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Red Internacional

El sacerdote grancanario Fernando Báez se ha hecho viral estos últimos días por el señalamiento a la madre de Olivia y Anna, las dos niñas asesinadas por su padre en Tenerife, como la causante de tal desgracia.

Lunes 14 de junio | Edición del día

Para este sacerdote la muerte de las niñas y la posible muerte de su asesino (posible, pues aún no se descartan otros escenarios) estarían al mismo nivel, ya que la causante de tal desgracia sería la madre y ex pareja de este por haberse separado de él y haber rehecho su vida.

Bajo el nombre de Dios y de una institución históricamente represiva de la mujer como es la Iglesia católica, echa la voz al cielo y pide “parar las rupturas matrimoniales, reforzar la fidelidad y no entregar los hijos de un padre a otro” para así evitar tragedias como la ocurrida.

No sería la primera de las escandalosas declaraciones LGBTIfóbicas y machistas – incluso haciendo apología de la violencia de género- por parte de importantes representantes de la institución católica con total impunidad. Un reflejo de la estrecha relación que sigue habiendo entre la Iglesia y el Estado, y de la enorme influencia que sigue ejerciendo una institución tan reaccionaria en el Estado Español.

Mientras tanto, nos encontramos con un caso brutal de violencia machista a través de la violencia vicaria, es decir, atacar a las hijas, entendidas como una propiedad, para hacer sufrir a su ex pareja por el hecho de poder estar teniendo una vida mejor después de su relación.

Los sectores más reaccionarios y conservadores hablan de una violencia sin adjetivos y se niegan a ver tras estos casos como parte de una violencia estructural como la que ejerce el patriarcado. Algunas posturas llegan a culpar de la violencia machista a las mujeres por aguantar menos y valorar con mayor asiduidad su libertad a la hora de decidir sobre sus vidas.

Las conquistas que permiten estos cambios se deben al histórico movimiento de mujeres, que sigue enfrentando las violencias machistas que se llevan la vida de tantas mujeres. Ahora, tras la pandemia, esto se muestra incluso con mayor ímpetu por la denominada “resaca pandémica”, esa que ha llevado a muchas mujeres que han pasado estos meses de confinamiento con sus parejas a tomar una decisión para acabar con su sufrimiento.

Ante la brutalidad de estos crímenes, la extrema derecha sigue instrumentalizando y aprovechándose para defender con mayor ímpetu la prisión permanente revisable o la cadena perpetua. Ciertos sectores del movimiento feminista también abogan por aumentar las penas a los maltratadores, abusadores y asesinos. Pero esta postura es bastante cuestionable en cuanto pensamos en conseguir la destrucción total de una sociedad patriarcal basada en fuertes relaciones de poder y violencias que se extienden por toda ella, sin ser el Estado una excepción.

Dar más poder a los mecanismos represores del Estado no va a ser nunca la solución. Pues este es el mismo que reprime a mujeres en manifestaciones contra la violencia de género, que expulsa a mujeres migrantes, que deja actuar y enriquecerse en su territorio a multinacionales que explotan mano de obra barata de mujeres y niñas en países pobres o que tampoco se preocupa por poner los recursos necesario para que se pueda ejercer el derecho al aborto con seguridad y calidad.

Por todo ello, no debemos confiar en el Estado para acabar con esta lacra social que es la violencia machista, sino organizarnos mujeres jóvenes, viejas, precarias, paradas, solteras, madres, lesbianas, bisexuales… y hacer caer al patriarcado con nuestras propias manos.




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