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Red Internacional

LIBROS. [Reseña] El clientelismo bajo una mirada no condenatoria

Gabriel Vommaro y Hélène Combes son autores El Clientelismo político: desde 1950 hasta nuestros días. Editado por Siglo XXI, el libro combate un enfoque moralmente crítico de esas prácticas.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Jueves 8 de diciembre de 2016

El militante lo vio a entrar al viejo cine Odeón. El Tripa (según recuerda le decían) venía con una flamante remera de Belgrano, que tenía inscripta la leyenda “Kammerath intendente”. El Tripa, joven albañil de solo 22 años, era un “contacto político”, un simpatizante.

  •  ¿Qué hacés con esa remera?”- inquirió el militante.
  •  Me la acaban de regalar en la calle-contestó el recién llegado.
  •  Pero ese tipo es un candidato que está con los empresarios- fue la respuesta.
  •  Pero la remera está buena- insistió el Tripa.

    Minutos después, el militante no tuvo más remedio que reconocer la verdad. La remera era de buena calidad, “estaba buena”.

    La anécdota es real. Ocurrió en el año 1999, en el barrio Villa Libertador de Córdoba. El autor de esta nota no puede recordar si era efectivamente el Tripa el que traía la camiseta, o si se trataba del Tatelo. Para el caso, es un detalle secundario.

    La situación entra dentro de lo que se define, en la ciencia política actual, como una relación de clientelismo. Sin embargo, la historia –si se nos permite la definición- permite ver también el lugar desde el que “habla” el llamado cliente en esa relación.

    Bajo el título de El clientelismo político: desde 1950 hasta nuestros días, Gabriel Vommaro y Hélène Combes nos presentan un recomendable estudio, somero pero preciso, de la utilización de esa categoría en la sociología, la antropología y la ciencia política.

    El estudio no busca ubicarse en un lugar neutral o aséptico. Toma partido, podría decirse, contra la construcción de una mirada condenatoria sobre las prácticas clientelares.

    “Este libro toma posición al respecto. Al mismo tiempo que proponemos un marco analítico para estudiar la variedad de vínculos políticos personalizados que incluimos en la categoría de clientelismo y esbozamos una definición que expone su carácter bifronte –como categoría analítica y como etiqueta moral-, sostenemos que tomar en serio este último aspecto implica dar cuenta tanto de las relaciones políticas en las que intervienen formas de reciprocidad e intercambio como del modo en que estas se encuentran atravesadas por evaluaciones morales –internas y externas- que definen los criterios de justicia que las regulan”(21)

    La elección de ese enfoque no puede ser desligado del momento político que atraviesa Argentina, América latina y parte del mundo. La mirada condenatoria sobre el clientelismo aparece impulsada desde ONG y organismos internacionales, en nombre de la “transparencia”, del accountability y del “buen funcionamiento” de las instituciones.

    Fronteras adentro, el triunfo de Macri aportó pasos en ese mismo sentido, con las marcadas críticas hacia los planes sociales y las asignaciones como la AUH. Aquí, el relato gorila está enderezado “contra los vagos”. Las paradojas de la sociedad conllevan a que quienes emiten ese discurso sean, en muchas ocasiones, grandes empresarios que han vivido del trabajo ajeno su vida entera.

    Volviendo a El clientelismo político… es preciso señalar que ambos autores buscan aportar a la construcción de otra mirada, donde el centro de los análisis no está centrado en esa condena moral. A partir de allí abren un camino hacia una visión que complejice los procesos de dominación y las relaciones establecidas entre los agentes que intervienen en esos procesos sociales.

    En función de ese objetivo, los autores realizarán un recorrido histórico sobre el uso del concepto del clientelismo. El camino va desde los primeros estudios, centrados en el campo de la antropología, hasta el momento en que los mismos empiezan a ser abordados dentro del área de las ciencias políticas, hacia fines de los años 70.
    Vommaro y Combes afirman que “en el paso de los años setenta a los ochenta, la ciencia política se interesó por la cuestión del clientelismo. Como dice Médard, “la curiosidad creciente por las nuevas sociedades políticas, que se multiplicaron con la descolonización, contribuye mucho a ello”” (48)

    Ese recorrido permite además ilustrar multiplicidad de relaciones que pueden entrar –en la visión de los autores- bajo el amplio rótulo del clientelismo. Hay que señalar que muchas de ellas se despliegan en ámbitos sociales más bien limitados como pequeñas comunas, y eso –los autores lo consideran- constituye un límite para la generalización.

    La crisis de la política y el clientelismo

    Cuando aborden el estudio del concepto del clientelismo en el ámbito de la ciencia política, los autores mostrarán la multiplicidad de relaciones posibles, así como las consecuencias que eso tiene en el campo de las ciencias sociales.

    Bajo esa óptica abordarán las realidades de México y Argentina, por el lado de América latina; y de Francia e Italia, por Europa. En todos los casos, a pesar de la brevedad del trabajo, Combes y Vommaro buscarán construir una mirada de largo plazo, que identifique trasformaciones sociales profundas.

    Señalemos una, en el caso italiano, a nuestro entender muy interesante. En la reseña del régimen político italiano los autores mostrarán el peso adquirido por la Democracia Cristina (DC) desde fines de los años 40, como contrapeso al crecimiento del PC.

    Sin embargo, el avance neoliberal y la degradación de las condiciones de vida de las masas, llevarán a una crisis en ese partido, cuyas funciones “clientelares” será progresivamente “absorbidas” por la mafia. Señalando este proceso, a partir de la película Gomorra (basada en un libro de Roberto Saviano) relatarán los autores que “en su libro sobre Nápoles Percy Allum afirmaba que “todos los jóvenes napolitanos tenían la ambición de llegar a ser secretarios de la DC”. Treinta años después el horizonte los jóvenes de Gomorra, tal como se lo presenta en la película, es ser mafiosos” (p. 88)

    Fisonomía de una nueva mirada

    Los apartados finales del libro están dedicados a aportar a la construcción de una perspectiva para los trabajos que se propongan abordar el terreno del clientelismo.
    Por un lado, los autores reivindicarán el crecimiento de un interés por hablar o leer la realidad desde la mirada “del cliente”. Señalando que se trata de una tendencia reciente, dirán a modo de ejemplo que (Javier) “Auyero ha vuelto a poner al cliente en el centro del análisis del clientelismo. Su trabajo “toma con seriedad las percepciones de los actores de los intercambios clientelistas” (…) reconstruir la perspectiva del cliente implica tomar en cuenta el conjunto de sus acciones, evaluaciones y creencias” (p. 71)

    Contra un enfoque puramente instrumental, que no ve más que sujetos pasivos receptores de bienes, el enfoque de Vommaro y Combes apunta a mostrar los intereses complejos que se tejen en las relaciones clientelares.

    Precisamente, para ilustrar esa dinámica relacional, apelarán al uso de la categoría de “economía moral” de Edward P. Thompson, el gran historiador británico, autor de La formación de la clase obrera en Inglaterra.

    Dirán los autores que “la noción de ‘economía moral’, tomada del historiador Edward P. Thompson, permite, por contraste, comprender como se organizan los principios de percepción y apreciación émicas de esos fenómenos y, en particular, sacar a la luz el sentido de justicia que les sirve de base” (pág. 143). Se trata -profundizan- de “una organización moral de las relaciones políticas entre dirigentes y dirigidos, que se convierten desde ese momento en lazos fundados en nociones compartidas de justicia y evaluados en función de ella” (144).

    Resulta difícil aceptar un esquema que presenta nociones comunes de justicia en una relación cuyo aspecto esencial es una profunda desigualdad entre las partes. Y donde el nudo del vínculo pasa por la mutua utilización. Los mismos autores deben señalar que el límite de la apropiación que hacen del concepto está dado por “pertenecer a un momento histórico invalidado por la dominación capitalista de todas las esferas de la vida económica moderna” (p. 145). Ellos aclararán que lo esencial del concepto reside en que permite “aprender la dominación sin prejuzgar la interiorización incondicional de la ciencia” (p. 147)

    En el mismo camino de presentar un enfoque distinto, los autores apelarán a la teoría de los roles de Erwin Goffman. Dirán que “una descripción goffmaniana de las relaciones políticas personalizadas esclarece muchos de los aspectos que un enfoque unilateral en términos de dominación deja en la sombra: la manera en que el agente político o el militante deben estar a la altura de la situación” (p. 155)

    En este caso, el límite que tiene el postulado de los autores radica en que el militante o agente político es, casi universalmente, un intermediario que ejerce su rol a partir del despliegue de políticas clientelares de largo alcance, orquestadas desde el mismo Estado. Éste último aparece fuera de la relación en el esquema goffmaniano.

    Si hacemos un recorte centrado en la realidad argentina, se torna evidente que, en las últimas décadas, trabajadores desocupados y sectores pauperizados han debido recurrir esencialmente a la acción directa o la movilización para que el Estado y los Gobiernos cumplan efectivamente “su parte del compromiso”.

    Clientelismo y lucha de clases

    En el apartado donde analizan Argentina, Vommaro y Combes citarán a Javier Auyero para señalar que “las reformas neoliberales que debilitan la relación de las clases populares con las protecciones ligadas al empleo asalariado, así como la presencia del Estado en los territorios, hacen que esas clases resulten más permeables a entrar en relaciones de clientela (111).

    La estructuración de una relación de clientelismo en determinadas capas sociales no puede ser escindida de los resultados de la lucha de clases. La regresión social que implicó el genocidio de clase de 1976-83 y el crecimiento de la desocupación en los años 90, establecieron un nuevo piso desde el cual estructurar la relación de dominación por parte del gran capital. Sobre esa base se impuso el crecimiento del clientelismo.

    Ese avance neoliberal es inseparable del rol jugado por las conducciones sindicales de la clase trabajadora y los partidos referenciados en lo popular. La degradación de las condiciones de vida de amplias capas de la población trabajadora no fueron un designio arbitrario de la historia, sino el resultado de derrotas sociales impuestas con dureza. Ese lamentable papel de las conducciones sindicales no ha cesado, como queda a la vista en la coyuntura política nacional.

    Tal vez sea preciso partir de allí para arribar a una mirada que empiece por superar la condena a las prácticas clientelistas, pero que también se proponga avanzar en superar el estadio en que las clases populares se ven obligadas a aceptar una relación profundamente desigual con el Estado, los Gobiernos y la clase dominante.




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