Mundo Obrero

CRÓNICA

Trabajar desde los 10, levantar casas, soñar la propia: historias de Guernica

Mucho se habla sobre quiénes son las y los que protagonizan una de las peleas por la vivienda más impactantes de la última década. Diez historias de precariedad laboral y de la vida.

Lucho Aguilar

@lukoaguilar

Sábado 10 de octubre | Edición del día

Foto I Matías Baglietto, Enfoque Rojo.

Juan habla tranquilo, seguro, como si hubiese contado la historia mil veces. “A los 9 años empecé a laburar en la construcción. Hice todas las changas que te imagines. A los 16 me corté la mano con la moladora cortando metal. Mirá como me quedó. ¿En blanco? Nunca tuve un recibo de sueldo. Y tengo 24. Con la pandemia me quedé sin trabajo así que volví a cartonear. Pero la calle está jodida, no podés a cruzar a Capital donde pagan mejor el kilo. Además ahora hay banda de gente cartoneando. Así que no me quedó otra, acá estoy. Por eso te digo que lo que estamos pasando es por necesidad, ojalá fuese fácil como algunos la ven. Yo tengo cuatro pibes. Todo esto es por ellos”.

Foto I Javier Chimenti, Matías Baglietto.

Hace poco, cartoneando en un barrio lindo, se encontró un juego de baño casi intacto. “No sabés lo que es. Se acercó un chabón, peló la billetera y me dijo ¿cuánto? No lo vendo pa, lo quiero para mi casa” cuenta Juan y recorre con la mirada el pedazo de tierra en el que vive desde hace casi tres meses en el barrio 20 de julio, en Guernica.

“Lo quiero para mi casa” repite. Y sonríe.

1. Nunca tuve un trabajo bueno

Guernica se ha transformado, en las últimas semanas, en una astilla de la Argentina. Esas que ponen en crisis todos los relatos. El retrato vivo, provocador, de los contrastes que sostienen este sistema. Ahí en el barrio 20 de julio, demarcado por palos, cintas y zanjas, un carro cartonero estacionado junto a la casilla. Allá en el country Malibu, a un par de kilómetros, un camino iluminado de antorchas conduce a una mansión rodeada de piletas climatizadas y autos galácticos.

A esa realidad sin matices, el Estado y la mayoría de los medios han intentado desdibujarla. Han puesto el foco sobre quiénes son los “intrusos”. ¿De qué viven, qué negocios hay detrás, por qué no pagan un alquiler, un terreno? ¿Son vagos? ¿Delincuentes?

Desde adentro de los lotes, de las casillas sin número, están las verdaderas historias.

Cecilia habla sin perder de vista a sus hijas que juegan en el festival que armaron las docentes. “Mi marido hacía carga y descarga, pero con la pandemia no pudo trabajar más. Por ahí alguna changuita. Yo trabajé en la limpieza de Pami, pero el dueño de la contratista no nos pagaba así que renuncié. De ahí a limpiar casas por hora. Nunca tuve un trabajo en blanco, un trabajo bueno. Y eso que tengo 40. Así que no pudimos pagar más alquiler. Por eso me vine”.

Foto I Sebastián Lineros, Javier Chimenti.

¿De qué viven, qué negocios hay detrás, por qué no pagan un alquiler, un terreno?

Melody también trajo a su nena a jugar. Al menos pudo terminar la secundaria y estudiar lo que le gustaba: "estética", dice con orgullo. “Siempre laburé de eso, en relación de dependencia, pero siempre ‘en negro’. Y eso que trabajé en Palermo, Caballito, Belgrano, Adrogué”. Señoras coquetas y coiffeurs de apellidos raros, pero el primer recibo nunca llegó. “Todo a comisión. Podés sacar 14 o 18 mil pesos y haciendo de todo”. Con esa plata se supone que una madre soltera tiene que alquilar, comer y mandar su hija a la escuela. Como mínimo. “La última vez que fui al centro a laburar fue el día que empezó la cuarentena, después no pude salir más”.

Tomás frena la bici con la que recorre la toma todos los días. En otra bici arrancó a laburar cuando tenía 15 años, hace 10. “Era repartidor. Después ya arranqué en la venta ambulante en el tren, la calle, los colectivos. Por ahí enganchaba changas de albañilería, electricidad, lo que fui aprendiendo. No sé lo que es un laburo en blanco”. Y no es que no le puso “esfuerzo”, como dirían los comentaristas de la tele. “El año pasado terminé la secundaria. Pero hoy no te sirve un secundario para pegar un trabajo bueno. A lo sumo limpieza y cosas así. Mucho laburo y poca retribución”.

Foto I Joaquín Díaz Reck, Enfoque Rojo.

Javier trabaja como tercerizado de Latam en el Aeropuerto de Ezeiza. Llegó el 25 de julio preocupado por las amenazas de despido. “¿Qué hago si me quedo sin laburo? Por lo menos acá puedo tener una base para arrancar. Vivo con la mamá de mi mujer. No es una casa muy grande, por eso buscamos un lugar. Queremos un pedacito de tierra”.

Las historias desmienten, sin vueltas, el relato oficial. A la precariedad de siempre ahora se sumó el garrotazo de la pandemia. Un golpe que no repartió a todos por igual.

Lo confirman los datos oficiales que se conocieron hace pocos días.

Según el Indec, hasta el segundo trimestre se perdieron al menos 3,6 millones de puestos de trabajo, 1,2 millones solo en el Conurbano. ¿Y ahora en cuánto estaremos?

Pero el dato clave es que dos millones de esos trabajos perdidos son lo que llaman “asalariados informales”, sin descuento jubilatorio. Y un millón son “cuentapropistas”, en gran parte también precarios. Son los números “macro”, como dicen los economistas, que reúnen las historias que vamos escuchando.

Foto I Matías Baglietto, Enfoque Rojo.

Los que más perdieron son, justamente, los más precarios. Los que se ganan el pan trabajando a destajo, a comisión, por día, por hora, por pieza. Las que esperan un mensaje, golpean puertas, hacen las filas que hagan falta. Los que llevan ofertas para la dama y el caballero. Tercerizados o contratadas en el mejor de los casos. Laburantes de segunda o tercera la mayoría de las veces. Sin recibo, sin derechos. Aunque levanten casas desde los 10 años. Las propias y las de Malibu. Y después de levantarlas las limpien, les corten el pasto, les junten las pelotitas de golf, les saquen la basura, la revuelvan buscando cartón y aluminio.

Hasta el segundo trimestre se perdieron al menos 3,6 millones de puestos de trabajo. 2 millones eran “asalariados informales”.

2. Entre ladrillos y rosas

Los barrios del predio de Guernica están cruzados por distintas generaciones. Pero sobresalen muchas familias o parejas jóvenes, o mujeres que llegan huyendo de la violencia de género.

Foto I Matías Baglietto, Enfoque Rojo.

Isaías se acomoda la gorra y al final se anima a hablar. Tiene 26 años. “Estaba haciendo albañilería 3 o 4 días en la semana, la veníamos bancando hasta la pandemia. Ahora mismo estoy sin laburo, esperando cualquier changa. Empecé a laburar a los 10 años como ayudante de albañil. Cuando no pegaba obras vendía rosas en los semáforos. ¿Laburo en blanco? ¿Así con recibo, obra social? Nunca maestro…”.

“Mi primer laburo fue en La Salada, cocinando o atendiendo. Me pagaban por noche”, cuenta Yamila de 23. “Tenía 12 años y necesitaba comprarme ropa porque en casa no alcanzaba. Siempre en la feria o cuidando a los chicos, pero laburo en blanco nunca tuve. Nunca. Ahora cartoneamos con mi pareja, pero con el cartón se vive día a día”. Día a día, con suerte.

Fernando tiene 24 pero parecen más. “A los 9 mi tío me llevaba a las obras a aprender, a los 10 empecé a laburar. A los 15 me vine de Paraguay. Pegué en una zapatería, eso me gustaba, pero cerró y tuve que dejar el colegio y volver a la obra. Una lástima. ¿Recibo de sueldo? Nooo” dice, como si fuera una pregunta estúpida. “Hasta ahora ningún laburo lindo, che, ninguno. Pego una changuita, dejo de laburar, agarro otra…y así”.

Foto I Joaquín Díaz Reck, Javier Chimenti.

Las historias se suceden. Distintas pero parecidas. Rosalía tiene 20 años y trabajaba de empleada de casas particulares. “Como mucha gente, con mi pareja nos quedamos sin trabajo, no pudimos pagar el alquiler”. Nicole tiene 25 y estudiaba enfermería en la UBA. La crisis también la dejó sin trabajo y sin techo. Matías tiene 22. Con sus 8 amigos se quedaron sin laburo cuando se paró la obra. “Estos meses estuve cortando pasto, limpiando zanjas, lo que venga. Ahora la policía no te deja salir si no tenés permiso”. Te persiguen si no laburas y si laburas te persiguen.

La misma pregunta, las mismas respuestas. Empecé a laburar a los 10, a los 12. En blanco nunca.

Hasta ahora ningún laburo lindo, che, ninguno. Pego una changuita, dejo de laburar, agarro otra…y así

Si el Gran Buenos Aires y sus sucesivos cordones están atravesados por esa precariedad laboral, la juventud se lleva todos los “premios”. Según el último estudio divulgado por el Gobierno bonaerense, en julio de 2018 había 1.250.000 jóvenes de entre 16 y 24 “económicamente activos”. Un millón estaban ocupados, la mayoría como asalariados y otra parte “por cuenta propia”. Las y los desocupados eran 280 mil. Pero de quienes no estudiaban ni trabajaban, “ni-ni”, gran parte eran mujeres que realizaban las tareas de cuidado no remuneradas.

En ese momento, el trabajo sin registrar de la juventud “bonaerense” llegaba al 60,5 %.

Mal que les pese a algunos, esos números no los trajo el ajuste de Macri, ni Vidal, que igual aportaron bastante. Como cuenta Nicolás del Caño en su libro Rebelde o precarizada, “Daniel Scioli gobernó la Provincia desde 2007 hasta 2015. Cuando llegó el trabajo no registrado entre la juventud estaba en 53,8%. Cuando dejó el cargo ese número superó el 61%. La desocupación arrancó en 17% y terminó en 20%”.

Foto I Javier Chimenti, Joaquín Díaz Reck.

Los números son durísimos. Como las historias. Lo peor es que después de la pandemia todo empeoró.

Según los datos de pobreza difundidos por el Indec la semana anterior, la pobreza ya alcanza a más de 18 millones de personas. Pero el sector que más perdió son las y los jóvenes de entre 15 y 29 años, para quienes aumentó más del 7% a nivel nacional. Por eso, hoy la mitad exacta de esos pibes y pibas son pobres.

Según los datos oficiales de desocupación, esa generación también es la que más perdió. Para las mujeres jóvenes aumentó 5 puntos en relación al año pasado, para los varones jóvenes aumentó el 4%.

Del andamio a las rosas en el semáforo, al cartón, a la nada.

Con la pandemia, donde más creció la pobreza según el Gobierno es en los jóvenes de entre 15 y 29 años. La mitad ya es pobre. También son la generación en que más aumentó la desocupación

3. Parte de la clase trabajadora

En las últimas décadas, el neoliberalismo ha atacado muchas de las conquistas que obtuvo el movimiento obrero en otros momentos históricos. La “precarización laboral” ha sido una de las principales formas de aumentar la explotación capitalista, rebajando condiciones de trabajo, salarios, derechos, dividiendo las filas obreras.

Cada historia, cada “trayectoria laboral”, ayuda a entender quiénes fundaron los nuevos barrios. El 20 de Julio, La Lucha, La Unión y el San Martín.

No son “excluídos” del sistema. No son “marginales”. No son, en su inmensa mayoría, desocupados “consolidados”. Son la consecuencia de esa guerra del capital contra la clase trabajadora y sus sectores más explotados. Tercerizados, “cuentapropistas”, sin registrar, “informales”, changarines, desempleados.

Foto I Sebastián Lineros, Enfoque Rojo.

Algunos, como quienes trabajan en la construcción y los servicios, estarán disponibles si viene una “recuperación”, algo que no parece fácil. Pero mientras dura la crisis son arrojados a la desocupación o a los trabajos más precarios, intermitentes, irregulares, peores pagos.

No son “excluídos”, no son “marginales”, son la consecuencia de esa guerra del capital contra la clase trabajadora

Son parte de una generación que apenas vivió la crisis de 2001, cuando la desocupación llegó al 25%. Pero que creció en la “nueva normalidad” que mantuvo muchas de las conquistas empresarias de la década del 90. Por eso el “trabajo en negro” nunca pudo perforar el piso del 30%, los salarios reales jamás se recuperaron, la flexibilización laboral se mantuvo y se extendieron otras fórmulas empresarias como la tercerización y un montón de servicios “informales”. El Estado estuvo "presente" en toda esa ofensiva, con la tercerización y los contratos basura.

4. Sin recibo, sin laburo, sin techo

Esa precarización laboral se transforma, inevitablemente, en precarización de la vida. De la salud, la educación, la vivienda.

Con salarios miserables, por fuera del sistema bancario, con un Estado que deja el problema de la vivienda en manos del mercado o directamente hace de inmobiliaria de los ricos como la intendenta Blanca Cantero, el primer sueño negado es el de la casa propia. “Estaba de prestada en lo de un familiar” cuenta Melody. O los empuja al hacinamiento de varias generaciones en el mismo techo. “Vivíamos en la casa de mi suegra” coinciden Fernando y Javier. El último empujón es directamente a la calle. “O comprábamos la comida y ropa para las chicas o pagábamos el alquiler” remata Cecilia.

Foto I Sebastián Lineros, Enfoque Rojo.

Para la juventud el drama es aún peor. Según los censos oficiales, en plena crisis de 2001, casi el 30 % de los jóvenes de 15 a 19 años tenía una vivienda deficitaria (casilla, hotel familiar, ranchos). ¿Cuánto mejoró esa situación tras casi una “década ganada”? Casi nada. En 2010, el 27% estaba en la misma situación. Para quienes tienen entre 19 y 29 años es muy parecido. En 2001 el 28% tenía una vivienda deficitaria, en 2010 era el 25%.

La precarización laboral se transforma, inevitablemente, en precarización de la vida. De la salud, la educación, la vivienda.

Pero si medimos el hacinamiento es mucho peor. Pasamos del 8% al 18 % en esos 10 años. O sea que lo que más creció fueron las generaciones amontonadas en una misma casa. Tuvieron que llevar a sus familias a la habitación donde ellos mismos nacieron o en el mejor de los casos construirse una en el fondo de los viejos.

Con la crisis que llegó, para cientos de miles de jóvenes el sueño de la casa propia directamente se derrumbó hasta empujarlos a la calle. Eso es Guernica.

5. Hasta que ganemos

Cuando uno viaja por la Avenida Néstor Kirchner puede ver a la izquierda los countries y sus lujos obscenos y a la derecha las casillas de nylon que quieren desalojar. No le podemos echar la culpa a la derecha. Hace décadas que al partido de Presidente Perón lo gobierna, valga la redundancia, el peronismo. Parecido al país y la Provincia. San Eliseo y Malibu, el 20 de Julio y La Unión, son las caras de la misma moneda.

Como dice Javier, “nos tratan como delincuentes y no como trabajadores que necesitan un lugar. Le dan más prioridad a la gente que más tiene. Construir para gente de plata, con canchas de tenis y rugby, les interesa más que tener un barrio de gente trabajadora”.

Foto I Joaquín Díaz Reck, Enfoque Rojo.

Tiene razón. ¿Cuántos ladrillos han puesto, desde los 10 años, Juan, Fernando, Matias, Isaías y sus vecinos? ¿Cuántas casas limpiaron Cecilia, Yamila, Rosalía? Pero les quieren negar una. Quieren que se arreglen con unas chapas, un cheque para alquilar unos meses y volver a la angustia.

Y entonces la pregunta inevitable, la última. ¿Hasta cuándo se van a quedar?

El invierno y la lluvia los castigó, es cierto. La tortura permanente de la amenaza del desalojo y las maniobras de los funcionarios “progres” los golpea. También es cierto. Pero siguen ahí, con las mujeres y los jóvenes al frente. Como dice Cecilia, “estoy desde hace 3 meses y me voy a quedar hasta lo último con mis hijas. Quiero un lugar para vivir”. “Yo no la quiero para mí”, dice Fernando. “La quiero para mis hijas. Para que el día de mañana estén bien, que no les digan nada, que tengan su propia pieza, que no les falte nada”. Y las mira, enroscadas en las piernas de su madre, coloradas de vergüenza.

Y entonces la pregunta inevitable, la última. ¿Hasta cuándo se van a quedar? “Vamos a estar hasta que ganemos. Hasta que consigamos un pedazo de tierra” dice Rosalía mirando la cámara. Y uno la escucha y le cree. Hasta que ganemos.

***

Juan corre por la avenida de pasto imaginaria. Se ríe. Imita la risa de Lío y Fran, sus hijos, que corren delante de él, endemoniados. Hace un rato terminó de rodear su casilla con una zanja por si llueve otra vez. Pero es domingo y por un rato se olvidaron de la fecha que les puso el juez. Se olvidaron de lo que dicen en los diarios y la tele. Corren entre avenidas imaginarias y casas todavía soñadas. Porque la toma sigue ahí, desafiante, para confirmarle a los funcionarios y a quienes se creen dueños de la tierra, que no bajan los brazos. Que trabajan cada día, junto a quienes se solidarizan y apoyan su lucha, para que ese sueño se haga realidad.

"Todo esto es por ellos”.






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