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Una historia de lealtades y traiciones: traductores reflexionan sobre el pasaje entre lenguas

Traductores y escritores al mismo tiempo, Inés Garland, Ariel Dilon y Cecilia Pavón coinciden en que la cocina de su escritura se fortalece con las herramientas de la traducción, tema que será uno de los ejes centrales del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) que arranca este viernes 16 con una agenda que ofrecerá varias actividades en torno a las múltiples formas de pensar la migración entre lenguas y también de lenguajes.

Carlos Daniel Aletto

@carlosaletto

Viernes 16 de octubre | 10:30

"Una lengua invita a su casa a un texto en otra lengua", sostiene desde el comienzo Inés Garland, autora de "Con la espada de mi boca" y "Una reina perfecta", y a su vez traductora de las escritoras Mavis Gallant, Lorrie Moore, Sharon Olds y Lydia Davis. Y agrega: "El traductor es escritor en la medida en que logra la confabulación entre las palabras para que el texto original esté cómodo en la casa de la lengua extranjera".

La mendocina Cecilia Pavón, autora de "La libertad de los bares" y "Todos los cuadros que tiré", es traductora del alemán y el inglés, y se ha encargado de trasladar al español textos de Lorrie Moore, Diedrich Diederichsen, Nora Bossong, Chris Kraus y Dorothea Lasky. Para ella, la traducción no es una reescritura y prefiere plantearla con una metáfora de la música: "El original sería la partitura y el traductor interpreta con su ’instrumento’ lo que ve escrito en el pentagrama", señala a Télam.

Y aclara: "Como en la música, cada interpretación es diferente y única a su manera, pero no me gusta hablar de reescritura que es una palabra que se usa mucho, si creyera en la reescritura no creería en la traducción y no me dedicaría a la traducción".

A esta opinión se suma también Garland. "No, no es una reescritura porque la deriva que eligió el lenguaje ya está fijada por el autor original, se podrán hacer cambios, pero solo porque son necesarios en la confabulación", explica.

Hay críticos que sostienen que si bien los clásicos no envejecen (es la esencia de un clásico), sí lo hacen en cambio las traducciones y que cada generación necesita un nuevo traductor para la obra. "¿A quién le pasa el tiempo: al libro o al lector?", se pregunta al respecto Ariel Dilon , autor de "El inventor de dioses y otros apócrifos chinos" y la novela "Hemisferio noche" -que se publicará el año que viene- y traductor de casi cien libros de ficción, poesía y teatro de creadores como Antonin Artaud, William Burroughs, Patricia Highsmith, Alfred Jarry y de pensadores como Pierre Bourdieu, Jacques Derrida, Michel Foucault y Jacques Lacan. "Una gran traducción no tendría por qué envejecer más que el gran libro del que deriva. Tampoco necesariamente menos: la suerte de ambos no está atada de una manera lineal", apunta.

Garland asegura que no le ha tocado sentir que "un buen texto envejece" Lo escuchó decir muchas veces, pero no lo experimentó: "Si me tocara traducir un texto que se considera viejo, creo que estaría en problemas", sostiene la traductora. Pavón, por el contrario, piensa que sí envejecen "completamente" y retoma a la metáfora de la interpretación que usó antes: "las traducciones están marcadas por la cultura de llegada y esto incluye la época".

"La necesidad o el deseo de re-traducción no necesitan ampararse únicamente en un presunto envejecimiento de las versiones predecesoras", mantiene Dilon, quien piensa que tales puedan ser, desde luego, las razones del mercado. "También hay otras razones" sostiene. Y agrega: "pensar que puedo hacerlo mejor; pensar que puedo hacerlo de otro modo; pensar que puedo hacerlo para mi época o para mi territorio lingüísticos, para mi estado de la lengua, a la luz de otra sensibilidad o de acuerdo con una interpretación distinta," se explaya.

"Me gusta pensar que lo que busco es un terreno común, como un río subterráneo", sostiene Garland, quien no adhiere al tópico del "traductor como traidor". La traductora aclara que John Berger advierte que "las palabras, los términos, pueden ser separados de la criatura de su lenguaje y usados como meras etiquetas. Se vuelven entonces inertes y vacías", cita textual al escritor y crítico de arte británico.

La autora de "Una vida más verdadera" tiene la premisa de que "hay que cuidarse especialmente de los lugares comunes, "de traducir con la primera palabra que nos viene a la mente" y explica: "Los sinónimos no existen en la medida en que creamos que una palabra es igual a su sinónimo, las palabras tienen matices, temperatura".

"El gran trabajo es descubrir la temperatura de las palabras en el texto original para después llevarla al texto traducido. Esto es intuitivo y minucioso a la vez. Hay que amar mucho para hacerlo, para no hacer concesiones apresuradas. El asunto es, como en toda relación, cuándo ceder y cuándo insistir. Cuando no hay amor podemos ser demasiado rígidos o abandonar antes de tiempo, pero si la intención es realmente ser los mejores anfitriones, los frutos de ese esfuerzo son de una fertilidad que crece con cada traducción que hacemos. Tal vez el aura se transforme, pero no debería ser ajena, debería estar ligada por ese río subterráneo que mencioné", asegura.

Para Pavón, el buen traductor es el que puede conservar de alguna forma "ese aura, o espíritu, o como se llame, lo que vuelve a un texto una obra de arte que no son meramente las palabras".

Y Dilon aporta que tanto Borges como Cortázar no solo tradujeron en el sentido literal, profesional, del término, "sino que también ’trasladaron’ tradiciones literarias y filosóficas enteras desde un ámbito histórico-lingüístico a otro: hermosas traiciones que requieren profunda lealtad, una lealtad antropófaga, como siempre que se funda una nueva tradición. Si entre autores el plagio es robo, entre culturas el contrabando es ley". indica.

La recientemente fallecida Mirta Rosenberg, poeta y traductora - quien hizo traducciones entre tantas otras de la poesía de la flamante Nobel de Literatura Louise Glück) le dijo a Pavón que "el mejor taller de escritura es la traducción". La autora de "Todos los cuadros que tiré", quien por entonces estaba empezando a traducir se tomó muy en serio esa frase y con los años, confiesa que se dio cuenta de que su colega tenía razón.

"Traducir es la mejor forma de leer, es la forma de conocer a un autor como desde dentro de su mente o algo así y en ese sentido, depende de qué se traduzca, es una gran escuela", subraya.

"Creo que pocas cosas pueden enseñarle más a un escritor, pocas pueden llenar su caja de herramientas a rebalsar de recursos, de intuiciones, de procedimientos y de atajos. Pocas pueden impregnar su memoria sensible y darle una mayor plasticidad retórica. Pocas pueden afinar su instrumento y preparar sus dedos y su oído para las escalas, los arpegios, los tempos y silencios expresivos; pocas pueden cambiarlo, arrasarlo, inspirarlo y constituirlo en tanto que autor, como el ejercicio sostenido y diverso de la traducción", enfatiza Dilon.

Lo mismo piensa Garland, para quien este oficio "la sumerge en la lengua de una manera que amplía y profundiza la lectura y el conocimiento de las maneras de decir".

"También implica -agrega- una convivencia con lo pre-verbal, en mi caso, con la incertidumbre de no saber cómo resolver algo que entiendo perfectamente en otra lengua pero no sé cómo decir en la mía. Ese momento es muy parecido al de escribir y la tolerancia a esa incertidumbre y a esa búsqueda se entrena y se fortalece con el ejercicio de traducción. Ya se ha dicho, todo es traducción. Las palabras son materia. Traducir también enseña a materializar", concluye.

Fuente Télam







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