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Red Internacional

Reseñamos el libro Tundra, de Abi Andrews, editado en 2020 por Chai Editora. Un manifiesto feminista, cuya protagonista es una joven de 19 años que emprende un viaje a la tundra de Alaska, para vivir unos meses sola en la naturaleza. La idea comienza cuando, luego de ver la película Into The Wild, la autora se pregunta: ¿Cómo sería el viaje si la protagonista fuera mujer?

Sábado 16 de julio | 15:33

“–¿Qué me pasó? Nada. Creo que ahí está el asunto. Necesito experimentar algo visceral para aplacar el hambre. Y estoy harta de los hombres que me lo prohíben. Tal vez se podría decir que lo que me pasó fue el patriarcado” –escribe Erin antes de encaminarse hacia las tierras salvajes de Alaska.

La cita pertenece a Tundra, el libro de Abi Andrews editado en 2020 por Chai Editora. La lectura se siente contemporánea: con el impulso de una época en que las mujeres irrumpen en los espacios antes ocupados por hombres, una joven inglesa de 19 años llamada Erin se desafía a sí misma y va por uno que todavía no ha sido conquistado: el viejo oficio de los Hombres de Montaña. “Si yo hubiese sido un chico, mi partida habría sido un destierro, un ritual de iniciación. Las mujeres que se van siempre abandonan”, escribe.

En efecto, la literatura está llena de personajes masculinos que abandonan sus hogares haciendo oda del individualismo y la libertad. Tom Sawyer, Huckleberry Finn, los personajes de Dickens. El género de los diarios de viaje, donde los viajantes cuentan sus aventuras por el mundo. Los personajes femeninos, en cambio, son las que se quedan atrás, como Penélope esperando que Ulises vuelva de la guerra.

“El bildungsroman es un género sobre la búsqueda del Yo, y la lógica de este género es que la mujer no puede tener un yo individual y auténtico, forjado fuera de la esfera social y doméstica. Por eso quise intentar escribir un bildungsroman para chicas jóvenes” –dice la autora en una entrevista. Pero en el camino la rebeldía de Erin de actuar-como-hombre se complica y una duda transita las páginas del diario: ¿los personajes femeninos deben copiar los pasos de los hombres o deben buscar su propia forma de ir hacia lo salvaje?

Entre los grandes referentes de la vida en la naturaleza podemos encontrar a Thoreau, Jack London, el Unabomber, Jack Kerouac. Su noción de “naturaleza salvaje” no es auténtica ni neutral, sino que detrás de ese concepto hay una mirada masculina y occidental del mundo, de la naturaleza y nuestra relación con ella. Para Erin, estos escritores son tanto una guía como oponentes, los cita y se pelea con ellos.

Hombres estadounidenses que hicieron filosofía de la vida solitaria en la naturaleza, en una búsqueda por una verdad primaria, originaria, fuera de las distracciones, las obligaciones, el consumismo, la falsedad que ofrecían las ciudades y una sociedad capitalista que no hizo más que empeorar con las décadas. En 1992, el joven Chris McCandless abandona sus estudios universitarios para emprender un viaje hacia el norte de Estados Unidos, y vive un año sin ver a otro ser humano en las tierras de Alaska. Casi logra su cometido, pero antes de emprender la vuelta a la civilización come unas plantas que lo envenenan. La película sobre su viaje, Into the wild (Traducida al español como Hacia rutas salvajes), conmovió a miles de jóvenes que, como él, querían dejar todo y vivir de la tierra y la naturaleza. Entre ellos está la escritora, quien luego de mirar la película se pregunta: ¿Cómo sería el viaje si la protagonista fuera mujer?

Foto National Geographic

Las mujeres exigen su derecho al riesgo

“Si irse a la naturaleza es un retiro de las limitaciones y opresiones de la sociedad, entonces ¿no deberían hacerlo todos excepto los hombres blancos heterosexuales?”

Cualquier mujer que haya emprendido un viaje, especialmente si es con la mochila al hombro y haciendo dedo para trasladarse, sabrá de las incomodidades y los peligros que conlleva esa aventura. De manera cómica, Erin nos cuenta cómo debe sacarse la copa menstrual en medio de la tierra austera de Groenlandia, dejando una mancha de sangre que contrasta con el blanco profundo de la tierra del hielo; intenta esconder el terror que le genera subirse al único camión que pasa en horas por la ruta transcanadiense y no puede evitar llorar al dispararle a una liebre para comer.

Entre sus heroínas se encuentran Rachel Carson, una bióloga cuya denuncia al uso de pesticidas sigue siendo una referencia en el ecologismo; Lynn Margulis, cuya teoría sobre la evolución y la genética se sigue viendo eclipsada por haber sido “la esposa de Carl Sagan”; Annie Smith Peck, una montañista que, luego de ser la primera mujer en llegar a la cima de la montaña Coropuna en Perú, a modo de burla plantó una bandera donde se leía: “voto para las mujeres”.

Viendo la trayectoria de mujeres-que-ocupan-lugares, pienso que si bien decía que la obra es contemporánea, también es válido ponerlo en duda. El arte a veces tarda en acomodarse a su tiempo, o va muy lento o se adelanta demasiado y la sociedad no lo puede seguir. Se me ocurre que habría que hacer otra versión, la de una mujer haciendo un viaje a pie pero esta vez por Latinoamérica.

Annie Smith Peck y las Sweet Sister en 1896 Theodore S. Salomans

El nombre del mundo es el bosque

En efecto, nuestro continente está fuertemente atado a este oficio de Hombres de Montaña en busca de tierras salvajes para conquistar. Así como les pasó a los inuit o los esquimales en el norte, los pueblos originarios del territorio latinoamericano fueron desplazados por Hombres de Mar que cruzaron el océano buscando nuevas tierras y tesoros. La Gran Colonización y su paradoja: los nativos debieron renunciar a su derecho a caminar para que los forasteros pudieran hacerlo.

Siglos después, jóvenes enojados con su propio pasado desandan ese camino y buscan esa verdad originaria perdida, borrada, enterrada entre las pepitas de oro del progreso y la civilización. Hay que viajar, sí, pero no como viajaban los conquistadores. Si hay que pensar en un viajero innato de Latinoamérica, el nombre que aparece primero es el del Che Guevara, quien luego de cruzar el continente en moto fue un paso más allá y dedicó el resto de su vida a liberar a un pueblo entero del yugo del imperialismo estadounidense. Y cuando lo logró, siguió viajando. La revolución como vía para recuperar el derecho comunal a caminar sobre tierra libre, como lo hacían antes de la colonización. Ahora las mujeres latinoamericanas deben buscar una forma superadora de viajar.

Sin embargo, el viaje solitario no deja de ser un acto individualista, y Erin lo reconoce. “Si todos se fueran, ¿cómo se preservaría la cultura? ¿Quién cuidaría los lugares que nos importan?” –le increpa un amigo.

Pero Erin vive en un presente tecnológico y en medio de un desastre ambiental. La tundra es para ella una meca, un oasis en medio del desierto. Su peregrinación es una forma de hacer político su descontento con una sociedad patriarcal y destructiva, un capitalismo hecho de bombas nucleares y desigualdad social. Cada vez hay menos territorio salvaje que descubrir, y Alaska aparece como una tierra única e irrepetible donde encontrar el aura del pasado. Entonces, para salir del capitalismo salvaje se dirige a la tierra salvaje.

Tundra de Alaska

¿La naturaleza es feminista?

“Estamos simultáneamente excluidas y privadas de la naturaleza. La exclusión proviene de una narrativa darwiniana que señala a las mujeres como inherentemente sociales en términos evolutivos reductivos, con “instintos naturales” inclinados al cuidado. Mujeres y naturaleza son tanto sujetos no autónomos como sujetos de la mirada masculina. Ausentes y relatadas por otro”, dice la autora en la entrevista.

Tundra es un manifiesto, en el mejor sentido de la palabra. Cada contenido busca la forma que más le sirve para comunicar lo que quiere decir, y en este caso el manifiesto se expresa en forma del diario personal de una joven viajera feminista, un diario que me hubiera encantado leer cuando era una de esas adolescentes que se emocionaba mirando Into the wild. Imposible no encariñarse y desearle que pueda lograr su objetivo, aunque solo sea como venganza por todas las mujeres que se quedaron en sus casas, abandonadas por hombres que querían conquistar el mundo. La literatura necesita seguir hablando de ellas.

Hace poco más de un año, el hombre más rico del mundo subía a una nave y viajaba al espacio. Una anti metáfora que confirma que el sueño de la conquista y explotación de otras tierras sigue siendo la filosofía del capitalismo y quienes lo llevan adelante. Según Stephen Hawking, el destino de la humanidad está atado al descubrimiento de nuevos planetas habitables. Podríamos reformular la frase y plantear: el destino del hombre moderno occidental está atado al descubrimiento de nuevos planetas habitables. Su único miedo es morir antes de lograrlo.

Pienso que tal vez no estaría mal que sigan viajando por el espacio, y dejarlos ahí, flotando en la galaxia. El mundo no los necesita. Quienes nos quedemos, podremos comenzar a reparar este planeta devastado y construir a partir de las cenizas; hasta que los desplazamientos no sean por exilio, expulsión, o escape del lugar de origen, no sean por guerras o desastres ambientales, sino, solamente, por el placer de explorar el mundo.




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