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Red Internacional

Entrevistas.Raúl Godoy: “Diciembre de 2001 fue parte de un proceso de levantamientos latinoamericanos”

Dirigente nacional del PTS y obrero de Zanon. Fue el primer Secretario General del Sindicato Ceramista de Neuquén recuperado en el 2000 y el primer diputado trotskista en la historia de Neuquén. Autor del libro “Zanon, fábrica militante sin patrones” (Ediciones IPS).

Sábado 18 de diciembre de 2021 | 00:04

Se cumplen 20 años del 19 y 20 de diciembre del 2001. En tu opinión, ¿qué significó aquella jornada en la historia reciente del país?

Primero hay que partir del contexto internacional de aquellas jornadas para entender mejor sus características generales y lo particular de esa experiencia en nuestro país. Se venía del contexto de una crisis internacional marcada por la caída de las Bolsas asiáticas de los años ‘97 y ‘98, que había provocado una recesión mundial de envergadura. Eso impactó obviamente en las economías latinoamericanas. Es decir, los sucesos de aquel diciembre de 2001 no fueron un rayo en cielo sereno sino parte o expresión de aquella crisis económica, acompañada de un proceso de levantamientos en nuestro continente, procesos de ruptura de la institucionalidad o, se podría decir, de ruptura de la “normalidad” burguesa. Por ejemplo levantamientos como los de Bolivia que provocaron la caída de Sánchez de Lozada y dieron luego origen a la asunción como presidente de Evo Morales. O como los de Ecuador que provocaron la caída de Bucaram, también un gobierno liberal, un gobierno de ajuste, y en Argentina de De La Rúa.

A nivel internacional el atentado a de las Torres Gemelas en Estados Unidos, que fue un gran acontecimiento, marcaba tal vez en términos geopolíticos el fin de una era, el de la ofensiva neoliberal, que dio lugar al rearme de una política militarista y agresiva por parte del imperialismo norteamericano, cuya máxima expresión fue la invasión a Afganistán. Fue una época de muchas convulsiones.

En ese contexto internacional tuvo lugar la crisis de 2001. Fueron jornadas revolucionarias que marcaron un antes y un después desde el punto de vista de la experiencia que se hizo, donde las masas producto de la movilización en las calles, sostenida durante días, terminaron con un gobierno de ajuste. Se venía de situaciones previas, los “azos” como el Cutralcazo, el Santiagueñazo, el Jujeñazo que abrieron situaciones de inestabilidad política en el interior del país, incluso en algunos casos volteando gobernadores como en Jujuy. Todas provincias de gran dependencia estatal del empleo, o zonas como CutralCó petroleras, afectadas directamente por la crisis social y la desocupación producto de las privatizaciones, que provocaron levantamientos con elementos de acción directa y la emergencia de un nuevo actor, el movimiento de desocupados. Ese proceso de acumulación de tensiones sociales y políticas explotó después en el centro del país, en las grandes zonas urbanas con el efecto y la repercusión que conocemos.
Fueron los condimentos a esta revuelta popular que tuvo mucho de espontáneo, que combinó la participación de distintos sectores sociales como los desocupados, sectores muy activos de la clase media y jóvenes, también organizados en asambleas barriales; la participación de trabajadores y trabajadoras, estatales y de distintos sectores, que lo hicieron diluidos ya que la política de los dirigentes sindicales fue el gran límite de aquellas jornadas, paralizando la posibilidad de que en forma coordinada y organizada, fueran parte de esta lucha.

¿Cómo intervino la izquierda en aquella crisis? ¿Qué lecciones dejaron aquellas jornadas desde el punto de vista de los intereses de la clase obrera y los sectores populares?

La izquierda en el 2001 era una izquierda atomizada, una izquierda relativamente débil, por lo que había logrado la burocracia sindical de dividir a los trabajadores. Entonces teníamos representaciones sindicales en algunos sectores pequeños; dentro del movimiento piquetero una cierta influencia pero en su mayoría estaba dirigido, orientado por corrientes reformistas ligadas a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), o ligados a la CCC, integrante del Frente de Todos, hoy parte del gobierno de Alberto Fernández. Era una izquierda con poco peso real y poca influencia política. Nosotros como PTS éramos un grupo pequeño, en formación, que estábamos en algunas fábricas, estuvimos en Zanon y fuimos parte del movimiento de fábricas recuperadas, desde donde impulsamos una política nacional con todas nuestras fuerzas, que fue de reagrupamiento de un sector de vanguardia.

Las lecciones que dejaban estas jornadas revolucionarias era que había que terminar con las fronteras que dividen a los trabajadores entre ocupados, desocupados, precarizados, efectivos, contratados. El método de acción directa y de la asamblea fue un ejercicio que hicimos allí donde pudimos y bueno, fueron experiencias que marcaron también a fuego. De hecho, las fábricas y empresas recuperadas hoy siguen siendo un emblema de aquel 2001, donde se unían ocupados, desocupados y los lugares de lucha intensos con la comunidad. Ante la traición de la burocracia y su llamado a la pasividad, la vanguardia hizo una experiencia, buscando la coordinación de forma efectiva. En Neuquén se dio un buen ejemplo con la Coordinadora Regional del Alto Valle que unió no solamente la lucha de los trabajadores ocupados y desocupados, sino también con el movimiento estudiantil y la juventud. Eso para nosotros fue una experiencia que marcó efectivamente a la izquierda clasista en nuestro país, de la cual el PTS es parte e intenta llevar esas lecciones más hasta el final.

La debilidad de la izquierda fue un elemento de la situación política porque de haber tenido una izquierda fortalecida, como la que tenemos hoy, podría haber planteado un programa transicional en esa crisis, impulsar desde esos lugares organismos de auto-determinación y, sobre todo la formación de un partido revolucionario que pudiera proponer un programa concreto de salida a la crisis; que ante la crisis del régimen peleara por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana basada en la movilización popular, por organismos de autodeterminación donde estuvieran ocupados, desocupados, estudiantes, los asambleístas, las asambleas barriales, hubiese sido algo muy interesante de haber aportado y haber tallado en ese escenario político. Si la situación política no se profundizó más y no escaló fue también por la falta de un gran partido revolucionario, una izquierda que llegara fortalecida a ese momento, que hubiese tenido la voz y la fuerza para canalizar en forma revolucionaria, en forma conducente esta crisis en beneficio de las grandes mayorías y que la crisis la pagaran los capitalistas. No tuvimos esa fuerza en ese momento, pero es la fuerza que estamos construyendo hoy.

Desde entonces, ¿en qué medida el Estado modificó su política hacia el conflicto social?

A partir de los sucesos de aquel 2001 cambió la relación de fuerzas a nivel nacional. El grado de movilización si bien disruptivo no logró el desarrollo de una situación abiertamente revolucionaria y la imposición de las demandas profundas del pueblo trabajador, pero obligó a replantear la política y el modelo represivo. Un punto de quiebre fue el asesinato de Kostequi y Santillán bajo el gobierno de Duhalde en 2003, defendido en ese momento por Aníbal Fernández, el mismo personaje que vuelve hoy. Obviamente se modificaron varios paradigmas. Así, ante el hecho de las ocupaciones y puesta en marcha de las fábricas, tuvieron que cambiar la ley de quiebras. ¿La modificaron totalmente? No, pero fue casi un homenaje a la lucha.

Junto a una serie de medidas de contención, como los planes sociales de diverso tipo en su alcance y modalidad, y mecanismos de cooptación o pasivización estatal, el régimen político tuvo que recomponer las instituciones y tuvo que hacerlo tomando, aunque sea simbólicamente, algunas demandas del pueblo trabajador. Son elementos indispensables para entender el gobierno de Nestor Kirchner a partir de 2003, entrando a Casa de Gobierno; su política de Derechos Humanos y hacia los organismos históricos como las Madres de Plaza de Mayo; hablando de los trabajadores, hablando de las asambleas, diciendo que donde hay una necesidad hay un derecho. Discursivamente fueron cambiando, pero estratégicamente lo que fueron haciendo lentamente fue recomponer la autoridad del Estado, que había quedado maltrecha en el 2001. El hecho de que el “Que se vayan todos” se convirtió en el que “se queden todos” muestra a las claras cómo el gobierno adaptó el discurso, de contenido lo que hicieron fue salvar al régimen democrático burgués. Salvar al gran empresariado y preservar las relaciones y estructuras de dominación que caracterizan nuestro país.

Creo que también lo que se conquistó en la calle fue hacer explícito para miles la diferencia entre lo que es legal y lo que es legítimo. “Pasar por encima de la legalidad” fue moneda corriente y absolutamente necesario para bancar algunas conquistas. Así ocurrió cuando sectores de la clase media ante las medidas confiscatorias rompían los bancos a martillazos, o trabajadores y trabajadoras ocuparon y pusieron a producir una fábrica contando además con el apoyo de la comunidad.

Hoy que el Gobierno vuelve al FMI, necesitan terminar de revertir ese “espíritu” que surgió hace 20 años, con campañas de odio, de racismo, con personajes como Berni, el Ministro de Seguridad de Kicillof, que dice que los Mapuches son terroristas o demoniza las luchas como fue la represión en Guernica. Vuelven a empezar a expresar el significado profundo de la institucionalidad, que es el resguardo de un estado de los grandes intereses capitalistas contra la mayoría de la población.

Uno de los elementos más importantes de aquella crisis afectó al sistema de representaciones políticas. Algunos analistas señalan que asistimos al desarrollo de un nuevo régimen político. ¿Se transformó el tradicional bipartidismo nacional? ¿Surgen nuevas alternativas en los polos? ¿Se imponen nuevas coaliciones?

Evidentemente en 2001 abrió una crisis orgánica que puso en jaque al régimen bipartidista de Argentina, al PJ y sobre todo la UCR, partidos que quedaron debilitados, quedaron bastante golpeados. En cierta forma se reformuló alrededor de coaliciones más inestables, como lo muestra hoy el Frente de Todos y también Juntos por el Cambio. Y en los extremos, en los polos, van surgiendo alternativas. En un polo la llamada “nueva derecha” liberal, referenciada en personajes como Milei o Espert. Y del otro, el surgimiento de la izquierda trotskista como tercera fuerza nacional. Es “la” noticia importante frente a la crisis que atravesamos. Esta recomposición de la izquierda que logra visibilidad a través de bancas nacionales, provinciales y concejales, que tiene expresión orgánica en sindicatos, comisiones internas, cuerpos de delegados; en el movimiento estudiantil, de mujeres, en los movimientos ambientalistas. Es decir, no solo la posibilidad de contar con tribunas parlamentarias sino de transformarse, y ese es el gran desafío, en una gran fuerza militante, una gran fuerza social, que pueda resistir a estos planes de ajuste sostenidos por las coaliciones gobernantes y opositoras. Y pelear por una salida obrera a la crisis y que no nos vuelvan a imponer un nuevo régimen del FMI, que va a profundizar la injerencia del capital financiero sobre la soberanía del país aceptada por todos los partidos patronales.

Teniendo presente la crisis de 2001 y la crisis actual (con la vuelta del FMI), ¿cómo ves el mundo del trabajo y los sectores populares? ¿Qué continuidades y cambios? ¿Qué perspectivas posibles?

La experiencia histórica y reciente en nuestro país demuestra que después de cada crisis política y económica capitalista, se sale de ella con índices de mayor pobreza y precarización. Desde la última crisis de 2001 se ha avanzado mucho en la pérdida de derechos, conquistas, de organización de millones de trabajadores. Pero la experiencia de esos momentos de la lucha de clases, de acción directa, de la unidad de los sectores populares, es un capital político de la clase obrera muy importante. Lo vimos en el conflicto reciente de los auto-convocados en Neuquén donde enfrentando a la burocracia sindical y al gobierno, los trabajadores de la salud, que habían sido primera línea en la pandemia, unidos a sectores populares incluyendo a pueblos originarios como los Mapuche dieron una lucha ejemplar que puso en jaque al régimen de las petroleras. Eso entiendo es parte de las lecciones sacadas del 2001.

Y habla también de posibles escenarios de la lucha de clases, en los que la clase trabajadora que ha cambiado su fisonomía, entre trabajadores formales, informales, precarizados, tercerizados, aún conserva su poder de fuego en “posiciones estratégicas” del capitalismo contemporáneo, con todos los límites que aplican para un país atrasado y dependiente como el nuestro. Condiciones que le permiten, en alianza con otros movimientos no solo paralizar el país sino reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, al servicio de las necesidades de las mayorías.

No se puede pelear en forma corporativa, eso es disfuncional a la situación crítica que se vive, social, política, económica. Por eso la tarea del momento es construir una izquierda fuerte, que aporte al surgimiento de un nuevo movimiento obrero que tenga como bandera y como valores la solidaridad, la coordinación, la acción directa y una perspectiva de clase, en definitiva, que pelee por una salida revolucionaria a la crisis que recién está comenzando. Yo creo que ese es el gran desafío que tenemos y la perspectiva que tiene la izquierda revolucionaria en nuestro país.

Hoy que el Gobierno vuelve al FMI, necesitan terminar de revertir ese ‘espíritu’ que surgió hace 20 años, con campañas de odio, de racismo, con personajes como Berni, el Ministro de Seguridad de Kicillof, que dice que los Mapuches son terroristas o demoniza las luchas como fue la represión en Guernica.

Acerca del entrevistado

Raúl Godoy es dirigente nacional del PTS y obrero de Zanon. Fue el primer Secretario General del Sindicato Ceramista de Neuquén recuperado en el 2000 y el primer diputado trotskista en la historia de Neuquén. Autor del libro Zanon, fábrica militante sin patrones (Ediciones IPS).




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