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Red Internacional

Opinión. Una tarde de sol para romper todo

La luz que entra por lo barrotes no alcanza. Se trata de volar los techos de los galpones y las fábricas y las oficinas de quienes nos quieren zombies.

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Martes 15 de noviembre | 13:53
Imagen: Trigal con segador a la salida del sol (Vincent van Gogh. 1889)

Un amigo dice que de textos ajenos está hecho el mundo y cuánta razón tiene. Manotear frases, conceptos de alguien más, puede ser el salvavidas para asomar la cabeza, respirar, levantarse, escribir. El préstamo personal también vale (reformular alguna idea vieja, cortada por una obligación y cajoneada por ahí); aunque suele ser más estimulante tirar de la punta del ovillo de reflexiones extrañas y hacerlas propias a partir de la experiencia. Más divertido, todavía, si es escuchando música. Solo resta prender la licuadora y soltar la mano sin pensarlo dos veces (lo cual, en realidad, es un eufemismo de pensar mucho).

Ocio y tiempo libre suelen ser temas de conversación recurrentes, generalmente por su ausencia. Pero de capas por momentos caídas (que confirman, a través de una negativa que rápidamente cambia de signo, que no estamos solos) también nacen los sueños; y, de los sueños, proyectos.

En una de sus Tesis sobre la historia, Walter Benjamin afirmaba: "La lucha de clases, que no puede escapársele de vista a un historiador educado en Marx, es una lucha por las cosas ásperas y materiales sin las que no existen las finas y espirituales. A pesar de ello estas últimas están presentes en la lucha de clases de otra manera a como nos representaríamos un botín que le cabe en suerte al vencedor. Están vivas como confianza, como coraje, como humor, como astucia, como denuedo y actúan retroactivamente en la lejanía de los tiempos. Acaban por poner en cuestión toda nueva victoria que logren los que dominan. Igual que flores que tornan al sol su corola, así se empeña lo que ha sido, por virtud de un secreto heliotropismo, en volverse hacia el sol que se levanta en el cielo de la historia. El materialista histórico tiene que entender esta modificación, la más imperceptible de todas".

Subrayo "volverse hacia el sol que se levanta en el cielo de la historia" y pienso en todos los techos de oficinas y fábricas y galpones y cárceles del mundo que pretenden ser ese dedo que no va a tapar nuestro sol.

Soy una de las tantas insomnes que dan vuelta a las noches encendidas artificialmente por pantallas y estreses varios (gracias, capitalismo). Esta semana tuve que escribir un artículo sobre faraones. La referencia solar viajaba más de 3 mil años para interponerse entre el teclado y yo (cansados, ambos, de sinónimos y metáforas). Recaí en el desvelo. Vi cuatro cambios seguidos de luz (sol-luna; luna-sol; sol-luna; luna-sol). No fue un récord.

Leí un libro de Jenny Offill: "Unas cuantas noches después, tengo la secreta esperanza de ser un genio. ¿Cómo es posible, si no, que un frasco entero de pastillas para dormir no pueda calmar mi mente? Pero por la mañana mi hija me pregunta qué es una nube y no sé explicarlo". Say no more.

Cuando me pierdo (¿quién no se pierde en este jardín de senderos que se bifurcan y árboles pasados por topadoras?), me escudo en esa frase, tan trillada y mal atribuida: "Cuanto más oscura es la noche, más brillantes son las estrellas". Pero no. No, loco. Tanto más brillante se vuelve el sol. Y hago de lado por un rato a la política, la ideología y los procesos profundos que hay detrás, ¡claro que las grandes civilizaciones lo adoraran! Claro que el Pity extrañara, en el comienzo de su decadencia irreversible, salir por las mañanas a fumar bajo el sol con el perro ("aunque no cierre el ojo en toda la semana y tenga ganas de desmayarse en la cama").

El poema de Dalton (ese que señala al comunismo como una aspirina del tamaño de un sol) me aburre, porque prefiero creer que vamos a tirar todos los calmantes paliativos a la mierda. Mejor, la cita del periodista Rhys Williams, cuando describe la cocina de la toma del Palacio de Invierno: "Afuera todavía está oscuro y frío, pero en el este se vislumbra un rojo amanecer".

El sol es esperanza que se siente en todo el cuerpo. Leandro Díaz, cantautor colombiano privado de la vista, relataba que lo descubrió cuando quiso despegarse una "cosa calurosa de la cara". Con sus vallenatos inmortales, terminó siendo su reflejo. (¡Qué importantes son esos reflejos que musicalizan la vida!).

¿Por qué hablar siempre de ansiedades noctámbulas y preguntarse —como hace David Jiménez Torres, con mucho tino— cuánto de nuestra identidad tiene que ver con el extendido mal dormir? Suelo bromear: "Siempre que paró, llovió". En realidad, espero al sol, como deseo y expresión de identidad. Si nos quieren zombies, a despertarse.

Trotsky no apela a un recurso literario en su testamento cuando describía: "Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba, el cielo claro y azul, y el sol brilla en todas partes...". Era esa la confirmación de que la vida es hermosa y de que las nuevas generaciones merecen disfrutarla plenamente. No nos busquen donde se esconda el sol. Quedémonos con Fito, en un día de ámbar violeta. La soledad no merece sus primeras tres letras.

Adenda

Últimas tres reflexiones inconexas (o no tanto). La primera. Hacerle caso a Marx cuando tira al pasar en El Capital que, para entender el movimiento de los astros, la observación es necesaria, pero no alcanza: también hay que conocer sus leyes. La segunda. Al mismo tiempo, hacerle caso a Bernárdez e intentar descubrir el secreto de las flores y las frutas (luz, cámara, ¡acción!). La tercera. Hacerle caso a Divididos, no en salir a comprar, sino en reventar todo, en salir al sol, paquetes.

(A Van Gogh no solo lo obsesionaba la noche, elijo esta foto para no olvidar su luminosidad).


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