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Red Internacional

Música / Rock.Sudamérica agridulce: el extraño privilegio de despedir a Sonic Youth

A 10 años de la última presentación de Sonic Youth en Buenos Aires.

Domingo 7 de noviembre | 00:00

El sábado 5 de noviembre de 2011, Sonic Youth tocó por segunda vez en Buenos Aires. Segunda y última. Luego de once años, y también dentro de un festival con algunos números importantes, el anuncio de una nueva visita del cuarteto neoyorkino vino acompañada de un balde de agua fría: terminada la gira por Sudamérica, Sonic Youth dejaría de existir. Era casi un hecho que el tour por el cono sur era la despedida de la banda. El longevo matrimonio entre su bajista Kim Gordon y el guitarrista Thurston Moore (además cantantes, compositores y miembros fundadores), que supo ser símbolo de la perseverancia e integridad artística e ícono del amor rockero indie, había llegado a su fin de manera turbulenta, y el conflicto conyugal se llevaba puesta la continuidad de los jóvenes sónicos después de treinta años de carrera. La carismática y talentosa Gordon sentenciaba que “la pareja a la que todos consideraban feliz, normal y eternamente sólida, que daba esperanzas a los músicos más jóvenes de poder sobrevivir en el loco mundo del rock and roll, ahora no era más que otro ejemplo de una relación de mediana edad fallida”. Impulsora a su vez del movimiento punk femenino Riot Grrl, que reunía entre otras bandas a Bikini Kill, L7, Babes in Toyland o Sleater-Kinney, especie de madre adoptiva de Cobain, a quien supo proteger en los años de introducción en la industria de Nirvana, y pin up del rock alternativo, Kim Gordon fue la inspiración para más de una generación de jóvenes atraídas por su carisma y determinación dentro de un ámbito donde predomina la testosterona.

En aquella primera visita a Buenos Aires en 2000, Sonic Youth ofreció un show demoledor, enmarcado por una feroz tormenta que los hizo parecer que tenían la capacidad de aprovecharse de un violento fenómeno meteorológico, como si el temporal fuera parte de su propuesta sonora, incluso contra un viento que no cesaba en su intento por contener la avalancha de ruido en el auditorio semi cerrado de Club Hípico Argentino. Así de intensa fue aquella exhibición del 21 de octubre en el Festival Primavera Alternativa. Los integrantes de la banda se mostraron a gusto, tanto en el escenario como en su visita a la ciudad, y ese mood se transparentó en una performance que, además de estar regada por un repertorio óptimo, brilló en los momentos más desestructurados y experimentales. Justo el terreno donde Sonic Youth hace la diferencia y demuestra por qué es una de las bandas más innovadoras desde los ’80.

Y así como once años antes, la excitación y predisposición redundaron en un show excitante, las condiciones “de ambiente” de esta segunda visita en 2011 se tradujeron en una performance fría, incómoda, y por momentos protocolar. La velada se inició con un parco “somos Sonic Youth y esto es Sacred Trickster” de Kim Gordon, y la timidez en el trato entre la banda y el público pareció no remontar en toda la noche. La organización armó un cartel que, entre Calle 13 e INXS, puso a Sonic Youth en una situación de destrato debido a pautas horarias que no fueron respetadas, que a su vez sumó a los promotores gesticulando desde el costado del escenario para que apuren el cierre del concierto de este grupo fundamental: desconocimiento y absoluta falta de respeto de parte de los anfitriones. A su vez, la disposición del espacio destinado a las y los espectadores se regía según criterios de poder adquisitivo que al final dejaron las cercanías del escenario despobladas, mientras que el grueso de los presentes observaba desde cincuenta metros una performance que, por más que tuvo algunos momentos de inspiración, pareció errática. No alcanzaba con extraer sonidos inverosímiles e impredecibles azotando las guitarras con arcos de violín, palillos de batería o hasta un ventilador, o simplemente arrastrarlos por el piso, para encender definitivamente un escenario poblado de fantasmas. Tampoco con la interpretación de clásicos como White Cross, Tom Violence o Sugar Kane para limpiar el sabor agridulce que contaminaba la atmósfera.

Si bien la importancia de la presentación en vivo o de un anuncio de disolución pueden resultar relevantes sólo para los seguidores de una banda, el caso es que Sonic Youth ostenta una trascendencia cultural importante y sólida. Porque no se trata de una banda de rock más. Su sola mención arrastra otros nombres importantes, de referencia y reconocimiento, y los hace cruzarse con conceptos e ideas artísticas que atraviesan todo el desarrollo de la cultura pop, y entrelazarse tanto con el pasado como con el futuro. Descendientes directos de la escena dadaísta y de vanguardia neoyorkina conocida como no wave (Lydia Lunch, Contortions, Teenage Jesus & The Jerks, DNA, etc.), trazaron un recorrido de búsqueda estética que partió desde el punk visceral y primitivo, pero que desde la experimentación sonora avanzó hacia estructuras más deformes y extremas. Subversión sonora en su máxima expresión, en Sonic Youth confluyeron desde los Ramones hasta Velvet Underground, Captain Beefheart, The Carpenters y las sinfonías cacofónicas de Glenn Branca. Con la trilogía EVOL (1986), Sister (’87) y Daydream nation (’88) alcanzaron la madurez artística y el equilibrio perfecto entre tan disímiles elementos creativos, y con estos trabajos sentaron las bases de lo que estaba comenzando a ocurrir con el fenómeno Nirvana primero, y toda la escena del rock alternativo o indie de los ’90 después. Inclusive, luego de la mencionada trilogía, siguió una etapa de reconocimiento por parte de la industria, con discos como Goo, Dirty o Washing machine y la insistente rotación de sus clips en la cadena MTV, material todo de excelente factura creativa.

El show en Buenos Aires de noviembre de 2011 no fue el último de la gira, que continuó en Montevideo, Santiago de Chile, Lima y San Pablo. Las gacetillas de prensa advertían que “cabe la posibilidad de que el concierto del 14 de noviembre en San Pablo sea la última posibilidad de ver juntos a Kim Gordon, Thurston Moore, Steve Shelley y Lee Ranaldo”, es decir la formación clásica de Sonic Youth. Quienes presenciaron los conciertos de Montevideo y San Pablo, por ejemplo, supieron dar fe de respectivas experiencias inolvidables, como si con el correr de las fechas, la banda hubiera naturalizado el malestar interno. Probablemente haya tenido un poco que ver el respeto dispensado por los organizadores. En su autobiografía de 2015, La chica del grupo, Gordon recordaba que “lo que era diferente con respecto a los últimos festivales y giras es que Thurston y yo no nos hablábamos. A lo largo de toda la semana (que duró la gira), no habríamos llegado a intercambiar ni quince palabras. Tras veintisiete años de matrimonio, lo nuestro había fracasado”.




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