Cultura

[Entrevistas] Iglesia, Estado y política

Satur: “La Iglesia nunca dejó de ser una aliada estratégica de quienes conducen el Estado”

Daniel Satur es periodista y editor de La Izquierda Diario. Estudió en la Universidad Nacional de La Plata y ejerce desde hace más de veinte años el violento oficio con una perspectiva clasista y socialista revolucionaria.

Viernes 10 de abril | 00:00

LID: La Iglesia católica en nuestro país ha estado vinculada al Estado desde su creación, e incluso compitiendo con él por el espacio público. ¿Cuáles han sido para Ud. los principales momentos de esa relación? ¿Hay elementos de continuidad y de ruptura?

Daniel Satur: Ante todo conviene partir de una distinción. Por un lado están las creencias religiosas, personales, de cada quien, que al menos en nuestro caso son respetadas como tales. Y otra cuestión es la Iglesia como institución, que es básicamente una organización política, ideológica y social. Por ende, una formación humana con objetivos definidos y conducida por sujetos considerados, al interior del grupo, los más capaces. Esa jerarquía eclesiástica es el cerebro que hace funcionar todo el andamiaje. Enfocándonos en la institución, y teniendo en cuenta su larga preexistencia respecto al Estado argentino, objetivamente desde la conquista de América, la Iglesia fue gravitante en la vida del subcontinente (en la vieja fórmula “con la cruz y con la espada” el emblema religioso va primero). Era esperable que en el mismo proceso de formación del Estado (no exento de contradicciones y conflictos) la Iglesia fuera un continuo actor de peso. De hecho bendijo los sucesos de mayo de 1810 y muchos curas integraron, directa o indirectamente, las sucesivas formaciones gubernamentales.

Las transformaciones sociopolíticas acontecidas en más de dos siglos (locales, continentales y mundiales) derivaron en varios momentos de desencuentro entre las elites gobernantes y la jerarquía eclesiástica. Pero lo cierto es que desde el Estado siempre se le reservó un lugar de privilegio a la Iglesia. En ese marco, pese a momentos de gran tensión y hasta de disputa física (la curia “puso el cuerpo” en todos los golpes de Estado del Siglo XX) no se podría hablar de rupturas propiamente dichas. Esas tensiones, por supuesto, tuvieron costos para una Iglesia anquilosada y encerrada en su autodefensa. La laicidad de la educación pública (ley 1.420 de 1884, con un duro retroceso con el primer peronismo), el matrimonio civil (1888), el divorcio (primer intento de legalizarlo en 1902, finalmente legalizado en 1987), el matrimonio igualitario y la identidad de género fueron avances sociales muy resistidos por la curia.

Sin embargo, pese a esos traspiés y a la decadencia en feligresía y legitimidad institucional, la Iglesia aún hoy sigue siendo una aliada, estratégica diría, de quienes conducen el Estado. Por eso hay continuidades a granel. Tal como lo estipula el artículo 2 de la Constitución Nacional, desde el sueldo de obispos y capellanes (de fuerzas armadas, de seguridad, penitenciarias e incluso hospitales públicos) hasta los cuantiosos subsidios a la educación confesional, pasando por importantes exenciones impositivas, hay un fuerte sostenimiento material a cargo del Estado. Para no hablar del Concordato firmado en 1966 por el Vaticano y la dictadura de Onganía (aunque se había empezado a redactar en el gobierno de Illia), que directamente le permite a la Iglesia un manejo interno exento de cumplir las propias leyes nacionales en temas por demás complejos. O del exitoso lobby que hizo el Vaticano para lograr meter su impronta oscurantista en el Código Civil reformado en 2014. En definitiva, en Argentina el vínculo Iglesia-Estado es de los más estrechos del mundo.

LID: ¿Con qué relatos o fundamentaciones la Iglesia ha justificado o bien criticado esa relación con el Estado? ¿Hubo “triunfos” de la Iglesia sobre el Estado en esas pujas?

Daniel Satur: Quizás el relato o fundamentación clave es la que sostiene la Iglesia desde siempre y en todos lados: la existencia “natural” de ricos y pobres, cuyas relaciones sociales traen consecuencias no deseadas producto del “libre albedrío” humano. Una idea que oculta, deliberadamente, la lucha de clases. Para ellos no existen la explotación, la opresión y la dominación ejecutadas a la fuerza por una minoría parasitaria sobre las mayorías que crean las riquezas. Con esa matriz conceptual fundante y hegemónica la jerarquía católica nunca ha dejado de justificar la existencia de un (su) Estado “árbitro” de esas contradicciones sociales, naturalizando el binomio riqueza-pobreza y presentándose a sí misma como interlocutora “divina” de los ricos y tutora de los pobres. Si a eso se suma el relato, casi genético, según el cual la Argentina es una “nación católica” (idea sostenida, con sus matices y énfasis particulares, por las corrientes católicas ultramontanas pero también por parte del “progresismo” eclesiástico como el que profesa Bergoglio), el entrelazamiento entre la curia y quienes manejan el Estado (tanto los empresarios como sus agentes políticos y sus fuerzas represivas) también se presenta como algo “natural”. El ejemplo más extremo de semejante simbiosis se dio en la dictadura, cuya justificación por parte de empresarios, militares y obispos era la defensa de la propiedad y de los valores y la familia occidentales y cristianos. Sin dudas, en ese sentido los triunfos de la Iglesia sobre “el Estado” se cuentan de a montones. De hecho los traspiés o ciertas “derrotas” de la Iglesia a nivel social fueron producto siempre de procesos dados primero “por abajo” (movimientos sociales internos, cambios en el mundo, etc.) y luego tomados oportunistamente por parte de las castas políticas.

LID: Teniendo en cuenta que la doctrina y los dogmas católicos, con leves modificaciones, tienen una larga historia ¿Por qué es importante estudiar en la actualidad las creencias o religiones a lo largo del tiempo?

Daniel Satur: Desde un punto de vista general, pienso que las creencias religiosas están muy naturalizadas en la humanidad desde hace siglos. A lo largo de la historia se impuso, en no pocas ocasiones, la idea de que las relaciones sociales de dominación y explotación eran situaciones marcadas por el destino, por determinantes sobrenaturales y, por lo tanto, fatalmente inmodificables. Y si es mucha la gente que se convence de algo, la cosa va a ir para ese lado y hay que pensar en cómo tratar con eso. Si queremos transformar de raíz este mundo para que se terminen las mil y una injusticias que vivimos, de mínima tenemos que pensar en cómo convencer a parte de esa gente de que la lucha es bien terrenal. Conocer y comprender los modus operandi de las instituciones religiosas sobre la población y sobre sus propios fieles, nos debería ayudar a desenmascararlas, denunciar sus múltiples crímenes, delitos y pecados y a que dejen de querer gobernar las cabezas y los cuerpos de la humanidad.

Y visto desde la particularidad argentina, tiene una importancia política central. Desde los años 40 del siglo pasado la Iglesia católica cuenta con el peronismo, garante primordial de su existencia y resguardo. En períodos de alta afinidad (como en el primer peronismo o en el menemismo), como cuando se ubicaron en veredas opuestas (segundo peronismo) o en momentos de disputa velada por hegemonizar determinados espacios públicos (kirchnerismo), Iglesia y peronismo se necesitan mutuamente. Claro que otros partidos (patronales, como el radicalismo y la Coalición Cívica) también sostienen el culto católico y no tocan ni un punto ni una coma de las leyes y decretos vigentes que dan enormes privilegios a la curia. Pero con el peronismo hay una matriz muy fuerte a nivel, diríamos, doctrinario. De hecho el peronismo es de alguna manera heredero de la “doctrina social de la Iglesia” (algunos dirán, más bien, que Perón le robó esa doctrina a la Iglesia para darle mística a su movimiento). Yo creo que ahí hay una confluencia muy fuerte en función de lo que decía antes. Si para la Iglesia es “natural” la existencia de ricos y pobres, para el peronismo es natural la existencia de los capitalistas y de los trabajadores. Y así como la iglesia agita su campaña de reconciliación entre ricos y pobres, el peronismo encarna la política de conciliación entre las clases. Y así como para la Iglesia a los díscolos les están reservados el infierno y el purgatorio, para el peronismo las formas de combatir a los rebeldes es la mano represiva del Estado o en su defecto en momentos de relativa bonanza la invitación a conformarse con el reparto desigual de la torta. En ese sentido, creo que se produce una sinergia positiva para ambos, teniendo en definitiva a enemigos muy parecidos e incluso compartidos. Por eso conocer y comprender las creencias religiosas preponderantes es, ante todo, un acto de lucha política.

LID: ¿Qué relación hay entre el poder simbólico que detenta la iglesia y su representación real en la sociedad? ¿Qué implicancias tiene ese poder para el resto de la sociedad?

Daniel Satur: Hace algunas semanas la Conferencia Episcopal Argentina publicó una encuesta encargada por ella misma a una consultora muy prestigiosa. Allí se les consultaba a la población en general y, más específicamente en algunos casos, a los propios fieles qué opinión tienen de la reputación, la credibilidad y la honradez de la institución, así como qué críticas había para realizarle. Prácticamente todos los resultados, sacando algún que otro relacionado a las tareas de asistencia social, eran negativos para la curia. La propia jerarquía estaba reconociendo públicamente que es mayoritario el rechazo a su posición antiderechos respecto al aborto seguro, legal y gratuito, a sus métodos sistemáticos de encubrimiento de violaciones y demás delitos contra niñas, niños y adolescentes y a ser financiados con fondos públicos mientras sectores enteros de la población viven sumergidos en la miseria y condenados a su suerte. Cuando leemos las encuestas científicas que realizan en la Universidad de Buenos Aires sobre creencias religiosas vemos cuánto progresa año a año el desprestigio de la Iglesia tanto a nivel institucional como humano. Obviamente una parte de esa gente migra hacia el evangelismo (sobre todo el pentecostal, el más agresivo y sectario) y otra avanza hacia un ateismo (o agnosticismo) que se convierte incluso en militante de una causa libertaria y anticlerical.

Para mí todo eso abona la idea de que el poder superestructural que tiene la Iglesia, el simbólico en cierto sentido, es mucho mayor al que realmente tiene por abajo, en la verdadera conciencia de las y los “fieles”. Tiendo a pensar que ahí hay una brecha muy fuerte que para la propia Iglesia es irreversible. En ese sentido, lejos de estar dicha la última palabra, el movimiento de mujeres, los colectivos LGTBI, gran parte de la juventud que no le rinde pleitesía a nadie, los movimientos indigenistas e incluso los ecologistas tiene mucho por hacer al respecto, para saldar cuentas con una institución que ha hecho daño.

Por eso digo que desenmascararla, mostrar sus crímenes y pecados y proponerle a la sociedad una lucha consecuente para quitarle sus inmerecidos privilegios, es una tarea que aporta mucho a un acto de justicia largamente esperado por amplios sectores de la sociedad que, incluso en Argentina, han dado sobradas muestras de rechazo y reconocimiento de la responsabilidad de la curia en hechos atroces de la historia nacional. Sabiendo, claro, que mientras el Estado se empecine en sostener, financiar y aliarse doctrinariamente con la curia, esa lucha es dura.

LID: Teniendo en cuenta grandes debates nacionales como el derecho al aborto, el matrimonio igualitario e incluso el divorcio en los ochenta, ¿considera que los movimientos religiosos, en nuestro país, fundamentalmente la Iglesia católica y ahora los evangélicos, han recuperado poder político y capacidad de movilización?

Daniel Satur: Yo creo que la era bergogliana de la Iglesia católica, que es la que estamos viviendo hoy, se caracteriza por la aceptación de algunos errores propios, por la denuncia moral a los desastres del “capitalismo salvaje” (como si pudiera haber otra forma de capitalismo) y hasta por el reconocimiento pacífico de determinados avances de la laicidad a nivel global. Pero hay algunos puntos neurálgicos de la razón de ser de la institución que no se negocian. O, al menos, no se entregan las banderas tan fácilmente. Creo que con lo del aborto se da eso, lógicamente. Pero también se da en cosas incluso “ajenas” al ideario católico, como la pandemia del coronavirus. En pocos días, los obispos le exigieron al Estado que considerara el “trabajo” de los curas como una tarea esencial y se los dejara circular libremente por la calle; se reunieron con Alberto Fernández, gobernadores e intendentes y negociaron recibir una buena tajada de la poca mercadería que el Estado reparte entre la población más necesitada (operación “repartamos desde las parroquias solidaridad financiada con fondos públicos”); y ahora parece que el Gobierno de la ciudad estaría cerrando contrato con iglesias, colegios y hogares católicos para albergar durante estos meses a ancianas y ancianos pobres bajo tutela estatal. Como contrapartida de esos privilegios (y de las fortunas subsidiadas) la Iglesia se ofrece a ser la enfermera, la maestra, la doctora, la cocinera y la tutora de la porción de la población que peor la pasa, ahorrándole presupuesto al Estado, que se da el privilegio de violar muchos derechos humanos básicos con la bendición de los obispos.

Ahora, si eso le alcanza para movilizar al nivel de ganar en las calles lo que no se gana en los palacios, no puedo decirlo. En las últimas décadas se han movilizado poco y nada. Y las veces que lo hicieron perdieron ante movilizaciones mayores que torcieron la vara en favor de mayores libertades democráticas. Sacando, obviamente, la discusión del aborto de 2018, cuando lo que triunfó en verdad fue el furibundo lobby político, ante el peronismo, de las provincias (tal vez, donde se ve más crudamente el reparto de tareas entre el Estado y la Iglesia en cuanto a “atención” de los más vulnerables).

LID: Una lectura sugerida

Daniel Satur: Hay muchos artículos interesantes sobre este tema publicados por docentes y equipos de investigación de la Universidad de Buenos Aires. Entre ellos están Fortunato Malimacci, Roberto Di Stefano, Soledad Catoggio y Sabrina Asquini. También los cuatro tomos de la investigación de Horacio Verbitsky sobre la Iglesia y el Estado. Y creo que es muy importante pegarse una vuelta cada tanto por las publicaciones de la Conferencia Episcopal Argentina e incluso visitar la agencia AICA, que son verdaderas usinas de ideas con las que todo el tiempo nos estamos topando en la vida real.

Y una más. Este verano leí Sodoma, una gran investigación realizada por un equipo liderado por el periodista francés Frédéric Martel. El universo de escándalos, atrocidades, delitos y mentiras que rodean al Vaticano está relatado con lujo de detalles. Un retrato preciso nada menos que de la cabeza política e institucional de una organización humana que se escuda en ser la voz autorizada en divinidades y milagros para influir, incidir e interferir en la vida de millones y millones de personas alrededor del planeta.

Si queremos transformar de raíz este mundo para que se terminen las mil y una injusticias que vivimos, de mínima tenemos que pensar en cómo convencer a parte de esa gente de que la lucha es bien terrenal. Conocer y comprender los modus operandi de las instituciones religiosas (...) nos debería ayudar a desenmascararlas, denunciar sus múltiples crímenes, delitos y pecados y a que dejen de querer gobernar las cabezas y los cuerpos de la humanidad.

Acerca del entrevistado

Daniel Satur es periodista. Estudió en la Universidad Nacional de La Plata y ejerce desde hace más de veinte años el violento oficio con una perspectiva clasista y socialista revolucionaria. Es editor de La Izquierda Diario y milita en el PTS-FIT.







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