Economía

6 HORAS Y REPARTO DE LAS HORAS DE TRABAJO

Reducción de la jornada laboral para terminar con la sobreocupación

Es mentira que en la Argentina “se trabaja” poco, como dice el gobierno y sectores empresarios.

Esteban Mercatante

@estebanm1870

Jueves 30 de marzo | Edición del día

La caracterización de la Población Económicamente Activa (PEA) presentada por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) volvió a confirmar la amplitud de los problemas de empleo que afectan a la mayor parte de los trabajadores en la Argentina. Según los datos para el cuarto trimestre de 2016, el 7,6 % de la PEA se encuentra desocupado, mientras que entre los que tienen trabajo, un 33,6 % no tiene descuento jubilatorio –es decir que se encuentran empleados “en negro”. Los problemas laborales no se detienen ahí: también existe una porción significativa –7,2% de la PEA– de asalariados que se encuentran empleados menos tiempo del que desearían (recibiendo entonces un ingreso por debajo de sus necesidades). Estos son los que el Indec categoriza como “subocupados demandantes”, es decir que buscan trabajar más horas pero no lo logran.

Pero hay otro dato que resulta todavía más dramático, por la escala que alcanza, y este es el porcentaje de los que soportan jornadas laborales excesivas. Nada menos que el 27,9 % de la PEA (casi un tercio de los que trabajan o buscan trabajo) se encuentra sobreocupada; esto significa que trabaja más de 45 horas semanales.

Este dato resulta sumamente revelador de una tendencia de fondo en esta sociedad. Al mismo tiempo que arroja a amplios sectores del pueblo trabajador hacia una marginalidad con distintas gradaciones (desde la subocupación y el empleo no registrado hasta la desocupación abierta) recarga a otro sector de los trabajadores con jornadas extenuantes, de 10 o más horas. La miseria de unos (por escasez) se ve reflejada en la miseria de los otros (por exceso). Y todo esto para beneficio de los empleadores, que concentrando la carga de trabajo sobre asalariados a los que se obliga a largas jornadas, ven bajar sus costos y mejorar sus ganancias. Gran parte del arte de la “modernización” de la legislación laboral y las negociaciones por rama y empresa que imperó en el país desde los años ’90 y se siguió extendiendo y perfeccionando durante la última década y media, se refiere a mecanismos para distribuir de manera más eficaz (desde el punto de vista de los empresarios) el tiempo de trabajo variándolo en distintas semanas y meses, de acuerdo a los vaivenes de la producción y el mercado, erosionando la estabilidad de la jornada. Una de estas “innovaciones” son los llamados turnos americanos, que permiten jornadas de doce horas varios días a la semana aunque a cambio de más días de descanso semanal; le permiten a los empresarios asegurar por más tiempo el ritmo ininterrumpido de producción, a cambio de jornadas quemantes para los trabajadores. Junto con esto, las horas extras, que llegan a ser un importante componente del salario en sectores de la industria y los servicios, explican este panorama de tiempos de trabajo cada vez más extendidos para casi un tercio de la PEA.

Esto tuvo resultados muy palpables: a pesar de la reconfiguración que sufrió en los últimos 40 años la clase trabajadora Argentina como resultado de una feroz ofensiva patronal contra las condiciones de trabajo y empleo (y que sólo se moderó desde mediados de los 2000 como resultado de algunas conquistas que se lograron como resultado de duras luchas) las horas trabajadas en promedio casi no han caído. En 1995 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) registraba que en la Argentina se trabajaba en promedio 45,1 horas a la semana. Para 2014, último año con información disponible, registra 39 horas, pero con muchos menos trabajadores ocupados “plenos”. Este último dato, señala el organismo, debe mirarse con lupa, como todos los difundidos por el INDEC a partir de 2007. Resulta curioso que en 2014 parecería que se trabajaron menos horas que en 2002, año de una de las mayores depresiones económicas de las que haya registro en el país. Para ese año la OIT registró que la jornada semanal promediaba las 42,6 horas. Si la extensión de la jornada laboral promedio cayó relativamente tan poco a pesar de los problemas de empleo que afectan a la mayor parte de los trabajadores, es porque como contraparte se alargó mucho la duración de la jornada para un sector de los ocupados. Esto es, efectivamente, lo que muestran el análisis de la PEA.

El desbalance en las condiciones de trabajo, ilustra que sobran los motivos para exigir el reparto de las horas de trabajo y una jornada de 6 horas para todos, con un salario acorde a la canasta familiar. Si un tercio de los trabajadores trabaja más de 45 horas a la semana y un porcentaje similar trabaja entre 40 y 45 horas, sólo con “redistribuir” esta carga de trabajo entre todas las manos disponibles para bajar la jornada a 30 horas a la semana alcanzaría para dar que los que buscan trabajo y no consiguen puedan hacerlo, y lo mismo los que están subocupados. Esto implica, desde ya, que los empresarios, que lucran con nuestro trabajo, verán reducida sus ganancias, que en los últimos años no pararon de crecer como porcentaje del ingreso generado a costa de lo que se llevan los trabajadores, que están cada vez más lejos del “fifty-fifty”. Pero esto no hace más que mostrar que las necesidades de la economía capitalista argentina y la clase empresaria que la lidera, chocan abiertamente con las del pueblo trabajador. Seguramente no faltarán quienes digan que esto no es posible, que los márgenes de las empresas no dan para tanto. ¿Serán los mismos que fugaron capitales “serialmente” en las últimas décadas, poniendo sus jugosas ganancias a salvo en paraísos fiscales? ¿O las multinacionales que giran cada vez más remesas al exterior, en vez de invertirlas? La masa de riqueza que se llevan al exterior desmiente el planteo de escasez de ganancia que podrían esgrimir. Como expresó el dirigente del Frente de Izquierda Nicolás del Caño al presentar la propuesta de reducción de la jornada a 6 horas días atrás, “nuestras vidas valen más que sus ganancias”.








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