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Rosa Luxemburgo, 1917: “Mi tercera Navidad tras las rejas, pero no es una tragedia”

Publicamos aquí fragmentos de una hermosa carta que, desde la prisión de Breslau y en vísperas de la Navidad, la revolucionaria internacionalista Rosa Luxemburgo le envía a Sophie Ryss, esposa del revolucionario alemán Karl Liebknecht (*). El amor de Rosa por la vida y la naturaleza, y su carácter que resiste ante todas las adversidades llenan estas páginas escritas en la tercera navidad que pasa encerrada en una celda.

Jueves 24 de diciembre de 2020 | 12:06

Rosa Luxemburgo en 1893, a los 22 años.


Breslau, a la víspera del 24 de diciembre de 1917

Sonitska, mi avecita, me alegré de tal forma haber recibido su carta, que quería responder enseguida, pero tenía tanto que hacer en ese momento, y precisamente tenía que concentrarme mucho en hacerlo, que por eso no pude darme ese lujo. Pero entonces quería yo esperar de preferencia una oportunidad porque es mucho más lindo, poder conversar así, sin impedimentos, entre nosotras, en privado.

(...).

Sophie Ryss y Karl Liebknecht con los hijos de su primer matrimonio.


Ahora hace ya un año que Karl [Liebknecht] está preso en Luckau [1].

Frecuentemente lo he recordado este mes, y fue exactamente hace un año que usted estaba conmigo en Wronke, y me regaló ese lindo árbol de navidad…

Este año hice que me consiguieran uno, pero me trajeron uno muy feo, al que le faltaban las astas –no tiene comparación con el del año pasado. Yo no sé cómo podré colocarle las ocho lucecitas que he adquirido.

Es mi tercera navidad tras las rejas, pero no lo tome usted como tragedia. Yo estoy tan tranquila y serena como siempre.

Ayer me quedé mucho tiempo despierta en cama –en estos tiempos no puedo dormirme nunca antes de la una, aunque ya a las diez debo irme a la cama–, entonces sueño diferentes cosas en la oscuridad. Y entonces estaba pensando ayer: qué curioso es que continuamente vivo en una embriaguez de alegría –sin motivo alguno–. Así, estoy acostada por ejemplo aquí, en mi celda oscura, en un colchón duro como una roca, a mi alrededor domina el silencio habitual de un cementerio, una se siente como en el sepulcro; desde la ventana se dibuja en el techo el reflejo de la linterna que arde en la prisión toda la noche. De vez en cuando se escucha solamente el sordo rechinar lejano de un tren que va pasando; o muy cerca, bajo las ventanas, el carraspeo de la guardia, que en sus pesadas botas hace un par de pasos lentamente para mover las piernas entumecidas. La arena cruje vacía de esperanza bajo esos pasos, y todo el abandono y la imposibilidad de encontrarle solución a la existencia resuena así en la oscura noche húmeda. Ahí estoy yo acostada, quieta y sola, envuelta en estos múltiples paños negros de las tinieblas, del aburrimiento, del cautiverio en invierno –y en ese momento late mi corazón con una felicidad interna indefinible y desconocida, como si estuviera caminando bajo los rayos de un sol brillante por una pradera en flor.

Y le sonrío en la oscuridad a la vida, como si supiera algún secreto mágico que pudiera desmentir todo lo malo y lo triste, y lo convirtiera en mucha luz y felicidad. Y ahí busco yo misma, cuál es mi razón para tener una alegría tal, no encuentro nada y tengo que reírme otra vez de mí misma. Yo creo que el secreto no es otra cosa más que la vida misma; la profunda penumbra de la noche es tan bella y suave como el terciopelo, si una sabe mirarla.

Y en este crujir de la arena húmeda, bajo los pasos lentos y pesados de la guardia, canta también una pequeña linda canción sobre la vida –si una sabe escuchar bien–. En estos momentos pienso en usted y tengo tantas ganas de compartirle esta llave mágica, para que usted, siempre y bajo cualquier circunstancia, perciba lo bello y la felicidad de la vida, para que usted también viva en la embriaguez de la vida, y principalmente vaya como caminando sobre una colorida pradera. No tengo intención alguna de llenarla de ascetismo con alegrías imaginarias. Le concedo todas las alegrías sensoriales reales. Solo quisiera darle además mi inagotable serenidad interna, para poder quedarme tranquila sobre usted, que vaya por la vida en un abrigo bordado de estrellas que la cuide de todo lo pequeño, lo trivial, de lo que le atemorice.

Usted ha recolectado en el parque de Steglitz un lindo ramo de bayas negras y rosavioláceas. Para las bayas negras hay que considerar saúco –cuyos frutos cuelgan en pesados y llenos racimos, entre grandes abanicos de hojas dentadas, seguramente usted ya los conoce– o con más seguridad, aligustre; delicados ramilletes delgados verticales de bayas y hojas verdes, estrechas y larguitas. Las bayas rosavioláceas escondidas debajo de las hojitas podrían ser de níspero enano; normalmente deberían ser rojas pero en esta época tardía del año cuando ya están algo pasadas de madurez y echadas a perder, se ven con frecuencia de un violeta rojizo; las hojitas se ven como las del arrayán, pequeñas, puntiagudas al final, verde oscuro, parecidas a la piel en la parte de arriba, ásperas por abajo.

Rosa Luxemburgo (sentada), en una reunión con dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán.


(...).

Ah, Sonichka, he experimentado un agudo dolor, en el patio, donde hago mis paseos, llegan con frecuencia carros del ejército cargados con sacos, o con viejas camisas y uniformes de soldados, en muchas ocasiones con manchas de sangre… aquí los descargan y los reparten en las celdas, aquí son reparados, y otra vez empacados y enviados al ejército. Recientemente vino uno de estos carros, tirado en lugar de caballos, por búfalos.

Vi a los animales por primera vez de cerca. Son más fuertes y de complexión más robusta que nuestro ganado, con cabezas planas y cuernos también planos y curvados, tienen más parecido con los cráneos de nuestros borregos totalmente negros, con grandes ojos apacibles. Provienen de Rumania, son trofeos de guerra… los soldados que conducen estos carros cuentan que fue muy trabajoso atrapar estos animales indómitos y que fue aún más difícil usarlos para el tiro, porque estaban acostumbrados a la libertad. Los golpearon horriblemente, hasta hacer valer el dicho: vae victis [2]… Se supone que hay unos cien de estos animales solamente en Breslau; además reciben, después de estar acostumbrados a las extensas praderas rumanas, poco y miserable alimento.

Son utilizados sin consideración alguna, para tirar de cualquier tipo de carro de carga, por eso mueren pronto. Hace pocos días, entonces, entró un carro lleno de bultos, pero con una carga tan alta que los búfalos no podían atravesar la elevación del portón de la entrada. El soldado acompañante, un bruto, comenzó a apalear a los animales a golpes del lado más ancho del fuste de su látigo de tal manera que la centinela molesta le llamó la atención ¡si no tenía lástima de los animales! –Nadie tiene piedad de nosotros, las personas, tampoco– respondió con risa malvada y los apaleó todavía con más fuerza…

Los animales jalaron pasando al fin sobre la montaña, pero uno sangraba…

Sophie y Karl Liebknecht


Sonishka, la piel del búfalo es literalmente solo grosor y dureza… y estaba rota. Los animales se quedaron muy quietos y agotados.

Cuando estaban siendo descargados, uno, el que estaba sangrando, miraba alrededor con una expresión con su cara negra y sus grandes ojos tiernos, como un niño con los ojos hinchados de llorar. Era claramente la expresión de un niño que ha sido duramente castigado y no sabe para qué, por qué motivo, que no sabe cómo escapar de la tortura y la violencia brutal…

Yo estaba parada frente a él, el animal me miró, se me salieron las lágrimas –eran sus lágrimas, no es posible estremecerse con más dolor ante el sufrimiento del hermano más querido, que yo en mi impotencia ante ese sufrimiento silencioso. ¡Qué lejos, qué inalcanzables, perdidas, libres, suculentas, verdes praderas! Qué diferente brillaba ahí el sol, soplaba el viento, qué distintos eran los hermosos sonidos de los pájaros o el melódico grito de los pastores. Y aquí, en esta ciudad extraña y lúgubre, el establo asfixiante, el heno enmohecido que provoca asco, mezclado con la paja en descomposición, las personas extrañas y horribles, y los golpes, la sangre que corre por la herida fresca…

Mi pobre búfalo, mi pobre amado hermano, estamos aquí los dos, tan impotentes y embrutecidos y somos uno solo en el dolor, en la impotencia, en la nostalgia.

Entretanto, las presas afanosas habían rodeado el carro, descargaron los pesados bultos, y los llevaron hasta el edificio; pero el soldado solo metió ambas manos en las bolsas del pantalón, se paseó a horcajadas en el patio, rió, y silbó quedamente una canción muy popular. Y toda la suntuosa guerra pasó ante mis ojos.

Escríbame pronto.

La abraza, Sonichka:

Su R

P.d.: Soniushka, queridísima, quédese a pesar de todo tranquila y alegre. Así es la vida, y así hay que tomarla, valientemente, la frente en alto y sonriendo, a pesar de los pesares. ¡Feliz navidad!

Así es la vida, y así hay que tomarla, valientemente, la frente en alto y sonriendo, a pesar de los pesares. ¡Feliz navidad!


(*) Sophie Ryss fue una socialista y feminista nacida en 1884 en Rusia y educada en Alemania, donde conoció a Karl Liebknecht en 1912. Fue miembro del Partido Socialdemócrata Alemán y del Partido Comunista de Alemania, en 1918, fundado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Después del asesinato de estos dos dirigentes revolucionarios, Sophi se mudó a Londres y luego regresó a Alemania. Pero, más tarde, temiendo por su vida por el surgimiento del Partido Nazi en los ’30, emigró a Moscú, donde vivió hasta su muerte en 1964.

[1] Karl Liebknecht fue trasladado el 8 de diciembre de 1916 a la prisión de Luckau.

[2] Los dolores del vencido.







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