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Red Internacional

Mercedes es mamá de un alumno del Albert Thomas de la ciudad de La Plata. Nos cuenta un poco de su vida atravesada por las crisis, el desempleo y la dificultad para que su hijo finalice sus estudios.

Lunes 24 de mayo | 19:20
Día de entrega de alimentos en la escuela Albert Thomas

A Mercedes la conocí en los repartos de comidas y en las reuniones para reclamar a la escuela y a este gobierno cosas mínimas como más comida y conectividad para lxs alumnxs, para garantizar el derecho a aprender.

Pero ella de mínima no tiene nada. Podríamos decir que es una mujer, como tantas otras, que sale a luchar y a poner su palabra en medio de tanto olvido y abandono del gobierno. Una mujer que se anima a hablar recién ahora, después de tanto sufrir todos los azotes y puñetazos de este sistema que deja a más del 50% de la población bajo la línea de pobreza.

“Somos tres personas adultas que vivimos en esta casa, mi hijo de 20 años- que está en el último año de la secundaria Albert Thomas- mi marido y yo. Estamos cerca de Villa Elvira y ninguno de nosotros tenemos trabajo. Estamos jodidos. A veces, a mi marido, le sale una changa, pero no alcanza para mucho”, me cuenta. “Con eso compramos carne de vez en cuando”.

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El trabajo es un tema que venimos charlando entre encuentro y encuentro. “La última vez que trabajé fue antes de la pandemia. Cuidaba una abuelita y nos hicieron el cuento del tío. Nos llamaron del banco, pero era el sobrino y le sacaron plata. También ya venía mal por mi discapacidad. Soy epiléptica y cada tanto me quedaba “tildada”. Desde ahí no conseguí más trabajo. A mi marido también lo despidieron, él trabajaba en la Uocra y también se quedó sin nada. Si tenemos suerte, consigue alguna changa".

Me quedo pensando en la “suerte” como criterio para pensar el trabajo: el trabajo es un derecho, no un revoleo de la moneda. ¿Por qué Mercedes siente que trabaja aquel que es afortunado?

“Tengo un subsidio de discapacidad, pero cobro $750, que mucho no alcanza. Y sólo recibo la cajita de alimentos de la escuela y ningún otro tipo de ayuda. Internet hasta ahora tenemos, pero en cualquier momento nos van a cortar porque ya no podemos pagar.” La entrevista es telefónica, pero me imagino su mirada triste al contar eso y escucho su voz dulce pero lánguida.

Le propongo que piense una exigencia al gobierno. Y ahí el tono de Mercedes cambia: se llena de bronca y se vuelve firme: "yo quiero que nos den la computadora para que mi hijo pueda realizar la tarea y tener un subsidio que me permita comprar verdura, carne y pollo. Me gustaría volver a trabajar. Necesito el dinero y así puedo salir de mi casa que es un despiole. A mí me encantan los chicos”.

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Le acerco la idea sobre lo importante que es que ella pueda hablar, porque no está sola, porque su historia es la de miles de mujeres trabajadoras que salen a la calle a enfrentar un sistema capitalista que priva a la mayoría de todo. “A mí me gusta hablar de esto. Me hace bien”.

La apuesta está en que todas las Mercedes se organicen y junten sus voces de bronca y enojo en un único puño para exigirle al gobierno garantías de acceso a la educación y alimentación.

Y aún más, sumar las fuerzas con todos los trabajadores que pagamos las crisis en general y la de esta pandemia en particular: docentes precarizados, estudiantes con hambre y sin empleo y auxiliares. Todxs juntxs podremos enfrentar a este sistema, y hacer que nuestras vidas valgan más que sus riquezas.




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