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Red Internacional

Escritoras. Laura Ortiz Gómez: militares asesinos, paisajes rurales y mujeres más fuertes que nunca

“Muchos de los cuentos del libro son un experimento para responder ¿qué sería lo justo? ¿cuál sería el camino para reparar tanto dolor?” dice la escritora colombiana autora de la colección de cuentos Sofoco. La masacre de Ciénaga (1928), una empleada de la alcaldía, una nena preocupada por dejar de hacerse pis en la cama mientras el territorio es invadido por paramilitares.

Liliana Vera IbáñezRedacción LID @liluzlisam / IG: @Pisotomia

Sábado 11 de junio | 00:01

"Los monstruos, bien peinados, por dentro" dice Emma Barrandeguy en un poema. Y si algo tienen las historias de Laura Ortiz Gómez son monstruos verosímiles que se pretenden escondidos, travestidos de rutina, rodeados de cadáveres, mitos, y una Colombia resistente.

“Estos que aparecen aquí son los desaparecidos. Y era raro estar en la presencia de una gran ausencia” dice la protagonista del cuento "Aíta la muerte". La historia refiere a la masacre de Ciénaga, en el año 1928. Se trata de la huelga bananera contra la United Fruit, hito de la clase obrera colombiana que terminaría en una masacre en las plantaciones: el presidente Abadía Méndez dio la orden a las fuerzas militares de asesinar a sangre fría a los trabajadores agrícolas.

“El último pibe Valderrama”, otro cuento de la colección, funciona como contraste: mientras en la Colombia profunda padecían la violencia del paramilitarismo y las guerrillas, la población urbana estaba fascinada con la destreza de Valderrama, los mundiales, las películas de Hollywood y el Nintendo.

Una nena preocupada por dejar de hacerse pis en la cama mientras el territorio es invadido por paramilitares; un hombre que descubre la historia de sus padres enterrada en una caja y que aprende a leer y a escribir para descifrarla. La soledad y la desigualdad violenta entre las clases sociales son cuestionadas en “La cajita de Avón” de la mano de una bella referencia al cuento "El capote" de Gogol.

LID: En Sofoco, las mujeres muestran distintas facetas y fortalezas. En los últimos años, luego de la Marea Verde, el género femenino y las diversidades fuimos ocupando otros lugares en la sociedad. ¿Cómo ves estos cambios en Colombia?

Laura: En Colombia esta marea también está tomando fuerza. Recientemente la corte constitucional aprobó la despenalización del aborto. También hay reivindicaciones de feminismos campesinos, agro e indígenas, que replantean el feminismo tradicionalmente blanco y clase media. Sin embargo estas luchas cada vez más potentes deben resistir en medio de un país muy católico, gobernado tradicionalmente por la derecha. Así que es un escenario de mucho contraste, de mucha puja y que puede llegar a ser desgastante. Sin embargo los movimientos sociales en Colombia están más vivos que nunca reclamando la calle y la participación, aún cuando en mi país la represión policial es tan fuerte que puede terminar en muerte o incluso desaparición, como sucedió en el último paro nacional.

Muchos cuentos transcurren en zonas rurales y algunos de ellos abrevan en la mitología de esas regiones. Y otros señalan más claramente las injusticias sociales, la pobreza. ¿Cómo buscaste y lograste esta conjunción?

Yo trabajé mucho años como promotora de lectura y escritura en diversos proyectos a lo largo del territorio colombiano. En mis viajes me encontré con la fuerza de la oralidad de las comunidades. Pude sentir como la tradición oral llena de sentidos profundos otras prácticas y quehaceres y está estrechamente relacionada con el territorio. Los dichos, las coplas, los chistes, las leyendas y las canciones, son una manera de dialogar con el territorio y entrelazarse en un solo tejido, compuesto de plantas, animales y palabras.

Esta riqueza de una literatura que excede lo escrito me maravillo. Así como también me indignó, ver los coletazos de la guerra en la vida cotidiana de las personas. Creo que esta experiencia de recorrer el país con proyectos comunitarios de lectura, me permitió conmoverme con la belleza y verla acorralada por las sombras de la injusticia social. Sin embargo encontrar también personas que están muy firmes, enraizadas en sus deseos, a pesar de los Ríos de violencia.

¿Qué lugar tiene Colombia en tus textos?

Sofoco surgió como mi tesis de maestría en el programa de escritura creativa de la UNTreF. Creo que mi condición como migrante influyó muchísimo en mi escritura pues estaba en un estado de melancolía, extrañando mi país y al mismo tiempo la distancia me permitía ver ángulos de la guerra de una manera que los desnaturaliza.
Colombia se me volvía narrable por la distancia física, en un doble anhelo de traerla hacia mí y al mismo tiempo de desentrañar con impunidad. De cuestionarse, como una hija que se fue de la casa.

En “La cajita de Avon” la protagonista quiebra un límite de esta sociedad, claramente basada en desigualdades sociales, y se mete con los políticos corruptos. ¿Hay una búsqueda de equilibrio social en su accionar?

Si, creo que muchos de los cuentos del libro, son un experimento por responder a una pregunta sobre la justicia. En un país que lleva más de 50 años en una guerra, que han padecido de manera más cruda las comunidades en el campo ¿ Qué sería lo justo? ¿Cuál sería el camino para reparar tanto dolor?

La madrugada del 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena, fueron masacrados más de 320 huelguistas trabajadores de la empresa estadounidense de banano United Fruit Company a manos del ejército de Colombia. ¿Qué significan para vos esos cuerpos flotando en el río en el cuento “Aíta la muerte”?

Tristemente esta masacre a la que te refieres, ha tenido réplicas inmensas a lo largo de todo el siglo veinte. Fuerzas paramilitares amparadas por el estado, intervinieron y masacraron muchísimas personas en los pueblos de Colombia. Las guerrillas también pusieron su nefasta cuota de violencia sobre la población civil y la naturaleza, volando oleoductos y generando desastres medioambientales. Colombia cuenta con un número de personas desaparecidas que supera por mucho al de las dictaduras del cono sur.

Somos un país que convive con el horror, que sobrevive en medio del horror. Un país que no ha dejado de desangrarse. Un país sobre el cual se ciernen muchos intereses geopolíticos y de recursos, que intervienen activamente para que la guerra no termine. La complejidad y lo extenso en el tiempo del conflicto armado en Colombia, ha hecho que nuestra relación con la memoria sea muy compleja porque vivimos en el centro de un trauma que no termina nunca de procesarse.

Aún cuando la muerte está ahí con toda su dureza, también es un país donde la vida resiste haciendo uso de la imaginación y la diversidad. Brotan de todas partes personas, y plantas, que se sobreponen al miedo en lo personal y se atreven a pensar en lo colectivo.

En medio de la violencia y del horror, tus personajes buscan alzar sus propias voces en un territorio hostil. ¿Cuál es la voz de los pobres, de los que tienen que trabajar y dejar sus vidas para sobrevivir?

Muchas veces me han dicho que sofoco le da voz a quienes no la tienen. Y me parece una expresión muy curiosa, yo creo que todos tenemos voz, lo qué pasa es que el sistema tiene una sordera colectiva. En el ejercicio de escritura, yo me propuse escuchar estas voces de estos personajes, encontrar en ellas su deseo, su miedo, sus dudas y su belleza. Escuchar a los personajes hasta encontrar su textura. En la voz hay algo muy humano, es un lugar de poder y de vulnerabilidad.

Masacre de Ciénaga. Botero: Testimonios de la barbarie

¿Por qué tu libro se llama Sofoco?

Laura: Porque quería una palabra que hablara del placer sexual, de la asfixia de vivir en un país en conflicto y del calor de ciertos territorios. Y me pareció que el sofoco reunía esas sensaciones.

La escritura me permite jugar y abre para mi, un espacio de impunidad, que no tengo en otros lugares de mi vida. La imaginación me libera de mis narraciones personales, que son viejas y pesadas. La escritura me permite crear personajes y acompañarlos en sus vidas sin juicios morales. Este movimiento creativo en el que se acompaña a los personajes, sin juicios permite que otras partes no conscientes de mí misma, emerjan y se manifiesten. Así, a través de la escritura conozco mis partes secretas y salgo de ella transformada.

Escribir es una práctica que es costosa emocionalmente. Es muy fácil desanimarse y no poder ver la belleza o la potencia del propio texto. También es difícil ver el lugar donde una tropieza, porque las palabras tienen una fuerza interior que dificulta la perspectiva, la distancia justa, la ecuanimidad.

Sin embargo, una vez que se atraviesan los momentos de duda,encuentro qué hay instantes donde la escritura es puro disfrute. Momentos en los que la mente se libera del juicio o de la torpeza y es tomada por la fuerza del lenguaje. Un instante en el que se sincronizan el ritmo de las palabras y las imágenes que arrastran a los personajes. Creo que escribo buscando ese momento de intenso placer.

“Escribir sirve para conjurar fantasmas”, dice el protagonista de uno de tus relatos. ¿Libera, saca, cura o es un arma para sobrevivir?

Yo siento que todo a la vez. Escribir puede ser punzante y puede profundizar una herida e incluso infectarla. O puede también ser un bálsamo superficial. O un ejercicio radical de curación. Sin embargo creo que sea como sea, la escritura permite mover el lenguaje estancado y desteñido, y abrir nuevas posibilidades del decir. Y que ese movimiento en sí mismo, cambia las cosas, lo cambia a uno y cambia también el mundo.

Sofoco (Concreto Editorial) y surgió como proyecto de grado de la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. Nueve cuentos que ficcionaliza Colombia. Laura (IG aquí) nació en Bogotá en 1986. Sofoco es su primer libro de cuentos y ganó el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica, en el año 2020.

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