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¿Tarifas aduaneras para luchar contra el cambio climático? Una artimaña capitalista

Scott Cooper

COP26

¿Tarifas aduaneras para luchar contra el cambio climático? Una artimaña capitalista

Scott Cooper

Ideas de Izquierda

[Desde EE. UU.] En el marco de la reciente COP26, los principales países capitalistas han impulsado la idea de imponer aranceles a determinadas exportaciones como forma de reducir las emisiones de carbono. Pero estas propuestas son en realidad para apuntalar la capacidad del capitalismo occidental para competir con China.

En vísperas de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26) que se desarrolló en Glasgow entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre, dos presidentes —Joe Biden y Ursula von der Leyen, de la Unión Europea (UE)— alcanzaron un acuerdo que se anuncia como un “pacto verde sobre el acero”. El acuerdo revierte el arancel del 25 % que Donald Trump había impuesto a las importaciones de acero de la UE, lo que había provocado aranceles de represalia, pero utiliza el mismo enfoque de ambas partes contra otros países “que no cumplen con los estándares de producción de acero de baja emisión de carbono”, países que casualmente están eclipsando sistemáticamente a Europa y Estados Unidos en lo que respecta a la cuota de mercado.

Ciertamente, no es una idea nueva utilizar los aranceles sobre el comercio como forma de reducir las emisiones de carbono. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz planteó la idea en 2006 en una reunión del Centro para el Desarrollo Global, donde argumentó que “si se puede imponer una sanción comercial para salvar una tortuga, se puede imponer una sanción comercial para salvar el planeta”. Pero, como deja claro el Wall Street Journal –el portavoz de un importante sector de la clase dirigente estadounidense–, aunque no sea deliberadamente, esas medidas no pueden considerarse exclusivamente para abordar el cambio climático, si es que realmente se trata de eso. “La idea tiene el potencial de reescribir las reglas del comercio mundial”, señala el Journal, y servir a muchos más a los intereses del capitalismo.

El plan, continúa el Journal, “se enmarca en un esfuerzo por frenar el exceso de capacidad mundial de acero y aluminio, que las autoridades estadounidenses han atribuido en gran medida a China”. ¿Qué tiene eso que ver con las emisiones, concretamente? Nada. Pero tiene todo que ver con las ganancias, la competencia y el imperialismo. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el exceso de capacidad siderúrgica mundial es 5,8 veces la capacidad productiva de toda la industria siderúrgica estadounidense. Eso significa que las empresas están produciendo a una escala inferior a aquella para la cual las fábricas han sido diseñadas, y cuando hay un exceso de capacidad, las empresas tienen problemas para vender sus productos por una cantidad igual o superior a los costes de producción.

Perder dinero no es el interés de los fabricantes de acero estadounidenses, y el exceso de capacidad tiene también otras implicancias. El Instituto de Política Económica afirma:

El exceso de capacidad masivo impulsado por las subvenciones y otras políticas anticompetitivas solo puede ser eliminado por estos productores que inundan los mercados de Estados Unidos y de otros países con exportaciones, lo que supone un daño material para los productores de acero de Estados Unidos y pone en riesgo la capacidad de la industria estadounidense para mantener las operaciones, crecer e invertir en áreas esenciales para la defensa nacional, la infraestructura crítica y el bienestar económico más amplio.

No se menciona el medio ambiente, las emisiones o el cambio climático. Entonces, ¿qué hay detrás de todo este palabrerío sobre las tarifas aduaneras?

En un artículo de 1929, Trotsky escribió: “Las tarifas aduaneras, a pesar de que retrasan el desarrollo de la economía en su conjunto, se erigen precisamente porque resultan beneficiosas e indispensables a cada una de las burguesías nacionales en detrimento de las otras”. Es un punto de vital importancia que hay que tener en cuenta cada vez que los capitalistas plantean el fantasma de las tarifas aduaneras por alguna otra razón, especialmente como mecanismo para lograr algún tipo de “bien social”, como la reducción de las emisiones.

¿Qué son los aranceles?

Los aranceles son un impuesto que un país impone a las importaciones, y están diseñados para encarecer los productos fabricados en el extranjero. El objetivo es ayudar a los productores nacionales de los mismos bienes o, en algunos casos, obligar a los exportadores de otros países a reducir sus precios para seguir siendo competitivos. Pero como todo economista honesto, burgués o no, diría, los aranceles funcionan, en esencia, como impuestos sobre los consumidores. Dan lugar a precios más altos para la gente del país que impone el arancel, porque es el importador, no el exportador, el que paga el arancel.

Las facturas de los aranceles se pagan cuando las mercancías llegan al puerto de entrada, y el dinero va al gobierno. ¿Cómo cubren los importadores esas facturas? Trasladan sus costes adicionales a los compradores de la mercancía, ya sea un consumidor final directamente u otra empresa que utiliza la mercancía en su proceso de producción, y que finalmente traslada el costo a los consumidores finales. Este hecho es una prueba más de que toda la historia de los aranceles en la COP26 trata realmente de salvaguardar las ganancias; si los costos no se trasladan a los consumidores, son los propios productores los que tienen que soportar esa carga.

De hecho, unos 82 años antes de Trotsky, Karl Marx había expresado la misma idea. Señaló,

El sistema de aranceles protectores pone en manos del capital de un país las armas que le permiten desafiar al capital de otros países; aumenta la fuerza de este capital en oposición al capital extranjero, y al mismo tiempo se engaña respecto de que esos mismos medios debilitaran a ese mismo capital respecto de la clase obrera. En última instancia, eso significaría apelar a la filantropía del capital, como si el capital como tal pudiera ser un filántropo.

Durante su presidencia, mientras libraba una guerra comercial con China, Donald Trump afirmó repetidamente que China estaba pagando la factura de los enormes aranceles que había impuesto a ese país. La idea de que sus acciones estaban “poniéndole impuestos al infierno de China” fue una de sus muchas mentiras descaradas. De hecho, como aclara un informe de la Oficina Nacional de Investigación Económica, las acciones de Trump en 2018 crearon “aumentos sustanciales en los precios de los productos intermedios y finales (...) y una transferencia completa de los aranceles a los precios nacionales de los productos importados". En otras palabras, pagamos precios más altos.

“En general (...) la incidencia total del arancel recae en los consumidores nacionales, con una reducción de los ingresos reales de Estados Unidos de 1.400 millones de dólares al mes a finales de 2018”. Eso es mucho dinero.

En 2018, muchísimos ejecutivos corporativos se pronunciaron públicamente contra los aranceles de Trump, citando el potencial de precios más altos y la pérdida de empleos. Entonces, ¿por qué aceptarían la idea ahora?

La competencia con China: el ejemplo del acero

La competencia entre el imperialismo estadounidense y China está siendo calificada por un número cada vez mayor de analistas como una nueva “Guerra Fría”, con amplias implicaciones geopolíticas que, por supuesto, tienen una base económica. Como “fábrica del mundo”, China ha reducido significativamente la competitividad del capitalismo estadounidense en una amplia gama de sectores, siendo el acero uno de los más importantes. En 2020, China representaba el 57 % de la producción mundial de acero, y unas 10 veces más que Estados Unidos, que ocupa el cuarto lugar en el mundo, eclipsado por Japón y, sobre todo, por India (un “país en desarrollo”).

Es un cambio notable. Al final de la Segunda Guerra Mundial, la industria siderúrgica estadounidense era la más fuerte de este país y dominaba el mundo, donde la demanda de acero era voraz a medida que Europa y Asia se reconstruían y las ciudades estadounidenses se expandían. Las fábricas de acero estadounidenses emplearon una media de 700.000 trabajadores entre 1948 y 1958. Hoy, esa cifra es muy inferior a 100.000. Parte de ese descenso puede atribuirse a la productividad de la producción lograda en las fábricas estadounidenses con las nuevas tecnologías, pero esa no es toda la historia. Los competidores extranjeros de Europa y Japón adoptaron las nuevas tecnologías mucho más rápidamente que los capitalistas estadounidenses, a quienes les gustaba la plusvalía que extraían de los trabajadores sin hacer nuevas inversiones. Eso dio ventaja a los competidores.

Y entonces llegó China. La industrialización del país “condujo a un auge de la industria siderúrgica en ese país como no se había visto desde la revolución industrial”. En 1993, la producción china de acero igualaba a la de Estados Unidos, y desde entonces ha aumentado en más de un 800%. Todo ello hizo bajar lo que las empresas estadounidenses podían cobrar por su acero, y desde entonces los capitalistas han buscado formas de competir, directa o indirectamente (que es donde entran las tarifas aduaneras).

Pero no se trata solo del acero. El ascenso de China ha tenido un profundo impacto en el capitalismo estadounidense también en otros aspectos. Gran parte de ese impacto se deriva de los cambios económicos en Estados Unidos que son anteriores a la rápida industrialización de China que comenzó en la última parte del siglo XX.

El tremendo auge de la producción en Estados Unidos que comenzó en la década de 1930, se aceleró con la fabricación de la maquinaria de destrucción para la Segunda Guerra Mundial, y continuó después de la guerra, fue alimentado por inversiones masivas en nueva maquinaria productiva, nuevas carreteras, etc., a menudo con una importante cantidad de dinero de los contribuyentes. Pero en las últimas décadas se ha producido un descenso de las tasas medias de ganancia y del crecimiento de la productividad, una financiarización de la economía estadounidense que ha hecho que los capitalistas busquen los mercados financieros en lugar de la producción como forma de ganar dinero, la externalización de la industria, etc. El crecimiento económico de EE.UU. se ralentizó mientras que la economía de China se disparó. ¿Qué puede hacer una burguesía nacional imperialista? Todo lo que Trotsky y Marx escribieron sobre las tarifas aduaneras –y más–. Los capitalistas tienen el imperativo de proteger su sistema cuando su posición en el mundo se ve amenazada.

Estas fuerzas económicas más profundas no van a desaparecer. La rivalidad –entre los imperialismos, entre los estados capitalistas, entre China y Estados Unidos de manera más pronunciada– persistirá debido a la dinámica interna propia del capitalismo.

Expandir los aranceles a otras industrias

Esta realidad para el capitalismo es la razón por la que las propuestas que se estuvieron haciendo en las reuniones de la COP26 incluyen también tarifas aduaneras sobre el cemento y los productos químicos. Aquí vemos el mismo patrón que con el acero. China es el país que más cemento produce en el mundo, con un amplio margen: unos 2.200 millones de toneladas métricas el año pasado, seguida de India, con 340 millones, Vietnam, con 96 millones, y Estados Unidos, que ocupa el cuarto lugar, con 90 millones. Esto da a China una tremenda ventaja competitiva a nivel mundial, especialmente en lo que respecta al suministro de cemento al mundo en desarrollo, que es otra forma en la que China puede ampliar su influencia en África, América Latina, el resto de Asia y otros lugares.

La industria del cemento es un contaminante masivo, y tiene un enorme impacto en el ranking de China como emisor de CO2. Un análisis de 2018 señaló que si la industria del cemento fuera un país, sería la tercera fuente de emisiones de CO2 del mundo, por detrás de China y Estados Unidos.

Pero, de nuevo, no hay que dejarse engañar. Ninguno de los países imperialistas se ha acercado a cumplir los objetivos que han acordado para reducir las emisiones, ni siquiera los modestos del Acuerdo de París. La preocupación por los efectos del cambio climático de China, y la focalización en la industria del cemento, tienen que ver en realidad con la competencia capitalista en todo el mundo y con la búsqueda de frenar el propio crecimiento interno de China, lo que muestra la particular falta de voluntad del capitalismo estadounidense para invertir en Estados Unidos. Al fin y al cabo, como informaba The Guardian en 2019, “desde 2003, China ha vertido más cemento cada dos años que lo que Estados Unidos consiguió en todo el siglo XX”. Incluso más allá de lo que exporta, el propio país “utiliza casi la mitad del hormigón del mundo. El sector de la construcción –rutas, puentes, ferrocarriles, desarrollo urbano y otros proyectos de hormigón y acero– representó un tercio de la expansión de la economía china en 2017”.

En lo que respecta a China, las cifras de los productos químicos son similares. Los productos químicos son un componente crucial de la red de la cadena de suministro; su producción convierte materias primas como el agua, los minerales, los metales y los combustibles fósiles, entre otros, en decenas de miles de productos, muchos de los cuales se utilizan a diario en todo el mundo. China tiene una cuota del 40,6% de los ingresos de la industria química mundial, superando ampliamente a la Unión Europea (14,8%) y a Estados Unidos (13,8%).

Al servicio de los intereses capitalistas

Es absolutamente cierto que la producción de acero de Estados Unidos emite muchas menos emisiones de carbono que la de los países que todavía dependen de altos hornos altamente contaminantes. Durante décadas, los fabricantes de acero estadounidenses han invertido en métodos de producción más eficientes –por ejemplo, métodos que reciclan la chatarra– y otras mejoras tecnológicas que han reducido su huella de carbono. Pero esto no ha sido impulsado por ningún tipo de conciencia medioambiental “abraza-árboles”, sino en respuesta a las regulaciones medioambientales impuestas a la industria a pesar de las masivas presiones para evitarlo, y por el deseo de reducir la necesidad de la mano de obra humana molesta de los trabajadores que siempre parecen querer salarios más altos y mejores beneficios.

Por lo tanto, cualquier beneficio medioambiental tiene que verse como un subproducto útil de la imposición de aranceles –y útil sobre todo en términos de “relaciones públicas”–. A las grandes empresas contaminantes les encanta poder presentarse como respetuosas con el medio ambiente; es parte integrante de sus esfuerzos globales de greenwashing –que, como la propia idea de una tarifa aduanera sobre el carbono, no es nueva–. Estos esfuerzos abarcan toda la gama, desde los envases engañosos hasta la publicidad de los contaminadores sobre su respeto por el medio ambiente, pasando por los esfuerzos para justificar el traslado de los puestos de trabajo a países no regulados y con bajos salarios como parte de la salvación del mundo, como el gigante del petróleo y el gas Total ha estado reclamando en Francia.

ExxonMobil gasta millones de dólares en anunciar que sus biocombustibles experimentales a base de algas podrían suponer una enorme reducción de las emisiones relacionadas con el transporte, al tiempo que pregona sus propios objetivos de reducción de emisiones que excluyen la mayor parte de lo que emiten sus productos. Volkswagen, BMW, Chevrolet y Ford han sido descubiertos instalando programas informáticos para engañar sobre las emisiones de sus vehículos y así poder afirmar que son “limpios” y respetuosos con el medio ambiente.

Las marcas de moda, como Uniqlo, anuncian sus iniciativas ecológicas y ayudan a financiar a las ONG ecologistas, al tiempo que contribuyen a generar cantidades ingentes de residuos textiles, de los que alrededor del 80% se incineran o se vierten en vertederos. H&M, otra marca de moda, introdujo su línea “Conscious” de ropa “verde” sin ningún beneficio medioambiental discernible. La lista es interminable.

Al igual que cualquier otro ejemplo de greenwashing, la capacidad de seguir cosechando ganancias mientras aparentan responder a los llamamientos a la conciencia ambiental está en la raíz. Estos aranceles propuestos tienen el potencial de aumentar los ingresos de los gobiernos capitalistas, proteger a los productores nacionales en los sectores propuestos y ejercer influencia política sobre otros países. Citando de nuevo a Trotsky, “resultan beneficiosas e indispensables a cada una de las burguesías nacionales en detrimento de las otras”.

“Será difícil evitar las acusaciones de proteccionismo verde, dado que el punto de partida es claramente la preocupación por la producción extranjera de bajos costos”. Así es como Michael Mehling, subdirector del Centro de Investigación de Políticas Energéticas y Medioambientales del Instituto Tecnológico de Massachusetts, caracterizó el acuerdo alcanzado entre Biden y von der Leyen.

Así que, teniendo en cuenta la historia del capitalismo en cuanto a la lucha contra el cambio climático, cuando el Wall Street Journal describe “el uso de aranceles sobre el comercio para reducir las emisiones de carbono”, pero también señala que los aranceles “darían una ventaja competitiva a los fabricantes de los países donde las emisiones son relativamente bajas”, ¿cuál de ellos crees que es el verdadero objetivo?

Todos los aspectos del capitalismo como sistema contrastan con la idea misma de un planeta sostenible, por no hablar de salvar algo de lo que el sistema ya ha destruido tan profundamente en aras de la ganancia. La explotación de la naturaleza con el fin de amasar riquezas en manos de unos pocos es tan fundamental para el capitalismo como la explotación del trabajo humano. Las tarifas aduaneras no salvarán el planeta. Solo el derrocamiento del capitalismo lo hará y tendremos una oportunidad.

Traducción: Maximiliano Olivera


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Scott Cooper

Escritor, editor y militante socialista de larga trayectoria, reside en Boston, Estados Unidos.