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Red Internacional

Entrevistamos a Paula Guitelman docente e investigadora, autora de "La infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken".

Miércoles 17 de noviembre | 00:05
Mar Ned | Enfoque Rojo

La primera edición de Billiken, creación de Constancio Cecilio Vigil para la editorial Atlántida, apareció el 17 de noviembre de 1919. Representó una innovación de la idea de las publicaciones infantiles. Detrás de esa novedad se escondía el clima político y cultural de la época, la promesa de progreso social y económico como destino final de un país considerado excepcional.

No fue la única publicación que se atrevió al cambio, si tenemos en cuenta que de conjunto el panorama de los medios escritos reformuló sus proyectos. Así diarios como La Prensa y La Nación, para elegir dos tradicionales, se habían renovado unos años antes dejando atrás el sello fundacional de periódico faccional, incorporando temas más allá del interés partidario. Tal vez haya sido el periódico Crítica (1913) el que mejor asumiera el modelo aspiracional del momento, tras el impulso de la alfabetización, en la búsqueda de potenciales lectores de clase media y popular.

Para el primer número de la revista Billiken, la Editorial Atlántida (fundada en 1918) empezaba a convertirse en una referencia entre las publicaciones semanales, con la salida de Atlántida que reunía a periodistas y escritores destacados. El origen del nombre de la revista es un tema en disputa. Se cuenta que Billiken debe su nombre a la historia del inglés Billy Kent, creador y fabricante de un amuleto que llevaba el mismo nombre, conocido por la buena suerte que prodigaba entre la gente.

A mediados de 19́20 la revista inició una etapa que sería su marca distintiva de la mano del heredero Carlos Vigil, quien direccionó la publicación como un recurso de acompañamiento de los programas educativos, de bajo costo, sin abandonar el perfil de entretenimiento. “Educa y entretiene” fue la fórmula de éxito, que la proyectó además hacia otros destinos latinoamericanos como Perú, México e incluso España. La publicación se sumó a su manera a otros dispositivos culturales y a la activa intervención estatal que intentaba homogeneizar la pluralidad de trayectorias de la “era aluvial” en palabras de Jose Luis Romero. Como ha analizado Ezequiel Adamovsky (Historia de la clase media), la imagen del ciudadano ideal construido por el Estado, difundido entre las clases populares, era el que actuaba políticamente de manera “razonable" (delimitado de los métodos obreros), blanco y de origen europeo y el que dedicaba sus mayores esfuerzos al mundo privado y familiar. Billiken colaboraba en la construcción de estas representaciones en el mundo de la niñez, revalorizando dos instituciones claves y en apogeo para la década: la vida familiar y la escuela. Como analiza la historiadora María Paula Bontempo (Los niños de Billiken, Anuario del Centro de Estudios Históricos "Prof. Carlos S. A. Segreti", núm. 12, 2012) dos modelos principalmente moldearon en esos años el ideario de las infancias: el primero, el de los niños y niñas que transitaban la escolaridad y la contención de la familia y el segundo, el de los “menores”, por el que determinados niños y niñas de los sectores populares fueron excluidos de la “niñez”. En este último caso, la investigadora María Carolina Zapiola señala que sea por pobreza, abandono o marginalidad estos grupos quedaban bajo control y tutela del Estado por la Ley de Patronato Estatal de Menores (Ley 10.903), definidos en ese texto como “menores delincuentes” y “menores material o moralmente abandonados”.

Billiken hizo del primero su público privilegiado. La revista logró transmitir aquel mensaje moralizante dialogando con situaciones cotidianas, acompañando los programas de enseñanza y la institucionalización de las fiestas patrias, reglamentadas y oficializadas en el ámbito educativo (en el que conviven todas “las clases”) para promover los valores que ya la Generación del 80 proyectaba para la “próspera colonia agropecuaria de la Bolsa británica”. El modelo de niñez propiciado por la publicación, con roles asociados a cada género, era la del personaje ordenado, aseado y respetuoso, transitando espacios de sociabilidad como la escuela, las asociaciones de beneficencia, y otros públicos como las plazas, todos compitiendo con la calle que, como lugar de juego casi natural en las barriadas, era considerada peligrosa y debía ser evitada. Durante las décadas siguientes se fueron incorporando distintos materiales para trabajar en las escuelas, sin abandonar lo lúdico y el recurso de la historieta como la serie de “Comeuñas” de los años ‘30 o las “Aventuras de Pi-Pío”, de Manuel García Ferré entre 1952 y 1960.

Si en sus inicios la revista fue promoviendo el modelo de infancia asociado a las identidades y valores de una clase media en formación, esa imagen se fue reconfigurando con los cambios políticos que se dieron en el país. Así ocurrió bajo los años de la dictadura militar cuando Billiken se convirtió en un semanario editado bajo estado de sitio y distribución amplia en los quioscos. Para conocer a fondo esta etapa de la publicación conversamos con Paula Guitelman, autora de La infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken (Prometeo), docente e investigadora, Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Magíster en Comunicación y Cultura (FSOC-UBA). Cursó el Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA y actualmente se encuentra realizando su tesis doctoral.

Paula Guitelman: “El discurso de Billiken fue funcional al disciplinamiento de la vida cotidiana”




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