Cultura

POESÍA

Un autorretrato de Van Gogh, pintado por una poeta argentina

La era de internet permite disfrutar obras poéticas que, en otro momento, eran accesibles especialmente a círculos instruidos. Es el caso de Estaciones de Van Gogh, una de las más audaces producciones de Amelia Biagioni.

Domingo 7 de agosto de 2016 | Edición del día

A meses del 16 aniversario del fallecimiento de Amelia Biagioni, la poeta que supo fascinar a Alejandra Pizarnik y estrechar la amistad de Olga Orozco, visitamos una parte esencial de su obra: el poemario Estaciones de Van Gogh, publicado originalmente en 1984 y reeditado en 2009 como parte de la “Poesía completa”, recogida por la editorial Adriana Hidalgo.

En el año 1984 era necesario acceder a bibliografía y láminas costosas para poder aprender la trayectoria del pintor Vincent Van Gogh. Más todavía en un país donde no hay museos con originales del artista. Esto habrá sido una condición importante para poder sumergirse en un singular poemario donde el lenguaje pictórico, musical y poético se entrelazan. Actualmente, el desarrollo de internet y la difusión masiva de información nos permite encontrar fácilmente todo lo que necesitamos para adentrarnos en la aventura a la que nos propone Biagioni.

El libro consta de cuatro partes, que son las estaciones por las que pasa Van Gogh a lo largo de su vida: Zundert-Paris, Arlés, Saint-Rémy y Auvers-Sur-Oise. En este trayecto, Biagioni combina fragmentos de las cartas que el pintor enviaba a su hermano Theo con su propia obra, que a veces habla en la voz de Vincent y a veces en la voz de un biógrafo del artista, casi omnipresente. En esta intersección surge, sutilmente, una tercera voz poética, revelando una suerte de identificación entre la poeta y el artista.

A continuación, transmitimos una breve reseña, publicando fragmentos de los poemas de Biagioni y las obras de Van Gogh a las que interpelan.

Vincent y Vincent

El punto de partida es Zundert-Paris, es decir, el viaje que Van Gogh emprende desde su ciudad natal hasta la capital francesa, abandonando definitivamente una fallida carrera de teología (su padre era pastor) y abrazando su destino artístico. En el primer poema de la serie, que comienza con el verso “Digo adiós a Zundert”, habla Vincent Van Gogh en primera persona, pero con el correr de las estrofas el yo poético se va confundiendo y desdoblando hasta terminar en un diálogo entre dos. De un lado, el primogénito de la familia, nacido muerto un año antes que el pintor. Del otro, el joven que está a punto de emprender viaje. Ambos se llaman Vincent Van Gogh.

Por la vez última
como en todo mi tiempo del espacio natal
taño el sendero entre difuntos
que me conduce a la fosa donde estoy
después de haber nacido muerto
  igual treinta de marzo
  mismo lecho
un año antes de mi nacimiento

El viaje del artista parte, para Biagioni, no de la ciudad en general, sino desde la tumba que lleva su nombre. En esta tensión entre la muerte y la vida discurre toda la obra.

  •  Qué harás oh Vincent sin mis días   en tu agujero vertiginoso.
  •  Seguir muriendo inmensamente Vincent.
  •  Qué haré Vincent sin ti cruzando el viento.
  •  Vivir con desmesura Vincent
    encendiendo el jardín humano
    mientras tu espalda en éste yacerá.

    Los comedores de papas

    En esta marcha de Zundert a París, Van Gogh pasa un tiempo con los mineros de una localidad de los Países Bajos. Vive tan pobremente como los trabajadores y estrecha amistad con ellos. Esa experiencia, todavía imbuida de religiosidad, lo marcó de por vida. Así, cuando ya se reconoce como profesional de la pintura, Van Gogh escribe: siento que mi obra se enraiza en el corazón del pueblo y que debo perderme en las clases más humildes para aprender la vida.
    De esta postura, citada en el poemario, surge la que se considera la primera gran obra de Van Gogh: “Los comedores de papas”, a los que Biagioni les dedica un poema.

    Imagen: Los comedores de Papas - 1885

    Arquetipos
    cofias y gorros de intemperie y zapatos desenterrados
    del acezante margen llegan a mi pintura.
    Son los que cada día cumplen sin lágrima y sin ira
    la fatiga la penuria lo ciego.

    (…)

    Pende un candil que apenas si atestigua
    pero en la mesa
    desde lo humeante hacia donde convergen las hambres
    surge una leve misteriosa lumbre
    que enhiesta humaniza recrea la carne exhausta

    Autorretrato con la oreja vendada

    Van Gogh es conocido popularmente como un “genio loco”, un estereotipo que señala a una persona cuyo enorme talento es producto de la “locura” o lo lleva a la “locura”. Van Gogh efectivamente sufrió problemas de salud y crisis depresivas. Vivió en la pobreza, dependiendo de la ayuda de Theo, bajo la condena de gran parte de su familia que lo consideraba una suerte de “oveja negra” y el desprecio de los “expertos” y mercaderes de arte del momento.

    Posiblemente el estereotipo que se le asigna es producto de la incapacidad para dar cuenta de una sensibilidad extraordinariamente aguda y adelantada a su época. En el marco de este estigma que acompaña hasta el día de hoy a Van Gogh se encuentra el episodio de la oreja. Si bien no se sabe exactamente si fue una herida auto infringida o producto de una violenta pelea con el pintor Paul Gauguin, con quien entonces convivía a duras penas en la “casa amarilla” de Arlés, el hecho pasó a la historia como parte de la “locura” de Vincent. No podía, por tanto, quedar afuera del itinerario que Biagioni nos ofrece, en este caso, en la voz del biógrafo.

    Imagen: Autorretrato con la oreja vendada - 1889

    Dentro del vórtice
      -hambre ajenjo sol mistral Gaughin-
    en la noche estallando
     filoso
     en la casa gritando amarilla
    bifurca de un tajo a su oyente del espejo rojo
    para que muertaviva escuche los abismos antípodas.

    Alguien ve al diestro alzar su trozo
    detenerlo un momento
     el del llanto ovacionante
    junto al negro bramido desangrado
     sobre la azul arena del trasmundo
    para brindarlo
      a una decapitada espectadora horizontal.

    Los remolinos y la noche estrellada

    La tercera estación que nos ofrece Biagioni hace referencia al Sanatorio de Saint-Rémy en el que Van Gogh se internó voluntariamente en mayo de 1889. En este periodo realiza varias obras, (entre ellas “La noche estrellada”). en las que se reitera el recurso del remolino, que Biagioni pone en palabras en el segundo poema de la sección.

    Imagen: La noche estrellada - 1889

    Con retorcidos rayos escarbados tumultos arabescos furiosos
     raudos párpados ráfagas oleajes cicatrices
    pinta la delirante cósmica energía el solo amor vertiginoso
      que en sus revoluciones se aprisiona y se libera.
    torrentosas figuras giradores mandalas remolineantes fondos
    soles desenroscándose
    glaucos enormes libres astros
     que danzan en la noche tornasolando consolando,
    la virulenta rotación
      ajenjo sangre azufre herrumbre
      de las vegetaciones agonistas

    (…)

    y lo que pinta es siempre la turbina de su sacrificio
     que vibra en al creciente de su espejo.

    Los cuervos

    Los últimos dos años de vida de Van Gogh fueron muy prolíficos, con más de 600 pinturas. En sus últimos dos meses firmó hasta 79 cuadros, entre ellos, “Las escaleras de Auvers” y “Campo de trigo con cuervos”, que se considera la pintura final de Van Gogh. Este es el momento que Biagioni retrata en la sección final del libro.

    Imagen: Las escaleras de Auvers – 1890

    Soy el hombre que baja la escalera
    mientras el resto del paisaje
    con grandes alas tiembla.
    Por debajo de las olas de Auvers
    acelerando el gualda
    convulsos escalones continúan
    hacia otra fosa que se apronta.

    Imagen: Campo de trigo bajo cuervos - 1890

    Lo negro abierto en alas viles
     ronda al candente espanto
     sube crece extermina cielo
    huye el camino cárdeno
     huye al revés su doble aullido verde
     huye el espacio la salida la razón
    no puedo detener los cuervos…

    (…)

    De un sol oval del doble firmamento
     brota graznando el cuervo último
     se incrusta en el inmenso pecho.

    En el momento en el que Biagioni escribe, la versión biográfica disponible planteaba que Van Gogh se había quitado la vida. Durante un episodio de depresión, se habría disparado a sí mismo en el pecho (de ahí la impactante imagen del cuervo incrustándose en el pecho que figura hacia el final del último poema) y murió dos días después en su habitación en la pensión Ravoux, en los brazos de Theo. Sin embargo, la biografía del año 2011 de Steven Naifeh y Gregory White Smith señala que en realidad el disparo fue asestado por uno de los dos muchachos que jugaban con una pistola, pero Van Gogh los apreciaba mucho y se auto inculpó para que no tuvieran problemas.

    Más allá de este debate biográfico, es en este punto en el que Biagioni desata el nudo del trayecto que va desde la tumba en Zundert hasta una nueva tumba, la que guardará los restos del pintor. El sentido se desenlaza poniendo en palabras una vida “inmensamente vivida”, un “fuego que no se puede apagar” y que “encendió el jardín humano” en cada una de las pinturas de Van Gogh. Quizá es ese mismo fuego el que encendió a una autora que, manteniéndose aislada de las modas literarias y -a veces- de la sociedad toda, dejó una obra poética imprescindible y audaz.







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