Juventud

PRECARIZACIÓN 4.0

Rappi: historias del delivery

Publicamos una carta de Arianna, trabajadora de Rappi en Córdoba.

Viernes 28 de diciembre de 2018 | 20:18

Hay que salir a buscar el pan de cada día a como dé lugar. Somos esclavos de un papel moneda a cambio de sudor, sangre y dolor. El capitalismo nos ha enseñado esta eterna consigna, y lo continúa haciendo con estas nuevas formas de trabajo posmodernos, donde el jefe y el cliente habitan en una plataforma telefónica (apps) controlada por una aplicación al estilo de un “Gran Hermano” que nos vigila desde la palma de la mano.

Siempre quise trabajar para Rappi porque me encanta andar en bici, además así aprovecharía para ganar algunos pesos. Pasaban meses sin trabajo, así que Rappi fue la opción. Me lancé en la bici la primera semana de noviembre, sin miedo. Total, ¿qué podía salir mal? Era un trabajo en el que podía aprovechar para conseguir dinero y no tener a un jefe real gritándome al oído.

Leé también: Rappi Córdoba: “A ellos lo único que les preocupa es que el pedido haya llegado a destino”

Era el 10 de noviembre. Sábado a la noche. Desde que empecé como delivery sólo había hecho siete pedidos porque la aplicación “Soy Rappi” (la que se utiliza para tomar pedidos y repartirlos) no funcionaba bien, o sencillamente tenía la mala suerte de que no me entraran pedidos. Eran las 10 de la noche aproximadamente. Había llevado unas empanadas por la calle Buenos Aires. Al terminar de entregar el pedido, justo cuando estoy por tomar la bici de nuevo, el celular suena con otro pedido a buscar en “Black Pan”. Tomé el pedido desde la aplicación sin ver hacia dónde debía llevarlo, todavía no manejaba bien el sistema así que no pude ver el destino del pedido. Llegué a buscar la hamburguesa, rápidamente me la dan y salgo nuevamente en la bici. Cuando me percato de la dirección hacia donde debía llevarla, me pareció extraño lo lejos que era: 3,9 km y además era una zona que no conocía. Pero bueno, ya tenía la hamburguesa, debía llevarla a su destino.

A medida que voy pedaleando y renegando con el GPS porque no sabía que calles tomar, me voy dando cuenta de que la zona hacía la que voy es una que me dijeron lxs compañerxs de Rappi no tomar: “no te metas por la Friuli porque por ahí te tiran piedras para robarte”.

Sigo pedaleando, paso la rotonda de la Avenida Vélez Sarsfield, veo a los policías -luego entendería por qué se paran a tres cuadras de la zona donde roban- y me detengo a preguntarles a unas personas si iba por la zona correcta. Me dicen que tenga cuidado: “por ahí roban”.

No importa, debo entregar la hamburguesa. Luego de pasar la estación de servicio de la zona, veo a un hombre parado como si fuese a cruzar la calle, pero no. Quiero esquivarlo porque no reconozco sus intenciones, pero es imposible en una calle donde los autos van a alta velocidad. Lo siguiente que recuerdo es el golpe de mi frente contra el asfalto. Tirada en el piso sólo alcanzo a decirle: “llevate lo que quieras”. Solo se llevaron el celular. La bici no, porque algunos autos se detuvieron y me socorrieron. La policía llegó 15 minutos después, la ambulancia demoró 15 más.

Luego de esto, le escribí a Rappi. Contestaron mis mails en tres oportunidades: la primera (a la semana del suceso) para decirme que habían “reportado el caso al área correspondiente, así no vuelve a pasar” y, para darle un moñito al regalo, me deseaban un “Feliz día”. Un mes de lo sucedido, me escribieron para decir que yo no existo en su base de datos (falso porque puedo loguearme) y que tampoco tenía póliza (seguro).

Pero a las historias hay que sacarles provecho. Historias que pueden ayudar a que lxs trabajadorxs de Rappi (y de otras empresas de delivery) empiecen a organizarse para que las empresas nos consideren trabajadorxs y no colaboradorxs. Es necesario que existan medidas de protección, como ART y obra social, además de un sueldo fijo. Pero al mismo tiempo que miles de jóvenes nos vemos obligadxs a arriesgar la vida y la salud pedaleando entre los autos, bajo cualquier clima, por dos monedas, el sistema capitalista deja sin trabajo a otrxs miles, que muchas veces se ven obligados a robar por la desesperación de llevar el pan a hogar. Sólo con la organización y la lucha conjunta lograremos terminar con este sistema y empezar a escribir otra historia.







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