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Red Internacional

Lo primero que llama la atención es la cantidad de alambre tejido lleno de púas por todo el perímetro. Las ventanas llenas de barrotes, cómo si nos fuéramos a escapar en algún momento.

Jueves 2 de junio | 08:56

La mía es gris, se podría decir. Lo primero que llama la atención es la cantidad de alambre tejido lleno de púas por todo el perímetro. Cómo una cárcel: las paredes pintadas de color ceniza, cemento por todos lados, cámaras que te siguen como un algoritmo. Las ventanas llenas de barrotes, cómo si nos fuéramos a escapar en algún momento.

Un compañero que ya no está, Cardozo, siempre gritaba en el micro: "¡Llegamos a San Quintín!". Y tenía razón: se parece a una cárcel esto. Cardozo era como un Robin Hood para nosotros, nos regalaba de todo: café, vino, sandwiches de miga y otras cosas que no se puede decir cómo las conseguía.

Nos levanta el micro en algún punto de la ciudad y nos lleva hasta el aeropuerto, que como todo aeropuerto queda alejado de la urbe, “zona inhóspita” se le dice. Al llegar, entre vidrios empañados, se ve el vapor de alguna chimenea, los rollos de alambre de púa, brillantes y filosos, las luces azules del patrullero en la puerta, la chapa de los tinglados que empieza a llorar. Una vez que bajamos de los micros nos lanzamos en manada.

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Pero antes de hacer lo que sabemos, nos tenemos que formar en fila. Estas llegan a ser de dos cuadras de largo, sin exagerar. Con lluvia, frío, niebla, escarcha, en zona inhóspita. Vos dirás “¿por qué? ¿Dos cuadras?”. La respuesta es que nos espera el cacheo. Nos cachean y nos revisa la policía. Antes salimos escrachados en todas las cámaras y en todos los planos que te imagines, estilo “Gran Hermano”, o como en una película de terror. Ahí nos espera el escaner donde ponemos nuestras mochilas, donde llevamos lo más preciado: el taper con la comida, algo de ropa y algún libro. Es horrible ese momento de entregar el bolso a una máquina que te escanea con rayos X el morfi. Pero eso no es nada: a nosotros nos hacen sacar hasta el cinturón, para pasar por un arco de detección de metales. Siempre suena: si tenemos muelas arregladas, pernos, aros, lentes, tornillos en el cuerpo… ¡cómo no va a sonar! Entonces sí viene el famoso cacheo. Nos palpan a todos y a todas, como en una cárcel. No quiere decir que sean lo mismo las fábricas y las cárceles, pero los obreros y los privados de su libertad tenemos el mismo verdugo, el capitalismo.

Acá se ve todo: desde los alambres de púa hasta la policía oficial, pero también se ve la otra policía, la que se te hace la amiga. ¿Que cuál es esa? La burocracia sindical; esos que cuidan bien que nada mejore, que nada avance en contra del patrón. Esos que meten miedo con las patotas a sueldo y son los garantes de la tercerización. Siempre diciendo: "cuidá el trabajo, mejor votanos a nosotros". Pensándolo bien, son la verdadera policía, porque regimentan todo, buscan información para su amo el empresariado, y así se mantienen en sus sillones. Mirá que pasan compañ[email protected], presidentes, y ellos siempre ahí atornillados; la palabra asamblea ya no les sale de la boca.

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Hoy en día entrar a una fábrica es muy parecido a entrar a una cancha de fútbol. Llegás, están la policía que te palpa, los perros, los hidrantes, las motos. Después vienen los molinetes donde te sacan fotos, te filman, hasta que pasás todos esos filtros. Ahí recién te encontrás con los tuyos, la manada que la agita siempre y hasta el final.

También en la cancha te topás con las patotas, que en más de un caso son las mismas que maneja la burocracia sindical; pero son los menos si te pones a contar números. Esto no es nuevo, como tampoco son nuevas las cárceles. Ahí también hay alambres de púa, policía por demás, cámaras, sobrepoblación, hacinamiento, frío, escarcha, luces azules, abuso de autoridad y miles de falencias inhumanas, cómo en las fábricas.

¡Mirá en que convirtieron el mundo los empresarios, con la complicidad de tipos como estos! Lo que le hacen a la naturaleza. El capitalismo necesita estás cárceles, estás fábricas, para sobrevivir. Es como una ecuación matemática: millones de pobres y una minoría, una casta (palabra que está de moda) que vive su paso por este mundo como dioses, a costa de la explotación de los laburantes. Los barrotes, las púas, los grises, la contaminación, son expresión de su avaricia, su egoísmo, su bienestar.

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Ayer le pregunté a Micaela y a Yamila, las compañeras de limpieza que vinieron al taller, ¿de qué color pintarían las fábricas? “Verde”, me dijeron sin dudar. Se entiende. El verde viene siendo el color elegido por las compañeras en la campaña victoriosa por la legalización del aborto, libre, seguro y gratuito. ¿Será por eso la elección del color? El verde también se encuentra en el césped de las canchas de fútbol, y también está en los colores de la fábrica ex Zanon, hoy Fasinpat. Allá en Neuquén ocurrió algo hermoso: en plena huelga de los trabajadores, los privados de su libertad de la Unidad 11 decidieron donar su ración de comida a los obreros de la planta de cerámicos. Fue un gesto enorme de la clase trabajadora, ¡decime si no te levanta la moral ! Y la conciencia. Ellos también son víctimas de este sistema podrido. Gestos solidarios, que se entienden rápido, que no hay que explicar mucho, ya están en el saber, en el sentir.. ¿de qué lado estás?. Me contaron que [email protected] [email protected] de Fasinpat donaron materiales para la construcción de una sala de espera para los familiares de los detenidos.Esos lazos son los que hay que tejer, los que hay que contar.

En estos días Fasinpat cumple 20 años. Años de experiencia, de escuela de guerra para los trabajadores. Su control obrero es un gran ejemplo para el mundo, demuestra que hay salidas superadoras para nuestra clase. Nadie dice que es fácil, pero tenemos la necesidad de tomar partido, de llenar de colores las fábricas, los ríos, los bosques. Tenemos que arrancar las púas, los barrotes, porque los grises no entran en el arcoiris.

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