente monumento estaba agujereado, varias placas de bronce habían sido extirpadas. Nosotros que estábamos manija, llegamos cantando y agitando. Poco a poco nos fuimos fundiendo en la masa y la masa se fue contagiando de nuestros cánticos. La multitud iba bajando por la avenida de los Campos Elíseos que extrañamente estaba desierta de policías. A lo lejos se veía otra masa de gente, agitada. A medida que bajábamos por la avenida, podíamos constatar la ira popular abatida sobre vidrieras, puestos de kioscos de diarios. Varios restaurantes de lujo estaban incendiados. Tiendas de ropa cara desbalijadas, saqueadas. La gente se apropiaba de las finas prendas, desvestía a los maniquíes y los volvía a vestir con sus andrajos. Al llegar a una esquina hubo un barullo. Gritos y puños en alto. Varios manifestantes resultaron heridos, con quemaduras graves. En lo alto de un edificio muy burgués, una pareja de ancianos muy ricos arrojó aceite hirviendo desde su balcón a los manifestantes como a los ingleses en 1806 al grito de “¡lacras, están destruyendo nuestro país!”. Un Jeep militar se precipitó, frenó en esa esquina. Un hombre vestido de negro, con una campera y un cinturón de cuero, con hebillas de plata, botas de skinhead, sacó una ametralladora y comenzó a disparar hacia la ventana de los viejecitos reaccionarios. No los mató ni los toco, pero destruyó la ventana bajo los “viva” de la muchedumbre. Lo que parecía ser un mayordomo se asomó corriendo al borde del balcón, abotonado hasta el cuello, guantes blancos, lanzó hacia los manifestantes globos rellenos de un ácido fatal para la piel. Varios manifestantes fueron quemados. La ametralladora volvió a lanzar una salva de balas. El mayordomo intentó volver al interior del apartamento, pero la puerta ya estaba bloqueada. Los abuelitos reaccionarios habían corrido un armario y lo interpusieron entre ellos y el balcón. La segunda ráfaga de balas llegó, atravesó el cuerpo del mayordomo y las balas se clavaron en la pared. El cuerpo sin vida del criado se apoyó en la baranda y, cual un subibaja, su cuerpo se inclinó hacia el vacío y cayó, la cabeza hacia adelante, con los brazos pegados al cuerpo, y se estrelló sobre la acera. Hubo festejos y más vivas. En ese momento reconocí al ultraizquierdista semi-libertario que con su carisma habitual declamó al auditorio enardecido de furia antiburguesa: “no sean estúpidos, en vez de festejarme deberían buscar armas y acompañarme. ¡Estamos ocupando un McDonald’s en el décimo distrito!”. Un manifestante le explicó que estábamos yendo al Palacio del Elíseo a voltear a Gaulard, lo que no hizo más que aumentar al máximo nivel de misantropía del ultraizquierdista. “¡Imbéciles dijo, no se puede combatir al enemigo con sus propias armas! A nosotros no nos tiene que interesar el poder. ¡Hay que construir el comunismo libertario autogestionario igualitario ecologista antiespecista ahora mismo! ¡Hay que ocupar! ¡Vengan conmigo que estamos ocupando un McDonald’s, traidores! ¡Tarados!”. Alguien propuso someter la propuesta a un voto. Y el ultraizquierdista no tardó en responder: “¿Votar? ¿Y qué más? ¿Esta banda de alienados me va a decir lo que tengo que hacer? ¡El voto es burgués! Los que estén de acuerdo conmigo que suban al Jeep y nos vamos a la Comuna Libre del McDonald’s ocupado”. Otro le pidió algunas armas. Ni le respondió, solo se escuchó el chirrido de sus dientes. Y así, el ultraizquierdista se subió al Jeep, con un ciudadano vestido con un chaleco de pesca que lo siguió, y arrancó a toda velocidad hacia su ocupación. Un manifestante le gritó: “¡chau Ronald!...”.

    Cuanto más pasaba el tiempo, más se llenaba de gente la avenida. Una nube negra de gentes avanzaba decididamente hacia el palacio presidencial. Piedras, palos, molotovs, adoquines, varas metálicas, todo objeto que pudiera ser utilizado como arma era útil. Nos imaginábamos que la policía, que había estado ausente en todo nuestro camino, sería numerosa en los alrededores del palacio del Elíseo. La situación era tensa. Había un murmullo en el aire, pero poco ruido. Estábamos cada vez más cerca del palacio presidencial. Y las ansias nos carcomían. De repente hubo como un acuerdo tácito y la muchedumbre se puso a correr en dirección de la lujosa residencia. Ahora eran ruidos de odio, casi de animales, que exhalábamos todos juntos, tantos años de reprimirnos estaban estallando y la sed de revancha estaba en todas las bocas. A pesar del cansancio, corríamos con todas nuestras fuerzas, sacudiendo nuestras armas caseras e improvisadas en las manos. Palos, martillos, cascotes, varas metálicas, molotovs…

    Los primeros tiros comenzaron a caer, perforando cuerpos y asfalto y veredas y arboles e insurrectos. Nos tiraban desde arriba, desde los costados, desde atrás, robocops avanzaban hacia nosotros disparando, tirando gases lacrimógenos. Varios muertos y heridos. Pero nada. Nada paraba a la muchedumbre. Unos caían, inertes. Otros retomaban sus piedras o cuchillos. Yo tomé uno que yacía en el suelo al lado del cuerpo de su propietario; me hizo acordar a mis tiempos en el frigorífico. Otros lanzaban molotovs, muchas, muchísimas bombas molotov. Las balas no nos hacían retroceder. Pero nuestras molotovs, nuestros cascotes, nuestra determinación sí que los hacían retroceder. No había sniper o robocop que valiera, solo cuerpos que caían y otros que retoman la posta. Con el grupo de la furgoneta de policía tomamos coraje y avanzamos corriendo; y para motivarnos cantábamos “soy Varela” y otros nos siguieron, cantando, lanzando adoquines, lanzando varas metálicas. Y así los insurrectos parisinos avanzaban al grito de “soy Varela…”. Los tiros eran muchísimos y muchísimos caían heridos o muertos. En una de esas alguien nos hace señas a lo lejos. Un joven rubio medio metido en una alcantarilla nos llama. Teniendo en cuenta la situación, nos pareció un buen lugar para refugiarnos. Varias personas entraron a la alcantarilla; éramos por lo menos 900. La alcantarilla era amplia, muy grande. Y por más que hiciera frío y oliese a asco, estábamos cómodos. Me sentía una tortuga-ninja. Y había muchos Splinters de hecho. Chillando y corriendo por todos lados, entre nuestras piernas. En el medio de la muchedumbre el rubio nos pidió silencio y nos explicó:

  •  Escuchen, somos varios. Estudié unos planos de las alcantarillas del barrio y sé cómo entrar al Palacio

    Gritos de efervescencia estremecieron ese asqueroso lugar. “Les vamos a entrar por el inodoro a esos hijos de puta”, afirmó uno. El rubio se puso al frente del grupo y comenzó a trotar. Todos lo seguíamos. Se escuchaba el ruido del chapoteo en esa agua sucia, pestilente y fría. Algunos alumbraban con sus celulares. El rubio paró y apuntando hacia una rendija, arriba, dijo:

  •  Es ahí. Si subimos por esa rendija salimos a un patio interno. Pero nada de gritos, hay que ir cautelosamente. Debe estar lleno de policías y guardias listos para matar.

    Al salir por la rendija uno a uno, nos fuimos amontonando en el patio. Algunos no perdían tiempo y preparaban sus molotovs, sus piedras y palos y cuchillos. Una vez que todos estuvimos fuera y listos, empezamos a prepararnos para el asalto. Sabíamos que habría muertos. Más de los que ya había habido. Pero estábamos jugados. Con la chica trans peruana nos miramos y solo esa mirada bastó: había que lanzar un cantito motivacional. Otro vago que había estado en la furgoneta policial con nosotros al vernos entendió y comenzó: “Nooooo pasa nada / siempre estuvimos en las malas / esta es tu gente / la que te alienta hasta la muerte…”. Nosotros lo seguimos. Un par de loquitos también se coparon. Fue una cuestión de segundos para que todos nos encontrásemos cantando, alocados, preparándonos para la batalla. Las luces del patio interno se encendieron. Fue la señal para nosotros y nos abalanzamos hacia la casona. Hubo una lluvia de bombas de petróleo. Tiros desde el interior respondieron. Le acertaron a alguno, pero la mayoría los erraron. No nos esperaban ahí, en ese momento, con tal espíritu de ataque. Tuvieron que replegarse y la lluvia de molotovs seguía y se intensificaba. Otros cantaban canciones del Defe; un vago sacó un bombo. “Señores yo soy del barrio del Matadero, un barrio de borrachos y de faloperos…”. Nos metimos por un gran ventanal. Estábamos en un salón monárquico. Alocados. Sedientos de revancha. “Dónde está ese hijo de perra”, decían unos; “ven para aquí persona despreciable, te tenemos un recadillo”, decían otros. “¡Gaulard mala gente!”, insistían. Arrancaban las cortinas y algunos pirados se las ponía de capa. “¡Por las escaleras!”, gritó afónicamente el rubio. Avalancha popular hacia las escaleras; cientos de personas agolpadas y furiosas subiendo por las escaleras que conducían a una gran terraza. A lo lejos veíamos a Gaulard, su prima y varios guardaespaldas. Corrían hacia un helicóptero que había comenzado a girar las hélices. Apuramos nuestra corrida. “¡Disparen!”, gritó el presidente que ya se sentía expresidente y no tenía mucho más que perder. Los guardaespaldas sacaron pequeñas metralletas, de estilo mafioso, y comenzaron a tirar para todos lados, sobre todo hacia donde estábamos. Respondimos con bombas de petróleo y piedras. Ana Isabel estaba desaforada y es la que mejor puntería tenía. Piedras y molotovs tiraba con harta maestría. Gaulard, detrás de los guardaespaldas les daba instrucciones sobre dónde disparar y a quien apuntarle. Su dedo cargado de muerte, cual ruleta rusa, se detuvo sobre Ana Isabel quien pudo lanzar una última y certera molotov antes de que una bala se le hincase en el pecho. Su cuerpo se desmoronó inmediatamente sin fuerzas, sin resistencia, sin vida. Fue como si en ese momento el mundo se hubiese puesto en silencioso; ni siquiera el chiflido de las balas pasando cerca de mi cabeza escuchaba. El odio había anulado mis oídos. Tomé una piedra que Ana Isabel aun tenía en su mano, apunté como ella lo sabía hacer y con todas mis fuerzas la lancé hacia Gaulard. La piedra pasó entre los guardaespaldas y acertó la cabeza de Gaulard; le rebotó como una piedra haciendo patito en el agua. El presidente cayó inerte. Los guardaespaldas, al verlo, dejaron de disparar, lo recogieron por los brazos, sus piernas se arrastraban, estaba muerto o desmayado. Se subieron rápidamente al helicóptero, en donde la prima de Gaulard lloraba de pánico. Nos avanzábamos corriendo hacia él, pero el piloto logró despegar antes de que pudiéramos impedírselo; alguno logró tocar los patines de aterrizaje del helicóptero, pero fue demasiado tarde. Sin embargo, pronto los gritos de alegría inundaron el palacio. Vivas resonaban. Espontáneamente nos pusimos a cantar, “soy Varela”. En la terraza de ese lujoso centro de poder, en pleno Paris, se levantaba como un estruendo de alegría, fuerte y alto, “soy Varela”. Fui hasta el cuerpo sin vida de Ana Isabel, me arrodillé junto a ella, le tomé las manos y dije: “ganamos…”. Otros manifestantes decidieron romper algunas cosas, arrancar cortinas, usarlas de capa, quemar alguna pieza. Bajé, esquivando escombros, avancé hacia un balcón que daba una hermosa vista hacia la ciudad. Saqué el celular para sacar una foto y vi que el Defe había empatado. Mirando varias columnas de humo negro y espeso desfilando hacia el cielo en distintos puntos de la ciudad, ruidos de balas de un lado y de otro, me dije: “de Varela para el mundo…”.







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