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Red Internacional

Córdoba. Se presenta el libro "La violencia nació conmigo" de Alexis Oliva

La violencia nació conmigo - Crónicas de vidas en conflicto}", publicada bajo el sello de la editorial Recovecos, se presentará el próximo viernes 16 de septiembre, a las 19:30 hs, en el Auditorio de Radio Nacional Córdoba

Jueves 15 de septiembre | 11:37

Este próximo viernes, el periodista y escritor, Alexis Oliva, presenta su libro "La violencia nació conmigo. Crónicas de vidas en conflicto". Alexis es un periodista poco común, con una sensibilidad inmensa frente a lo injusto de esta sociedad, con su hablar pausado, pregunta, consulta, se acerca y sobre todo, escucha. No es extraño que de esa escucha saliera algo más que la cobertura de una noticia de esas que saturan los medios de comunicación.

Para Alexis cada noticia es una historia a la cual acercarse para comprender, para, como indican los mejores cronistas, no volver con los propios prejuicios confirmados, sino puestos en discusión por las historias que "la gente" cuenta. De eso se trata este libro.

En unas veinte historias de vida atravesadas por el conflicto, Alexis Oliva explora los límites de la crónica, como testimonio periodístico de luchas por derechos humanos, como narración de personas, colectivos y territorios, como denuncia de crímenes y abusos de poder.

"La violencia nació conmigo - Crónicas de vidas en conflicto", publicada bajo el sello de la editorial Recovecos, se presentará el próximo viernes 16 de septiembre, a las 19:30 hs, en el Auditorio de Radio Nacional Córdoba (General Paz y Santa Rosa), con entrada libre y gratuita.

Compartimos con las y los lectores de La izquierda diario, algunos fragmentos de estas crónicas que gentilmente nos hicieron llegar, junto a parte del prólogo escrito por la periodista y escritora uruguaya (Página12, Brecha, Anfibia), Ana Fornaro.

Del Prólogo

Ana Fornaro señala en el prólogo que "vivimos en un país, continente, mundo, atravesado por violencias de todo tipo, de clase, de género, racista, pero si bien los conflictuados somos todos, sólo una parte queda bajo el estigma de la conflictividad. Esa parte no es una minoría, es la mayoría de la población. Son las personas desposeídas quienes quedan enfrentadas o aplastadas por distintos mecanismos del poder y crecieron en la exclusión, algunas expulsadas desde sus familias por su sexualidad o identidad. Y también son quienes militan o militaron por el derecho a la tierra o por una sociedad más justa y fueron y son perseguidos, torturados, desaparecidos por el Estado. Si bien los orígenes y recorridos de estas personas pueden ser distintos, hay un lugar-depósito para separar al “ellos” del “nosotros”, y ese lugar es la cárcel. Las prácticas punitivistas, los mecanismos represivos y las políticas higienistas se han encargado de perseguir y borrar a estas personas para otorgarle un carácter de no-existencia (...) Las rejas homogeneizan esa deshumanización."

Esas personas son las de este libro, continúa Fornaro, un libro que "reúne veinte historias que abarcan un lapso de casi cincuenta años de la Historia argentina. Desde las marcas indelebles que dejó el terrorismo de Estado en familiares de desaparecidxs –y que sigue dejando, el asesinato del periodista mendocino Sebastián Moro en manos de golpistas bolivianos en 2019 es una muestra más de que esto no se termina nunca– hasta los cuerpos intervenidos por la violencia pero también por la necesidad identitaria. En el medio, vidas tumberas, esas que el cine y las series se han encargado de exotizar y que en este libro vemos desde un ángulo mucho más gris, por lo tanto mucho más humano. La última parte del libro está atravesada por la violencia de género. Y muestra cómo en muchos de esos casos esas mismas heridas, muchas aún abiertas, se volvieron activismo."

Luego agrega: "En este sentido, las historias que elige contar Alexis Oliva tienen también eso en común: son temas que el periodismo hegemónico suele dejar al margen o los cuenta en clave marginal. Alexis entonces se para desde el antídoto: la perspectiva de derechos humanos. Aquí no se trata de casos aislados, de historias exóticas o con pasta narrativa. Cada historia se cuenta desde un entramado y en un contexto social y cultural. En cada reportaje de Alexis hay una investigación exhaustiva que enraiza eso que se cuenta y eso que se cuenta siempre es más que un personaje o una buena crónica con buenas escenas. Tiene un sentido y una razón de ser: hay una necesidad de entender lo que pasa y una búsqueda de justicia, al menos en la parte que le toca al periodismo. Hay, también, una certeza de que todos los temas sociales están enredados, que no hay clase sin género y viceversa, y que el racismo las contiene a su vez. Alexis hace un ejercicio cotidiano de eso que la activista travesti Marlene Wayar llama “nostredad”, acercar lo que históricamente ha sido catalogado como “lo otro” e incluirlo en el “nosotres”. El periodista vuelve cercanas vidas que para muchxs quedan lejos."

"La violencia nació conmigo. Crónicas de vidas en conflicto" (fragmentos)

Natalia Gaitán tenía 27 años y en el barrio Parque Liceo segunda sección la conocían como Pepa. Su madre, Graciela Vázquez de Gaitán, conducía la asociación Lucía Pía, donde despuntaban el hábito de la solidaridad hacia los necesitados de esa zona de la periferia norte de Córdoba. Entre ellos, el matrimonio de Daniel Torres y Silvia Suárez, a quienes les dieron trabajo en el comedor comunitario y en la guardería de la ONG. De una pareja anterior, Silvia tenía una hija de 16 años, que entablaría una relación de amor con Pepa.
Cuando la chica sinceró el vínculo en su casa, para su madre y su padrastro fue como una declaración de guerra. La adolescente tuvo que abandonar el hogar y acudió a una tía que le brindó alojamiento desde julio de 2009 hasta enero de 2010, cuando decidió defender su elección e irse a vivir con Pepa, al pequeño departamento que su padre alcanzó a construirle antes de morir, en la misma sede de Lucía Pía.
Todo comenzó ahí, la tarde del sábado 6 de marzo de 2010, cuando mates de por medio la pareja le contaba sus penurias a su amiga Gabriela Cepeda. Indignada, Gabriela decidió intempestivamente terciar en el conflicto y partió hacia la casa familiar de la adolescente, a sólo tres cuadras de distancia.
Al llegar, encontró al matrimonio tomando mate en la vereda con sus dos hijos menores. Gabriela se trenzó en una discusión con Silvia, la disputa fue subiendo de tono y hasta hubo “un par de manotazos”. Mientras tanto, en la sede de la asociación civil, Pepa y su novia comenzaban a preocuparse.
Según consta en el expediente judicial, eran casi las 19.30 cuando Pepa acudió sola a ver qué pasaba y al presenciar la pelea quiso retirar a su amiga, pero se produjo una nueva escaramuza, esta vez entre Silvia y Pepa y con Gabriela intentando separarlas. En ese momento, Torres –quien no había participado de la discusión ni los forcejeos– entró a la casa y salió con una escopeta calibre 16, caminó hacia donde estaba Pepa, “sin mediar palabras le apuntó”… y disparó a quemarropa.
La perdigonada dio de lleno en el hombro derecho de la joven, que alcanzó a caminar unos pasos antes de perder el conocimiento y quedar tirada en el lugar durante más de una hora. Su madre tuvo tiempo de llegar y abrazarla, hasta que por fin la ambulancia se animó a entrar al barrio.

(De Fusilada por lesbiana / Natalia Pepa Gaitán, capítulo 3: Cuerpes)

Pasan dos avionetas a baja altura. Él se para, corre hacia al patio, se hace visera con la mano para mirarlas y grita: “¡Señores pasajeros, a su derecha la cárcel modelo de máxima seguridad de la ciudad de Cruz del Eje!”. Y se ríe.
Benito Riesco se ríe bastante y en forma sorpresiva. Son curiosas y dispares las cosas que le causan gracia: la duda del visitante sobre abrir o no un paquete de bizcochos 9 de Oro, el recuerdo del efecto paralizante de un “tratamiento” con pastillas, la hijita de otro interno que patea con pericia una pelota de fútbol...
Pero el sonido de su risa es discreto y no desentona con su personalidad, austera y sobria. Simplemente, resulta curiosa esa facilidad para reír, después de todo lo que ha vivido y lo que le queda por vivir.
Lo que ha vivido es una infancia de pobreza y calle; el haber matado a una persona defendiendo su vida; una condena a dieciocho años de prisión −los mismos que llevaba vividos cuando cometió el homicidio en el año 2000−; el infierno de una revuelta carcelaria que dejó ocho muertos; un desesperado intento de fuga bajo una lluvia de balas; el castigo y el doble estigma de preso y amotinado; la apuesta por un amor del que lo separan rejas, muros y kilómetros, y el desafío de estudiar y crear en un contexto de encierro.

(De La evasión literaria / Benito Riesco, capítulo 2: Tumba)

Una implacable llovizna hiela la noche de julio en las sierras de Córdoba. El colectivo de TOA SA ya ha raspado dos veces la montaña y casi cae al barranco sobre el dique Los Molinos. Con un brazo inutilizado por un balazo, el conductor lo mantiene a duras penas sobre la ruta mientras su compañero vigila la retaguardia. Ya en la bajada, a la salida de una curva y contracurva pierde el control y el coche se estrella contra una saliente.
Ayudado por su compañero, el herido logra descender y mira alrededor.
—Yo no salgo de esta. Vos te vas, yo te cubro.
—No, Negro. Me quedo con vos.
—Yo soy el jefe y es una orden.
Jorge Cottone se encamina hacia el norte, en paralelo a la ruta sinuosa. Anda a ciegas unos quince minutos, hasta que encuentra un árbol caído donde guarecerse. Mientras se acomoda, cree oír dos disparos. El frío y el cansancio lo confunden. En la duermevela de esas horas, recuerda o sueña lo que su compañero le dijo en un momento de calma durante esos días de frenética huida: “Tengo muchas cosas en la cabeza. No puedo caer vivo”.
La madrugada renueva sus esperanzas de llegar a Alta Gracia, quizás a Córdoba capital. Camina hasta Anisacate, pasa frente a una iglesia y en un descampado a la salida del pueblo le dan la voz de alto y le apuntan con varios FAL. No ofrece resistencia y entrega la pistola Browning, un revólver calibre 32 y una granada de mano. Es el final de una semana de fuga.
—Uy, cuando agarraron la granada y vieron que tenía una bala en la recámara de la pistola… ¡se armó un despelote! Yo no sé por qué estoy vivo –dice Cottone, cincuenta años después.

(De Réquiem del montonero proletario / José Sabino Navarro, capítulo 4: Banderas)

Desde la sentencia han vuelto a aparecer. Cada vez más bajo, cada vez más cerca.
—Lo hacen para provocar y meterle miedo –dicen.
¿Cómo se verá el campo de Ramona desde las avionetas fumigadoras? El híbrido de rancho y carpa donde ella vive; la vivienda de ladrillos de su hijo Orlando; los corrales de cabras, la represa y el tunal; el excusado y el pozo de agua; la carpa más amplia donde a veces se junta gente de afuera –y más en estos días, desde la sentencia–. ¿Cómo se verán las ruinas de la casa de material, varias piezas y baño adentro, que demolieron las topadoras custodiadas por policías aquel 30 de diciembre de 2003?
La jueza Emma Del Valle Mercado, a cargo del Juzgado Civil, Comercial, Conciliación y Familia de Deán Funes, hizo lugar el 26 de febrero de 2021 a la acción de desalojo interpuesta por los hermanos Edgardo y Juan Carlos Scaramuzza, productores y empresarios rurales de Oncativo, contra Ramona Orellano de Bustamante. La sentencia la condena a “desalojar en el término de diez (10) días hábiles de quedar firme el presente resolutorio, y a entregar libre de personas y/o cosas puestas por ella, o que de ella dependan, el inmueble objeto del presente juicio, ubicado en Puesto de Luna, Pedanía Candelaria, Departamento Río Seco, de esta Provincia de Córdoba (…) Bajo apercibimiento de lanzamiento por la fuerza pública”.
Despierta desde el alba, Ramona teje al crochet en su habitación hasta que la temperatura sube lo suficiente como para no contradecir la orden médica de “cuidarse del viento sur”. Cumple 95 y a pesar de las gestiones del MCC todavía no ha sido vacunada contra el Covid. En los últimos años, ha sobrellevado tres neumonías y le tiene más fe a su Virgen de la Merced que a la Sputnik V o la AstraZeneca. En una pared, un cartel reza: “Cuidemos entre todxs a Ramona. 1) Lavarse las manos con jabón. 2) Mantener la distancia. 3) Usar barbijo. 4) El baño es exclusivo de Ramona”.

(De Historia de un despojo / Ramona Orellano de Bustamante, capítulo 4: Banderas)




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