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ANÁLISIS

Reino Unido, ¿un paso más cerca del Brexit?

Como ya se venía anunciando, Boris Johnson, al que muchos analistas llaman el “Trump británico”, se transformó en Primer Ministro del Reino Unido y tendrá la oportunidad de llevar adelante su programa: Brexit o muerte.

Martes 23 de julio | 23:45

Finalmente sucedió lo que parecía escrito desde hace tres años, cuando David Cameron, otro primer ministro conservador, decidió convocar a un referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la Unión Europea y abrió una caja de Pandora que nadie pudo cerrar hasta ahora.

La crisis del Brexit se devoró a Cameron y también a la exprimera ministra Theresa May, quien trató sin éxito de servir a dos amos –la Unión Europea y el ala euroescéptica de su propio partido- y terminó renunciando cuando su plan de una separación negociada del bloque europeo fue derrotado tres veces en el parlamento en el último año.

En su discurso como líder electo del partido conservador, además de concretar la separación del Reino Unido de la UE para el próximo Halloween, prometió otras dos hazañas: unir al país y derrotar al laborista Jeremy Corbyn.

Las tres promesas ya no de campaña sino del nuevo gobierno conservador parecen imposibles para un primer ministro que prácticamente no tiene ninguna legitimidad popular ni tampoco espalda parlamentaria. Y que mientras siga insistiendo con el “hard Brexit” enfrentará la hostilidad del círculo rojo –los grandes capitalistas y la City de Londres-. Quizás para tender puentes con el empresariado uno de los primeros confirmados del gabinete de Johnson es Andrew Griffith, un alto ejecutivo de Sky, el grupo que brinda servicios de TV paga.

Su gobierno nace aún más débil que el de Theresa May, con una exigua base de sustentación que muestra gráficamente la decadencia infinita del sistema político y del capitalismo británico al que sirve.

A Johnson lo votaron apenas 92.000 de los 160.000 cotizantes del partido conservador habilitados para emitir su voto por correo. Lo que equivale a un 0,25% de la población general de 66 millones, o un 0.35% de los electores, en el que están sobrerrepresentados los adultos mayores, varones, blancos, de los sectores ABC1. Para contribuir a un clima ya enrarecido y polarizado, varios analistas (y también parlamentarios conservadores partidarios del “Remain) denuncian que hubo un “putsch” porque quienes le dieron el triunfo a Johnson no son auténticos conservadores sino “entristas”, los llamados “Blukip”, que provienen del ultraderechista UKIP. Que el proceso que llevó a Johnson al gobierno fue absolutamente antidemocrático no hay dudas. Sin embargo, la explicación golpista es exagerada. Los “brexiteers” no son marcianos que tomaron por asalto el partido conservador, sino que históricamente la clase dominante británica tuvo un ala anti europeísta. El referéndum que terminó con el triunfo del “Leave” puso de relieve una fractura social profunda que se fue gestando en las décadas del auge del neoliberalismo.

Johnson tiene 100 días por delante para administrar la herencia de la crisis que él mismo contribuyó en gran medida a crear, cuando asumió la voz cantante de la campaña a favor del “Leave” en el referéndum de 2016, comandando una aceitada maquinaria de manipulación electoral. A tal punto había llegado su oportunismo político que confesó abiertamente no tener ningún plan serio para concretar el Brexit, cuyo triunfo no esperaba.

No está claro el rumbo que tomará, ni siquiera se conoce aún la composición de su gabinete. Pero por ahora no cambian los escenarios surgidos del impasse catastrófico del Brexit. Hay al menos tres con cierto grado de probabilidad.

El primero es el del “hard Brexit” del que Johnson es el principal vocero. Para lograrlo simplemente no debería hacer nada más que dejar que transcurra el tiempo. Esta es la variante más extrema, que exacerbaría la polarización y las divisiones no solo entre representantes y representados, grandes ciudades y poblaciones rurales, viejos y jóvenes, sino sobre todo entre los intereses de los grandes capitalistas y el establishment político. Por eso no necesariamente este sea el único o incluso el más probable.

El segundo es el de la renegociación del acuerdo que la UE cerró con Theresa May, sin alterar el carácter de “soft Brexit”. Este escenario plantea dos contradicciones fundamentales. En el plano interno llevaría a una decepción rápida de la base rabiosamente pro Brexit de Johnson que migraría a otras variantes más extremas como el Partido del Brexit de Nigel Farage. Algo de esto ya sucedió en las elecciones europeas en las que el partido conservador quedó en quinto lugar. En el plano externo, no hay aún razones para que la UE le conceda a Johnson, un personaje al que desprecia, lo que no le concedió a May. Más aún después de las elecciones para el parlamento europeo en las que los populistas euroescépticos de derecha, dirigidos por Mateo Salvini (y a la distancia por Trump) no avanzaron como esperaban y partidos pro UE, como los Verdes o los LibDem, salieron fortalecidos capitalizando la crisis de los partidos tradicionales.

El tercero es el de las elecciones anticipadas, algo que el liderazgo conservador y también los grandes empresarios vienen tratando de evitar o dilatar lo más posible, para evitar lo que hasta hace poco tiempo atrás se consideraba una victoria casi segura del líder de la izquierda laborista Jeremy Corbyn. A decir verdad, la gran burguesía le teme menos a Corbyn, que ha mostrado hasta ahora ser un factor estabilizador en el marco del caos del Brexit, que a las ilusiones que su programa de renacionalizaciones y ciertas medidas redistributivas pueden activar en amplios sectores de la juventud que se han volcado masivamente a la militancia laborista y han salido a las calles por decenas o cientos de miles, aunque aún bajo la dirección de los sectores europeístas.

Boris Johnson en Gran Bretaña, como Trump en Estados Unidos, son los intentos por derecha de cerrar las tendencias más o menos profundas a la crisis orgánica producto de la crisis capitalista de 2008 y del agotamiento del ciclo globalizador.

Sin embargo, con varias sorpresas electorales de políticos burgueses “populistas” que dieron el batacazo en los últimos años, ya está quedando claro que una cosa es el expertise técnico de campaña que permite ganar –como sucedió en el referéndum del Brexit- y otra muy distinta es garantizar la gobernabilidad en base a profundizar las grietas, o dicho en términos más teóricos, sin hegemonía, que más temprano que tarde puede traducirse en lucha de clases. Son señales de que lo que hay por delante son tiempos tumultuosos.







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