OPINIÓN/POLÍTICA NACIONAL

Relato del presente, naufragio del futuro: entre el “mal menor” y las “negociaciones duras”

Argentina y el FMI, crónica de un ajuste anunciado. Cuando la "unidad anti-macrista" termina en el apoyo a Macri. De Tigres, gatitos y lobos.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Sábado 27 de julio | 00:13

“Narrar, decía mi padre, es como jugar al póker, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad”. Prisión perpetua. Ricardo Piglia.

Cuando falta apenas una quincena para las PASO, un sopor denso y permanente marca los contornos de la campaña electoral. Con excepción del Frente de Izquierda Unidad, el conjunto de las fuerzas políticas apuesta por un discurso tan vacío como moderado.

Sin embargo, para el equilibrista de lo imposible, la vacuidad de la campaña comenzó a convertirse en una traba. Calibrando encuestas y los (pocos) gestos amigables del gran empresariado, Alberto Fernández decidió otra combinación entre los mensajes demagógicos y las señales hacia el poder económico.

En la última semana, el candidato del Frente de Todos prometió medicamentos gratis para los jubilados y reincidió en la reiterada promesa de “negociar duro” con el FMI y los grandes especuladores internacionales.

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Este relato supone volver la mirada hacia atrás, a 2005 y 2010, cuando se canjeó la deuda defaulteada en 2001. Sin embargo, si se acerca un poco más el lente, se verá que la “dureza” pretendida es más que relativa.

Alumbrada por los precios internacionales de la soja y un mundo comercialmente en ascenso, la Argentina de Néstor Kirchner y Roberto Lavagna no dudó en renegociar el total de la deuda en default, incluyendo aquella nacida del fraude, la tortura y la represión durante la última dictadura militar. Ese carácter fraudulento, reconocido en la misma Justicia, fue omitido por el kirchnerismo gobernante.

La pretendida dureza se evaporó a la hora de las compensaciones. La oferta argentina a los grandes especuladores incluyó un conjunto de mecanismos que paliaban la quita establecida. Entre ellas, un cupón atado al crecimiento del PBI, que en aquellos años ascendía tras el hundimiento de la Convertibilidad.

Gracias a esos mecanismos de compensación, la quita general, presentada como "histórica", estuvo bastante por debajo de la negociación real que terminó realizando el país.

A diferencia de aquellos años, el mundo en el que Alberto Fernández se propone “negociar duro” se parece bastante más al de 2014 y 2015. En ese entonces, Argentina enfrentó los fallos de Tomas Griega, un juez norteamericano elevado a vocero de los fondos buitre.

En aquel entonces, la “voluntad negociadora” del kirchnerismo valió poco y nada frente a la ofensiva de los grandes especuladores. El aval de EE.UU. y el FMI, tan necesario y eficaz en 2005, pasó al olvido.

Aquel abandono tiene su lógica política y económica. Como señalan los investigadores Mariano Barrera y Leandro Bona, “es probable que en ese momento el FMI, ante las posibilidades reales de que varios países de la eurozona (..) se vieran ‘tentados’ de ensayar una reestructuración de la deuda soberana (…) intentara evitar la propagación del ejemplo argentino” (Endeudar y fugar. Basualdo y otros. Siglo XXI)

En esos tormentosos tiempos, el kirchnerismo hizo lo posible por evidenciar esa voluntad de acordar con los grandes especuladores. En ese intento habrá que contabilizar la onerosa indemnización a la española Repsol, tras la semi-nacionalización de YPF. O las negociaciones en el Ciadi o con el Club de París, destinadas a calmar el ansia depredadora del gran capital imperialista.

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Sería Cambiemos el encargado de resolver aquella disputa. Lo hizo a su manera, con un nuevo acuerdo que implicó más de USD 9.000 millones de los recursos nacionales. Contó, como en muchas otras ocasiones, con el aval explícito del peronismo. En New York y en Londres, los grandes especuladores celebraron ese “acuerdo nacional”.

El mundo actual está infinitamente más cerca de 2014 que de 2005. No solo en términos cronológicos. Lo sabe (y lo sufre) el pueblo griego que, bajo la política “anti-austeridad” de Syriza, sufrió el hundimiento brutal de sus condiciones de vida en los últimos años.

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Cuando la grieta se tragó el relato

Comer en el El Papagayo puede costar hasta $ 2.100. Se (sobre) entiende que el cálculo es por persona. Nadie lo consideraría un lugar de precios populares.

Allí cenaron el miércoles por la noche Juan Schiaretti, Juliana Awada y Mauricio Macri. Las fotos de los comensales sonrientes inundaron medios y redes. El mandatario cordobés dispensó a su par nacional un recibimiento bastante más caluroso que el que otorgó a sus rivales en la carrera presidencial. Alberto Fernández y Roberto Lavagna fueron recibidos, con menos algarabía, en el despacho del gobernador.

La buena onda se descubre mejor a la luz de las encuestas. A pesar de los esfuerzos de Alberto Fernández y Sergio Massa, el macrismo sigue midiendo bastante mejor que el Frente de Todos en la provincia mediterránea.

Aunque parecen siglos, apenas pasaron solo cuatros meses pasaron del día en que el kirchnerismo cordobés bajó su lista provincial a gobernador para favorecer a Juan Schiaretti. En aquel entonces, el argumento fue la “unidad antimacrista”.

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Las imágenes del encuentro nocturno no hacen más que ratificar una máxima de la política: el “mal menor” es siempre el camino hacia males mayores. El hombre al que propuso apoyar Cristina decidió ser el jefe de campaña del macrismo en Córdoba.

Tigres, gatitos y lobos

Hace casi seis años, en una magistral clase sobre Borges, Ricardo Piglia definió que “la ficción no es ni verdadera ni falsa. No se puede verificar”. Por estas horas, apelando a la misma idea conceptual, Julio Chávez afirmó: “Yo tengo la suerte de poder construir mentiras, y construirlas de una manera que la gente sienta que son verdad”.

El actor que protagoniza El Tigre Verón acaba de ser denunciado penalmente por Hugo Moyano. El dirigente de uno de los sindicatos más poderosos del país parece haberse sentido tocado por el personaje.

A los empujones, una vez más, la ficción se metió en la realidad. Lo hizo colándose en una campaña electoral donde el discurso contra los gremios es marca registrada del macrismo. Esta semana quedó de manifiesto, alrededor del conflicto con los pilotos de Aerolíneas Argentinas.

El oficialismo no hace más que amplificar los reclamos del gran empresariado. Los grandes capitalistas, (mucho) más amigos de la fuga de dólares que de la inversión, viven el sueño húmedo de un país sin sindicatos, sin derechos laborales, sin costos para despedir. José Luis Espert, por su parte, oficia de su máximo (y descarnado) vocero.

Si uno decide referirse al mundo sindical, el apodo de “Tigre” no podía ser más metafórico. De cara al gran empresariado, más bien abundan los dulces gatitos. Aquellos que, en estos años de macrismo, prácticamente no han mostrado las uñas.

En el sindicalismo que enarbola un discurso opositor -como el que referencia Moyano- las palabras duras han estado años luz delante de los combates reales. A modo de (simple) ejemplo sirve remontarse a diciembre de 2017, cuando el camionero y su sindicato se borraron de la lucha contra la reforma previsional. Hoy, como muchos peronistas, son críticos del trato oficial hacia jubilados y pensionados. En campaña electoral, las palabras como el aire, son gratis.

Hoy, mirando las urnas, la enorme mayoría de esta dirigencia se encolumna junto a Alberto Fernández, en el Frente de Todos.

Crónica de un naufragio anunciado

El “malmenorismo” viaja sentado junto al relato que propone “negociar duro” con el FMI. Componen el entramado discursivo en el que pretende asentarse la fórmula Fernández-Fernández.

Los relatos del presente son los naufragios del futuro. En el caso del “mal menor”, el agua ya empieza a entrar por las costuras del barco. El ejemplo de Schiaretti en Córdoba solo es un anticipo de las tensiones y las peleas futuras. En aras de la “unidad antimacrista” el kirchnerismo realizó una ingesta masiva de sapos. Allí están gobernadores como Manzur o el sojero Perotti para testimoniarlo.

El relato de la dura negociación deberá esperar el veredicto de las urnas. Pero si el Frente de Todos llega a Balcarse 50 enfrentará un mundo muy lejano de aquel que sustenta su discurso. Bajo las actuales condiciones, sin romper los lazos que atan al país con el FMI, el único camino posible es el ajuste.







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