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Red Internacional

Mientras los discursos sobre la “libertad sexual” y el bienestar copan las redes sociales y portales, la sexualidad es asediada por la mercantilización, la incitación al consumo y degradación económica. Jóvenes precarizades plantean con sus palabras cómo viven su deseo sexual en ese panorama.

Pablo Herón@PhabloHeron

Lunes 7 de junio | 12:33

Un portal de los más leídos titula una nota “7 claves para tener una vida sexual satisfactoria”, en otra te invitan a conocer cómo estimular los puntos G y P. En las redes sociales abundan contenidos promoviendo el sexo como una cuestión del “bienestar”, coger no se trata solo de disfrutar también es sinónimo de salud física y mental. De las pantallas a la realidad hay una gran distancia donde se presentan múltiples restricciones para gozar la sexualidad, más allá de las que implican los cuidados propios de la pandemia.

Para conocerla de primera mano le pregunté a jóvenes trabajadores de distintos géneros y orientaciones sexuales cómo viven su sexualidad, sin abordar las complejidades particulares que atraviesan quienes sufren mayores prejuicios y discriminación como las personas trans, lo que merecería un análisis propio.

En Por qué duele el amor la socióloga Eva Illouz sostiene que durante el capitalismo la sexualidad cobró especial relevancia producto del “triunfo del amor romántico” y el surgimiento “mercado matrimonial”, ese proceso donde dejó de ser necesario cumplir con una serie de requisitos avalados por la sociedad para formar un matrimonio típico de las novelas del siglo XIX. Al emerger la competencia entre las personas para conquistar una pareja “el atractivo erótico y el rendimiento sexual marcan el surgimiento de nuevos modos de adquirir valor social en el mercado matrimonial” asegura la autora. Esta mayor relevancia de la sexualidad hoy en día se entrelaza con múltiples desigualdades sociales, culturales, políticas y económicas.

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Una chica de 24 años que vive en La Matanza con su familia y ya va por su cuarto trabajo en lo que va de la pandemia, relata que el año pasado trabajaba 9 horas parada en una fábrica cargando 80 cajas de 20 kilos por día. El cansancio corporal ya es parte de su cotidianeidad. Cada caja valía 6 mil pesos, tan solo cargando la primera de los lunes llegaba a cubrir casi el total del sueldo semanal de 7 mil pesos. Un ingreso bajísimo que gracias si permite pagar un alquiler, comer y comprar preservativos, ni hablar de pagar un turno en un telo o comprar un juguete sexual.

Hoy no tiene una pareja estable, es franquera y cuenta que para concretar un encuentro con alguien se le dificulta por no tener un lugar propio y más que nada por los tiempos, así que lo hace “en los huequitos, al tener horarios rotativos los días que puedo entrar tarde y dormir un poco más, ahí me organizo y me veo una vez por semana o cada dos porque el cuerpo no me da para más. (...) Los medios y las redes te dicen ‘sé libre, feliz y cogé’, pero ¿en qué momento lo hacés si somos una máquina de la cotidianeidad?”.

Una escena similar describe un joven precarizado desde Rosario. En una fábrica la consecuencia de los turnos rotativos de 12 horas es que “se duermen pocas horas, el sueño está alterado y hay falta de ganas”. Esa dinámica laboral y a la vez el querer desempeñarse bien con la pareja volvieron usual que todos los fines de semana un compañero venda viagra en la línea.

El deseo bajo sospecha

A la pandemia que hoy azota fuerte el país y la disminución de los encuentros sociales, se le suman los efectos de la crisis económica. La falta de tiempo libre, horarios rotativos de trabajo, cansancio, desempleo, estrés, y no tener un cuarto o espacio propio, se erigen como grandes enemigos de una sexualidad acechada por la precarización de la vida.

Otra joven de 23 años que sale con una chica atravesó todo tipo de dificultades el último año, desde quemarse la cabeza en un call center hasta ser despedida de una cadena de supermercados por tener Covid. Cuenta que se crió en una villa de Avellaneda donde la Iglesia tiene mucho peso, y que a sus 11/12 años formó muchas de sus opiniones navegando en grupos de facebook, lo que la llevó a cuestionar a un sacerdote que en una misa demonizó el matrimonio igualitario. “Eso era anormal”, le decía.

Describe un panorama del que poco se habla en relación a los padecimientos pueden atravesar personas LGBTIQ+: “Hay chicas y chicos que conozco que incluso todavía no se animan a plantearseló, como que está ahí la duda de ’puede ser que me gusten los chicos’ o ’puede ser que me gusten las chicas’, pero es tan difícil su situación estructural como vivir con 12 personas, con su mamá, papá y hermanas, que capaz lo dejan para otro momento. Porque ponele que abrís un proceso y decís ’creo que me gustan las chicas’ pero estás viviendo en esas condiciones, te echan a la mierda y no tenés laburo o laburás de Rappi, ¿qué hacés?". Una realidad recurrente para las personas trans.

A la hora de ejercer la sexualidad libremente si hoy en día hay una desigualdad de la que no se habla es la económica. Esos discursos que corren alrededor de la libertad sexual en clave de salud y placer suelen omitir estos problemas y la ubican en un plano individual, como si ejercerla solo fuese una cuestión de voluntad propia y romper determinados tabúes alrededor del sexo y los roles de géneros. No es casualidad que los contenidos privilegiados por los algoritmos, generalmente están protagonizados por y dirigidos hacia una minoría social que tiene la capacidad material para ejercer esa libertad en toda su plenitud.

Tiempo de deseos: sexo y capitalismo

No se trata de una relación mecánica, la desigualdad económica no impide de manera absoluta vivir una sexualidad placentera, pero sí la condiciona, la coarta, le pone múltiples límites a la gran mayoría trabajadora y pobre para poder efectivamente disfrutarla. De esta manera, como puede ser fuente de estímulos placenteros, también puede terminar siéndolo de malestares y sufrimientos.

Un chico de 20 años de Capital, que vive con la familia y desde diciembre está buscando trabajo, plantea que “alrededor nuestro hay cosas como un chabón en bolas o re sexuales, y yo particularmente tengo una presión de: bueno, soy un hombre, tengo que ser una máquina sexual, hay un poco esa idea creo. Y esa presión que algunos tenemos me hace un límite a explorar, a pasarla bien, en ciertas situaciones me pongo nervioso, no me puedo concentrar y no tengo una erección”.

Eva Illouz sostiene que en ese desarrollo de un mercado matrimonial las lógicas de una economía basada en la competencia penetran directamente en las relaciones sexuales. De esta manera la duración y el desempeño en el acto sexual, cuántas relaciones o parejas se tienen, la belleza o el “sex appeal”, se vuelven aspectos observados con una lupa y calculadora en mano que dan como resultado (o no) determinado estatus en el mercado, que su vez impactan en la percepción propia y el autoestima sea para bien o para mal.

Algo de esto también comentaba una joven trabajadora de casas particulares con sus propias palabras: “El otro día hablábamos con una amiga cómo te baja la líbido las condiciones laborales. En un momento no podía disfrutar ya del sexo porque no me excitaba, estaba cansada y estresada. Y esa es para mí también la contradicción que hay, desde la exigencia a gustar al otro, mostrar tu cuerpo y estar no sé cómo decirlo, en el mercado”.

Como se ve la cultura del consumo y la mercantilización de la sexualidad, que tan rentables le son a las empresas, también hicieron su propio aporte. La chica de Avellaneda lo afirmaba así "es como si el sexo o lo sexual sería más bien como un paquete de galletitas, te lo muestran en todos lados y vos lo podés consumir". La lógica del consumo atraviesa de esta manera la vivencia sexual presionando a la ubicación de los vínculos en un lugar de mercancía.

El amor en los tiempos del tilde azul

Paradójicamente los planteos que en apariencia posan de “libertad sexual” y bienestar, potencian los valores de la competencia y el individualismo capitalistas llevados a las relaciones sexoafectivas, que lejos de ser algo “liberador” se cuelan en la vida cotidiana en forma de malestares de todo tipo. En la misma sintonía, las mismas empresas que hoy fomentan el consumo desenfrenado e instan a vivir el placer en su máximo esplendor son las que defienden a ultranza ese orden social donde la lógica de la rentabilidad busca iluminar cada aspecto de la vida, aspirando a transformarlos en productos y servicios de todo tipo, muchas veces hasta vendidos con una bandera del orgullo pintada.

Todo este panorama no implica que no podamos disfrutar o gozar. De hecho hoy los cuestionamientos aparecen con fuerza desde en pibes exigiendo la educación sexual integral en sus colegios hasta jóvenes interpelando en sus casas, laburos y lugares de estudio a otras generaciones sobre cómo viven su sexualidad. De lo que se trata es de tirar de ese hilo para poder pensar e imaginar todas las posibilidades en el terreno de la sexualidad que no entran en esa “libertad” que acepta tantos condicionamientos, lo que implica construir otra sociedad donde no sea reducida a algo que se pueda vender y comprar.




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