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Un sistema que desprecia la vida de los niños y las niñas

Un incendio en Ituzaingó se cobró la vida de 5 chicos y chicas y dos mujeres. Unos días antes pasó lo mismo en Mendoza. El futuro de la infancia según el capitalismo.

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Martes 11 de junio | 22:30

En la mañana de este martes falleció Mía en el Hospital Garrahan. Las médicas y enfermeras no pudieron hacer nada. Había llegado el domingo después del incendio de su casa en Ituzaingó. Tenía 7 años.

Antes de Mía la tragedia de Ituzaingó se había cobrado la vida de sus primas y hermanos, con quienes jugaba todos los días. De su madre y su tía que la criaron. Analía (36), Támara (28), Ángel (17), Benicio (8), Fiorella (6) y un bebé, Ian (2).

Ángel era un adolescente trans que en sus pocos años de vida había peleado por garantizar sus derechos, también su identidad de género.

¿Y por qué murieron? Porque cuando comenzaron las llamas no pudieron escapar a tiempo. Eran 20 personas que tenían que amucharse entre colchones apilados en una pequeña casa del barrio Villa Udaondo en Ituzaingó.

La semana pasada, en Mendoza, un incendio se cobró la vida de dos hermanitos. Una salamandra que usaban para calentarse inició todo. Martina de 2 años y Benjamín de 7 no pudieron sobrevivir. A los pocos días murió Pablo, su papá. María, la madre, pelea en estos días por su vida.

Duele contarlo pero es imposible callarlo. Los grandes medios se preguntan si uno de los niños comenzó el fuego, o si el padre fue imprudente en dejar la salamandra encendida, la policía habla de “imprudencias”. Se pasan de cínicos.

Pero no son historias descolgadas. No fue mala suerte o un accidente. En el conurbano bonaerense casi el 30% de los pibes y pibas viven hacinados. Amontonados, sin lugar para dormir, para jugar. Dos de cada tres tiene otros problemas en sus viviendas. ¿Cuáles? No tienen cloacas y agua de red, o sus viviendas son precarias, o no tienen calefacción ni otras necesidades mínimas. Lo dice un estudio del Observatorio de la Universidad Católica (UCA).

Llega el invierno, siguen los tarifazos, y al problema de la vivienda se suma el de los servicios. Más de la mitad de la población del Gran Buenos Aires sufre pobreza energética. O sea que las facturas de los servicios se le llevan gran parte de sus ingresos o directamente tienen que privarse de algunos de ellos. O iluminarse según lo que puedas cargar en la tarjeta como contamos en este diario. Según Unicef, “en la zona Sur del país se observaron enfermedades vinculadas a los déficits habitacionales en materia de calefacción y aislación térmica, como cuadros respiratorios y migrañas crónicas”. Ahí, en la Patagonia donde sacan el gas y el petróleo pero a pocos kilómetros de Vaca Muerta miles de familias siguen calentándose a garrafa o leña. Pero además el frío muchas veces se convierte en “tragedia”.

No son historias descolgadas. En el conurbano uno de cada tres chicos depende de un comedor barrial o escolar. En la Argentina cada 8 minutos un pibe deja la escuela. En el mundo mueren 18 mil niños y niñas por día por causas evitables.
Es lo que tiene para ofrecerles el capitalismo a quienes después vende como “el futuro de la humanidad”. Pero les roba, cada día, el derecho a aprender, a comer bien, a jugar. Les roba la salud y hasta la vida.

Como escribieron dos compañeras docentes hoy en La Izquierda Diario, no hay nada ningún accidente. Lo explicó hace más de 150 años Federico Engels, cuando un sistema social y un Estado “pone a centenares de proletarios en una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir, estamos ante un crimen social”.

Un sistema que desprecia la vida de los niños y las niñas no merece seguir gobernando este mundo. No hay ningún mal menor que rescate a la infancia del destino que le depara el capitalismo.

La única salida realista es la que plantea la izquierda. Con la plata que se destina a la deuda se podrían construir cientos de miles de viviendas. Si se nacionalizan los hidrocarburos se podría poner en marcha un plan de obras públicas gestionado por los trabajadores para que a ninguna casa le falten servicios básicos. Si esos servicios dejan de ser un negocio nadie tendría que arriesgar la vida o endeudarse para iluminarse o no pasar frío.

Solo a los socialistas nos importan esas vidas y su futuro.







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