SUPLEMENTO

René Zavaleta Mercado “a contrapelo”

Sergio Abraham Méndez Moissen

René Zavaleta Mercado “a contrapelo”

Sergio Abraham Méndez Moissen

René Zavaleta Mercado fue un marxista heterodoxo que cruzó por caminos trágicos. Vivió y participó de una revolución social sorprendente. Vio de cerca el fracaso y la imposición de una violenta dictadura militar. Observó imponentes manifestaciones del proletariado minero agrupados en la Central Obrera Boliviana (COB).

Vivió de cerca las masacres más cruentas de la dictadura de René Barrientos. Tras el trago amargo de la derrota y el exilio publicó en México El poder dual (Zavaleta, 1974) obra con la que rompió con la ideología nacionalista del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Después de la derrota de 1952 ligó su reflexión al proletariado minero boliviano que consideró “una de las clases más formidables y excepcionales de América Latina”. Luis Tapia, erudito en la obra de Zavaleta, ha sugerido que “su obra está fuertemente marcada por su participación política en el proceso de la revolución nacional que se inicia en Bolivia en 1952, y por haber vivido en varios países de América Latina, sobre todo debido al exilio, y luego por una dinámica de articulación académica durante las décadas de los setenta y ochenta”. [1]

Trágicamente, Zavaleta participó con entusiasmo de la intempestiva revolución obrera de 1952 bajo las filas del nacionalismo, el MNR de Víctor Paz Estenssoro, organización que en un breve periodo de tiempo se convirtió en agente de la contrarrevolución interna dentro del campo “beligerante”. Fue enviado a un campo de concentración en el trópico boliviano, vivió el exilio en México por más de una década y falleció prematuramente a sus 47 años en el mejor momento de su producción teórica. Uno de sus trabajos más lúcidos es un manuscrito inacabado: Lo nacional-popular en Bolivia (1986), en el que aborda tópicos inexplorados hasta entonces desde el marxismo en América Latina.

René Zavaleta Mercado fue un marxista “heterodoxo” que pensó con cabeza propia la realidad boliviana, sus peculiaridades, estructura e imaginario social. Consideramos, hoy en día, que su pensamiento es una fuente destacada para la comprensión del área andina y de lo “específico” de las formaciones sociales de América Latina. Sus libros El poder dual (1974), Las masas en noviembre (1983) y Lo nacional-popular en Bolivia (1986), son clásicos del pensamiento marxista en América Latina y fuentes primordiales para generaciones enteras de latinoamericanistas. Su pensamiento se alejó de las tradicionales y acartonadas lecturas de Marx (en particular de la tradición estalinista, aunque militó en el Partido Comunista de Bolivia al final de su vida) y cruzó de forma creativa nuevos caminos y conceptos teóricos que innovaron en el campo de producción académica dentro del marxismo en América Latina.

En Sobre las formas aparentes en Marx (1978) determina que la super estructura social no es igual a Estado. Para el autor boliviano no existen leyes generales para comprender esta forma aparente. Según Zavaleta, se requiere de un conocimiento específico en el que la historia delimite las formas singulares en las que se construyen los estados nacionales. Cuestionó la existencia de una “teoría general de las superestructuras”.

René Zavaleta Mercado fue, sin duda, uno de los pensadores marxistas más originales que dio “Nuestra América”. Desarrolló diversas categorías teóricas y analíticas originales (sociedades abigarradas, dualidad de poder, lo nacional popular, el momento constitutivo y la crisis) que permiten comprender el complejo funcionamiento de nuestras sociedades desde el punto de vista de la lucha de clases. Sin embargo, son pocos los trabajos que den cuenta de la influencia y diálogo de otros pensadores marxistas con la obra del pensador boliviano. Su pensamiento heterodoxo y dinámico tuvo una ruta compleja a saltos y en diálogo con el pensamiento marxista del Siglo XX. Fue un lector creativo de Antonio Gramsci, Vladimir Lenin y de León Trotsky.

De algún modo, como decía Walter Benjamin, se hace urgente la lectura de nuestras tradiciones políticas y teóricas desde el punto de vista de los vencidos y realizar un ejercicio de análisis a “contrapelo” para “no permitir que la tradición de los derrotados participe del cortejo fúnebre de los vencedores”. [2]

René Zavaleta, consideramos, intentó poner un freno y alertar en el terreno teórico sobre las causas de la derrota de la revolución de 1952, de la que fue militante desde joven, y reviró sorprendentemente de sus propias posiciones políticas. Como se sabe la revolución de 1952 fue una de las revoluciones más sorprendentes de la historia de América Latina: el proletariado minero puso en jaque al Estado boliviano y llegó a destruir el aparato represivo, las fuerzas armadas, planteando una dualidad de poder entre el estado capitalista y un posible estado obrero revolucionario.

Zavaleta pasó de ser un ferviente defensor de la ideología nacionalista del MNR, participó de forma breve dentro del gobierno, a ser uno de los críticos más destacados de la idea de “una revolución nacional” apostando a la revolución encabezada por el vigoroso y emblemático proletariado minero boliviano. En este trabajo se quiere dar a conocer la influencia y diálogo rastreable del pensamiento del revolucionario ruso León Trotsky en la obra de Zavaleta Mercado para entender la realidad boliviana. Lejos de minimizar la originalidad de Zavaleta Mercado queremos dar cuenta de cómo éste rompió con cierto tipo de marxismo dogmático y dialogó con categorías de análisis marxista expuestas por el fundador del Ejército Rojo, León Trotsky, asesinado en México.

Entre el cruce y la imbricación, el marxismo no dogmático de René Zavaleta estuvo, sorprendentemente, en un diálogo insólito con la obra del marxista ruso León Trotsky. Guillermo Almeyra en un sugerente artículo señaló que León Trotsky “con su teoría sobre el desarrollo desigual y combinado, armó posteriormente a otros como René Zavaleta Mercado, en la comprensión de que el capitalismo no sólo convive con formaciones precapitalistas sino que las subsume en un todo único y contradictorio, lo cual obliga a reconocer las diversidades para buscar una unidad dinámica y cambiante de ellas en el proceso revolucionario”. [3]

Retomando la iniciativa expuesta por el “militante crítico”, Guillermo Almeyra, es que analizaremos la obra de Zavaleta a la luz de algunas categorías de Trotsky en un contrapunto teórico. Retomamos algunas ideas del intelectual trotskista Javo Ferreira que en 2014 publicó un trabajo titulado Comunidad, indigenismo y marxismo: un debate sobre la cuestión agraria y nacional indígena en los andes, en el que desarrolla una fuerte polémica, a nuestro parecer correcta, sobre la obra de Zavaleta y polemiza con el instrumental teórico del revolucionario ruso León Trotsky. [4]

En las líneas que siguen analizaremos algunos de los “flujos” y caminos que recorrió Zavaleta Mercado y su participación política pues como buen intelectual marxista participó del complejo histórico de su país. Bolivia cruzó el siglo XX con una dramática revolución “nacional” bajo la poderosa acción de uno de los proletariados más creativos y poderosos de América Latina. En 1952 el proletariado minero irrumpió intempestivamente en la historia de Bolivia dando inicio de un proceso revolucionario convulso y único en América Latina. René Zavaleta Mercado fue uno de sus principales analistas, en el periodo de ascenso, y finalmente en su estrepitosa derrota.

Fue el propio Zavaleta quien dijo que la crisis, la revolución por ejemplo, “ponía al desnudo” la esencia de las cosas. En sentido estricto una de las más interesantes aportaciones del marxista boliviano, a nuestro modo de ver, es la prioridad metodológica del análisis de las crisis. Según Zavaleta, la crisis es el desgarramiento de la universalidad, la sociedad se hunde hasta el tope mismo de sus relaciones de producción y se presentan las contradicciones esenciales de manera atroz. En la crisis aparece la desnudez de las clases y no la mediación de las clases. La crisis es la crisis de la mediación. Si “las clases aprenden las dimensiones de su poder” el conocimiento “será posterior a la perspectiva objetiva del poder” (Zavaleta, 1974: 151). De ahí que la visión de Zavaleta se radicaliza, aplicando sus propias categorías, después de la crisis.

El contexto: 1952 una revolución derrotada

“La revolución es una prueba de fuerza abierta entre las fuerzas sociales en lucha por el poder”
León Trotsky, Resultados y perspectivas

En Bolivia, un emblemático 9 de abril de 1952, se desarrolló una “gran crisis”. El concentrado proletariado minero se había decidido a intervenir de forma decisiva en la historia de Bolivia. Un año antes, en 1951, el MNR había salido victorioso de la contienda electoral. A pesar del triunfo del MNR la oligarquía y el gran capital de la industria minera, la llamada “rosca”, se negó respetar las elecciones que debían llevar al poder a Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo e impuso un gobierno militar.

Por la mañana del 9 de abril, según el Secretario Ejecutivo del MNR, Juan Valdivia Altamirano, testigo y actor de los hechos, fueron convocados los miembros del Comité Político Nacional del MNR, en el que estaban Estenssoro y Zuazo, y decretaron que por la tarde de ese día “el partido saldría a las calles pues consideraban las condiciones favorables para el éxito”. [5]

En breve, la Junta Militar respondió al levantamiento del MNR. Como señala nuestro primer observador, Valdivia, “sacaron a sus tropas a las calles, desde los cuarteles, en son de combate.” El ejército bombardeó los barrios de La Paz. A pesar de proclamarse la “Victoria” por la radio “Illimani”, en poder de los insurrectos, la “guerra por el poder” recién comenzaba.

Aunque el MNR había participado de las anteriores luchas del proletariado minero de Bolivia consideraba a la “masa”, a los “plebeyos potentes”, como sujetos secundarios en su estrategia de toma del poder. De acuerdo al intelectual y militante trotskista Guillermo Lora, redactor de La Tesis de Pulacayo, el MNR temía que la participación de las masas desbordara el objetivo de la revolución nacional:

El MNR no repudiaba al movimiento de masas, pero tenía temor que se desbordase y descontaba que por ahí se haría presente la presión de los partidos marxistas, a quienes había visto luchar junto a los trabajadores y dirigirlos políticamente, asignaba a las organizaciones laborales un papel concreto, aunque limitadísimo: servir de cobertura y de apoyo al golpe de Estado. La participación de las masas en la política movimientista, debía limitarse a secundar disciplinadamente los planes y decisiones del MNR y se excluía toda posibilidad de que los trabajadores adoptasen decisiones políticas. El esquema consistía en consumar en seco el golpe de Estado que diese el poder al MNR; luego los sindicatos debían movilizarse para apoyarlo, para demostrar que se trataba del régimen más popular de nuestra historia, etc. [6]

Siles Zauzo líder del MNR, representante de los “nacionalistas” pertrechados por los bombardeos de los militares, sugirió el gobierno de Hugo Ballivián un gobierno mixto formado por el Ejército junto al MNR y “mientras los jefes huían otros estaban dispuestos a seguir combatiendo.” [7] Tres días después el Ejército fue desarmado y sus mandos desfilaron por la ciudad custodiada por las milicias revolucionarias que encabezaba el proletariado minero. Las milicias obreras habían conseguido un triunfo, una verdadera hazaña, derrotando al poderoso Ejército de “la rosca”. Un hermoso cuento de la época escrito por Oscar Soria detalla la gesta:

¡Los mineros¡, se derrama el grito entre los combatientes. Se les humedecen las pupilas de emoción a los fabriles que se batían entre los eucaliptos de Munaypata y Pura Pura: lloraban los carabineros y civiles que habían tomado, perdido, retomado y vuelto a perder el cerrito de Callampaya, gritaban y sacudían sus armas los civiles que desde el amanecer detuvieron el avance del Sucre y el Pérez, por el lado de Tembladerani. Ahora en un empeño heroico, los revolucionarios obligan al enemigo a replegarse: los mineros. Cunde el pánico entre los enemigos. [8].

René Zavaleta Mercado en una bella rememoración del intempestivo alzamiento obrero de Oruro recuerda como “en una tarde limpia, pura como un balazo”, los trabajadores mineros tomaron la ciudad derrotando los regimientos dirigidos desde el Colegio Militar por el Presidente Ballivian y el jefe del Estado Mayor, general Torres Ortíz:

En determinados aspectos la memoria de mis ojos documenta lo que mi exilio escribe. Recuerdo, por ejemplo, y ahora sé por qué hubo quienes pensaban que conocer es recordar, el 9 de abril de 1952 bajo el absoluto cielo de metal azul de Oruro, cuando los mineros de San José se descolgaron desde las rocas de los cerros del contrafuerte, tomaron la ciudad y dieron fin a la marcha de los regimientos del sur sobre La Paz. Con sus harapos vistieron el día que, de otra manera, habría pasado desnudo y sin historia (...) ¿Quién sabe ahora de esas horas? Era la tarde limpia, pura como un balazo. [9]

El combate obrero del 9 de abril fue una verdadera hazaña popular. Uno de los hechos más espectaculares de la revolución, como lo señaló Lora, radicó en la destrucción del ejército por los obreros deficientemente armados. [10] Los obreros de Milluni usaron dinamita contra grandes morteros, sorpresivamente triunfan, y construyen milicias obreras germen de un ejército proletario.

Víctor Paz Estenssoro, que había sido desterrado a Argentina, fue proclamado presidente el 11 de abril de 1952. Unos días después, el 17 de abril, fue formada la COB (Central Obrera Boliviana) que en sus inicios organizaba a 40 mil trabajadores bajo la dirección de Juan Lechín. Custodiado por las Milicias Obreras en el Palacio Quemado, Paz Estenssoro se convirtió en el Presidente de la “Revolución Nacional”. Según el observador y partícipe Guillermo Lora los “sindicatos más importantes tomaron en sus manos la solución de los problemas vitales y las autoridades, si no eran destituidas, no tenían más remedio que someterse a sus decisiones.” [11]

Además del monopolio de las armas la COB agrupó a los campesinos que en los hechos realizaron una reforma agraria ocupando las tierras. Aún más: la COB pidió “sus propios ministros”. En breve los mineros tomarían como estandarte y tradición el desfilar portando cargas de dinamitas y fulminantes:

“en 1957 los obreros y sus milicias armadas de Chojilla, después destacamento Waldo Ballivían, de Colquiri (...) pasan por el frente del Palacio de Gobierno y el Batallón de Coro Coro portan dinamita y fulminantes.” (Justo, 2007: 253).

Entre los obreros la tendencia marxista de extrema izquierda trotskista (el Partido Obrero Revolucionario) comienza a tener influencia, en especial en la COB. El pintor Miguel Alandia Pantoja, de tendencia trotskista, asume la redacción de las proclamas fundacionales.

En el haber del proletariado minero estaban las Tesis de Pulacayo, adoptadas como programa de acción por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia en 1946, en el que se señala que el proletariado debe asumir el papel dirigente de la revolución nacional y transformar la revolución democrática en revolución socialista. [12] En La Tesis de Pulacayo se defiende el control obrero de la industria, la independencia de clase, el derecho a la autodefensa obrera y la escala móvil de salarios. Según dicha Tesis la burguesía nacional era incapaz de llevar a cabo una revolución nacional y el proletariado debía ponerse a la cabeza de dicha revolución transformándola en revolución socialista. [13]

La COB se moviliza con desmesuradas manifestaciones de obreros exigiendo la “nacionalización sin indemnización bajo control obrero” y los campesinos tomaron tierras expropiándolas bajo la influencia de La Tesis de Pulacayo. La revolución podía en los hechos materializar esta consigna y avanzar en su carácter anticapitalista. La Tesis de Pulacayo tiene una marcada influencia trotskista contiene demandas y consignas sugeridas por el Programa de Transición, manifiesto fundacional de la IV Internacional.

Sin embargo, el gobierno del MNR llamó a la calma y a realizar las aspiraciones del movimiento de abril de 1952 de “forma ordenada” y “constructiva”. Las medidas pendientes: la ocupación de las tierras, la ocupación de las minas y la construcción del ejército proletario. La realización de estas demandas encabezadas por el movimiento obrero minero planteaba en los hechos la toma del poder político. La situación real distó de la posibilidad al pasar los momentos más álgidos de abril. El MNR, poco a poco, se enquistaba en el poder. El MNR pronto buscó el cogobierno con la COB y cedió varias carteras y ministerios: el POR (organización de extrema izquierda trotskista) apoya la decisión bajo la consigna de no romper con el gobierno y exigió el cumplimiento de las demandas: la reforma agraria y la nacionalización de las minas. El POR tendrá una ruptura, encabezada por Erwin Moller, y se fundiría, como parte de la COB, en el MNR. Así la Central Obrera Boliviana llevó a su principal líder Juan Lechín al Ministerio de un gobierno nacionalista burgués.

El 13 de mayo de 1952, a tan sólo unos días del alzamiento de abril, el gobierno de Estenssoro nombró una comisión que estudiaría la forma en que la minería debía ser nacionalizada y se estipuló un plazo de 120 días para los resultados. El nuevo gobierno “nacional” el 21 de julio de 1952 realizó una de las medidas más aplaudidas por los gobiernos posteriores: el voto universal. La medida instauraba la idea de que las masas bolivianas, ciertamente oprimidas por décadas, tendrían la oportunidad de participar en política. A pesar de que los trabajadores en los hechos “ya participaban de política” el movimiento vio esta medida con simpatía.

El día 2 de octubre de 1952, por decreto, se fundó la Corporación Minera Boliviana (COMIBOL) que tuvo como misión expedita la “exploración de las medidas que se requieren para la nacionalización de la minería”. El 31 en Catavi, lugar emblemático del proletariado minero en el que se había perpetrado una gran masacre en 1942, Estenssoro firmó el decreto de la nacionalización de las minas de Patiño, Aramayo, Hoschschild: “se queman cartuchos de dinamita” pero se pagan 5 millones 750 mil dólares a los dueños en materia de indemnización. El Estado nacional indemnizaba a los barones del estaño y endeudaba al gobierno: el control obrero de las fábricas impulsado por los trabajadores culminó en una nacionalización de tipo “nacionalista burgués” que en breve obligó al gobierno a comenzar con pérdidas. Según Liborio Justo, “la nacionalización de las minas terminó siendo un desbarajuste y la minería pasó de ser un 70% de ingresos estatales para convertirse en un déficit”. [14]

En julio de 1953 el MNR asentó un golpe demoledor a la idea de un gobierno minero independiente sin Estenssoro: la reorganización del ejército con la reapertura del Colegio Militar. La COB cede bajo la dirección de Juan Lechín Oquendo y el proletariado minero pierde las armas. En 1954 el joven René Zavaleta Mercado participa como subdirector de La Nación y se convierte en uno de los más fieros defensores de la revolución nacional, en particular, del MNR. Según Jorge Mansilla, Zavaleta, polemizó duramente contra los trotskistas en especial en el escenario minero. En este contexto el joven militante del MNR adscribía al ideario nacionalista y concebía imposible una revolución anticapitalista según el ideario fundado por Walter Guevara Arce:

A los 21 años, Zavaleta era el subdirector de La Nación que dirigía “El Chueco”; el periódico mantenía enconada bronca con las acicateantes oposiciones de la derecha falangista y la izquierda trotskista. Ya para entonces, Zavaleta Mercado se había forjado una verdadera mira para ver la realidad de ese tiempo de fragores; él podía identificar al enemigo real de la Revolución Nacional, el imperialismo norteamericano, mientras sus compañeros de línea se empantanaban en la pugna desgastante y parroquial contra los “rosqueros”, oligarcas nativos y el incordio que para ellos representaban las diligencias sindicales, especialmente mineras, penetradas del trotskismo. [15]

Ante el avance inflacionario, de 1954, el MNR en el poder instaló el llamado Plan de Estabilización Monetaria en acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en el que se congelaban los salarios, se perdía el control de los precios de las mercancías y se unificaba la tasa de cambio fijando un sólo mercado para la moneda extranjera. El inspirador fue George Jackson Eder quien, invitado por Paz Estenssoro, bajo la dirección del gobierno de los Estados Unidos, se encargó de “diseñar un plan para abolir prácticamente todos los subsidios y controles gubernamentales”. [16]

Luego de las medidas antipopulares del MNR la COB salió del gobierno en 1957 y comenzó un trágico periodo de movilización: los obreros habían destruido el poder de la burguesía rosquera pero había entregado al poder al MNR que reorganizó el estado con el apoyo de los grandes capitalistas y los Estados Unidos.

La revolución boliviana se convertía en la tragedia de un proceso social frustrado, derrotado. Tras la colaboración del POR y de los dirigentes de la COB el MNR había tomado el poder y descabezado la revolución de abril. El POR definió dar apoyo al gobierno nacionalista como su principal orientación estratégica y con ello traicionar la revolución boliviana.

En actos desesperados los mineros de Catavi y Siglo XX se lanzaron a la lucha armada contra la dirección del oficialista sindicato de Huanuni controlado por el MNR y en 1960 los trabajadores pasaron a la acción directa. Uno de los burócratas es colgado en la Plaza del Pueblo. Aun con ello el acto revolucionario había tenido como correlato el desplazamiento del movimiento obrero y su represión. El MNR había usurpado el poder a los mineros. El sufragio universal así como la reforma agraria fueron medidas democráticas otorgadas como subproducto de la acción revolucionaria de las masas, pero hechas de tal forma que se les quito su filo anticapitalista y como parte de una estrategia para fortalecer el estado burgués.

Si bien Zavaleta cuestionó la política claudicante y entreguista del MNR dominada por “la burocracia que surge como soporte del nuevo Estado en la suma de sus órganos, se alía con el sector más atrasado, satisfecho y estático de las masas, bajo la dominación directa del imperialismo” [17] no rompió con él sino hasta el golpe de 1964 cuando el régimen político fue restaurado al pasado rosquero con el golpe militar de René Barrientos. Aun más, a los 27 años, en 1964, fue nombrado ministro de Minas y Petróleo por el MNR. Unos cuantos días después de su nombramiento el MNR perdió el poder por el golpe militar. Pronto la represión y las masacres contra el proletariado minero volvieron y Zavaleta partiría al exilio en México. Según el latinoamericanista Mario Miranda Pacheco, Zavaleta:

En 1971, año en que las fuerzas sociales crearon nuevas condiciones para el desarrollo político del país, participó en la organización del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), sedicente “entronque histórico” del nacionalismo revolucionario. Tiempo después, convencido de que “la clase obrera tal como es, tiene la capacidad de imponer la frustración del nacionalismo revolucionario como proyecto histórico material pero no del nacionalismo revolucionario como ideologia” (Zavaleta, 1983:239), renunció a la socialdemocracia mirista. En años posteriores, durante el exilio banzeriano, sumó su experiencia intelectual, sobre todo su sensibilidad, al Partido Comunista de Bolivia, posición desde la cual caló más hondo en el análisis del país, sobre todo en la potencialidad de las masas, dando a sus escritos el sello de una lectura original de los acontecimientos históricos que devienen realidad y proyecto. Por ello, el marxismo, en Zavaleta, en términos de Luis Tapia, representa un marxismo diferente, de matices distintos a los del “marxismo analítico”. (Pacheco, 2006: 68)

Trotsky según Zavaleta: El poder dual y la impotencia de la victoria

Zavaleta llegó a un México convulso llenó de luchas obreras, estudiantes radicalizados y un fuerte panorama de debate marxista. Una gran ruptura social con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se expresaba no sólo en las fábricas y entre los estudiantes sino también entre la intelectualidad. Las revistas Punto crítico y Cuadernos Políticos en las que escribía Bolivar Echeverría o Coyoacán de Adolfo Gilly, son muestra de este clima intelectual de ruptura. Sin duda alguna es la época en la que la teoría marxista había alcanzado su punto más avanzado de desarrollo en nuestro país con la publicación de Ensayo sobre un proletariado sin cabeza de José Revueltas (Revueltas, 1985) poco entendido para su momento. Su tesis, harto polémica para la época, resultaba un gran insulto para la tradición estalinista pues en su Ensayo... concluía que el proletariado mexicano requería de una nueva organización política revolucionaria con lo que el Partido Comunista de México (PCM) se veía como una organización que teóricamente y políticamente había fracasado.

El proletariado mexicano requería de una “desenajenación” para construir su cabeza. Revueltas enfatiza en ese ensayo:

“en México se produce un fenómeno del que difícilmente puede darse un paralelo en ningún otro país del mundo contemporáneo. Este fenómeno consiste en que la conciencia de la clase obrera ha permanecido enajenada a ideologías extrañas a su clase, y en particular a la ideología democrático burguesa. Su enajenación ha terminado por convertirse en histórica”. [18]

Su desenajeación comienza con el conocimiento de su historia y en la lucha de clases: en el conflicto.

Volviendo a Zavaleta, éste rompe con el nacionalismo en los años setenta y transita a las ideas marxistas. Recurre a Marx, Lenin, Gramsci y a Trotsky. Su principal obra de ruptura con el nacionalismo es El Poder dual de 1974. Según Mauricio Gil:

La literatura crítica sobre Zavaleta Mercado suele reconocer tres periodos en el desarrollo de su pensamiento: i) un periodo nacionalista de izquierda, cuyo inicio se puede situar en la segunda mitad de la década de los ‘50, fuertemente marcado por los traspiés y fracasos de la Revolución del ‘52; ii) uno marxista “ortodoxo” que, rompiendo con la ideología nacionalista –una vez descubierto su verdadero “espíritu” (conservador) en torno a los sucesos de la Asamblea Popular (1971)–, hallaría su expresión más reconocida en El poder dual (1974); y iii) un periodo final, caracterizado con el rótulo de “marxismo crítico”, que abarcaría los escritos de la década de los ‘80, entre ellos Las masas en noviembre (1983) y el póstumo Lo nacional-popular en Bolivia (1986). [19]

Es en El Poder dual en el que Zavaleta Mercado analiza uno de las principales aportes de León Trotsky a la teoría marxista y del cual abreva para “entender” el “fracaso” de la revolución de 1952. Zavaleta prioriza el análisis de la obra de León Trotsky sobre el poder dual en la fábrica y en la sociedad capitalista y en muchos sentidos la obra del revolucionario ruso le permite pensar algunas cuestiones cruciales sobre la Revolución de 1952.

Es en México donde aparece la segunda edición de El Poder dual en el que Zavaleta sugiere:

“Fue Hegel quién escribió alguna vez acerca de este extraño concepto de la impotencia de la victoria. Pero quizá nunca nadie se sintió tan impotente con relación a su propia victoria como los obreros bolivianos de 1952, vencedores del ejército pero a la vez incapaces todavía de ser dueños del mismo poder que, sin embargo, estaba en sus manos. [20].

¿A qué se debía esa incapacidad del proletariado boliviano de apropiarse de forma revolucionaria del poder político? Según Trotsky, el poder dual como fase de una situación revolucionaria, es una oportunidad revolucionaria máxima, única, que puede ser derrotada de no existir el elemento consciente: el factor subjetivo de la revolución el elemento consciente de la clase organizado en su propio partido. Eso no determina su esencia dual. Un importante desplazamiento a izquierda por Zavaleta es la resignificación de La Tesis de Pulacayo que durante la revolución combatió. En El Poder dual y con más fuerza en su texto El proletariado boliviano las consideró como “un gran acierto programático, le da identidad en la alianza con otras clases, será lo que le configure la construcción de su independencia de clase” [21]. Sin embargo, en esencia Zavaleta cuestiona la existencia de un poder dual en Bolivia.

Zavaleta considera que el poder dual es una contribución directa y original de la teoría marxista. En términos de Zavaleta es una crisis del estado capitalista, una anomalía, una “enfermedad” en el que dos tipos de estado se disputan el poder.

Un paralelismo entre el concepto de “sociedades abigarradas” de Zavaleta y la teoría del desarrollo desigual y combinado se hace patente en El poder dual. Trotsky realizó un análisis de la sociedad rusa en donde destacó la forma “híbrida¨ del capitalismo ruso como un desarrollo desigual y combinado en el que convivían formas altamente avanzadas y formas previas al capitalismo, la comuna rural rusa y el modo semifeudal. Para Trotsky el capitalismo se desarrolla de forma desigual y combinada (agrupando heterogeneidades históricas del desarrollo capitalista) en particular en los llamados países semicoloniales (por ejemplo, Bolivia de 1952): una formación social peculiar de estricto sentido capitalista en el que no se transita de forma evolutiva al modelo occidental de acumulación.

Según Trotsky, en su Historia de la Revolución Rusa, el capitalismo se desarrolla a “saltos” lo que no obliga a los países “atrasados” a cumplir las reglas del desarrollo tradicional. Al contrario, hay distintas etapas en el camino social, una amalgama de formas modernas y pre-modernas que posibilitan más aceleradamente el tránsito de una perspectiva anticapitalista en los países no occidentales. La conclusión de esta afirmación, del desarrollo desigual y combinado, es que en los países no occidentales, semicoloniales, el proletariado puede encabezar una revolución anticapitalista antes que en los llamados países de desarrollo avanzado. Esto, en términos teóricos, Trotsky lo desarrolló al calor de la Revolución Rusa y lo generalizó en la Revolución China de 1927 con el nombre de Teoría de la Revolución Permanente. Según Trotsky:

Con esto se excluye ya la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las distintas naciones. Obligado a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas. (...) De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. La Revolución de 1917 perseguía como fin inmediato el derrumbamiento de la monarquía burocrática. Pero, a diferencia de las revoluciones burguesas tradicionales, daba entrada en la acción, en calidad de fuerza decisiva, a una nueva clase, hija de los grandes centros industriales y equipada con una nueva organización y nuevos métodos de lucha. La ley del desarrollo social combinado se nos presenta aquí en su expresión última: la revolución, que comienza derrumbando toda la podredumbre medieval, a la vuelta de pocos meses lleva al poder al proletariado acaudillado por el partido comunista. [22].

La teoría de la revolución permanente se contrapone a la teoría tradicional, de veta estalinista, en la que se priorizaba la revolución nacional: la revolución por etapas. Según esta tradicional concepción de la revolución en los países atrasados, sostenida por los partidos comunistas “oficiales”, los países atrasados no estaban aún lo suficientemente desarrollados para una transición anticapitalista, al contrario, la primera fase necesaria de la revolución debía ser en estricto sentido nacionalista burguesa.

Zavaleta, sobre la base de la derrota de 1952, consideró que la fase transitoria de la revolución llega al conflicto de dos poderes que en contemporaneidad, en paralelismo, en un “instante” se enfrentan y se combaten. Claramente rompe con su etapismo. El poder obrero se instala en los hechos de forma ilegal. Es un hecho político “centralizado”. Zavaleta detalla que el poder dual es una contemporaneidad cualitativa de reclamos históricos “anteriores y posteriores” (democráticos y socialistas) de esencia intempestiva (que obedece al azar) y de carácter excepcional. En otro texto, Clase y conocimiento, (Zavaleta, 1975) detalla la concepción de estado aparente:

Con las persistencia de modos de producción diferentes articulados entre si por una hegemonía concreta que difieren de los modos europeos. Las tareas democráticas son demandas no conscientes. Las tareas socialistas dependen de la capacidad del conocimiento (...) es la teoría marxista la que tiene mayor horizonte de visibilidad dentro de la sociedad burguesa. La burguesía está oscurecida por la compulsión ideológica de su dominación de clase. [23]

Después de la derrota de 1952 Zavaleta concluye que en Bolivia es posible que la clase obrera se convierta en clase dirigente “congnoscente”. Esta teoría de la “lógica de la fábrica” convirtiere al proletariado en obrero colectivo. En la sociología singular de Zavaleta el proletariado es una clase con privilegios cognositivos. En la sociedad capitalista el obrero puede controlar la fábrica, el sindicato y por último la nación. Ante el estado aparente, “cuando ella no coincide con lo que es realmente, la explotación” la crisis “revela”, pone blanco sobre negro, la potencialidad de las clases. Si bien la ideología capitalista opera en las filas de los oprimidos, el obrero está consignado a la destrucción, por medio de la crisis, del estado aparente “justo en su momento constitutivo”. [24]

En términos generales Zavaleta concibe el concepto dualidad de poderes como el surgimiento de dos gobierno que se enfrentan de forma violenta por el poder. Según el autor boliviano Lenin sostiene que el poder dual es una “excepcionalidad” rusa mientras Trotsky la generaliza como regla del Siglo XX. (Zavaleta, 1974: 23). León Trotsky determinó en sus observaciones sobre los soviets en Rusia el poder dual como la organización de la anarquía revolucionaria, una apertura del época, de organización nueva de la sociedad que dejaba atrás la lucha de barricadas del Siglo XIX: el lugar estratégico de enfrentamiento entre las clases seguía siendo las ciudades, pero el proletariado encontró en la fábrica, el nudo central de la producción en el sistema capitalista el centro más peligroso de rebelión política que podía poner bajo su control el resto de la sociedad. Incluye en su concepción que en la fábrica se puede destruir y re-organizar el aparato represivo del estado. El ejército por medio de milicias basadas en la organización de la fábrica se convierte en el centro de disputa del Estado burgués. La fábrica, por tanto, también adquiere centralidad estratégica. Es la fábrica el principal centro de rebelión política. Volviendo a Trotsky:

El consejo de los diputados obreros proclamó la libertad de prensa. Organizó patrullas de calle para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Dominaba casi por completo el correo, el telégrafo y los ferrocarriles. Intentó instaurar la jornada de ocho horas con carácter obligatorio. Paralizando mediante la huelga al Estado absolutista, introdujo su propio orden democrático en la vida de las clases trabajadoras de la ciudad. La organización del consejo significa objetivamente que surge la posibilidad de desorganizar al gobierno, significa la organización de la "anarquía", por lo tanto la condición necesaria para un conflicto revolucionario. [25]

El consejo obrero por tanto es un espacio de liberación revolucionaria, un nuevo tipo de gobierno que requiere de toda nuestra atención, a esto le llamamos el poder dual. René Zavaleta Mercado, en un texto llamado Lo nacional-popular en Bolivia planteó que la crisis (acontecimiento) tiene un estatuto epistémico privilegiado pues es en él donde se muestran las determinaciones ocultas en periodos de paz burguesa; rompe fantasmagorías, como dijo Walter Benjamin en su Libro de los Pasajes. Ahora bien, en sentido estricto desde el punto de vista de Trotsky, en 1952 en Bolivia existió en los hechos una dualidad de poderes desperdiciada producto de la influencia del MNR y la capitulación del POR en el proceso revolucionario. Para Zavaleta no existió la tendencia a la dualidad sino en germen.

Según Zavaleta en 1952 “no hubo un poder dual” pues “el elemento consciente no estaba desarrollado” existe una confusión entre la victoria de una revolución y un poder dual desencadenado por una situación revolucionaria abierta. A pesar de la hegemonía que conceda al proletariado en la revolución de 1952, Zavaleta consideró que en ese momento no existió un poder dual sino tan sólo en carácter germinal confundiendo una revolución proletaria victoriosa con situaciones revolucionarias abiertas. En sentido estricto para Zavaleta sólo la revolución rusa de 1917 podría ser considerada como un poder dual. Zavaleta explica:

Tan próxima a la dualidad de poderes en la Rusia de 1917 como en Bolivia de 1952, si se retrocede a la imagen previa a abril de 1952 la imagen misma del escenario, el acontecimiento y su contenido político son asombrosos. En una batalla que tuvo en proporción dimensiones enormes, el ejército ha sido vencido, materialmente disuelto y desarmado. Una guardia de obreros fabriles hacen guardia en el Palacio Quemado (...) es todo el llamado Estado oligárquico minero feudal el que se ha derrumbado a través de la derrota de su núcleo represivo y existencial, tras una batalla de días, sin embargo, fue el remate de luchas sociales que abarcamos por lo menos en el decenio anterior. (...) En Bolivia, la clase obrera, conquistó el poder, cuya administración quedó a lo último en manos de la pequeño burguesía qué sirvió a los fines históricos de la burguesía (...) la COB no era sin duda un órgano estatal, un soviet. (...) sin embargo el triunfo físico de la clase obrera significaba muy poco cuando no está acompañado de la imposición de la ideología proletaria. Se ve como nunca que el alud espontaneísta de las masas solo produce esquemas pequeño burgueses. En ese sentido, todos los alardes de dominación por parte de la COB no lograban impedir que los obreros sirvieran y pertenecieran el Estado democrático burgués que estaba naciendo. Eso demuestra que allá donde el polo proletario no se constituye como estado obrero, en la única forma en que eso es posible, fusionando el impulso de las masas con el socialismo científico por medio de un partido, no llega a existir una verdadera dualidad de poderes. El germen del poder dual no se desarrolla. [26]

Zavaleta considera que en 1952 no existió una dualidad de poderes sino de un modo germinal y plantea “la espontaneidad de las masas no podía plantear una verdadera dualidad de poderes, y debía, producir necesariamente la degeneración” [27] El poder dual no sólo depende de la construcción de un aparato de coerción o dominación propio (por ejemplo las construcción de milicias obreras en 1952 con la destrucción del ejército regular del gobierno burgués latifundista), ni de la dominación de un territorio, sino en particular de la influencia de una ideología proletaria. Si, en ambos casos estatales (el burgués dominante en crisis y el emergente de las masas insurrectas) confieren características propias no se puede determinar una esencia dual del poder emergente si este no es hegemónico desde el punto de vista ideológico. Esto imposibilita pensar en la potencia de la espontaneidad y sobrevalora la ideología.

Zavaleta confiere mayor importancia a la Asamblea Popular de 1971, organismo de lucha que nació también de forma espontánea, al levantamiento de abril de 1952. En síntesis, para el autor boliviano no ha existido un poder dual en su totalidad. Como bien apunta Mauricio Gill en la obra zavaletiana en Bolivia “no se habrían producido situaciones de poder dual en sentido estricto, sino a lo sumo “embriones” o situaciones de tránsito hacia una futura dualidad de poderes, por distintas razones, pero sobre todo por la falta de un partido obrero hegemónico en Bolivia”. [28]

Trotsky se convierte en uno de los principales autores discutidos en El Poder Dual y afirma que “con la abundancia de sus sugerencias obliga trabajar aspectos teóricos nuevos.” (Zavaleta, 1974: 69). Zavaleta lo dice en las siguientes palabras:

Trotsky pasó por alto el carácter principal de la dualidad de poderes, que era la concentración de dos tipos de revolución en un solo tiempo y un solo espacio. Parecería al contrario, que lo que él entendía por dualidad de poderes era un complejo de contradicciones estatales y semiestatales, de clases y fracciones de clases, y en suma, el carácter esencialmente contradictorio de ese poder. (Zavaleta, 1974: 49)

Trotsky consideró que el soviet en Rusia fue el más poderoso estado proletario del Siglo XX. Fue un crítico implacable del Estado construido por Stalin después de la muerte de Lenin. Para Trotsky el estalinismo expropió la revolución de 1917 instalando una dictadura burocrática en contra los obreros y los soviets. Férreo defensor de la democracia obrera teorizó de forma crucial sobre las formas de transición al socialismo construyendo categorías como la de estado obrero degenerado (Trotsky, 1935). El soviet ruso fue el principal ejemplo usado por Trotsky para describir el poder dual: el momento espontáneo, decisivo, singular, intempestivo en el que el proletariado, desafiando el poder del estado capitalista, impone en los hechos una poder paralelo que se enfrenta de forma encarnizada por el ejercicio de gobierno.

Para Trotsky el poder dual es la expresión máxima de una situación revolucionaria. Por su carácter temporal, no permanente y duradero, bajo la consideración de ser la máxima expresión de combate y enfrentamiento estratégico de las clases, el poder dual es una oportunidad revolucionaria decisiva. Trotsky confiere el poder dual un fuerte contenido espontáneo, sin embargo, la realización victoriosa del poder dual sólo puede conquistarse a través de la derrota del poder político burgués, su desmoronamiento, bajo la dirección de una organización revolucionaria. El poder dual es, además, el momento más avanzado de la guerra civil revolucionaria: el punto más avanzado del combate entre las clases.

Consideramos que el elemento decisivo del poder dual sugerido por León Trotsky es su carácter temporal, no permanente. En Historia de la Revolución rusa sugiere la importancia del rol decisivo que juegan las organizaciones dirigentes pues “sin ella, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.” (Trotsky, 1930). El poder dual es una expresión de las masas proletarias en su lucha por la conquista por el poder político una especie de automóvil con dos volantes. En 1905 detalló que el soviet:

organizaba a las masas obreras, dirigía huelgas y manifestaciones, armaba a los obreros y protegía a la población contra los pogromos. Sin embargo, hubo otras organizaciones revolucionarias que hicieron lo mismo antes, al mismo tiempo y después de él, y nunca tuvieron la misma importancia. El secreto de esta importancia radica en que esta asamblea surgió orgánicamente del proletariado durante una lucha directa, determinada en cierto modo por los acontecimientos, que libró al mundo obrero "por la conquista del poder". Si los proletarios, por su parte, y la prensa reaccionaria por la suya dieron al soviet el título de "gobierno proletario" fue porque, de hecho, esta organización no era otra cosa que el embrión de un gobierno revolucionario. El soviet detentaba el poder en la medida en que la potencia revolucionaria de los barrios obreros se lo garantizaba; luchaba directamente por la conquista del poder, en la medida en que éste permanecía aún en manos de una monarquía militar y policíaca. (Trotsky, 1909)

En la teoría del poder dual de León Trotsky la centralidad objetiva está en el proletariado, el sujeto central del proceso revolucionario adquirido por su papel en la producción capitalista, y este puede ser victorioso o no dependiendo de la madurez del desarrollo subjetivo (el elemento consciente, el partido de vanguardia). Es decir, el poder dual no siempre es victorioso puede ser derrotado, si no existe el elemento subjetivo desarrollado. La revolución de 1917, a partir del análisis de la obra de Lenin y Trotsky, fue una oportunidad revolucionaria aprovechada, victoriosa, producto de la preparación del elemento consciente: el partido bolchevique.

Pero, a diferencia de Zavaleta, el poder dual se ha expresado más allá de Rusia. Trotsky vio en el Siglo XX diversas manifestaciones del poder dual: de organización espontánea del poder proletario. Sin embargo, como lo sugerimos líneas arriba, el poder dual, la situación revolucionaria, no garantizaba el triunfo de los insurrectos. El principal ejemplo usado por Trotsky del rol de las direcciones es la Revolución Española de 1936-1937.

Trotsky, en sentido estricto, es el marxista que junto con Lenin dio mayor preponderancia a la estrategia en la época imperialista. Un ejemplo de poder dual derrotado, para León Trotsky, fue la experiencia espontánea del proletariado catalán durante la “guerra civil española”. En su escrito, de alto contenido estratégico, Clase partido y dirección detalló que durante la “guerra civil” espontáneamente el proletariado efectuaba en los hechos medidas revolucionarias para combatir el avance del fascismo dirigido por Francisco Franco.

Según Trotsky con los grandes choques históricos se revela de forma aguda la contradicción que existe entre las clases y sus direcciones. Mientras los trabajadores españoles ponían en píe consejos obreros en Barcelona, en los hechos un poder dual, sus direcciones asumían una dirección 180 grados en contra, desaprovechando una oportunidad revolucionaria. En el análisis de Trotsky, la lucha espontánea de los obreros fue derrotada por la colaboración de sus propias direcciones. El desarrollo de una situación revolucionaria no garantiza su triunfo:

El camino de lucha seguido por los obreros cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo era de 180°. La dirección entonces, directa o indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la fuerza de las armas. En mayo de 1937, los obreros de Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias direcciones sino en contra suya. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. (...) Por esta razón la clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente. La interpretación marxista, es decir dialéctica, y no escolástica, de las relaciones entre una clase y su dirección no deja piedra sobre piedra de los sofismas legalistas de nuestro autor. (Trotsky, 1940).

¿En qué sentido es dual el poder dual? Trotsky confiere el síntoma de la oportunidad revolucionaria. En la generación de la teoría en Trotsky está la posibilidad de aprovechar la oportunidad cercana por medio de la organización que se prepara para la conquista del poder político. Zavaleta asimila la idea trágica y hasta pesimista en la que la espontaneidad no podría desencadenar un poder dual en los hechos.

Según Javo Ferreira esta explicación trágica de René Zavaleta sobre el 52 boliviano, en el que no existió más que un germen de poder dual, aún cala hondo en las expresiones intelectuales contemporáneas. El ahora ex-vicepresidente Álvaro García Línera, en su ideologema del “capitalismo andino”, abreva de la posición trágica del marxista boliviano exiliado en México:

entonces los límites del proceso revolucionario del 52 están dado por los límites propios de las clases nacionales, léase proletariado y campesinado, es decir su visión conduce al embellecimiento del MNR y a una concepción que propone la resignación ante los lamentables resultados del proceso de construcción de la Nación, como le gusta afirmar a Zavaleta. Es lo mismo que afirma García Linera sobre la “abdicación” voluntaria del poder. [29]

Podemos decir, a modo de cierre, que Zavaleta rompió con el etapismo estalinista, se acercó por aproximaciones propias a la idea de lo específico de las sociedades abigarradas latinoamericanas y se desplazó a izquierda de sus propias posiciones. La obra de Trotsky está presente en modo problemático. Se acerca a algunas de sus definiciones y se separa en particular de la idea central del poder dual: su permanencia en el Siglo XX como dinámica. Zavaleta al no percatarse de la potencialidad del 52 boliviano, a nuestro modo de ver, justifica su presencia dentro de las filas del MNR el agente de la contrarrevolución interna.

Referencias bibliográficas

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  • —— (1930) “Historia de la revolución rusa” [Libro en línea] Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky, [Consultado en 13/12/2014] http://www.ceipleontrotsky.org/Particularidades-en-el-desarrollo-de-Rusia
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NOTAS AL PIE

[1Tapia, 2009: 8

[2Benjamin, 2009: 50

[3Almeyra, 2010

[4Ferreira, 2014

[5Lora, 2007: 240

[6Lora, 1978: 26

[7Lora, 1978: 31

[8Justo, 2007: 245

[9Zavaleta, 1990: 104

[10Lora, 1978: 28

[11Lora, 1964: 255

[12Lora, 1980: 172

[13Aunque, como sostiene la Liga Obrera Revolucionaria por la Cuarta Internacional (LOR-CI) en sus Tesis Fundacionales, la premisa de las Tesis de Pulacayo tienen una fuerte connotación semi permanentista, “podrá notarse cómo en las Tesis redactadas por Lora se confunde que, en un país atrasado como Bolivia, la revolución combine desde el inicio tareas democráticas y socialistas con la posibilidad de una revolución proletaria no socialista. Sobre esta concepción, Lora y el POR sostendrán posteriormente posiciones sem-etapistas sobre el carácter de la revolución boliviana”.

[14Justo, 2009: 289)

[15Mansilla, 2006: 60

[16Arze, 2002: 182

[17Zavaleta 1979: 649

[18Revueltas, 1985: 75

[19Gil, 2006: 304

[20Zavaleta, 1974: 3

[21Zavaleta, 1974: 155

[22Trotsky, 1930

[23Zavaleta, 1975: 67

[24Zavaleta, 1975: 137

[25Trotsky, 1906

[26Zavaleta, 1974: 84-89

[27Zavaleta, 1974: 93

[28Gil, 2006: 192

[29Ferreira, 2014: 120
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Sergio Abraham Méndez Moissen

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