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Red Internacional

Literatura.Salta el pez: cinco nuevos libros y una apuesta alternativa en el mundo editorial

El viernes 15, la editorial Salta el pez presentó sus novedades de 2021 con la presencia de actrices y escritoras de lujo como Liliana Heker, Cristina Banegas, Nora Rabinowicz, Muriel Santa Ana y Fernando Noy. Entrevistamos a las editoras y el editor.

Cecilia Rodríguez@cecilia.laura.r

Martes 26 de octubre | 16:58

En el patio de la Casa del Árbol, entre cervezas y abrazos largamente adeudados, una parte de la comunidad literaria y artística de la ciudad de Buenos Aires se dio cita el viernes 15/10 para celebrar el nacimiento de cinco nuevos libros de la prolífica editorial Salta el pez.

Así se presentaron en sociedad Una mujer de otra parte de Belén Carballo, Lejos en el mapa de Manuel Tacconi, Trazos de la serpiente de la actriz y escritora Noemí Frenkel, Elleritmo, de Martín Pablo Iglesias y Los radares inútiles, de Federico González.

Dialogamos con las editoras y el editor responsables de estos nuevos títulos.

¿Cuándo surgió Salta el pez y con qué objetivos? ¿Cuál es la relación con la carrera de escritura de la Universidad Nacional de las Artes (UNA)?

Marina Baudracco: Salta el pez nació a mediados de 2018 en un aula de la UNA; les tres editores estudiamos como segunda carrera Artes de la Escritura en la UNA. Esa mañana la suerte quiso que tuviéramos una clase sobre edición con ese editor revolucionario que es Eric Schierloh. Eric nos transmitió su pasión por el proceso de edición y su convicción de que era necesario explorar nuevos modelos editoriales en los que los autores estuvieran más involucrados con la materialidad del libro. Les tres editores de Salta el pez estábamos sentados une junto a le otre en el aula. Nos miramos y nos dijimos que podríamos fundar una editorial.

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Rosario Salinas: Los objetivos de Salta el pez son varios, construir un catálogo en el que convivan escritores emergentes con escritores reconocidos; realizar ediciones cuidadas al detalle, a veces incluso artesanales; y, tal vez el objetivo más ambicioso de todos, presentar, más allá de nuestra pequeña escala, un modelo editorial más justo con el autor, hablando en términos materiales.

Alan Talevi: Nuestra relación con la UNA tiene que ver con nuestra condición de estudiantes de esa institución y con el hecho de que un tercio de nuestro catálogo son autores que son estudiantes o egresades de la carrera de Artes de la Escritura. No obstante, hemos recibido mucho apoyo de los docentes de la carrera, que a veces nos presentan potenciales autores, recomiendan nuestros libros, nos acompañan amorosamente en las presentaciones. La comunidad de la UNA ha sido muy generosa con nosotres. En la carrera se ha constituido una comunidad importante de lectores y escritores, una comunidad muy cálida, a veces alejada del estereotipo académico. Y sin perder rigurosidad académica. Tal vez porque en el fondo la carrera brinda herramientas para un oficio que tanto docentes como estudiantes aman. Tal vez porque, deliberadamente o no, la carrera creó un espacio social propiciatorio, un caldo de cultivo, acercando gente con intereses o búsquedas parecidas.

En su manifiesto dicen que tienen como criterio no cobrarle a autores y autoras, ¿por qué?

Alan Talevi: Porque, si bien respetamos otros modelos editoriales y a les autores que los eligen, tratamos de construir la editorial que nosotres mismes, como autores, hubiéramos querido tener (aunque como dice el manifiesto, no nos autoeditamos). De alguna forma, el circuito de circulación de libros en muchos casos reproduce lo que ocurre en tantos otros sectores: los que más aportan a la producción del objeto son los que menos participan en la ganancia. Es un modelo que no nos gusta, no nos convence. Hay una gran discusión sobre si el hacer artístico puede o debe considerarse trabajo, si pensarlo dentro de algún circuito productivo no es atentar contra su esencia. Por eso a mi me gusta la idea de escritura como oficio: cuando uno piensa en un oficio jamás lo piensa disociado de su materialidad, a pesar de que quien ejerce un oficio suele tener con él una relación emotiva, ya sea porque lo heredó o porque el objeto de su oficio es un objeto pasional. Si no generamos mejores tratos con los autores, es posible que las decisiones sobre qué circula y qué no, hasta dónde y cuándo, en el campo artístico la sigan tomando quienes concentran el capital. No sé si lo mejor para el campo del arte es que solo lo habiten los eximios o los que puedan costeárselo de manera directa o indirecta.

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Marina Baudracco: Nuestro catálogo está compuesto en partes iguales por libros de autores que no habían publicado antes –o que habían publicado recientemente su primer libro– y de autores con mayor recorrido como Diana Bellessi, Susana Villaba, Elena Anníbali, o Marta Dillon.

Rosario Salinas: Una editorial que asume riesgos económicos con su catálogo no piensa en un catálogo espasmódico, sino en uno que perdure en el tiempo, un catálogo estable.

Hace poco presentaron cinco libros en la Casa del Árbol. Además de los autores y autoras de esos libros, participaron escritoras de lujo como Liliana Heker, Nora Rabinowicz y Fernando Noy, así como la actriz Muriel Santa Ana, ¿cómo se siente volver a la actividad presencial después de casi dos años de pandemia?

Marina Baudraco: Sí, ¡Y Cristina Banegas! Se siente como recuperar la mitad perdida de algo. Porque la otra cuestión importante del arte es vivirlo en comunidad. Compartir el suceso artístico, pero también una cerveza o una comida. Vernos. Emocionarnos juntes. En el terreno de la escritura, las presentaciones de libros o las lecturas son los espacios donde eso ocurre. Una emoción parecida fue volver a las ferias de editoriales independientes. Fue un momento especial, y por la propia convocatoria de les autores se fueron sumando esos nombres de gente que admiramos, algunes de manera muy planificada y otres de forma espontánea.

¿Podrían hacer una breve recomendación de cada uno de los libros presentados?

En Una mujer de otra parte, Belén Carballo nos presenta cuentos en los que, en general, mujeres sensibles e incluso refinadas se ven arrojadas a realidades inhóspitas: desde abuso de menores hasta la posibilidad de una violación, pasando por crisis de pareja y choques de clases sociales. A veces, esas mujeres conseguirán sublimar de algún modo esas situaciones violentas. A veces, no.

En Lejos en el mapa, Manuel Tacconi, con una prosa seca y precisa y, sobre todo, desde lo no dicho, construye un libro de cuentos protagonizados por el mismo personaje en distintas etapas de su adolescencia y su primera juventud. Si bien los cuentos funcionan como unidades de sentido autónomas, también constelan y arman un sistema. Yo tengo una especie de hipótesis de lectura sobre este libro: Manuel experimentó con algunos materiales de su biografía, pero lo interesante es que su personaje, confrontado con eventos autobiográficos, tomó decisiones muy distintas a las de Manuel. En cierto sentido, es como si en este libro Manuel hubiera explorado una línea temporal alternativa, tal vez menos feliz.

Trazos de la serpiente, de la actriz y escritora Noemí Frenkel, es un poemario en dos partes donde, como a través de un prisma, aparecen distintos aspectos de la mujer. En la primera parte hay una mirada nueva, moderna, feminista, sobre los mitos de Apolo y Casandra. La segunda, con pinceladas autobiográficas, recorre distintos aspectos de la mujer: la niña, la huérfana, la viuda. Es un poemario en el que está el feminismo, sí, pero con formas muy cuidadas, nada panfletarias.

Elleritmo, de Martín Pablo Iglesias, es un experimento poético que se alimenta, tal vez, de eso que a veces se llama escritura no creativa, del procedimiento de collage, donde las palabras del poeta se ensamblan con extractos de conversaciones en redes sociales. Es un libro que pertenece a la zona de nuestro catálogo más ligada a procedimientos de vanguardia.

Finalmente, Los radares inútiles, de Federico González, mención del Fondo Nacional de las Artes, trabaja con materiales atípicos de la poesía: manuales de aviación; bitácoras de accidentes aéreos; sagas de ancestros aviadores. Y un elemento melancólico, un amor fallido que, de manera sutil, etérea, invoca el ánimo del libro.

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