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¿Quiénes reprimen las marchas que piden justicia por George Floyd?

En la mayoría de las grandes ciudades de EE.UU. en las que se registraron protestas y represión gobiernan demócratas ¿Se puede decir que hay un mal menor?

Lunes 1ro de junio | 23:45

En EE.UU. el poder político se lo reparten entre Demócratas y Republicanos, que se alternan en la presidencia y algunos estados claves llamados swing (que oscilan, que se balancean). En otros estados uno de los dos partidos es históricamente mayoritario y el otro hace lo que puede.

Nadie puede dudar que el partido Republicano es la representación de la extrema derecha. Trump es un racista, xenófobo, machista y misógino que nunca intentó disimular. Pence, su vice, es del ala ultraderechista de la iglesia católica, que ya de por si es derechista, un tipo que regularmente asiste a las marchas anti abortistas. Además tiene grandes figuras como Marco Rubio, hijo de cubanos gusanos que fue uno de los artífices de la última intentona golpista contra Venezuela. En fin, un grupo de gente repugnante.

Pero ¿El partido Demócrata es realmente una opción?

No hay adjetivos suficientes para describir el asesinado de George Floyd a manos de cuatro policías que se sabían intocables. Sucedió en la ciudad de Minneapolis, estado de Minnesota, un estado profundamente demócrata. El gobernador es el demócrata Tim Waltz, que inmediatamente aceptó el ofrecimiento de Trump para desplegar la Guardia Nacional en su estado para pacificar la situación.

Minneapolis es gobernada por Jacob Frey, miembro de un partido local que está afiliado a los Demócratas. Si bien pidió públicamente el arresto de Derek Chauvin, el autor material del asesinato de Floyd, no dijo nada de los otros tres policías implicados, que siguen libres. Además, tampoco se opuso a que se despliege la Guardia Nacional en su ciudad, que solo puede significar represión. Minneapolis es la ciudad más poblada del estado y, junto con St. Paul, la capital, forman las llamadas twin cities o ciudades gemelas por estar una de cada lado del rio Mississippi. Entre ambas concentran más del 50% de la población del estado. Minneapolis tiene una triste estadística, el 60% de los muertos a manos de la policía son afroamericanos, cuando representan solo el 20% de la población.

Pero los culpables no terminan acá. La ex precandidata presidencial por el partido Demócrata Amy Klobuchar es senadora de Minnesota. Como parte de la gran maniobra que hizo su partido en las internas contra Sander, Klobuchar se bajó de la candidatura y apoyó abiertamente Joe Biden. Amy fue fiscal de distrito del condado de Hennepin, que incluye a Minneapolis, y sobre esta experiencia impulsó su carrera política. Luego del asesinato de Floyd y a raíz de los demagógicos pedidos de justicia que realizó Klobuchar salió a la luz su nefasto historial como fiscal ya que se negó sistemáticamente a procesar a policías acusados de brutalidad.

En otros estados y grandes ciudades el panorama no es diferente. El alcalde de la ciudad de New York, el Demócrata Bill De Blasio, defendió a un grupo de policías que atropelló a manifestantes que estaban en la calle y luego debió retractarse. Este lunes anunció el despliegue de 8 mil policías adicionales para controlar las manifestaciones.

En Atlanta, un nutrido grupo de policías le disparo con pistolas taser a un joven negro dentro de su propio auto. Estaba volviendo a su casa con su novia, ambos fueron arrestados sin motivo. A causa de esto despidieron a dos de los policías que participaron, pero ninguno será procesado. La alcaldesa de la ciudad, la Demócrata Keisha Lance Bottoms, criticó el accionar brutal de la policía pero pidió a los manifestantes que se vuelvan a su casa.

Y la lista es interminable, tanto de actos de brutalidad policial como de demócratas que usan el poder del estado para defender a la policía. Pero vale la pena detenerse en dos ejemplos más ya que son las cabezas que dirigen al partido

Joe Biden es la esperanza del establishment Demócrata para las presidenciales de noviembre. Un candidato tan pero tan malo que hasta antes de la pandemia iba empatado en las encuestas con Trump. Biden tiene un frondoso historial de racismo. Desde haber trabajado muy cerca del senador Jesse Helms, un senador abiertamente segregacionista, hasta oponerse a la política de integración racial en los colegios. Además es uno de los autores de la reforma criminal de 1994 responsable del aumento indiscriminado de la población afroamericana encarcelada.

El último gran exponente de la política del partido Demócrata que sostuvo las bases materiales e institucionales del racismo sistémico de EE.UU es Barack Obama. El primer presidente negro de la historia del país pasó por sus dos mandatos sin que la comunidad afroaméricana vea ninguna mejoría en su situación. Junto con Biden, su vice, fue el artífice del mega salvataje a las empresas que causaron la Gran Recesión del 2008, que desproporcionalmente afectó a las minorías raciales. Los desalojos, el desempleo y la precarización se sumaron a los padecimientos históricos de las comunidades afroamericanas que votaron con enormes esperanzas a Obama.

El sello de la traición a sus hermanos fue la cooptación del movimiento Black Lives Matters que surgió durante su segunda presidencia, a raíz de la absolución del asesino del joven Trayvon Martin en 2013. Este movimiento se hizo masivo en otra serie de protestas, que sellaron el fin de la ilusión posracial, desatadas en el 2014 en Fergusón tras el asesinato de Michael Brown. Lo que siguió después fue un enorme esfuerzo por encauzar ese hartazgo, ese odio a la policía y al sistema hacia el ámbito institucional. Black Lives Matters pasó a ser una movimiento herbívoro con uno y mil lazos con el partido Demócrata, que no en vano se conoce como el cementerio de los movimientos sociales. Ahora Obama, que dirige tras bambalinas la campaña de Biden, llamó a los manifestantes a dejar las calles y confiar en las urnas, que desde que se abolió la esclavitud hasta hoy no trajeron más que miseria y sufrimiento al pueblo negro.

El mal menor del partido Demócrata lleva a un callejón sin salida. No hay solución a un racismo que es sistémico más que cambiando el sistema mismo.







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