Tigre: la mugre de los ricos no se limpia sola

Les trabajadorxs son rehenes y sufren contagios en los barrios privados de Rincón de Milberg. Mientras, los ricos hacen picnics. Relatos de trabajadores y trabajadoras del Club Hacoaj.

Viernes 14 de agosto de 2020 | 22:58

En los barrios privados, los trabajadores de mantenimiento de espacios verdes y toda una gama de oficios que mantienen esa burbuja de privilegios separada de la sociedad, están expuestos cotidianamente a los contagios. Lejos de las imágenes publicitadas, abundantes en naturaleza y tranquilidad, quienes se desempeñan diariamente saben de la falta de protocolos, de los nervios tensados por la falta de elementos de seguridad e higiene.

Es el caso de L, personal del Barrio Privado Club de Campo Hacoaj, Rincón de Milberg (Tigre), que nos acercó un relato de la situación que padecen. “Un compañero jardinero fue a trabajar a una casa. Preguntó si tenían covid, si cumplían aislamiento. Le dijeron que no, que no se preocupe. Después, hablando con gente del barrio, se enteró que era mentira. Se habían hecho el test y dio positivo a todos en esa casa. No fue más porque es asmático, es persona de riesgo.” Una frase que remarca L, de una charla con su compañero: "no les importamos nada, lo único que les importa es tener los trabajos hechos, después si te contagias es problema tuyo, cualquier cosa contratan a otro".

¿Y si los ricos lavaran sus platos, su ropa sucia? Parece que no, ni ahora, ni antes, ni mañana. "Tengo una amiga" -continua L - "que es empleada en una de las casas. Nos contó que el jefe, que iba a capital casi todos los días, se infectó. Contagió a su familia y a mi amiga. Ella, como no lo sabía volvió a su casa, por el fin de semana y contagió a su familia”. La desigualdad es latente cuando la familia del empleador se aisló pero sin embargo la trabajadora doméstica tenía que seguir trabajando para ellos.

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“A muchas empleadas las tuvieron prácticamente secuestradas durante meses, por la cuarentena. No las dejaban ir a sus casas, ni ver a sus hijos. Les mentían diciendo que era por su seguridad. La realidad era que si una empleada salía ya no podía volver a entrar durante la cuarentena estricta. Entonces para no quedarse sin alguien que les limpie la casa y les críe a los hijos, directamente no las dejaban salir.” Cuenta otro caso, otra trabajadora que intento salir a ver a sus hijos pero no pudo: “Me pidió ayuda para sacar el permiso de circulación. Pero cuando llegó el punto de pedir el CUIL del empleador no pude ayudarla más. Porque sin el CUIL de su jefa no podía salir. No pudo irse, estaba de rehén prácticamente. No tenía el permiso de la jefa. Ella quería ir a ver a sus hijos de 13 y 15 años que estaban solos desde el inicio de la cuarentena. En ese momento había pasado mes y medio y seguíamos en cuarentena estricta”.

Uno de los casos más escandalosos por los cuales la realidad de las trabajadoras de casas particulares saltó a la luz es el de Nicol Neumann pero la situación de la mayoría de las empleadas domésticas en barrios cerrados está en ese ambiente de explotación.

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Hay una imagen que cuenta L que clarifica cómo, lejos del “quédate en casa” en esa tierra privada las normas se acomodan a gusto de los poseedores. Y el municipio, nada. “Hay más de 10 familias infectadas en ese club de campo. Pero no se sabe cuántas realmente, porque 10 fueron las que avisaron a la guardia. Mucha gente miente para no hacer la cuarentena. Hacen reuniones, pic-nics. Y nosotros vamos a laburar ahí. Los templos están cerrados pero en ese barrio hay un propietario que usa una de sus casas como templo.”

Estas denuncias se suman a las muchas más que llegan a este medio a través de trabajadores informales de barrios como Nordelta. La vida de los trabajadores importan.







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