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Salvador Benesdra: Un profeta desarmado en el horno de los ’90

Considerado uno de los mejores escritores de la literatura argentina, Salvador Benesdra, en su novela El Traductor retrató magistralmente los años de la “ofensiva neoliberal” y las contradicciones del “progresismo” argentino, con una prosa rica en lirismo y una potencia narrativa fuera de lo común.

Fernando Rosso

@RossoFer

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Viernes 3 de octubre de 2014 | Edición del día

Salvador Benesdra es considerado uno de los mejores escritores de la literatura argentina, no obstante ser injustamente desconocido por el público masivo. De sólida formación intelectual, ex-militante trotskista, políglota, conocedor de la cultura de oriente y occidente, dejó dos libros: la novela El Traductor y el inclasificable libro El Camino Total - Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio. El Traductor había estado entre los finalistas del Premio Planeta Argentina de 1995, pero no ganó. El escritor Elvio Gandolfo, jurado en ese concurso, cuenta en el prólogo de la edición de Eterna Cadencia, que al leer los primeros párrafos, pensó “este tipo escribe”. Después del concurso, Benesdra se comunicó con Gandolfo para que lo guiara “sobre qué hacer con la novela”. Antes de que el libro estuviera publicado por Ediciones de la Flor, Benesdra se tiró del balcón de su departamento el 2 de enero de 1996. Después de muerto, el libro se publicó con dinero de una beca de la Fundación Antorchas, de la familia de Benesdra y con la colaboración de Gandolfo como editor. Entre marzo y octubre de 1995 escribió El Camino Total, que ninguna editorial quiso publicar porque “tenía un nivel demasiado elevado para el mercado de autoayuda. En 2012 Eterna Cadencia reeditó El Traductor y publicó por primera vez El Camino Total, “haciéndole trampas al mercado”, como dice Fabián Casas.

Su novela El Traductor es una descripción detallista, razonada y cruel de la superviviencia y crisis del pensamiento "de izquierdas" en los años ’90, en el marco de la ofensiva neoliberal. Y por lo tanto es también una crítica contundente de lo que en Argentina se denomina el "progresismo". Benesdra sintetiza un espíritu de época terrible, bajo la forma de una prosa magistral y sublime:

"Me dije que tal vez era cierto después de todo que las ideologías están muertas; me regodeé mirando por la ventana del bar cómo el sol caliente de la primavera de Buenos Aires comenzaba a fundir todas las convicciones del invierno. Sospechaba por primera vez que podía haber un placer en el vértigo de flotar en ese caldo uniforme que se había adueñado hacía tiempo de todos los espacios del planeta. El sol volcaba su fiesta de distinciones sobre todos los objetos de la esquina, pero yo sentía que por todas partes estaba drenando una noche gris de gatos universalmente pardos, una apoteosis de la indiferenciación que por primera vez no lograba despertarme miedo".

Bienvenidos al encantador infierno de Salvador Benesdra.

El escepticismo lúcido

Ricardo Zevi, trotskista en su juventud, trabaja de traductor en la editorial “de izquierdas” Turba en pleno año 1992 (año en el que posiblemente lo único bueno que ocurriera fue Acariciando lo áspero de Divididos).

Zevi aspira a que de la labor de Turba surja una modesta renovación cultural en clave "socialdemócrata revolucionaria" del pensamiento de izquierda, pero le cae el vendaval menemista y neoliberal sobre la cabeza, que llega a la propia Turba bajo formas disimuladas de “racionalización” y flexibilización laboral.

En El Traductor se entrecruzan la crítica de cierta "izquierda dogmática" (incluido el trotskismo que llegó a conocer el autor) y la impotencia histórica del progresismo (divido a su vez entre burgueses cínicos y clasemedieros acobardados). Todo ello en medio de una reconstrucción del "sálvese quien pueda" de los ’90, que tiene en la relación entre Zevi y Romina, joven adventista salteña que profesa el credo neoliberal con un entusiasmo inversamente proporcional al que expresa en los intercambios sexuales con el traductor. Del “infierno encantador” del comienzo de la novela, cuando Zevi conoce a Romina, vamos pasando al horno de los ’90.

El fuerte tono escéptico de la novela sobre la trayectoria de "las izquierdas" está a tono con cierto "antipartidismo" de esos años (no olvidar que cada 15 o 20 años surge un "grupo Praxis" que descubre todas las abominaciones de la "forma-partido"). Sin embargo, lo que en los paladines de la "izquierda antipartido" como la revista El Rodaballo (Q.E.P.D) era una mezcla de resentimiento y conclusiones arbitrarias de carácter "esotérico" (encontrar las causas de la crisis de la izquierda solamente en ciertos modos de su funcionamiento interno), en Benesdra está totalmente subsumido en una descripción cáustica, sutil y magistral, mediante el recurso de la ficción, del cambio fenomenal que la "restauración neoliberal" vino a traer. En este sentido, Ricardo Zevi, si bien es un crítico del trotskismo por el que pasó en un breve período, siempre apela al espíritu combativo de esa tradición cuando tiene que "patear el tablero": proponer un paro, hablar en una asamblea por la unidad de los trabajadores, cuestionar al delegado porque "tiene una changa" en la casa del patrón o porque se borra en los momentos decisivos. En determinados momentos, el de Zevi es un escepticismo inteligente, que tiene más que ver con el trotskismo no dogmático, que con el “furor de los conversos” del escepticismo necio.

Por eso, sin perder de vista el tono de autocrítica sobre la izquierda, los cañones de Benesdra apunta al “progresismo”. La evolución de Turba (posible metáfora para Página 12 en la que trabajó Benesdra), que va de la creación de una mística de ex "erpios" hasta aplicar la flexibilización laboral y los retiros voluntarios, resultó una ficción profética en la historia real. Fue el "progresismo" el que llevó a la presidencia a De la Rúa con su "Ley Banelco" y después del exilio del Chacho Alvarez hacia el Varela-Varelita, promovió el regreso de Cavallo al ministerio de Economía, el cual agradeció la gentileza con una confiscación de los ahorros de las capas medias.

Dice Martín Rodríguez que en la película Tiempo de Valientes, la amistad entre el policía alcohólico en crisis y el psicólogo progre que tiene que hacer una probation, preanuncia la alianza de peronismo y “progresismo” que caracterizó los años kirchneristas. Pues bien, en El Traductor se muestran las dos alianzas que dominaron durante los años ’90: entre el peronismo y el conservadurismo liberal (expresión local y particular de la alianza mundial que Benesdra expone a través del pensamiento del filósofo alemán de ficción Ludwig Brocker, que tiene que traducir en su trabajo y aboga por la unidad de fascismo y liberalismo para mejor avanzar con el neoliberalismo) y la alianza que como “oposición a Su Majestad” llevaría adelante la centroizquierda argentina en los ’90: entre el “progresismo” y convertibilidad.

El genio y el monstruo

Es el mismo Casas quien en el prólogo mencionada, retoma la "teoría del monstruo" de raíz borgeana, que hace referencia a la combinación de rechazo y fascinación que provocan las creaciones teratotológicas y concluye que mientras El traductor es "la obra del genio", El Camino Total es "la obra del monstruo". Sin embargo, esa dualidad de genio y monstruo recorre internamente tanto El Traductor como El Camino Total.

El Camimo Total es una obra en la que el flujo de información excesivo, la yuxtaposición de conocimientos sobre la filosofía del Zen y sus distintas sectas, los estudios de la psicología experimental y las reflexiones sobre los problemas de la vida cotidiana, dan un resultado desparejo, heterogéneo y contradictorio: el intento de dar una "base científica" a una peculiar técnica de "autoayuda" que consiste en unir dos de las más antiguas formas de aniquilación del yo: la vía del zen y la del faquir, a través de la concentración en el dolor, para crear un “músculo mental” que detenga los pensamientos (y con ellos las frustraciones, neurosis y sufrimientos socialmente construidos).

Habiendo sido escritos ambos libros simultáneamente, en ambos hay trazos del otro. Sin embargo, el personaje de El Traductor, más allá de alguna reflexión sobre la insignificancia de la autoestima personal, es lo contrario de lo que se propone en El Camino Total. Lejos de desarrollar el "músculo de parar los pensamientos", Ricardo Zevi, vive inmerso en toda clase de tribulaciones, autoreflexiones y pensamientos enroscados que constituyen una atmósfera totalmente opresiva, muy alejada de los "espacios de libertad" que el Zen quiso conquistar en una sociedad jerárquica y militarista y que Benesdra buscaba lograr incorporar a la ejecución eficiente y sin rollos de las tareas cotidianas, en El Camino Total. La dualidad de genio y monstruo recorre las dos obras, que a su vez crean dos registros distintos y complementarios: mientras El Traductor muestra los efectos devastadores de la derrota impuesta por el neoliberalismo en la vida cotidiana, El Camino Total intenta ofrecer un medio de resistencia en la última trinchera de esa misma vida cotidiana.

Entre el escepticismo y el cinismo

Sin poder organizar la lucha colectiva ante un retroceso generalizado de clase trabajadora y “las izquierdas” ni abstraerse por la vía de poner la mente en blanco como en el Zen, Ricardo Zevi se lanza a una búsqueda en la que la concentración en el dolor es reemplazada por la persistencia en la degradación personal.

Por eso, hay capítulos del El Traductor donde el “viaje al fin de la noche” noventista se torna más opresivo que nunca. La narración cruza el difuso límite que separa el escepticismo extremo del cinismo aberrante. La esclavización de Romina por parte de Zevi, para que se prostituya con la excusa de ayudarla a superar sus traumas, aparece como la cima de un conjunto de prácticas destructivas (y autodestructivas) en un mundo que perdió el sentido. Una exploración siniestra del bajofondo de la condición humana, en un contexto de degradación general de las relaciones sociales, personales y de todo tipo, bajo el látigo de la pérdida de conquistas y las “relaciones carnales” con “el primer mundo”. Esos dramáticos pasajes, que por momento generan hasta repulsión operan como las aberraciones de la novela del policial negro: como denuncia descarnada y extrema de un clima de época y de lo que puede llegar a hacer un régimen social sobre la subjetividad de las personas en tiempos de derrota. La caída a lo más bajo de Ricardo Zevi y su relación degradante con Romina, parece estar ahí para recordarnos la imposibilidad de ser felices individualmente en un mundo que se viene abajo desde lo colectivo.

A modo de conclusión

Escribe Lukács sobre Dostoyevski : “Ha creado personajes en cuyo destino, en cuya vida íntima, en cuyas reacciones y conflictos recíprocos, en el choque y en la atracción entre hombres e ideas, los grandes problemas de la época revelan toda su profundidad de una manera más rápida, más vertiginosa y más universal de como acaecen en la mediocridad de la vida cotidiana”. Lo mismo se aplica a Salvador Benesdra y su retrato magistral de un “clima de época”.

Y es otro escritor, Fabián Casas, quien dice en su prólogo a El Camino Total que Benesdra es “un Buda que no se puede quedar quieto meditando bajo el árbol sagrado para evitar el sufrimiento”. En las páginas de El Traductor, aparece como un profeta desarmado que no necesita más armas que la potencia de su pensamiento y la riqueza de su soberbia narrativa.







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